miércoles, 17 de agosto de 2011

ANTES QUE TERMINE EL 17 DE AGOSTO

Qué difícil es no caer en lugares comunes cuando se trata de homenajear a San Martín. Crecimos imaginándolo montado sobre un corcel blanco en la inmensidad de unos Andes de telón. O creyendo que nació General, y que todo lo tenía resuelto como por arte de magia.
¿Cuándo nos pusimos a pensar que la obra por la que trascendió sólo pudo lograrla por tener muy claro contra quién y contra qué luchaba? A partir de ahí se puso a trabajar. También creímos toda la vida que los hombres de antes eran geniales y que las cosas se hacían solas. San Martín empezó su carrera militar a los doce años, y para llegar a cruzar los Andes tuvo que movilizar a muchísima gente. Y pelearse con los que estaban en su contra por intereses económicos o de clase. Y desobedecer a los gobernantes.



¿Cuándo nos enteramos de que el gobierno de Buenos quiso abortar la Campaña al Perú para que San Martín sofocara a los federales de Artigas que “molestaban” a los porteños? El pobre Artigas tenía que pedir ayuda a Buenos Aires porque, del otro lado, los portugueses no descansaban en su afán imperialista sobre la Banda Oriental. A buen puerto iba por leña…
Pero San Martín, desde Mendoza, contestó al Director Supremo que tenía un ataque de gota. A vuelta de correo le llegó la destitución como gobernador. No le importó: él tenía claro su objetivo, y tenía a la gente del pueblo en su apoyo. Continuó con la campaña al Perú hasta las últimas consecuencias.
¿Quién nos explicó que en realidad San Martín se retiró de la lucha cediéndole el lugar a Bolívar, no porque fuera “menos político” como escuchamos por ahí, o porque fuera un mal estratega? Esa fue solo una cuestión de poder, y San Martín había perdido el apoyo material del gobierno porteño. No bastaba la genialidad: hacía falta dinero, ropa, alimentos, armas para mantener un ejército vencedor. Bolívar contaba con talento y todo lo demás, y San Martín, fiel al proyecto de la Patria Grande reconoció en Bolívar a su continuador.
Así tenemos que recordarlo, y preguntarnos para nuestra vida de hoy, desde nuestro lugar, qué objetivos tenemos, quiénes están de nuestro lado y contra quién debemos luchar; saber pedir ayuda, no perder tiempo ni energías en luchas equivocadas. Desobedecer a los que quieren confundirnos, y seguir adelante, seguramente no sobre un brioso caballo blanco, sino mas bien tosiendo como asmáticos en la grupa de una mula…


Cuando mi hija mayor cursaba quinto grado de la escuela N° 86 del Barrio La Esperanza, de Hurlingham, en 1991, su maestra, Rosario Cisneros, recientemente fallecida, me convocó para ayudarla a organizar un número artístico con los alumnos, en el acto conmemorativo del 17 de Agosto. Se me ocurrió escribir una pequeña obra de teatro, pero me interesaba poner de manifiesto esos aspectos revolucionarios de José de San Martín, que a los chicos sedujeron rápidamente, porque descubrieron un matiz humano de aquel prócer distante y broncíneo que se les transmitía desde el preescolar. Así fue que Oscar, Lucas, Eduardo, Sergio,  Andrea, Mariela y Patricia se ofrecieron como actores para representar la obra, y los ensayos se hicieron en mi casa. Luego lo de siempre, las mamás inventando trajes y birretes, y maquillajes para poner barbas y bigotes a esas caritas lampiñas. Fue una experiencia hermosa, y llegado el día del acto, se lucieron todos. La maestra delegó en mí la tarea, en un gesto de confianza absoluta, si bien yo le mostré el texto de la obra, ella la aprobó y dejó que yo llevara adelante todo. 

Sin embargo, eran momentos de plena vigencia del Neoliberalismo menemista; no era conveniente despertar el germen de la rebeldía en los niños, ni mucho menos propiciar la libertad de pensamiento, ni el espíritu crítico, ni la creatividad. La directora de la escuela, recuerdo que se llamaba Alicia, pero la pobre era tan mediocre que he olvidado su apellido, pocos días después llamó severamente la atención de la maestra, por el contenido de la obra de teatro que habían representado sus alumnos. 
A continuación, la obra de teatro subversiva que salió de mi inspiración:



PERSONAJES: Alumna 1 y Alumna 2; Maestra; San Martín; Rondeau; Artigas; Juan Pueblo.


MAESTRA: Y ahora, dos alumnas de quinto grado recitarán una poesía en homenaje al Padre de la Patria.

ALUMNA 1:  “ El Héroe Niño:  Un niño americano
                                                   se educaba en Madrid …

ALUMNA 2:                          …porque en su tiempo España
                                                  era la dueña aquí…”  (1)

SAN MARTIN: ( Ingresa, interrumpiendo) ¡Ufa, siempre lo mismo! Hace años que escucho y veo las mismas cosas en estos actos...

MAESTRA: ¡General San Martín!

SAN MARTIN: (dirigiéndose a las alumnas) ¿Les gustaría que les cuente una travesura mía que no es muy conocida?

ALUMNAS 1 y2: ¡Sí, por favor!

SAN MARTIN: ¿Me permite, señorita maestra!

MAESTRA: Sí. General San Martín. Siéntese, por favor(le acerca una silla. Las alumnas se sientan en el piso, frente al Gral. San Martín)

SAN MARTIN: Ustedes saben que hace muchos años me tocó organizar en Mendoza, el Ejército para cruzar Los Andes. Eso llevó mucho tiempo, y costó muchos sacrificios. La gente criolla puso todo su corazón en esa campaña, porque había que pelear contra los españoles que querían seguir siendo los dueños aquí.  Una mañana recibí una carta que venía de Buenos Aires. Era de Rondeau, el Director Supremo.

ALUMNA 2: ¿Director Supremo?

SAN MARTIN: Sí, algo así como el Presidente (ingresa Rondeau), y la carta decía...

RONDEAU: Mi querido General, va a tener que venirse a Buenos Aires. Anda ese criollo Artigas de la Banda Oriental. Tiene ideas muy raras ese hombre...

ARTIGAS:(entrando) Claro. Le parece raro que yo quiera que la tierra sea para los que la labran. Que cada provincia tenga su independencia, sin pedirle permiso a Buenos Aires para cualquier cosa...(se va)

RONDEAU: Véngase, General , que a ese uruguayo le vamos a tener que dar un escarmiento (se va)

ALUMNA 1: ¿Y usted qué hizo, Don José?

SAN MARTÍN: Yo le contesté al Director con una mentirita. Le mandé una carta diciéndole que estaba enfermo, que tenía una flor de gripe y que me era imposible viajar a Buenos Aires. ¿Cómo iba a usar mi ejército para pelear contra Artigas, que era un hermano y también luchaba contra los españoles, como yo?

MAESTRA: Qué importante es saber quiénes son nuestros amigos y quiénes no.

SAN MARTIN: Por supuesto. Por eso me quedé en Mendoza, juntando gente, juntando ropa abrigada, alimentos, mulas y caballos para cruzar Los Andes. Eso era lo que más importaba en esos tiempos.

MAESTRA: Pero, Don José, a los chicos les enseñamos a no mentir...

SAN MARTÍN: Así es, hija, pero lo que yo hice fue una pequeña travesura, lo que se dice una mentira piadosa. No se preocupe, porque los niños entienden las cosas con el corazón, más que con la cabecita.

(Entra Juan Pueblo)

ALUMNA 1: ¿Y usted, señor, quién es?

JUAN PUEBLO: Yo soy Juan Pueblo, y quiero dedicarle al General San Martín estos versos del Martín Fierro:

                                        Los hermanos sean unidos
                                        porque esa es la ley primera
                                        tengan unión verdadera
                                        en cualquier tiempo que sea
                                        porque si entre ellos pelean
                                        los devoran los de afuera.


                                               FIN

(1) "El héroe niño" es una poesía escrita por el poeta y periodista Germán Berdiales (1896-1975), y la copio a continuación: 


El héroe niño

Un niño americano
se educaba en Madrid
porque en su tiempo, España
era la dueña de aquí.
Apenas trece años
estaba por cumplir
cuando honroso uniforme
quiso el niño vestir.
Marchó a tierra de moros
para ir a recibir
el bautismo de fuego
y ser soldado al fin.
En el sitio de Orán
se le vio combatir
por treinta y siete horas
soportó el fuego allí.
Y era poco más alto
que su propio fusil.
Se llamaba José,
José de San Martín.
                            Germán Berdiales




miércoles, 3 de agosto de 2011

VOLVER A LOS 34...




Tenía 34 años, cuatro hijos pequeños, trabajaba y los educaba con la ayuda de su tía y de una chica que trabajaba en casa, (de quien algún día contaré su historia, porque fue un fenomenal caso de voluntad de superación) y además, en lo más  furioso del menemismo, pretendía militar, escribir, hacer algo por cambiar la realidad. Fue difícil mantener las convicciones en aquella época, seguir siendo idealista aunque eso no cotizara en el mercado. Hace exactamente veinte años escribí lo que sigue:


EL HILO TIENE DOS PUNTAS

                                              
Hoy no puedo escribir acerca de otra cosa que no sea mi imposibilidad de escribir. Me pregunto cuál es el mecanismo que pone en funcionamiento la necesidad física de escribir? ¿Por qué a veces las ideas se presentan ordenadamente hilvanadas y la lapicera corre ágilmente sobre los renglones dando como resultado algo, si no bello, al menos coherente? ¿Por qué otras veces me asaltan como fogonazos inconexos otras ideas que no alcanzan para armar una unidad?  Estoy en un momento de esos. Se me ocurre ver a Vicente como un Quijote frente a Ginés de Pasamonte y los condenados a galeras; me conmueve su deseo insatisfecho de servir a sus cuatro hijas sentadas alrededor de una misma mesa. Escucho “Volver a los diecisiete” por Mercedes Sosa y siento un estremecimiento. Se me antoja pensar que, según lo poco que mi rudimentario cerebro puede alcanzar a rasguñar de la teoría de la relatividad, si la materia pudiera desplazarse a la velocidad de la luz se transformaría en energía, tal vez lo que conocemos como energía (la luz, la electricidad) podría ser materia transformada, tal vez la luz que veo sea un ser, o miles, millones de seres con espíritu que se manifiestan en forma de luz, pero que llenan el espacio de una presencia silenciosa, y sería interesante descubrir la forma de entrar en comunicación con ellos.
¿Cómo hacer para poner conscientemente en funcionamiento ese mecanismo y no esperar que la bronca, o el éxtasis amoroso, o la lectura de un texto me predispongan para escribir? Primera punta del hilo: (alguien podrá exclamar ¨chocolate por la noticia”) el acto de escribir tiene relación directa con lo afectivo. Claro, pero no se está permanentemente con los afectos exacerbados y a flor de piel. No se está permanentemente melancólica, angustiada, enamorada, excitada, enojada, alegre. ¿Cómo hacen los escritores con carnet para sentarse todos los días a escribir metódicamente? Y si pudiera saberlo, ¿me serviría como una receta magistral? A esta altura creo que no, que yo debo buscar mi fórmula, y no por una cuestión de soberbia, sino de autoconocimiento y de aprendizaje, si es que quiero poner en obra mis fantasías de escritora. Tal vez para ese muchachito de anteojos y pelo largo que suele mirarme con cara de Edipo mal resuelto sería sencillo probando con alucinógenos, lo cual para mí, toda una madre de familia que sólo en casos extremos suministra antibióticos a sus hijos y cura los propios dolores con apenas una bayaspirina muy de tarde en tarde, suena sencillamente horroroso.

También puede ser que no quiero hoy ciertos estímulos ya conocidos, verbigracia, alguna canción de Silvio Rodríguez, porque ya sé que derivan en una melancolía estéril. Entonces, ¿qué hacer? Las opciones que se presentan son escasas: irme a dormir (ya es pasada la medianoche y me espera una jornada de mucho trabajo), o bien caminar hasta la cocina, calentar agua y tomar unos buenos mates amargos, lo que, además, me permitiría estirar las piernas que ya tengo un punto menos que acalambradas, y hacer una de esas contorsiones con las que creo acomodar mis pobres vértebras escolióticas (¡al menos inventé una palabra!) o bien ponerme a leer alguno de los libros que me ha prestado mi buen amigo Pablo. He optado finalmente por los mates, y continúo. Me asaltan de improviso unos versos de Lugones: “Érase una caverna de agua sombría el cielo; / El trueno a la distancia rodaba su peñón”.  Ha comenzado a llover, y si volviera a los diecisiete la lluvia me inspiraría alguna sentida cursilería. Pero nada; la lluvia, desde hace trece años no es más que una odiosa rutina que me estropea los lavados y me retrasa los planchados. La lluvia tiene otro significado antes de los veinte años y en San Juan, o en La Rioja.

“Y en los profundos campos silbaba la perdiz”. Sí, vivir en Hurlingham es como vivir en el campo. Pero aquí no se escuchan silbos de gallináceas sino motores de aviones de variado porte que aterrizan en la base aérea de Palomar. Bocinas de trenes. Gritos de niños. Discusiones y rotura de vidrios en el conventillo de la cuadra. Algún tiro lejano. Sirenas de policía, de bomberos. Aquí no hay profundos campos. Lo más hondo que puede notarse es la diferencia entre los chalets de la gente adinerada y las villas que bordean las vías del San Martín o el Río Reconquista. Yo me siento como si estuviera en el medio, escribiendo cosas que no llegarán ni a los habitantes de fastuosas casas ni a los de casillas de chapa. ¿O será que me apego demasiado a antiguos esquemas? ¿Será que los ando extrañando porque no puedo tragarme el cuento del fin de la historia, de la muerte de las ideologías y todos esos eufemismos que utilizan los que tienen el poder para justificar la forma lenta pero terrorífica conque quieren diezmarnos? Los que tienen el poder. La toma del poder. La actualización doctrinaria. El trasvasamiento generacional. Me acuerdo. Eran cosas con las que yo, supuestamente, tenía que ver, y en un plazo no muy largo. Tenía diecisiete años, la mitad de los que tengo. Mi poder ahora es cada día más limitado.

A veces me siento como una cucaracha que va adaptándose al medio y sus condiciones, a las diferentes formas de exterminio. Y lo que quedó de la generación que precede a la mía ha naufragado en un mar de politiquería, conflictos existenciales, corrupción, dólares, desilusión, nostalgia, traición. Todo lo que un Enrique Pinti podría describir arrancando carcajadas. Antes éramos idealistas pero solemnes. Hemos perdido la solemnidad, hemos aprendido a cultivar el humor, pero somos unos carneros incapaces de jugarnos por nada. Jugamos, eso sí: al Quini 6, al Loto, Prode, Súbito, tapitas de Pepsi. Hay que salvarse.
Jugarse, salvarse. En tantas y tan largas reuniones sahumadas con Particulares 30, ¿no aprendimos que individualmente no se puede?
Intuyo que me voy orientando para encontrar la otra punta del hilo. Poder escribir, tener tema, tener constancia, tiene que ver con lo afectivo, y los afectos suponen compromiso.
Comprometerme con la realidad, pero no la de los informativos. La realidad subterránea, vibrante, clamorosa, para cuya captación no sólo es necesario entrenar la lapicera, sino ahondar la mirada, aguzar el oído, tender las manos.




jueves, 21 de julio de 2011

ROZANDO LA POESÍA

Mi padre soñó con ser poeta y escribió algunas poesías muy bellas. No se dedicó a la literatura como hubiera debido, para cultivar su don natural, se dispersó en muchos talentos diversos y se diluyó. Parece que una manía familiar rigió su conducta, mi abuelo, que también se llamaba Ramón, y el mayor de mis tíos, fueron a su vez escritores frustrados. Es el fantasma que me ronda y me angustia, como podrá comprenderse…

Por alguna razón, sólo en la adolescencia me dejé llevar por el arrebato poético e intenté escribir algo en versos, mi padre me enseñó elementos de la métrica y la rima, y me indujo a la lectura de los poetas que él admiraba.

Estos podían ir de Francisco de Quevedo a Leopoldo Lugones, de Rubén Darío a Jorge Luis Borges, de Miguel Hernández a César Vallejo. Él me leía en voz alta y la poesía entonces dejaba de ser algo abstracto para conectarse con el paisaje, con la vida cotidiana, mis experiencias infantiles, el descubrimiento del mundo y la naturaleza se vinculan fuertemente  con viejas y queridas poesías, que vibran en mi oído en la voz emocionada de mi padre.

César Vallejo 
Sin embargo, mi haraganería pudo más y no abordé el género, siempre me pareció que estaba vedado para mí y que era algo reservado a talentos mayores. Más tarde accedí a la poesía en prosa de un grande contemporáneo: Eduardo Galeano. Él no necesita versificar para escribir poesía. José Saramago es otro poeta que escribe en prosa (escribe, sí, porque no ha muerto)

He reunido algunos textos breves escritos en los últimos veinte años, he descartado otros, líbreme el buen gusto de la cursilería… Tienen que ver con sentimientos, con amores y desamores, muertes cercanas, la vida y su esplendor.


INSTANTE

Un instante de tu ternura
Un beso leve, un roce apenas
De tu piel, valen toda
La espera, la inquietud
Todo el silencio.


INSENSIBLE

Ví a la muerte barriendo un patio. Debo haberle pasado cerca otras veces, pero la veo recién ahora, cuando acabo de dejar de un golpe todos mis vicios: el cigarrillo, el alcohol, el sexo. Los he dejado y no me duelen. No siento. Veo suceder cosas a mi alrededor pero ninguna me toca, ni siquiera la muerte.
No me duele ni siquiera ese teléfono que no para de no sonar.


LA GRIETA

Al principio era apenas perceptible. Daba la impresión de un cabello. Con pasar la mano hubiera bastado para dejar la superficie limpia. Pero luego de algunos intentos se hizo evidente: era una trizadura. Habría que haberlo cuidado más; no moverlo, dejarlo reposar. Pero claro, también la inmovilidad absoluta lo hubiera llevado a atrofiarse, y, aunque por otro camino, a la destrucción.
Tal vez por efecto de la fuerza de gravedad, por las vibraciones, en fin, por el paso del tiempo se fue acrecentando, en longitud y en profundidad. En su abertura se fue depositando el polvo. Un poquito cada día, indolentemente. Se afeó, se arruinó. No hubo mezcla ni maquillaje con qué reparar la grieta, ni disimularla.
De la tierra acumulada en ese intersticio brotó una vieja semilla. Y abrió una flor, bella como unos ojos zarcos.


PALABRAS

Después del estallido dijiste "No te vayas nunca". En el silencio, tus palabras eran el grito desesperado de quien intenta perpetuar la felicidad, cuando ya ese rayo de eternidad empezó a escaparse. Un deseo tan vano como el de no morir. Cualquiera haya sido tu nombre, lo dijiste, lo repites siempre, lo seguirás diciendo. Te lo he escuchado infinitas veces. Pero ni yo permanezco, ni vos te quedas.








GESTOS

Estoy ávida de gestos. Las palabras sólo sirven para confundir. Ocultan lo que pretenden mostrar. Esconden, distorsionan, disfrazan, encubren, engañan.
Los gestos en cambio, desnudos como la piel, vivos como los latidos, claros como mirarse a los ojos. Esos sí dicen verdad.



ESCRITURA


Hace mucho que no te escribo nada por andar cifrándote la piel. Como esos mensajes secretos que escribíamos con jugo de limón sobre papel cuando éramos niños, y que revelábamos al pasar sobre una llama, al encenderse nuestro fueguito tu piel muestra los mensajes de amor que voy grabando con mis besos y caricias. Como la piel de algunas frutas, la tuya está llena de caminos y mapas, de huellas y señales, es el lugar del mundo en el que me refugio, mi descanso, mi solar. “Por aquí estuvo ella” dice tu piel, y por donde pasé quiero volver siempre. Y aunque el deseo me dicta quedarme, es mejor seguir teniendo la oportunidad de regresar.


PARAÍSO

A veces siento nostalgia de una casa en Mar del Plata, en invierno, adivinando el sonido del mar tras los ventanales. Un refugio, un amor apacible, libros para leer, libros por escribir. Lejos, atravesando un jardín, el mundo, o mejor, el infierno. Dentro, una música, Mozart, leños ardiendo, Clístenes agazapado, por robarse un bocadillo.
Un sabor de paraíso perdido rodea una casa, adonde entré a hurtadillas alguna vez. Melancólicas brumas la envuelven. Allí estará, solo, con sus recuerdos, con sus ausencias. Lástima.




PATRICIA

Hay una mariposa de alas negras y amarillas que quedó atrapada en el invernadero.
Ella la descubre y dando voces la libera, le ordena irse, le abre el camino, ríe. Se queda mirando cómo vuela hacia el cielo; está feliz. Todo ser viviente tiene en ella un hada protectora.
Vuelve a mezclarse entre las plantas floridas y verdes: ellas viven de su mano y la nutren. La muerte es algo ajeno, lejano.
Enero de 2002



DICIEMBRE

Era diciembre pero no hacía calor.
Tus hermanos, tu padre y cinco adolescentes atribulados cargaron con tu peso hasta el coche fúnebre. Hijo mío, ¿qué te hiciste? Tu carita de niño triste no se me borrará por el resto de mis días, dormido allí, tendido, tu boquita de sonrisa escondedora cerrada para siempre, ¿por qué, por qué?
Era diciembre pero un viento frío le volaba a tu novia el cabello ceniciento. Mujercita pequeña y blanca, de pie, sin doblarse junto al féretro, pobre hijita mía, ¿qué le hiciste?
La tierra abre una boca enorme para tragarte, allí has quedado, se desgranan los terrones para cubrirte. Ella arroja una flor blanca en la que depositó un beso, un último beso frío, como este diciembre frío, el más horroroso diciembre del siglo.

Pasaron el verano y el otoño. Pronto terminará también el invierno, y así sucederán los días y los años. Cada noche te recuerdo y camino imaginariamente sobre el césped que te cubre, allá, tan solitario. La tristeza no termina. Sólo cuando a ella la ilumine de sonrisas un nuevo amor empezaré a olvidarte, querido Hilario.

Agosto de 2002





HOMBRE QUE COME PAN

Un día ciego, bajo la tierra, hay un hombre que inocentemente come pan. Son las ocho y media de la mañana del 31 de diciembre. En un vagón de subte menos colmado que otros días, un hombrecito barbado y  joven saca de su bolso un pan y se pone a comerlo. Tiene unos ojos grandes y claros, y una cara de niño a la que la barba da cierta solemnidad. El vagón está lleno de gente triste que parece ir a ningún lado; en estas catacumbas todos parecen muertos, sólo el hombre que come pan tiene vida, y es apenas el gesto tierno de masticar.  Algo milagroso ocurre en ese hombre, hoy debería ser un día de fiesta, pero es que se está terminando el año más triste en mucho tiempo, y nadie tiene espíritu festivo.
Sólo una módica felicidad se escapa de ese hombre que come pan en el vagón de subte.
Diciembre de 2002




miércoles, 13 de julio de 2011

DE MIS VIAJES COTIDIANOS

Durante más de veinte años viví en una localidad del Gran Buenos Aires, a unos treinta kilómetros de la Plaza del Congreso. Pasé por varios trabajos, todos en Capital Federal (eso que ahora llaman CABA)

Me pasé viajando en tren y subterráneo un promedio de tres horas diarias, de lunes a viernes, a veces también los sábados... a grosso modo, la cuenta da más de setenta mil horas. Lo único que compensaba ese tiempo perdido, y me alejaba del suicidio, era la lectura. Fue la etapa en que leí más profusamente; si conseguía asiento leía con comodidad, si no, leía de pie en desafiante equilibrio, y a veces, haciendo pesas, si el libro era de gran porte como un Ulises de Joyce que pesa como 800 gramos...

Pero la lectura no me impedía observar a mi alrededor, conocer de memoria quién subía en cada estación, identificar caras, saber quiénes eran amigos, compañeros de estudio, intercambiar miradas con muchachos buenos mozos, y hasta intentar algún levante... recuerdo un flaco que subía en Martín Coronado, tenía unos ojos verdes increíbles, pero justamente, ese, jamás reparó en mí.

También me sabía de memoria el pregón de cada vendedor, su timbre de voz, sus tics, sus engaños...hasta había un ciego que no era ciego, pero nadie se atrevió jamás a demostrarlo.
De esta observación surgieron historias, como siempre, más o menos verídicas, más o menos cómicas, o crueles. La que publico hoy puede que la haya escrito a fines del 2000, no lo puedo afirmar, porque contrariamente a mi costumbre, no le puse fecha al original. Pero sí tengo claro que fue durante lo peor del neoliberalismo menemista (o delaruísta, que es casi lo mismo)


NAVIDAD


Arrecia el calor en el vagón lleno. La mujer, mulata, esmirriada, el labio inferior colgante, comienza a hablar:

- Señoes pasajeros, me podrían ayuár... Teo cuatro quiaturas pa dale de comé, po favó, señoes pasajeros...

El vuelto que el heladero me acaba de dar, una moneda de un peso, se me incrusta en la palma de la mano. La aprieto para que la mendiga no la vea, no le puedo dar semejante cantidad,  si a veces yo misma tengo que estar contando las moneditas para viajar.

- ... que tengan una felíz navidá, yo no tengo pá comé, me podrían ayudá pa dale de comé a misijos, que la virgencita de Luján los bendiga, muchas gracias señoes pasajeros...

La mujer ya empezó a caminar, y de su labio colgante pende un hilo de baba. Hace mucho calor, y si no me apuro se derretirá mi helado, esta mulata de mierda me arruinó el placer de tomar un helado en semejante tarde de calor, un 24 de diciembre. Está viniendo hacia el fondo del vagón donde estoy sentada, y no me puedo poner a guardar la moneda justo ahora porque ella me verá y creerá que le voy a dar algo.

... y que tengan una felíz navidá. Señoes pasajeros, teo cuatro quiaturas me podrían ayuár, que Dió los bendiga.

Aprieto la moneda con la mano derecha y con la izquierda sostengo el palito del helado; bajo el brazo tengo la cartera y una bolsa de plástico. Nunca estoy en la calle a esta hora, hoy nos dieron asueto por  la Navidad, y el tren está por partir. No tengo nada que festejar, hace tiempo que esta fecha ha perdido para mí todo significado, pero vivir en sociedad implica que tendré que cocinar algo especial, y que comeremos y beberemos hasta el hartazgo, en familia, y a las doce de la noche, en medio del estruendo de los petardos y las bengalas nos diremos "feliz Navidad" aunque sepamos que, si es verdad que por esta fecha, hace dos mil años nació Jesús, ya no nos alcanza su prédica de pobreza , humildad y amor. Por eso no le creo este discurso a la mulata que dice tener cuatro hijos, que no tiene para darles de comer, no le creo que esté deseando a cien desconocidos que la virgencita nos bendiga y  que  pasemos una feliz navidad, porque la pobre es tan idiota que lo dice todo mecánicamente, no siente nada de lo que está diciendo, peor aún, es incapaz de sentir resentimiento por todos los que estamos sentados en el vagón, la mayoría con paquetes y bolsas, botellas de sidra y panes dulces (esas limosnas que las empresas dan a sus empleados). Entonces decido guardar nomás la moneda de un peso en mi monedero, porque ya terminé el helado, tengo la mano izquierda desocupada, aunque un poco pegajosa con el chocolate. Abro dificultosamente la cartera y me limpio los dedos con un pañuelito de papel, busco el monedero en el fondo; nunca encuentro nada en esta cartera, lo de siempre, las carteras, sean grandes o chicas sólo sirven para que todo se pierda dentro.

- Señoes pasajeros, me podrían ayuár, tengo cuatro quiaturas y no tengo pá comé, que pasen una felíz navidá...

Cambio de mano la bolsa de plástico, no quiero molestar a mi vecino de asiento que está dormitando, entonces se me cae la moneda, se cae a los pies de la mulata que está llegando a donde me encuentro sentada. Ella sorbe la baba que le chorrea y se agacha a recoger el peso , y con unos ojos de perrito apaleado me mira y me dice:

- Chas gracia, señoa, que la virgencita de Luján la bendiga y que tenga una felíz navidá.

El guarda hace sonar el silbato y la mendiga, de un salto, baja al andén.