jueves, 10 de noviembre de 2022

DE FRANCO LUCIANI AL ALLEGRO DI FIOCCO

De Franco Luciani al Allegro di Fiocco Hace una semana reservé una entrada para ver a Franco Luciani en su recital de festejo por sus veinte años con la música, invité a algunas personas por si querían ir conmigo pero no podían, así que me decidí a ir sola. En el Centro cultural Kirchner sólo hay que mostrar un código QR para acceder al espectáculo. Sabía que debía estar con una hora de anticipación, pero me confundí y exageré un poco, así que aproveché para buscar y comprar unas cosas que necesitaba. Llegué a la estación Alem del subte B y me dispuse a tomar un café para hacer tiempo, una media hora. Recordé que cuando hacía el trayecto desde el laburo por Paseo Colón, la plaza detrás de la Casa Rosada y luego Alem, había una cantidad de cafés y restaurantes por la recova. Esta vez, nada: todos locales cerrados. Caminé hasta Lavalle, nada. Un poco antes de la pandemia de Covid fui con mi nieta a un cine de Puerto Madero y luego tomamos la merienda por las inmediaciones de Corrientes y Alem, pero prácticamente nos echaron a las seis de la tarde. Me volví hasta Sarmiento y casi me descompuse por el olor a baño público en todo el trayecto, y además se empezaba a poner oscuro. Parece que a Larreta no le interesa mantener limpia esa zona, porque si no ya habría ido una cuadrilla con una hidrolavadora. Lo que sí parece que limpiaron fue a las personas que solían vivir ahí, con sus colchones y demás enseres, no vi a ninguno. Estuve un rato sentada frente al monumento a Juana Azurduy, tomé algunas fotos, dos mujeres que estaban allí me preguntaron cómo llegar a la catedral y se los indiqué. Eran de General Pirán, cerca de Mar del Plata. A la más joven le pedí que me sacara una foto con Juana detrás. No entiendo por qué siguen haciendo monumentos de bronce que se pone verde y negro, horrible.
Entré al CCK para ir al baño. Hace unos meses estuve, era impecable, pero ahora se notan los recortes en los gastos del Estado: no había jabón ni papel, y no estaba muy limpio. Luego consulté dónde sería el evento y me lo indicaron (hay muchos chicos jóvenes que trabajan allí y son muy amables), pero me dijeron que el show comenzaría a las 21. - En la página de Internet dice a las 20. - No, señora, es a las 21. Calculé que si empezaba a las 21 no duraría menos de dos horas, por lo tanto iba a tener que volver a Hurlingham en el tren de la 1 de la mañana, y realmente no tenía ganas de hacerlo. Así que cancelé la entrada para que la pudiera aprovechar otra persona (se habían agotado rápidamente) Me dio bronca, volví a mirar la página del CCK y sí, efectivamente, el espectáculo estaba programado para las 21, pero el diseño tiene algo confuso: entre el número veinte por los veinte años del festejo, y el horario de un evento anterior, más que en la entrada dice claramente que a las 20 hay que estar allí, en fin, nadie está obligado a aducir su propia estupidez, pero en mi defensa puedo decir que no estaba muy clara la cosa.
Lo bueno es que no me enojé conmigo misma como solía hacerlo en situaciones parecidas. Y emprendí el regreso, sentada en el tren de 19.40. Un muchacho con su violín tocó muy bien un par de piezas, primero música barroca y luego algo popular que no identifiqué. Saqué un billete para darle, además de los aplausos, entonces le pregunté qué era lo primero que sonó y me dijo “Allegro di Fiocco”. No le entendí, me lo tuvo que repetir. Yo creí que sería algo de Bach, o de Vivaldi, pero no, era de un músico barroco que yo no conocía: Joseph Héctor Fiocco, un belga que apenas vivió 38 años. Así que le agradezco al violinista del Urquiza por habérmelo presentado. Ahora estoy viendo el show por Youtube, tomándome un Campari y en chancletas. Pero estaba confuso nomás, se nota en la foto.

domingo, 30 de octubre de 2022

JÁLOGÜIN 1983

Ahora resulta que todo el mundo es radical alfonsinista. En los medios se celebra hoy, 30 de octubre, los 39 años de la elección que ganó la UCR, y la consecuente vuelta a la democracia. Yo no festejé que ganara Alfonsín aquel día, en cambio lloré porque el peronismo perdió. Era la primera vez que votaba, porque durante siete años gobernaron los milicos del proceso cívico-militar-eclesiástico que empezó el 24 de marzo de 1976. Desde octubre del ’82 militando para la Renovación peronista con Antonio Cafiero, y aunque perdimos en la interna, había que ser orgánicos y votar a los candidatos del PJ, Ítalo Luder y Deolindo Bittel. A pesar del fallido de Bittel en Vélez en el que dijo que, ante la alternativa de “Liberación o dependencia” (palabras de Perón) optamos por la dependencia… ¡imposible arreglar eso!, a pesar de la quema del féretro por parte de Herminio Iglesias, candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires, en fin, con eso y con todo, la disciplina militante y partidaria mandaba a votar la lista 2. El acto de cierre de campaña fue con dos millones de personas en la avenida 9 de Julio, y cuando nos dispersamos, por entre las calles angostas del centro de la ciudad retumbaban los cánticos: “Yo te daré, te daré Patria hermosa, te daré una cosa, una cosa que empieza con P: ¡PERÓN!”, y también: “Salta, salta, salta, pequeña langosta, milico’ y radicales son la misma bosta”. Porque nadie ignora aquello de que muchas veces los radicales fueron “a golpear la puerta de los cuarteles” para voltear gobiernos peronistas, vamos… En 1983 los resultados de las elecciones no se conocían tan inmediatamente como ahora, pero a eso de las 9 de la noche ya se sabía que era irreversible el triunfo radical. Mi marido, Tito Loperena fue fiscal de mesa, mi cuñada Marta fiscal general, ambos candidatos, a consejero escolar y concejal respectivamente, por el partido de Morón al que entonces pertenecía Hurlingham. Yo estaba en mi casa con mis dos nenas mayores, la más pequeña de tres meses, y no me aguanté más así que las cargué en el Citroën 3CV 79, una en su sillita y la otra en el moisés, y me fui a buscar a Tito para compartir la tristeza por la derrota, con tal mala suerte que se me quedó el auto en plena avenida Vergara, frente al local de la UCR que había por entonces, donde todo era algarabía y festejo, me pasaban los coches en caravana arrojando papelitos, boletas radicales, el piso estaba blanco de papeles. Y yo con las dos nenas, luchando por hacer arrancar el Citroën, y ni se me ocurrió pedirle a algún “correligionario” ayuda de ningún tipo. Así que me volví caminando con las chicas, a esperar que Tito volviera y dejé el cachivache a un costado de la avenida.
No podíamos entender por qué el partido político con mayor cantidad de afiliados en toda la región, después de una dictadura sangrienta, de un neoliberalismo atroz que destruyó la industria nacional, en fin, todo lo que fue materia de análisis y autocríticas posteriores, esa noche era pura bronca y tristeza. A la mañana siguiente, muy temprano, Tito se fue a trabajar como siempre. Todavía nos esperaba un golpe más: ese día lo echaron del laburo, una empresa textil donde trabajaba como jefe de la tintorería. Así que derrotados políticamente, desocupado mi marido, con dos nenas chiquitas: un panorama negro. Y, por supuesto, aunque mi cuñada entró como concejal y en elecciones posteriores fue reelegida, vinieron tiempos muy difíciles. Desde luego que para el 10 de diciembre, día de la asunción de autoridades ya habíamos digerido un poco la derrota, y en la unidad básica que teníamos en el barrio hubo fiesta, empanadas, vino, discursos, los borrachines de siempre que terminaban cantando y llorando, en fin, peronismo explícito. A partir de entonces el lema siempre fue “mejor el peor gobierno democrático que cualquier dictadura”. Y el gobierno del “padre de la Democracia” (que nos dio un hermanito como Ricardo Alfonsín) no fue un lecho de rosas. Hubo personajes nefastos como Antonio Tróccoli, ministro del interior y cultor de la teoría de los dos demonios, o como Juan Carlos Pugliese, presidente de la cámara de diputados, con fama de regentear prostíbulos y manejar el juego en la provincia de Buenos Aires, arreglado con la policía. Durante el gobierno de Alfonsín hubo muchas huelgas lideradas por la CGT de Saúl Ubaldini, hubo represión policial. Hubo leyes de obediencia debida y punto final… Estaban las jóvenes promesas como Federico Storani, Jesús Rodríguez, el Coty Nosiglia, Suáres Lastra, Marcelo Stubrin: la mayoría hoy cooptados por la derecha más rancia. Recién con Néstor y Cristina se pudo conjugar peronismo con algunos radicales, más gente que venía del PC, del Partido Intransigente y de otras extracciones políticas que confluyeron en el Kirchnerismo, pero que si los rascás un poquito les asoman los pelos de gorilas antiperonistas. Así que no pretendan que hoy celebre nada. Conmigo la corrección política y la diplomacia no van.

sábado, 30 de abril de 2022

CÓMO HACERTE SABER (QUE NO LO ESCRIBIÓ) MARIO BENEDETTI

 

Cómo hacerte saber (que no lo escribió) Mario Benedetti

Hace unos años un contacto de Facebook publicó un pseudo poema atribuido a Mario Benedetti, poeta uruguayo al que, leyendo un poco, se le conoce su estilo desenfadado, a veces cínico, otras veces tierno, pero nunca berreta. Por discreción, a esa señora le mandé un mensaje privado (para no arruinar su publicación ni invadir su “muro”) diciéndole con la mayor delicadeza posible, e intentando no ser pedante, que ese texto nunca podría haber sido escrito por el gran poeta uruguayo. Como respuesta, la muy imbécil –se debe pronunciar imbécil acentuando y prolongando la letra E para enfatizar el desprecio y la indignación- me eliminó de sus contactos y me bloqueó. Perdí la batalla. Hoy veo que proliferan grupos con nombres tales como “Benedetti. Frases y poemas”, “Frases y reflexiones de Mario Benedetti”, entre otros, dedicados a difundir esos textos que vaya a saber quién escribió pero siente vergüenza de firmar, entonces se los achaca al pobre viejo finado. Y lo peor es que hay toda una caterva de imbéciles (pronunciar como ya se dijo) que no se toman el trabajo de verificar la autoría del texto en cuestión, y replican “compartiendo” en sus muros, y encima dicen “les comparto”. Incluidos estudiantes de Letras.

Otro tanto sucede con Pablo Neruda, Gabriel García Márquez y José Saramago, por ejemplo. Con Borges lo intentaron, circuló mucho tiempo una berretada que hablaba de no lavarse los dientes y andar descalzo para “haber sido” más feliz, pero ya es imposible seguir engañando a incautos.

Hace muchos años, cuando Gabriel García Márquez vivía aun, le preguntaron en un reportaje por un panfleto propio de la literatura de autoayuda que circulaba con su firma, y respondió que si él hubiera escrito tal cosa se moriría de la vergüenza.

A Saramago, que fue un ateo militante hasta los casi 90 años en que murió, le atribuyen un escrito que afirma que los hijos son propiedad de Dios, o algo por el estilo. Por suerte la Fundación José Saramago salió a aclararlo.

Me pregunto si no hay elementos legales para demandar a estos delincuentes cibernéticos que se dedican a esta actividad tan denigrante. Si yo fuera heredera de Mario Benedetti no les daría tregua. Y a quienes replican y difunden así, alegremente, déjenme decirles, de parte de don Mario: Váyanse a la mierda.

jueves, 24 de marzo de 2022

24 de Marzo de 1976

Cuando me levanté vi las caras largas de mi hermana y mi cuñado (él era secretario del intendente de Rivadavia, un municipio cercano a la ciudad de San Juan): el golpe que se venía anunciando ya era una realidad. Se sucedían los comunicados de la Junta Militar. Con otros compañeros y compañeras nos fuimos a recorrer los despachos de los integrantes de nuestra "orga" que también eran funcionarios, ninguno sobrepasaba los 30 años... Yo tenía 19 y estaba empezando una carrera universitaria.

Hugo, arquitecto, había vaciado un rollo de cinta de embalar pegoteando los retratos de Perón y de Evita para que al menos los que fueran a desalojarlo tuvieran más trabajo en despegarlos. Miguel, encargado del comedor universitario, otro tanto. Así anduvimos unas horas, rotando, bastante inconscientes, por toda la ciudad, porque el Centro Cívico aun estaba en construcción y las oficinas del gobierno estaban diseminadas por distintos edificios. Parece que alguien dio la orden de que nos volviéramos a nuestras casas porque el horno no estaba para bollos. Cada uno en su casa debió quemar papeles comprometedores, volantes, material doctrinario, se quemaban en el inodoro y luego se descargaba el agua. Los libros, en cambio, se envolvían muy bien en bolsas de plástico y se enterraban, disimulando la operación.
Días después vinieron los allanamientos y las prisiones. Mi sobrino de cinco años estuvo varias veces por meter la pata, a pesar de que estaba instruido para no hablar en esas ocasiones. Conversaba con los milicos apostados en la puerta de la casa, les preguntaba sobre sus armas. En un momento le espetó a su mamá: "¿Así que esto era un allanamiento?" Ella, mi cuñado y yo zafamos, pero en esos días se llevaron presos a Bibiano, a Waldo, al hermano de mi cuñado, Guillermo, a Elías, que era mi referente directo, a Rodolfo, intendente de Caucete. A todos los tuvieron en la cárcel de Las Chimbas durante cinco años y medio, salvo a Guillermo que lo largaron al año... Nunca fueron desaparecidos, sabíamos dónde estaban, sus familias los visitaban. Pero en abril del año anterior, la triple A había matado a tres compañeros de la plana mayor en Buenos Aires, Rubén, Demetrio y Simón, los tres muy jóvenes y brillantes. Al único que conocí y con quien compartí reuniones fue a Simón, tengo un recuerdo de su figura, su pelo rubio y su energía. Los nombres de los tres están en el muro del Parque de la Memoria, al igual que el de Alicia Zunino y su marido, Raúl Rossini, ellos habían pasado a la clandestinidad e integraban las filas de Montoneros. A ellos los mataron entre noviembre del '76 y 1977. Alicia me llevaba ocho años, me gusta recordarla cuando ella tenía 17 y yo 9: iba a mi casa a estudiar con mi hermana, y en los momentos de descanso se sentaba a jugar a la payana conmigo. Yo la admiraba y quería ser como ella, tan hermosa con sus ojazos verdes, risueña, amorosa, la Turca le decían. La última vez que la vi fue en un colectivo en San Juan, habrá sido en el '72, no sé. Ya estaba casada con el Mono, tuvieron un hijo que estuvo un tiempo desaparecido pero fue rescatado pronto por su abuela materna.
Cuarenta y tres años... es raro. Hoy voy a la Plaza a recordar a esos muertos y a todos los que se quedaron en el camino, me considero una sobreviviente de esa época. Por memoria, verdad y justicia, pero también porque desterremos de nuestra Patria el Neoliberalismo que mata de todas las manera imaginables, que instaura dictaduras por medio del voto del pueblo manipulando las conciencias. ¡Nunca más!

(Escrito en 2019)






viernes, 18 de marzo de 2022

LOS JÓVENES QUE FUERON

Cuando yo nací mis padres tenían la edad que hoy tienen mis hijas. Fui criada sin dulzura, con una forma seca de amor, pero llena de cuidados, a veces excesivos. Fui sobreprotegida porque tenía un problema bronquial, entonces mis padres me impedían realizar actividades que me causaran agitación, hasta un ataque de risa podía provocarme un ahogo y dificultarme la respiración. A diferencia de los padres del Che Guevara, quien practicaba rugby, natación y ciclismo a pesar de ser asmático, los míos me tenían como una delicada planta, (bien alimentada, eso sí) siempre quietita, jugando en solitario, dibujando y leyendo mucho. Yo deseaba participar en actividades de montañismo, bailar y aprender a nadar, pero todo me estaba vedado, también porque éramos pobres y nada de eso resultaba gratuito. Esa frustración me causó enojo con mis viejos, sumada a su rigidez, su autoritarismo, sus reglas morales idénticas a las del catolicismo, sin ser ellos religiosos ni creyentes. Todo eso junto hizo que me volviera rebelde e hiciera cosas a escondidas, muchas de ellas nada beneficiosas como fumar desde muy chica, o exponerme a cualquier peligro en tiempos en que ser mujer significaba ser muy vulnerable, mucho más que ahora, especialmente en una provincia conservadora y pacata como San Juan: las mujeres debíamos ser sumisas y recatadas antes que felices. 

Pero vuelvo a mis padres y lo que hicieron conmigo, que fue apenas lo que pudieron, de acuerdo con su historia, su experiencia y sus limitaciones. Cuando nací mi papá tenía casi 40 y mi mamá aún no cumplía los 38. Tres años antes habían perdido a Cecilia, una bebita que sólo vivió ocho meses. Recién ahora que soy abuela se me ocurre pensar que los pobres, luego de aquel trauma debieron sobreprotegerme por temor a que algo terrible pasara también conmigo. Cuando ya llevan muertos varios años soy capaz de comprender su escasa flexibilidad y los perdono. Pobres viejos, pobres aquellos jóvenes que fueron, los veo como a mis hijas que crían a los suyos y van aprendiendo sobre la marcha. Parece que así nomás es la vida. Los perdono y espero que ellos me hayan perdonado lo que pude hacerles sufrir.

En la Isla inundada, Febrero de 2022.


domingo, 2 de enero de 2022

LOS CULPABLES SON TUS OJOS

 

Los culpables son tus ojos 

La música sonaba alta, vibraba en el pecho e invitaba a bailar. Un poco desgarbado y con cierta timidez en el cuerpo,  pero con una mirada capaz de atravesar una roca, el muchachito se acercó a la mujer; ella, que lo había visto de lejos sin darle importancia lo miró a los ojos y hubo una llamarada inexplicable. Él la tomó de la mano, su aparente timidez se disipó y salieron a bailar la chacarera. Un dúo cantaba: “Pobrecito corazón/ A sufrir has comenzado/ Por vivir una ilusión/ Que de ti se anda burlando/ Los culpables son tus ojos/ ¿Para qué me habrás mirado?”. Los bailarines dibujaban las figuras de la danza sin dejar de mirarse, había un lazo casi tangible que los ataba y sin embargo volaban con gracia, con alegría gozosa. Los ojos negros, moriscos de él, los ojos almendrados y verde oliva de ella sostenían la mirada. A su alrededor la gente, el bullicio, el ambiente vaporoso y ahumado quedaron en suspenso. Sólo la música y ellos en el centro de la pista tensaban una cuerda de erotismo. “Mi querido corazón/ Sé que estás encarcelado/ Encerrado en la prisión/ De tu pecho enamorado/ Los culpables son tus ojos/ ¿Para qué me habrás mirado?”

Encarcelado el corazón del muchacho, porque con poco más de veinte años ya tenía un compromiso de boda. La mujer en cambio, estrenaba libertad a los treinta y descubría un mundo nuevo a cada paso, como bailar en Trocha angosta, la legendaria peña de la Avenida Independencia. Pero allí no estaba la futura esposa, había amigos comunes que compartían una mesa y festejaban la música y el baile. A la chacarera sincopada le siguieron otras, escondidos, gatos, y la pareja irradiaba entusiasmo. Pero cuando llegó el momento de la zamba él se excusó, ella volvió a la mesa con el grupo que bebía y conversaba a viva voz. Unos minutos después, quien subía a la tarima de los artistas era el bailarín de los ojos negros, pero esta vez con un violín y acompañado por guitarras, bombo y un cantor. La cuerda tensa se aflojó ahora porque había llegado a un punto insoportable. Ella volvió a bailar con otros compañeros, pero él no le perdía pisada mientras pulsaba el violín.

La noche avanzaba entre copas y danza, rondas de chacareras y escondidos. Los dos bailarines casi no habían cruzado palabra hasta que coincidieron en la mesa de los amigos. Allí acordaron que él vería un antiguo violín que ella guardaba en su casa, el que tocaba su padre cuando era joven y que nadie había vuelto a hacer sonar. El arco estaba roto, el estuche viejo y raído, pero debía tener algún valor y quizás podría venderlo. Bebieron cerveza, charlaron y rieron. Cuando clareaba salieron a la calle con el grupo de chicas y muchachos. Hacía mucho frío; se repartieron en dos taxis para ir a algún café a terminar la velada, entonces viajaron pegados, los cuerpos que al bailar no se habían rozado ahora vibraban uno junto al otro. Él se animó a abrazarla y ella lo dejó hacer y recostó su cabeza en el pecho del bailarín violinista. Ya a plena luz de día se separaron con la promesa de verse, la excusa era la venta del instrumento. Pero antes de ese encuentro hubo otro en el que volvieron a bailar. Esta vez, la euforia de las chacareras se vio coronada con una zamba. La seducción fue poderosa, sus caras encendidas y los ojos enamorados, sonrientes, en una contemplación mutua, mística. En los arrestos se acercaban casi hasta el beso, y luego se alejaban para desearse más. Los pañuelos se entrelazaban para anudar los cuerpos en movimiento, pero después se desenredaban suavemente. Las palabras no fueron necesarias. Salieron del salón y en la vereda se abrazaron. Caminaron lentamente hacia un hotel, con los corazones desbocados. Pero en la soledad del cuarto espejado y de luces tenues pareció esfumarse el sortilegio. Los gestos del amor fueron los de cualquier pareja en ese trance, y sin embargo, nada sucedió. Él no trató de justificarse explicando que nunca le había ocurrió, ella no fue condescendiente diciéndole que ya iba a poder. Fue todo más brutal: la imposibilidad era consecuencia de una adicción a drogas fuertes, estaba en tratamiento médico, aun sin resultados. Creyó que tanta atracción durante la danza se vería reflejada entre las sábanas. Ella sufrió la decepción y se sintió un poco usada como prueba de laboratorio. Pero no estaba enamorada de ese chico, no tendría consecuencias emocionales graves. Charlaron un rato en la cama, fumaron, luego se vistieron y salieron hacia la avenida Corrientes. Allí él le regaló unos discos de Pavarotti, que hacía furor por esos días. Y se despidieron sin pena ni promesas.

“Ay, ay, ay, mi corazón/ Arbolito deshojado/ Un otoño se quedó/ solito y abandonado/ Los culpables son tus ojos/ ¿Para qué me habrás mirado?/ Niña de mi corazón/ Tus ojos me han atrapado/ Con los besos que me dio/ tu boca estando en mis brazos/ Los culpables son tus ojos/ ¿Para qué me habrás mirado?”

Pasó un tiempo prudencial. Un día acordaron por teléfono que ella le llevaría el violín a su casa, en la calle Riobamba, donde vivía con su familia. La recibió el padre, era la hora convenida, pero el muchacho no estaba. Se quedó esperando un tiempo mientras charlaba con el hombre, y cuando pasó un rato largo, a instancias del señor decidió dejar el violín para retirarlo otro día. Se sentía incómoda por el plantón y por la actitud un tanto melosa del padre, un típico patriarca provinciano que trataba de hacerse el simpático.

Nunca más se vieron; perdió el violín, con la sospecha de que debía valer buena plata y que tanto el muchacho del amor volcánico como su padre y el resto de la familia eran una manga de sinvergüenzas. Nunca más la atendió por teléfono, volvió a ir a la casa pero el tipo desapareció. Se hacía negar por los padres, por los hermanos. “Dolorido corazón/ Hoy vives desconsolado/ Por perder esa pasión/ Que se te fue de las manos/ Los culpables son tus ojos/ ¿Para qué me habrás mirado?”

Tampoco volvieron a cruzarse en la peña de la Avenida Independencia, ni en ningún otro ámbito del folklore. Ella no supo si se había ido de Buenos Aires, y su dolor más grande fue perder aquel violín de estudio que perteneció a su papá, quien tocaba música de cámara con su mamá al piano, cuando eran novios. Eso le pesaba mucho más que la pasión perdida. Odió al seductor, tan joven y tan sinvergüenza, pero se condenó a sí misma por haber sido tan confiada. ¡Dos veces estafada!

Pasaron treinta años y por esas cosas de las redes sociales y las plataformas musicales un día ella lo descubrió, tocando un violín que sonaba espantoso, desafinado; él, irreconocible, calvo, consumido y ojeroso, con un aspecto lamentable; nada quedaba de aquellos ojos capaces de derretir un témpano. La furia que sintiera cuando ocurrió la estafa y el abandono ya se había borrado, ahora al ver esa penosa imagen tuvo lástima. Se notaban en el hombre que alguna vez la encendió de pasión, los estragos del alcohol y de las drogas. Un pobre tipo al que ahora sí que no querría encontrarse de frente ni por casualidad.

“A mi pobre corazón/ Las puertas les has cerrado/ Los encantos de un amor/ Con doble llave y candado./ Los culpables son tus ojos/ ¿Para qué me habrás mirado?”

Habría preferido no ver esos videos, tal vez habría sido más romántico enterarse de que él había muerto joven, pero no, ahí estaba con todo su aspecto miserable y triste, tocando el violín en un tugurio de mala muerte, vaya a saber dónde, cuando de muchacho prometía un talento que podría haberse destacado en el mundillo del folklore. Un hermano suyo que tocaba la guitarra y cantaba terminó animando fiestas con un grupo de cumbia de los del montón, sueños de triunfo rotos. “Añuritay, corazón/ Tal vez te hayan hechizado/ Las penurias de un adiós/ Que a tus sueños despertaron./ Los culpables son tus ojos/ ¿Para qué me habrás mirado?” [i]



[i] “Para qué me habrás mirado”, chacarera de Cuti y Roberto Carabajal.

https://www.youtube.com/watch?v=KVRLt8dwyAA&ab_channel=Cuti%26RobertoCarabajal-Topic


miércoles, 1 de septiembre de 2021

AUTOBIOGRAFÍA FELINA (CONTINUACIÓN)

 

LA EMPANADA SOLEMNE

Por este tiempo se cumple un año de vivir sola con mi humana. El último mes que pasó el tipo en la casa no fue muy grato, porque, encima de todo, se  contagió del virus pandémico y se la pasó encerrado con cara de protomártir. Y mi mascota mujer le seguía cocinando, lavando la ropa,  lo atendía estoicamente cuando en realidad tenía ganas de pegarle un flor de patadón en la parte trasera de su humanidad. Una de sus hijas le había regalado una caja de té de arándanos, y como tiene algunos genes británicos en su sangre, con esa educada amabilidad parecida a la furia contenida, ella le ofrecía todas las tardes algún té de las muchas variedades que guarda en una caja decorada con decoupage: él siempre elegía el de arándanos, de manera que cuando llegó el día de mudarse casi no quedaba ni uno, cosa que a ella indignó. Si hubiera tenido aspiraciones trágicas para su vida le habría metido un buen veneno en esos tés, y hoy yo estaría viviendo quién sabe dónde porque ella estaría en la cárcel. Pero la  tipa no es tonta, su objetivo era liberarse de ese fardo de 90 kg para vivir mejor y ser feliz, además, se debía a mí, su obligación era y es mi bienestar en todo momento. Pero en aquellos días, cuando llegaba la noche, yo prefería dormir con el tipo en el colchón que tenía en el living, y ella aún se jactaba de que con el único animal que había tolerado dormir era con el marido. La comparación no era inexacta porque me consta que aquel humano emitía unos ronquidos parecidos a los de un león en celo, al menos hasta que empezó a usar un aparato al que se conectaba para dormir, entonces no roncaba pero parecía un elefante con su larga trompa. Más tarde se acostumbró a dormir conmigo.

Por fin llegó el día de la mudanza: como había mucho movimiento en la casa yo estaba nerviosa y me la pasé entrando y saliendo. Escuché que hablaron de que yo me podía mudar con él y eso me hizo sentir como si fuera un mueble, no un ser sentipensante… Pero el tipo dijo que no podía llevarme porque iba a estar poco tiempo en su nuevo domicilio, gracias a que ahora (por fin) tenía trabajo. Pero lo que recuerdo bien fue que la noche anterior mi humana no cocinó, pidió empanadas por teléfono, y cenaron juntos muy civilizadamente. Cuando él se sentó a la mesa, con tono compungido y solemne dijo:

-¡Empanadas! El día que llegué a la Argentina también comimos empanadas…

-Mirá vos… Fue la única respuesta.