sábado, 30 de abril de 2022

CÓMO HACERTE SABER (QUE NO LO ESCRIBIÓ) MARIO BENEDETTI

 

Cómo hacerte saber (que no lo escribió) Mario Benedetti

Hace unos años un contacto de Facebook publicó un pseudo poema atribuido a Mario Benedetti, poeta uruguayo al que, leyendo un poco, se le conoce su estilo desenfadado, a veces cínico, otras veces tierno, pero nunca berreta. Por discreción, a esa señora le mandé un mensaje privado (para no arruinar su publicación ni invadir su “muro”) diciéndole con la mayor delicadeza posible, e intentando no ser pedante, que ese texto nunca podría haber sido escrito por el gran poeta uruguayo. Como respuesta, la muy imbécil –se debe pronunciar imbécil acentuando y prolongando la letra E para enfatizar el desprecio y la indignación- me eliminó de sus contactos y me bloqueó. Perdí la batalla. Hoy veo que proliferan grupos con nombres tales como “Benedetti. Frases y poemas”, “Frases y reflexiones de Mario Benedetti”, entre otros, dedicados a difundir esos textos que vaya a saber quién escribió pero siente vergüenza de firmar, entonces se los achaca al pobre viejo finado. Y lo peor es que hay toda una caterva de imbéciles (pronunciar como ya se dijo) que no se toman el trabajo de verificar la autoría del texto en cuestión, y replican “compartiendo” en sus muros, y encima dicen “les comparto”. Incluidos estudiantes de Letras.

Otro tanto sucede con Pablo Neruda, Gabriel García Márquez y José Saramago, por ejemplo. Con Borges lo intentaron, circuló mucho tiempo una berretada que hablaba de no lavarse los dientes y andar descalzo para “haber sido” más feliz, pero ya es imposible seguir engañando a incautos.

Hace muchos años, cuando Gabriel García Márquez vivía aun, le preguntaron en un reportaje por un panfleto propio de la literatura de autoayuda que circulaba con su firma, y respondió que si él hubiera escrito tal cosa se moriría de la vergüenza.

A Saramago, que fue un ateo militante hasta los casi 90 años en que murió, le atribuyen un escrito que afirma que los hijos son propiedad de Dios, o algo por el estilo. Por suerte la Fundación José Saramago salió a aclararlo.

Me pregunto si no hay elementos legales para demandar a estos delincuentes cibernéticos que se dedican a esta actividad tan denigrante. Si yo fuera heredera de Mario Benedetti no les daría tregua. Y a quienes replican y difunden así, alegremente, déjenme decirles, de parte de don Mario: Váyanse a la mierda.

jueves, 24 de marzo de 2022

24 de Marzo de 1976

Cuando me levanté vi las caras largas de mi hermana y mi cuñado (él era secretario del intendente de Rivadavia, un municipio cercano a la ciudad de San Juan): el golpe que se venía anunciando ya era una realidad. Se sucedían los comunicados de la Junta Militar. Con otros compañeros y compañeras nos fuimos a recorrer los despachos de los integrantes de nuestra "orga" que también eran funcionarios, ninguno sobrepasaba los 30 años... Yo tenía 19 y estaba empezando una carrera universitaria.

Hugo, arquitecto, había vaciado un rollo de cinta de embalar pegoteando los retratos de Perón y de Evita para que al menos los que fueran a desalojarlo tuvieran más trabajo en despegarlos. Miguel, encargado del comedor universitario, otro tanto. Así anduvimos unas horas, rotando, bastante inconscientes, por toda la ciudad, porque el Centro Cívico aun estaba en construcción y las oficinas del gobierno estaban diseminadas por distintos edificios. Parece que alguien dio la orden de que nos volviéramos a nuestras casas porque el horno no estaba para bollos. Cada uno en su casa debió quemar papeles comprometedores, volantes, material doctrinario, se quemaban en el inodoro y luego se descargaba el agua. Los libros, en cambio, se envolvían muy bien en bolsas de plástico y se enterraban, disimulando la operación.
Días después vinieron los allanamientos y las prisiones. Mi sobrino de cinco años estuvo varias veces por meter la pata, a pesar de que estaba instruido para no hablar en esas ocasiones. Conversaba con los milicos apostados en la puerta de la casa, les preguntaba sobre sus armas. En un momento le espetó a su mamá: "¿Así que esto era un allanamiento?" Ella, mi cuñado y yo zafamos, pero en esos días se llevaron presos a Bibiano, a Waldo, al hermano de mi cuñado, Guillermo, a Elías, que era mi referente directo, a Rodolfo, intendente de Caucete. A todos los tuvieron en la cárcel de Las Chimbas durante cinco años y medio, salvo a Guillermo que lo largaron al año... Nunca fueron desaparecidos, sabíamos dónde estaban, sus familias los visitaban. Pero en abril del año anterior, la triple A había matado a tres compañeros de la plana mayor en Buenos Aires, Rubén, Demetrio y Simón, los tres muy jóvenes y brillantes. Al único que conocí y con quien compartí reuniones fue a Simón, tengo un recuerdo de su figura, su pelo rubio y su energía. Los nombres de los tres están en el muro del Parque de la Memoria, al igual que el de Alicia Zunino y su marido, Raúl Rossini, ellos habían pasado a la clandestinidad e integraban las filas de Montoneros. A ellos los mataron entre noviembre del '76 y 1977. Alicia me llevaba ocho años, me gusta recordarla cuando ella tenía 17 y yo 9: iba a mi casa a estudiar con mi hermana, y en los momentos de descanso se sentaba a jugar a la payana conmigo. Yo la admiraba y quería ser como ella, tan hermosa con sus ojazos verdes, risueña, amorosa, la Turca le decían. La última vez que la vi fue en un colectivo en San Juan, habrá sido en el '72, no sé. Ya estaba casada con el Mono, tuvieron un hijo que estuvo un tiempo desaparecido pero fue rescatado pronto por su abuela materna.
Cuarenta y tres años... es raro. Hoy voy a la Plaza a recordar a esos muertos y a todos los que se quedaron en el camino, me considero una sobreviviente de esa época. Por memoria, verdad y justicia, pero también porque desterremos de nuestra Patria el Neoliberalismo que mata de todas las manera imaginables, que instaura dictaduras por medio del voto del pueblo manipulando las conciencias. ¡Nunca más!

(Escrito en 2019)






viernes, 18 de marzo de 2022

LOS JÓVENES QUE FUERON

Cuando yo nací mis padres tenían la edad que hoy tienen mis hijas. Fui criada sin dulzura, con una forma seca de amor, pero llena de cuidados, a veces excesivos. Fui sobreprotegida porque tenía un problema bronquial, entonces mis padres me impedían realizar actividades que me causaran agitación, hasta un ataque de risa podía provocarme un ahogo y dificultarme la respiración. A diferencia de los padres del Che Guevara, quien practicaba rugby, natación y ciclismo a pesar de ser asmático, los míos me tenían como una delicada planta, (bien alimentada, eso sí) siempre quietita, jugando en solitario, dibujando y leyendo mucho. Yo deseaba participar en actividades de montañismo, bailar y aprender a nadar, pero todo me estaba vedado, también porque éramos pobres y nada de eso resultaba gratuito. Esa frustración me causó enojo con mis viejos, sumada a su rigidez, su autoritarismo, sus reglas morales idénticas a las del catolicismo, sin ser ellos religiosos ni creyentes. Todo eso junto hizo que me volviera rebelde e hiciera cosas a escondidas, muchas de ellas nada beneficiosas como fumar desde muy chica, o exponerme a cualquier peligro en tiempos en que ser mujer significaba ser muy vulnerable, mucho más que ahora, especialmente en una provincia conservadora y pacata como San Juan: las mujeres debíamos ser sumisas y recatadas antes que felices. 

Pero vuelvo a mis padres y lo que hicieron conmigo, que fue apenas lo que pudieron, de acuerdo con su historia, su experiencia y sus limitaciones. Cuando nací mi papá tenía casi 40 y mi mamá aún no cumplía los 38. Tres años antes habían perdido a Cecilia, una bebita que sólo vivió ocho meses. Recién ahora que soy abuela se me ocurre pensar que los pobres, luego de aquel trauma debieron sobreprotegerme por temor a que algo terrible pasara también conmigo. Cuando ya llevan muertos varios años soy capaz de comprender su escasa flexibilidad y los perdono. Pobres viejos, pobres aquellos jóvenes que fueron, los veo como a mis hijas que crían a los suyos y van aprendiendo sobre la marcha. Parece que así nomás es la vida. Los perdono y espero que ellos me hayan perdonado lo que pude hacerles sufrir.

En la Isla inundada, Febrero de 2022.


domingo, 2 de enero de 2022

LOS CULPABLES SON TUS OJOS

 

Los culpables son tus ojos 

La música sonaba alta, vibraba en el pecho e invitaba a bailar. Un poco desgarbado y con cierta timidez en el cuerpo,  pero con una mirada capaz de atravesar una roca, el muchachito se acercó a la mujer; ella, que lo había visto de lejos sin darle importancia lo miró a los ojos y hubo una llamarada inexplicable. Él la tomó de la mano, su aparente timidez se disipó y salieron a bailar la chacarera. Un dúo cantaba: “Pobrecito corazón/ A sufrir has comenzado/ Por vivir una ilusión/ Que de ti se anda burlando/ Los culpables son tus ojos/ ¿Para qué me habrás mirado?”. Los bailarines dibujaban las figuras de la danza sin dejar de mirarse, había un lazo casi tangible que los ataba y sin embargo volaban con gracia, con alegría gozosa. Los ojos negros, moriscos de él, los ojos almendrados y verde oliva de ella sostenían la mirada. A su alrededor la gente, el bullicio, el ambiente vaporoso y ahumado quedaron en suspenso. Sólo la música y ellos en el centro de la pista tensaban una cuerda de erotismo. “Mi querido corazón/ Sé que estás encarcelado/ Encerrado en la prisión/ De tu pecho enamorado/ Los culpables son tus ojos/ ¿Para qué me habrás mirado?”

Encarcelado el corazón del muchacho, porque con poco más de veinte años ya tenía un compromiso de boda. La mujer en cambio, estrenaba libertad a los treinta y descubría un mundo nuevo a cada paso, como bailar en Trocha angosta, la legendaria peña de la Avenida Independencia. Pero allí no estaba la futura esposa, había amigos comunes que compartían una mesa y festejaban la música y el baile. A la chacarera sincopada le siguieron otras, escondidos, gatos, y la pareja irradiaba entusiasmo. Pero cuando llegó el momento de la zamba él se excusó, ella volvió a la mesa con el grupo que bebía y conversaba a viva voz. Unos minutos después, quien subía a la tarima de los artistas era el bailarín de los ojos negros, pero esta vez con un violín y acompañado por guitarras, bombo y un cantor. La cuerda tensa se aflojó ahora porque había llegado a un punto insoportable. Ella volvió a bailar con otros compañeros, pero él no le perdía pisada mientras pulsaba el violín.

La noche avanzaba entre copas y danza, rondas de chacareras y escondidos. Los dos bailarines casi no habían cruzado palabra hasta que coincidieron en la mesa de los amigos. Allí acordaron que él vería un antiguo violín que ella guardaba en su casa, el que tocaba su padre cuando era joven y que nadie había vuelto a hacer sonar. El arco estaba roto, el estuche viejo y raído, pero debía tener algún valor y quizás podría venderlo. Bebieron cerveza, charlaron y rieron. Cuando clareaba salieron a la calle con el grupo de chicas y muchachos. Hacía mucho frío; se repartieron en dos taxis para ir a algún café a terminar la velada, entonces viajaron pegados, los cuerpos que al bailar no se habían rozado ahora vibraban uno junto al otro. Él se animó a abrazarla y ella lo dejó hacer y recostó su cabeza en el pecho del bailarín violinista. Ya a plena luz de día se separaron con la promesa de verse, la excusa era la venta del instrumento. Pero antes de ese encuentro hubo otro en el que volvieron a bailar. Esta vez, la euforia de las chacareras se vio coronada con una zamba. La seducción fue poderosa, sus caras encendidas y los ojos enamorados, sonrientes, en una contemplación mutua, mística. En los arrestos se acercaban casi hasta el beso, y luego se alejaban para desearse más. Los pañuelos se entrelazaban para anudar los cuerpos en movimiento, pero después se desenredaban suavemente. Las palabras no fueron necesarias. Salieron del salón y en la vereda se abrazaron. Caminaron lentamente hacia un hotel, con los corazones desbocados. Pero en la soledad del cuarto espejado y de luces tenues pareció esfumarse el sortilegio. Los gestos del amor fueron los de cualquier pareja en ese trance, y sin embargo, nada sucedió. Él no trató de justificarse explicando que nunca le había ocurrió, ella no fue condescendiente diciéndole que ya iba a poder. Fue todo más brutal: la imposibilidad era consecuencia de una adicción a drogas fuertes, estaba en tratamiento médico, aun sin resultados. Creyó que tanta atracción durante la danza se vería reflejada entre las sábanas. Ella sufrió la decepción y se sintió un poco usada como prueba de laboratorio. Pero no estaba enamorada de ese chico, no tendría consecuencias emocionales graves. Charlaron un rato en la cama, fumaron, luego se vistieron y salieron hacia la avenida Corrientes. Allí él le regaló unos discos de Pavarotti, que hacía furor por esos días. Y se despidieron sin pena ni promesas.

“Ay, ay, ay, mi corazón/ Arbolito deshojado/ Un otoño se quedó/ solito y abandonado/ Los culpables son tus ojos/ ¿Para qué me habrás mirado?/ Niña de mi corazón/ Tus ojos me han atrapado/ Con los besos que me dio/ tu boca estando en mis brazos/ Los culpables son tus ojos/ ¿Para qué me habrás mirado?”

Pasó un tiempo prudencial. Un día acordaron por teléfono que ella le llevaría el violín a su casa, en la calle Riobamba, donde vivía con su familia. La recibió el padre, era la hora convenida, pero el muchacho no estaba. Se quedó esperando un tiempo mientras charlaba con el hombre, y cuando pasó un rato largo, a instancias del señor decidió dejar el violín para retirarlo otro día. Se sentía incómoda por el plantón y por la actitud un tanto melosa del padre, un típico patriarca provinciano que trataba de hacerse el simpático.

Nunca más se vieron; perdió el violín, con la sospecha de que debía valer buena plata y que tanto el muchacho del amor volcánico como su padre y el resto de la familia eran una manga de sinvergüenzas. Nunca más la atendió por teléfono, volvió a ir a la casa pero el tipo desapareció. Se hacía negar por los padres, por los hermanos. “Dolorido corazón/ Hoy vives desconsolado/ Por perder esa pasión/ Que se te fue de las manos/ Los culpables son tus ojos/ ¿Para qué me habrás mirado?”

Tampoco volvieron a cruzarse en la peña de la Avenida Independencia, ni en ningún otro ámbito del folklore. Ella no supo si se había ido de Buenos Aires, y su dolor más grande fue perder aquel violín de estudio que perteneció a su papá, quien tocaba música de cámara con su mamá al piano, cuando eran novios. Eso le pesaba mucho más que la pasión perdida. Odió al seductor, tan joven y tan sinvergüenza, pero se condenó a sí misma por haber sido tan confiada. ¡Dos veces estafada!

Pasaron treinta años y por esas cosas de las redes sociales y las plataformas musicales un día ella lo descubrió, tocando un violín que sonaba espantoso, desafinado; él, irreconocible, calvo, consumido y ojeroso, con un aspecto lamentable; nada quedaba de aquellos ojos capaces de derretir un témpano. La furia que sintiera cuando ocurrió la estafa y el abandono ya se había borrado, ahora al ver esa penosa imagen tuvo lástima. Se notaban en el hombre que alguna vez la encendió de pasión, los estragos del alcohol y de las drogas. Un pobre tipo al que ahora sí que no querría encontrarse de frente ni por casualidad.

“A mi pobre corazón/ Las puertas les has cerrado/ Los encantos de un amor/ Con doble llave y candado./ Los culpables son tus ojos/ ¿Para qué me habrás mirado?”

Habría preferido no ver esos videos, tal vez habría sido más romántico enterarse de que él había muerto joven, pero no, ahí estaba con todo su aspecto miserable y triste, tocando el violín en un tugurio de mala muerte, vaya a saber dónde, cuando de muchacho prometía un talento que podría haberse destacado en el mundillo del folklore. Un hermano suyo que tocaba la guitarra y cantaba terminó animando fiestas con un grupo de cumbia de los del montón, sueños de triunfo rotos. “Añuritay, corazón/ Tal vez te hayan hechizado/ Las penurias de un adiós/ Que a tus sueños despertaron./ Los culpables son tus ojos/ ¿Para qué me habrás mirado?” [i]



[i] “Para qué me habrás mirado”, chacarera de Cuti y Roberto Carabajal.

https://www.youtube.com/watch?v=KVRLt8dwyAA&ab_channel=Cuti%26RobertoCarabajal-Topic


miércoles, 1 de septiembre de 2021

AUTOBIOGRAFÍA FELINA (CONTINUACIÓN)

 

LA EMPANADA SOLEMNE

Por este tiempo se cumple un año de vivir sola con mi humana. El último mes que pasó el tipo en la casa no fue muy grato, porque, encima de todo, se  contagió del virus pandémico y se la pasó encerrado con cara de protomártir. Y mi mascota mujer le seguía cocinando, lavando la ropa,  lo atendía estoicamente cuando en realidad tenía ganas de pegarle un flor de patadón en la parte trasera de su humanidad. Una de sus hijas le había regalado una caja de té de arándanos, y como tiene algunos genes británicos en su sangre, con esa educada amabilidad parecida a la furia contenida, ella le ofrecía todas las tardes algún té de las muchas variedades que guarda en una caja decorada con decoupage: él siempre elegía el de arándanos, de manera que cuando llegó el día de mudarse casi no quedaba ni uno, cosa que a ella indignó. Si hubiera tenido aspiraciones trágicas para su vida le habría metido un buen veneno en esos tés, y hoy yo estaría viviendo quién sabe dónde porque ella estaría en la cárcel. Pero la  tipa no es tonta, su objetivo era liberarse de ese fardo de 90 kg para vivir mejor y ser feliz, además, se debía a mí, su obligación era y es mi bienestar en todo momento. Pero en aquellos días, cuando llegaba la noche, yo prefería dormir con el tipo en el colchón que tenía en el living, y ella aún se jactaba de que con el único animal que había tolerado dormir era con el marido. La comparación no era inexacta porque me consta que aquel humano emitía unos ronquidos parecidos a los de un león en celo, al menos hasta que empezó a usar un aparato al que se conectaba para dormir, entonces no roncaba pero parecía un elefante con su larga trompa. Más tarde se acostumbró a dormir conmigo.

Por fin llegó el día de la mudanza: como había mucho movimiento en la casa yo estaba nerviosa y me la pasé entrando y saliendo. Escuché que hablaron de que yo me podía mudar con él y eso me hizo sentir como si fuera un mueble, no un ser sentipensante… Pero el tipo dijo que no podía llevarme porque iba a estar poco tiempo en su nuevo domicilio, gracias a que ahora (por fin) tenía trabajo. Pero lo que recuerdo bien fue que la noche anterior mi humana no cocinó, pidió empanadas por teléfono, y cenaron juntos muy civilizadamente. Cuando él se sentó a la mesa, con tono compungido y solemne dijo:

-¡Empanadas! El día que llegué a la Argentina también comimos empanadas…

-Mirá vos… Fue la única respuesta.



sábado, 21 de agosto de 2021

MANUEL PUIG. ¿HOMENAJE?

Hubo una especie de concurso, consistía en responder una "trivia" acerca de Manuel Puig. Nada sobre su maravillosa obra, tres tonterías biográficas que se podían guglear. El premio consistía en asistir a la presentación de un número de la revista Caras y Caretas íntegramente dedicado al escritor. Participé y fui una de las designadas para el evento. Hice todo lo posible para ir, pero en mis condiciones actuales de salud resultaba una movida muy dificultosa, onerosa y contraproducente, por lo que avisé a los organizadores para que le dieran mi lugar a otra persona. 

La presentación fue transmitida por streaming y así la vi, y luego me felicité por no haber ido. Había una mesa de “notables” (omito los nombres), un escritor amigo de Puig, una estudiosa de su obra y un incalificable autodesignado poeta, “loca” orgullosísima, reina de no sé qué carnaval, cuya cucarda más importante es haber sido amigo de Alejandra Pizarnik (que no está para desmentirlo), y también, supuestamente y por su condición de gay, amigo del escritor. Todos conducidos por una moderadora que pudo controlar y neutralizar las ansias autorreferenciales de “la loca” y su afán de acaparar la atención con el “yo-yo” permanente. Era una conversación en la cocina de la casa de alguno de los participantes, salvo por las intervenciones de la crítica que conoce la obra de Puig y contó algunas cosas interesantes. También participaron otros escritores, un importante periodista, un director o productor teatral que estuvieron razonablemente discretos. Al final, un hermano suyo, por supuesto, el más auténtico y creíble de todos los participantes.

También pasaron algunos tramos de películas basadas en la obra del autor, y de entrevistas periodísticas. Yo veía en la pantalla esa cara de sonrisa tímida, ese hablar medio ceceoso, esos ojos hermosos de mirada franca, ese aire de humildad provinciana de Manuel Puig y pensaba, ¿qué diría de este supuesto homenaje que le hacen, una exposición de pobres vanidades? Me quedo con tu obra, Manuel, la mejor manera de honrarte es leerla y analizarla. Tu grandeza no necesita de homenajes superfluos.



sábado, 31 de julio de 2021

DE MASCOTAS PRESENTES Y PASADAS

AUTOBIOGRAFÍA FELINA (NO AUTORIZADA, O SÍ, QUÉ SE YO)

Duermo con una humana todas las noches. Ella se mete entre sus cobijas horas después de que yo ya estoy instalada encima de la cama, viene y me dice “Salí, correte”, porque se le antoja acostarse justo del lado en que yo estoy lo más cómoda, qué molesta. Así que yo, somnolienta y medio tambaleante me ubico unos centímetros más lejos. Recuerdo que antes dormía ahí mismo otro humano que me permitía echarme sobre su panza, pero hace tiempo que se fue. Ahora esta duerme sola, se pone unos almohadones bajo las patas y se queja, parece que le duele todo. Yo trato de subirme a su cuerpo pero no me deja, me empuja y sólo permite que me ponga a un costado. Al menos así siento más calorcito. Algunas veces ella misma me pone entre una manta peluda y una colcha de colores, estoy como en una cuevita, entonces no me muevo hasta que se hace de día. La que se mueve es ella: se pone para un costado, se queja. Parece que duerme un rato y luego se pone para el otro costado, se vuelve a quejar. ¡No me deja dormir en paz de un tirón toda la noche! Porque también se levanta y va al cuarto ese donde hay fuentes de agua, y cuando vuelve a echarse, otra vez a quejarse y a acomodarse.

En cuanto al humano que vivía aquí y se fue hace tiempo, recuerdo que yo le clavaba las uñas en las patas que tenía forradas en tela gruesa. Yo quería comida y posaba mis garras en sus canillas. A mi humana se lo hice un par de veces, pero ella me hizo volar por el aire y aprendí que no me convenía insistir. Y es que soy una gata poco maulladora, me expreso más con mis uñas, cuando la quiero despertar me bajo de la cama y le rasguño el colchón, o la mesa de luz. Si estoy fuera de la casa, salto sobre el picaporte para abrir la puerta, pero no maúllo. En estos días mi mascota de dos patas limpió y volvió a pintar la puerta; ahora pone un palo, o una red metálica para que yo no pueda abrirla y ensuciar todo de nuevo. Todas son interdicciones con esta tipa, sólo porque me da buen alimento no la dejo. 
Ella cree que gracias a mí no tiene lauchas dentro de la casa; la otra noche apareció un ratoncito muerto en el jardín, pero juro que yo no tuve nada que ver, para mí que se murió de frío (había una ola polar). Yo no fui porque estaba enterito, los gatos les arrancamos la cabeza a los roedores cuando los cazamos. A mí me resulta más divertido atrapar pájaros, pero si la tipa está cerca corre a salvarlos. Una vez me sacó un Benteveo de la boca, y hubo varias ocasiones en que me arruinó la caza de algún Zorzal porque salió ella a espantarme… Recuerdo un día en que estaba regando el jardín con la manguera y vino, como siempre, un colibrí a tomar agua y a bañarse en el chorro. Como hay unas salvias en flor, el pajarito se puso a libar el néctar a baja altura. Entonces aproveché sigilosamente, salté y lo atrapé con mis dos garritas. Pero la humana empezó a los gritos y me bañó con la manguera, no tuve más remedio que soltar al colibrí. Otro día cacé una lagartija y también ella salió a intentar salvarla, pero me parece que no duró mucho el reptil con la cola cortada: lo levantó con una palita y lo puso entre unas ramas, pero unos días después apareció el cadáver todo seco… Y, bueno, aunque soy doméstica algo me queda de salvaje. Parece que dentro de poco la tipa se irá un par de días para que le arreglen las coyunturas, tal vez después no se quejará más y dejará de molestarme por las noches. Lo que temo es que cuando ande mejor de salud y pueda caminar más se irá a pasear por ahí y me quedaré sola. Eso me da un poco de miedo porque hay otro humano que vive cerca, que está empeñado en cultivar papas, lechugas y cebollas y no me deja en paz, cada vez que salgo para ir a mi baño me tira piedras… Hace unos días le clavé las uñas en las pantorrillas y también volé… ¡Qué difícil se hace vivir entre humanos! De todas maneras conservo mi majestad felina, porque al fin y al cabo yo soy el ama y mi mascota mujer hace todo lo que yo necesito y exijo: servirme el alimento cuando yo quiero, abrirme la puerta para salir al patio, acariciarme cuando se sienta en su sillón a leer y yo me echo a su lado y con el morro le levanto la mano libre para que me frote la cabeza. Ya no me pone agua en un recipiente al lado de la comida porque yo me acostumbré a beber sólo del estanque en el jardín: está lleno de peces traídos (como yo) de una isla en el Delta, y me divierto viendo cómo se asustan y se esconden en el barro del fondo. Mi humana dice que me debe gustar la sopa de peces…

Cuando nací hace casi seis años yo era completamente blanca, como un copo de algodón. A los tres meses me trajeron a esta casa y mi dueña me bautizó Kusturica, por no sé qué gato blanco del cine. Pero el tipo que vivía aquí me llamaba de otra manera, Fluffinella, que era una gata histérica de una serie canadiense de muppets. Él pronunciaba Fluginela, o Fruginela, en fin, el asunto es que yo creo que ellos se pelearon a causa de mi nombre y se terminaron separando. Qué estúpidos son los humanos, si al fin y al cabo yo no hago caso de ningún nombre, sólo si escucho “mishi” presto atención, igual que al ruido de la lata de alimento… Pero vuelvo a mi color de nacimiento, el blanco, que fue el motivo de que mi humana se fijara en mí y me eligiera cuando nací con mis otros tres hermanos en una casita azul del Delta. Nacimos en el dormitorio de una nena de cinco años que se quejaba porque nuestros maullidos no la dejarían dormir, debe ser por eso que me acostumbré a hacer poco ruido. Nací un 17 de octubre, de ahí que algunas personas me conozcan como la gata Peroncha. En enero siguiente me trajeron a mi casa actual: viajé en lancha primero y luego en colectivo y tren, bien escondida para que nadie notara mi presencia. Llegué y me encontré con dos gatas viejas: Flora, que ya tenía unos dieciséis años, y Tera de diez. A Flora que ya veía poco y había perdido la audición le fui totalmente indiferente al principio. Tera, en cambio, con lo grande que era parecía tenerme miedo. Se mostraba como una gata tímida y asustadiza, y yo supe aprovecharme de eso. Empecé a hacerles la vida imposible a las dos. A la vieja la molestaba todo el tiempo queriendo jugar con su cola, me le tiraba encima, la arañaba cuando comía. A la otra no la dejaba comer, cuando se acercaba al alimento yo me abalanzaba y comía del suyo y del mío, y Tera salía corriendo.

Yo me pasaba la vida dentro de la casa, me echaba sobre los libros en un estante de la biblioteca, dormía allí. Las otras dos vivían afuera, así que cuando descubrí mi poder sobre estas dos grandulonas lo puse en práctica. Cada vez que Tera intentaba entrar a comer, yo no se lo permitía, entonces ella huía y desaparecía por horas, a veces días enteros. Empezó a ponerse flaca, con el pelo opaco, se la veía enferma. Flora en cambio trataba de ignorarme, pero eso no impidió que yo siguiera molestándola sin parar. Con el paso de los meses logré librarme de ella: un día se fue y nunca volvió. Medio ciega, sorda y sin olfato, con casi diecisiete años, seguramente hizo como las viejas elefantas que van a morirse por ahí en un claro del bosque. Mis humanos nunca supieron dónde había muerto Flora, pero se pusieron tristes, especialmente ella, porque siempre contaba que de bebita le había salvado la vida dándole leche con el dedo, ya que la pequeña abandonada tenía dificultades para respirar y no podía chupar una mamadera. Luego creció y se hizo una gata gorda y de pelaje largo, blanco y gris, de vida bastante feliz e independiente, hasta que llegué yo, el azote felino. Tera resistió mucho tiempo, pero además los humanos la protegían y trataban de impedir que nos cruzáramos, aunque eso les daba mucho trabajo, amén del carácter asustadizo de la gata gris. Su salud fue empeorando, su aspecto se volvió lamentable. Un muchachito que le dice Abuela a mi humana se condolió de Tera y pidió llevársela a su casa, lo que costó unos días porque su mamá no estaba muy convencida. Pero la insistencia del niño, acompañada por sinceras lágrimas, ablandó su corazón. Recuerdo el día en que vinieron preparados para llevársela, ella no se dignó a aparecer, apenas asomó salió volando por los techos. Tuvieron que volver otro día y esperar con suma paciencia y mucho tino para agarrarla y meterla en un bolso apto para transportar mascotas. Por lo que supe, el viaje en tren y subte fue bastante escandaloso, con detalles escatológicos que me reservo contar. A partir de aquel momento quedé yo sola, dueña y señora absoluta de mis dominios que conquisté con mis regias artimañas. Me gané por esos días otro nombre: Maleva. Mi humana decía que yo era mala y matona, todo eso. De Tera fueron llegando noticias de que mejoró muchísimo, la llevaron al veterinario, empezó a comer bien y a engordar, se hizo una señora gata burguesa de departamento. Ahora es una digna anciana de quince años, pero muy saludable y bien cuidada. 

 
Como ya dije, de pequeña yo era un pompón blanco, con ojos celestes casi transparentes, patitas y morro rosados. A medida que pasaba el tiempo, se me fue oscureciendo el lomo y la cola, luego la cabeza, finalmente llegué a la adultez con el pelaje bien oscuro, lo único que quedó blanco es mi vientre y toda la cara anterior de mi cuerpo, el cuello y parte de mi cara. Mi humana decía que yo era una estafa… pero lo decía con cariño, lo sé. Mi humana me habla, y también habla sola muchas veces. Le contesta a un aparato negro con lucecitas del que salen voces, o a otro en el que se ven figuras y también voces, o ruidos, pero ese lo enciende mucho menos. En ocasiones recita como una oración, o un mantra, generalmente por las noches, dice más o menos así: “¡Qué hijo de puta resultaste, basura inmunda, te deseo lo peor!” Desde que se fue el humano al que yo le arañaba las patas, así casi todas las noches, a veces también de día. Tal vez sea un rezo, no sé, pero después de pronunciar esas palabras la veo más calma, se nota que le hace bien. (Continuará) 



PERDIDA...

Cómo me gustaría despertarte para decirte “aquí está tu perrita, volvió, la encontraron por ahí”, y ver tu cara de alegría, escuchar tus exclamaciones mezcladas con lágrimas de felicidad. Seguís siendo la nena de seis años que perdió a su papá hace pocos meses; Enrique nos regaló un gatito negro de ojos verdes que una noche desapareció. Lo buscamos por todas partes, dentro de la casa, afuera, en la vereda, no estaba en ningún lado. Se hizo tarde y debías ir a dormir porque al día siguiente teníamos que madrugar para ir a la escuela, pero no había forma de consolarte. Nunca olvidaré que te dormiste sollozando. Por eso, un rato más tarde, cuando lo encontré durmiendo en un rincón de la alacena ajeno a todo, decidí despertarte y ponerlo en tus brazos, para quitarte el sufrimiento. Te reías y llorabas, lloramos juntas (como tantas veces). Y hoy, aunque seas una mujer hecha y derecha y yo una señora abuela, lo único que deseo es que nada te cause dolor. 
3/7/2021