jueves, 8 de octubre de 2026
AMIRA SE ECHÓ A MORIR
A mis tres gatas les sucedieron cosas misteriosas. A fines de 2022 mi hijo encontró muerta a Kusturica en la puerta de mi casa, según me dijo sin signos de heridas o golpes. Hizo muchísimo calor y yo había salido de viaje por cinco días. Todas son conjeturas: ¿fue el calor excesivo, tal vez tenía un problema cardíaco que yo desconocía? Hacía un par de meses tenía que vérselas con un perro agresivo que nunca la atacó pero le trastornó la vida. Recién cuando volví de mi viaje supe la novedad. En el lugar donde fue enterrada le armé una especie de lápida con plantas, caracoles y piedras. Vivió siete años; cuando llegó a casa con menos de dos meses era completamente blanca, ojos celestes. A medida que fue creciendo empezó a salirle pelo atigrado pero conservó partes blancas, era un bello y dulce felino, aunque se ganó el mote de maleva porque le hizo la vida imposible a otra gata que se tuvo que exiliar en casa de mi hija. Kusturica se me acurrucaba en la cama o en el sillón, me pedía queso crema a la hora del desayuno, cazaba lauchas y pájaros que me dejaba en la puerta.
Un tiempo después adopté a dos hermanitos, Mads y Mina. Pasados seis días de que cumplieran un año, un sábado por la mañana me desperté con escándalo de pelea de gatos, me levanté y sólo estaba Mads. Llamé a Mina, la busqué por todo el jardín pero no apareció. Pasaron las horas y nada, Mina se esfumó. Imprimí fotos suyas con mi número de teléfono y salí a pegarlas por el barrio, en los negocios, pregunté a todos los vecinos, la seguí llamando durante unos días, pero nunca más volvió. Era una bella gata de pelaje corto, gris muy brilloso, una gata fina de patas delgadas y ojos verdes. Jugaban juntos los hermanos, a veces dormía uno a cada lado de mí y eran mi compañía todo el tiempo. Pero Mads siempre fue un poco salvaje, huidizo, nervioso; nunca dejó que lo tuviera en brazos, a su manera pide cariño pero sin apego ostensible. Por eso, más de un año después de la desaparición de Mina quise adoptar otra gatita para tenerla conmigo como mimada y cercana. Así fue que vino Amira, de un mes y medio. Completamente blanca con sólo unas manchas grises en la frente. Desde el primer día conquistó mi corazón, graciosa, juguetona y mimosa. No fue fácil la adaptación de Mads, que la aceptara y se hicieran amigos. Pero al fin se logró que convivieran, a veces jugaban hasta que el grandote se cansaba y la daba unos cachetazos y seguía cada uno con su vida. Ella era mi gata compañera, cariñosa, siempre cerca, le gustaba salir afuera pero nunca por mucho tiempo. Se trepaba al níspero, perseguía pájaros, alguna vez cazó una laucha y muchas lagartijas que me traía adentro de la casa como ofrenda. Nunca me encariñé tanto con un gato como con Amira. Cumplió un año de edad, y aunque adulta era pequeña, no pasaba los tres kilos de peso. Se subía a las medianeras, al techo de mi casa y a veces al del vecino del fondo.
No sé, ni nunca sabré qué fue lo que sucedió la vez en que se pasó a la casa de al lado donde hay dos perrazos enormes que por desgracia la atacaron. Estábamos almorzando con mi hija y mi nieta y escuchamos la batahola de los perros, ahí me di cuenta de que Amira no estaba dentro de la casa y salimos; mi hija la vio colgada del pescuezo de uno de los perros, enterrándole las garras, “como una fiera”, defendiéndose. Por los gritos que di salió el vecino y logró tomar la gata y pasarla por la medianera, estaba también mi hijo que la recibió. En estado de shock, respiraba agitadamente y le salía una gota de sangre por la boca. Sin terminar de almorzar la llevé a una veterinaria que atiende sin cerrar al mediodía y ahí estuvo unas cuatro horas, con suero y con neumotórax, por lo cual la doctora tenía que extraerle aire de sus pulmoncitos. Tenía terribles hematomas pero parecía que podría resistir hasta la mañana siguiente para llevarla a sacar una radiografía. Estaba hipotérmica, así que las recomendaciones fueron que la mantuviera abrigada y que observara su respiración, si veía que comenzaba a agitarse debía llevarla a internar en una clínica de San Miguel (lo que implicaría un gasto enorme). También había que ponerle una inyección, un analgésico, lo que hizo mi hijo según las instrucciones de la veterinaria.
Me fue imposible mantenerla quieta y abrigada: se sentaba en el suelo frío, estuvo largo rato así junto al recipiente de agua, bebió un poco. Yo no me animaba a cargarla porque sabía que estaba toda rota por dentro y no quería provocarle más daño. A la medianoche noté que empezaba a respirar agitada, entonces supe que debía llevarla a internar. Hubo un instante en que ella se echó y fue evidente que se iba a morir en ese momento, pero yo no me podía resignar a verla irse así. Pensé fríamente que hubiera sido mejor que los perros la remataran, entonces se habría ahorrado horas de sufrimiento, pero no me habría perdonado dejarla irse sin hacer nada.
Llamé un remis y me la llevé a San Miguel; la internaron inmediatamente y tuve que pagar una barbaridad de dinero (el único ahorro que tenía). Luego la doctora que la recibió me informó que había llegado “en paro” (cardíaco) Me hizo pasar a verla, estaba intubada con asistencia respiratoria mecánica. La dejé con el corazón estrujado y me volví a casa, pensando que al día siguiente iría en el horario que me indicaron. Dormí poco y mal, y a las 7 de la mañana me llamaron para decirme que la pobrecita había muerto. Todo fue inútil, y yo me debatía pensando si no tendría que haber aceptado ese gesto tan claro de ella de echarse a morir, si fue egoísmo de mi parte intentar prolongarle la vida con una estúpida ilusión de que se repondría y volvería a ser mi gata amorosa y compañera. Pobrecita, y cuánto dolor me produce aún revivir esos horribles momentos. Perdón, Amirita, por no respetar tu instinto. Qué breve fue tu vida, pero cuánto amor me diste. Sólo espero que llegado mi momento yo pueda echarme a morir sin que nadie me lo estorbe.
Luego de este hecho desgraciado pensé si tanto Kusturica como Mina no habrán corrido la misma suerte, si no fueron atacadas por esos perros asesinos. De sus dueños nunca recibí un pedido de disculpas, una muestra de pesar, al contrario, desde que sucedió esto hace exactamente un año, evitan cruzarse conmigo y saludarme.
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