viernes, 1 de mayo de 2026

PRIMERO DE MAYO

Vine a vivir a Hurlingham hace 45 años, recién casada. Muchas personas creerán que esta comarca es solamente la de los chalets de estilo inglés y elegantes jardines, calles arboladas y misterio de adiós que siembra el tren. Pero el barrio al que yo llegué, y especialmente mi cuadra, es bien proletario, con una característica en su mitad exacta: el enorme conventillo que está ahí desde tiempo inmemorial. Vaya a saber quiénes fueron sus antiguos dueños, una sucesión nunca terminada, ¿herederos?, una incógnita. A lo largo de los años (en el ’80 ya era antiguo) se fue ampliando, han pasado familias enteras, muchas se instalaron, pocas quedan de entonces. También personas de dudosa reputación, de hecho el barrio fue bautizado con el estigmatizante nombre de “La Puñalada” porque se cuentan historias de delincuentes, algún asesino que pagó con cárcel sus crímenes, como aquel al que alcancé a conocer, apodado “El Tigre”, cuyo hermano había “amasijado a un punto”, y él también estuvo preso. Era un hombre alto y muy flaco, consumido por el alcohol, pero muy correcto y educado en sus maneras. A veces le pedía dinero prestado a mi marido y se lo devolvía religiosamente. Mucho borrachín en otras épocas, como el Bebe, ¡y vaya si bebía!, mucha pelea con la intervención de la policía a cuyos fondos da el conventillo. En una ocasión, creo recordar que fue en 1982, se fugaron con toda tranquilidad catorce presos de la comisaría por la puerta del conventillo, frente a mi casa. Hasta hubo un móvil de Crónica TV cubriendo el caso. Sin embargo, lo que siempre primó en el barrio fue la clase media baja y trabajadora. Hoy dejo pasar las numerosas historias pintorescas que me contaron cuando yo me radiqué aquí porque es el día del trabajador, o día del trabajo, según quién lo diga y eso me trae recuerdos de hace más de cuarenta años, cuando los hermanos Ríos ponían música desde temprano en días festivos como el 1° de Mayo, y el 17 de Octubre, aun en plena dictadura. Entonces sonaban la Marcha Los muchachos peronistas y el Himno al Trabajo por Hugo del Carril, de un disco de vinilo y que atronaba el ambiente gracias a unos parlantes enormes. El humo del asado lo perfumaba todo, porque aunque eran tiempos de economía neoliberal aun los laburantes podían darse ese gusto sin descalabrar su presupuesto como ahora. Los hermanos Ríos –Beto, Negro y Vago- trabajaron toda su vida en fábricas y eran militantes peronistas. Hoy sobrevive Beto, el mayor, los otros dos ya murieron, con su salud arruinada por el alcohol. Pero lo más triste de este relato es que con el paso de los años se fue diluyendo esa pasión, ingresó la prédica de sectas evangélicas y penetró las mentes, la música de la mística peronista fue reemplazada por esas canciones “cristianas”. Los hermanos Ríos dejaron la militancia, sólo el mayor que aún vive continuó siendo explícitamente peronista, pero también feligrés de una secta pentecostal. La democracia no alimentó, no educó ni curó, salvo los doce años de kirchnerismo que mejoraron sus condiciones de vida. El menor de los hermanos se compró casa y auto, salió del conventillo (los otros dos no) y poco tiempo después lo escuché quejarse vehementemente porque les daban jubilación a “personas que nunca aportaron”, y “planes” a los vagos (el sobrenombre que él mismo tuvo toda su vida, Vago), mientras uno de sus yernos le explicaba que la AUH no era un “plan”. Sospecho que votó a Macri. Murió en 2018. Hoy el barrio es todo silencio, ni siquiera suena el reguetón que invadió como pandemia. No hay humo de asados. No hay alegría. El mayor de los Ríos, viejo, consumido, sale a veces a la vereda con su ojo vigilante (porque siempre se ocupó de observar todo lo que ocurre en el barrio) Y nunca más se escuchó el disco de Hugo del Carril.