Me estaba arreglando para ir al acto del 25 de
Mayo con la mayor de nuestras hijas que iba a primer grado; me vestí, me pinté un
poco. Él me observaba desde la cama y me dijo: “Estás muy linda. Vas a tener
que empezar a buscarte otro…” Yo protesté, ofuscada, “cómo se te ocurre, no
digas pavadas”. Hacía tres días que masticaba sola lo que los médicos me habían
dicho, cuando me citaron para darme el diagnóstico: leucemia mieloblástica
aguda. “Su marido tiene un cinco por ciento de posibilidades de sobrevivir”.
Salí del hospital como perdida, anonadada por la angustia, pero en el viaje de
regreso me sobrepuse para llegar a casa con la mejor cara y transmitirle optimismo.
Con eso viví tres días, sin saber cómo manejarlo, si debía decírselo o no, ni
cómo hacerlo. Pero esas palabras suyas me decidieron: él tenía conciencia de la
gravedad de su estado. Por eso tomé coraje y a la noche de ese 25 de Mayo le
conté (sin mencionar lo del cinco por ciento) lo que los médicos me habían
dicho, y cuál era el tratamiento a seguir que incluía un posible trasplante de
médula. Me compadeció él a mí por haberme callado semejante cosa durante tres
días, y a partir de ese momento se dispuso a luchar como un titán hasta el fin, en otra fecha patria.
martes, 25 de mayo de 2021
1987
martes, 27 de abril de 2021
LAS PREGUNTAS DE MATILDA
Matilda vive en una isla del Delta desde que era una beba. Iba con su mamá en un viaje habitual en la lancha colectiva, antes de cumplir tres años; arrodillada sobre el asiento y mirando hacia el exterior formuló en voz alta una pregunta:
- Agua del río, ¿adónde vas?
La pregunta no fue hecha a su
madre, ni a otro adulto, ni siquiera a otro niño o niña. Le preguntó al río, y
esa pregunta la dijo en voz alta, pero quién sabe qué otros interrogantes se
formaron en su cabecita mientras veía correr las casas de la orilla, formarse
olas al paso de la lancha, oscilar los juncos en un vaivén armonioso hacia uno
y otro lado.
A los tres años la mayoría de
los chicos comienza a manifestar un ansia insaciable de saber el por qué de
todas las cosas. Sus interlocutores son los adultos más cercanos, en cuyas
respuestas confían, pero no siempre las obtienen de manera satisfactoria.
Probablemente los adultos no estén preparados para dar todas las respuestas,
pero mucho menos, para aceptar que, en ocasiones, no conocen la respuesta adecuada.
Responder “no sé” propiciaría una búsqueda conjunta, y también, una actitud
filosófica que fomentara el asombro y la pregunta como camino, más que la
necesidad de arribar a una respuesta que cierre el problema. Fomentar el
asombro enriquece la curiosidad del niño y lo entrena para continuar buscando
saber. El adulto que perdió su capacidad de asombro y su curiosidad responde “¡Dejame vivir!” al niño que lo acosa con sus preguntas. De esa
forma no hace sino truncar una capacidad aparentemente innata de filosofar. Y
es que la filosofía no resuelve los problemas sino que los crea.
El asombro
parece ser la causa del deseo, la apetencia por saber. Cuando las respuestas
míticas no satisfacen ese afán, el filósofo busca los primeros principios o
causas. Así, Tales de Mileto se cae reiteradamente en los pozos por ir mirando
el cielo, o por preguntarse si el arché es
la humedad, el agua. O el filósofo contemporáneo Darío Sztajnszrajber emprende
un viaje en colectivo sin saber muy bien hacia dónde, más interesado por
hacerse preguntas y buscar el fundamento de todas las cosas que por llegar a un
destino. El movimiento constante que despertaba el asombro de Heráclito, o el
de Matilda viajando por el río. Tal vez, para una niña que vive plenamente su
“edad de los por qué” no
exista la conciencia del filosofar, y todo dentro de su mundo no sea más que
juego. Tal vez cuando ella llega a su muelle y baja de la lancha ya olvidó la
pregunta que hizo al río y se pone a jugar. Tal vez la filosofía no
sea más que jugar, asombrarse y preguntar.
jueves, 22 de abril de 2021
DE RISAS Y LLANTOS ESCOLARES
En estos días que tanto se dijo sobre los niños que lloran porque no les permiten asistir a la escuela, recordé un episodio de mi niñez sanjuanina, cuando cursaba la primaria en la “Normal Sarmiento” de San Juan. En el mismo edificio que ocupa una manzana entera funcionaban el jardín de infantes, primaria, secundaria y profesorados de distintas asignaturas.
Si la memoria no me falla, estaba en segundo
grado, una de esas tardes de otoño en que el sol atravesaba las ventanas
altísimas, inalcanzables para nuestra estatura y estampaba manchas luminosas en
el piso de madera y en el pizarrón. Alguien vino a hablar con la “señorita”
Raquel. Cuando esa persona se retiró, la maestra pidió silencio y nos comunicó
que a partir de ese momento se suspendían las clases porque la escuela estaba
de duelo: había muerto un directivo del profesorado, un personaje totalmente ignorado
por estudiantes de siete años en ese momento.
Una compañerita, Susana, muy graciosa con su
cara redonda y su pelo crespo peinado en dos trencitas tomó la representación
de todos y se puso a gritar de contenta; imposible olvidar tanta alegría al
festejar que nos íbamos de la escuela, y se formó una algarabía general que
duró muy poco, porque la maestra, muy enojada, nos retó y nos dijo que éramos
poco menos que unos salvajes desalmados y no respetábamos la muerte de ese
señor desconocido. Nos llamamos a silencio, pero la alegría era indisimulable.
sábado, 17 de abril de 2021
CUCURBITÁCEAS
Cucurbitáceas (Cucurbitaceae) de la huerta doméstica, vulgo calabaza, o zapallo.
martes, 15 de diciembre de 2020
AL MACHO, ESCRACHO
“Al macho, escracho” se lee o se escucha cuando ocurre un caso de abuso por parte de un hombre, una violación, un femicidio. Hay cultores de la corrección política a ultranza que no están de acuerdo con escrachar a nadie. Algunas personas “progres” afirman sólo aceptar aquellos escraches que se hacía a los militares genocidas de la última dictadura cívico-militar-eclesiástica, antes de que el Estado asumiera la responsabilidad de buscar memoria, verdad y justicia.
Sin embargo, hay situaciones que todavía se consideran dentro del ámbito
de lo privado, por ejemplo, la infidelidad. Aun hoy hay una mirada diferente
hacia la mujer infiel (la puta, la insaciable, la adúltera) que hacia el hombre
(bueno, es hombre, seguramente que alguna chirusa lo calentó –otra mujer
culpable-, pero él es una buena persona). Hay casos en que la infidelidad es
recíproca, pero cada uno tiene sus aventuras sexuales fuera del matrimonio. Es
un pacto tácito de convivencia civilizada, si bien no se puede sostener mucho
tiempo, suele terminar en divorcio. Alguna vez salí con un tipo que “se estaba
separando”, en una ocasión le pregunté por su mujer y me contestó, muy suelto
de cuerpo “Y, andará cogiendo por ahí”. Hoy, en un sector social minoritario,
especialmente farandulero, se habla del “poliamor”, algo así como el amor
libre, que implica relaciones abiertas en las que, por consenso, una pareja
establecida puede tener encuentros amorosos fuera de ella sin que eso rompa el
vínculo.
Pero pensemos en la infidelidad dentro de una pareja cuyo pacto inicial es de compromiso y fidelidad mutua, en la que, pasado un tiempo y vaya a saber por qué conjunto de razones, el hombre tiene una aventura clandestina con otra mujer, o varias, y esto lleva a la separación porque su pareja no está dispuesta a tolerar ni perdonar, especialmente si el actor no da muestras de arrepentimiento ni de estar dispuesto a enmendar la plana, y también porque la confianza inicial se ha visto burlada y ya no hay posibilidad de recomponer la relación. Hagamos una aclaración en este punto: en una relación de pareja, está claro que no somos dueños del otro/ otra, simplemente hay un acuerdo en los términos de cómo se vivirá ese amor. Desde luego, influye la cultura, la moral, el mandato social, lo que fuere, siempre hay un marco de referencia. El tema de la infidelidad se supone que debe quedar en el ámbito privado; nuestras abuelas y madres, y aún algunas de nuestras coetáneas toleraron y toleran la infidelidad del marido porque, en definitiva, “él siempre vuelve a casa”, “él todas las noches duerme conmigo”, “conmigo es amor, con la otra es sólo sexo”. Esto en una etapa previa a la decisión de separarse, que, casi siempre, toma la mujer. En el modelo tradicional, la mujer separada sigue el mandato de la resignación, de tratar de reconstruir su autoestima mellada, de reparar las heridas que el otro le causó, pero calladita la boca. Si hay bienes en disputa se plantean en un juicio de divorcio, pero las cosas no van más allá. Sin embargo, en estos tiempos en que el feminismo atraviesa todos los actos de la vida, las mujeres tenemos la posibilidad de hacer público lo privado. De escrachar, de decir que el motivo de la separación está en las incontables infidelidades del tipo, como una manera de equilibrar el daño sufrido por parte de él, que la descuidó, que la expuso a transformarse en la cornuda pero también a contraer enfermedades de transmisión sexual. Hoy están las redes sociales en las que cualquiera puede publicar lo que quiera. Pero aquí aparece el modelo patriarcal de sociedad que subsiste: el hombre escrachado siente que está en peligro su “prestigio”, sus amigos, conocidos, clientes, alumnos, pueden enterarse de que el señor encantador al que tratan no es más que un sinvergüenza que ha traicionado a lo que supuestamente más amó, al menos un tiempo, y que no tuvo la valentía necesaria para salir de una relación que ya no lo hacía feliz. Se quedó, desprestigiándose solito y desprestigiando a la que decía amar, pero ahora que se ve expuesto está incómodo, está molesto, temeroso de que “la loca” lo haga quedar mal ante su círculo social. Entonces pide silencio, pide discreción, se pone como ejemplo de ésta diciendo que él no le ha comentado a nadie los motivos de su separación, ¡qué gracioso!, es lógico que no va a decir a los cuatro vientos “me separé porque mi mujer me echó por hacerla cornuda”. Mujer que debe seguir siendo modosita, calladita y buena, y no desprestigiarlo, pobre señor, no vaya a ser…
La buena noticia es que el feminismo habilita a las mujeres a
visibilizar aquello que antes se mantenía entre las cuatro paredes de la casa
en la que debíamos estar confinadas: lo que eran crímenes pasionales, gracias a
su visibilización, hoy se denomina femicidio; los golpes que los hombres
asestaban a sus mujeres y que pasaban por accidentes o caídas, minimizados por
las propias víctimas, hoy se llaman violencia de género, violencia doméstica; la
extorsión económica ejercida por los hombres sobre sus mujeres, hoy también se
ha blanqueado, la violación dentro del matrimonio, tan común y que antiguamente
era negada y las víctimas no podían hablar de ella porque sabían que no se les
iba a creer, hoy se ventila y se denuncia. Por lo tanto, señor que teme por su
ajado prestigio, ¡lo hubiera pensado antes! El feminismo no es para declamar o mostrar lo bien que usted puede lavar (de vez en cuando) los platos, el
feminismo abarca todos los ámbitos: organiza marchas por Ni una menos a las que
usted puede adherir, hace vigilias frente al Congreso durante el tratamiento de
la Ley de interrupción voluntaria del embarazo, que usted tiene derecho a
apoyar, pero también saca a la luz sus chanchullos de macho patriarcal y lo
deja desnudo en público. Aguántese la exposición, así como su mujer ha llevado
los cuernos durante tanto tiempo y a usted no se le movió un pelo. Tal vez las
pequeñas feministas que hoy se están formando logren que el día de mañana se
termine el mandato social del amor cortés, del matrimonio “para toda la vida”,
la familia tradicional en la que los varones “ayudan” con las tareas domésticas, la lista es interminable,
y el feminismo, un movimiento, es decir, algo que nunca está quieto y avanza,
no en línea recta, aleatoria y desprolijamente, empujando a gritos agudos
porque tenemos voz de mujer, pero siempre activo. El silencio queda para los machitos culposos o para los
cementerios.
lunes, 31 de agosto de 2020
LO IMPOSIBLE SOLO TARDA UN POCO MÁS: SOBREVIVIENTES
Sobrevivientes
Quién sabe qué será de ella hoy. A
veces me llegan lejanas noticias: que está vieja, que está loca, que intentó,
una vez más, suicidarse. Lejos de toda idea heroica o romántica del suicidio,
sus tentativas rozaban lo tragicómico: en la última etapa de nuestra amistad,
para probar cómo era caer del octavo piso de un sucucho alquilado en Once, se
ató de la cintura con una soga anudada a una columna y saltó. Quedó
miserablemente colgada durante unos minutos, dando gritos de dolor por los
golpes que se dio en brazos y espalda al rebotar contra la pared, hasta que los
bomberos la socorrieron.
A los cincuenta y tantos años
continuaba relacionándose con tipos que la maltrataban, engañaban, estafaban,
generalmente casados; buscaba peleas con sus mujeres, y sobre todo sufría,
sufría mucho: sufrir era el leit motiv de su vida. Durante los veinticinco años
de nuestra amistad (con sus intermitencias) fui testigo de sus picos de euforia
seguidos de hondas depresiones. Un afán autodestructivo regía sus pasos; si
conseguía un buen trabajo, en poco tiempo cosechaba antipatías y enemistades y
terminaba dando portazos y arrojando objetos contundentes a sus empleadores,
con lo que lograba que la despidieran sin indemnización. La vez que le
recomendé un arquitecto para hacer reformas en una de las viviendas por las que
pasó, acabó discutiendo de política con el hombre, a quien le espetó a los
gritos “sobaco ilustrado”. Y cuando le sugerí ver a un funcionario conocido mío
para que le informara sobre el trámite de jubilación de su padre, también lo
insultó a voz en cuello porque no le dio la respuesta que ella esperaba.
Nos conocimos en Morón en una reunión
política cuando ambas teníamos treinta años y enseguida surgió la afinidad
entre nosotras, por historias de vida parecidas, por venir las dos del
interior, por el desarraigo. Vivió una infancia dura en un pueblo de la
provincia de Buenos Aires cercano a Azul. Tuvo un padre semi analfabeto y
autoritario, una madre sometida al marido y al trabajo rural. Terminada la escuela
secundaria se instaló en la capital, con la idea de seguir una carrera
universitaria, a mediados de los ’70, pero ese objetivo se vio postergado por la
necesidad de trabajar para subsistir y por la militancia. Por distintos caminos
confluimos, ya restablecida la democracia, en la misma organización política. Nos
hicimos amigas y fue una relación de mucho afecto e intercambio: me introdujo
en los postulados del feminismo, incorporé lecturas nuevas y conductas más
desprejuiciadas y aprendí a emparcharme el esmalte de uñas cuando se salta en
las puntas, sin necesidad de quitarlo por completo. Me divertía mucho con sus
refranes camperos, siempre tenía uno a mano y lo soltaba en el momento
oportuno: “Desubicado como caballo arriba del techo”, “Cortito como refalada de gordo”, “Agarrado como
carretilla de muerto”, “Desparramado como estornudo de ñato” …
Ella adoptó una familia, yo era su
hermana elegida y mis hijos, sus sobrinos del corazón. Compartimos momentos
felices y tristes, largas conversaciones, salidas, peñas folklóricas (ella me
enseñó a bailar) y hasta amantes. Claro, esto último no sucedió sin conflicto,
pero fue así, y las intermitencias de nuestra amistad se debieron en parte a
esos episodios en que ella ponía de manifiesto sus enfermizas dotes de
manipuladora, que no viene al caso ventilar aquí.
Fuimos amigas durante veinticinco
años, con algunas interrupciones, y éstas ocurrían luego de violentas peleas y
hasta algún golpe recibido por mí que no atiné a devolver, si bien reconozco
que yo podía ser mucho más hiriente con mis palabras y tocar su fibra más
vulnerable. Luego me replegaba en el silencio y la distancia. Ella, cual hombre
golpeador se desesperaba y juraba cambiar, se arrepentía, lloraba, apelaba a la
compasión, se ponía en el lugar de víctima. Nos distanciamos por más de un año la
primera vez, luego casi por cinco años, ahora llevamos ocho sin vernos ni comunicarnos.
Alguna vez habló de su deseo de tener
hijos, pero también me contó que se hizo cuatro abortos clandestinos, a los que
sobrevivió. En su discurso siempre contradictorio sostenía otras veces que su
elección de no tener hijos fue consciente, para dedicarse a cosas mucho más
gratificantes (finalmente hizo una carrera terciaria llegando a los cuarenta
años), con cierta jactancia y algo de lástima por las mujeres que priorizamos la
maternidad por elección o porque no tuvimos alternativa. Tiempo después me dijo
que con su pareja del momento querían adoptar un bebé, o un niño ya crecido,
pero eso nunca se concretó y esa relación también se disolvió. Tenía dos
estilos para contar sus dramas personales: solía hacerlo con un aire suficiente,
como demostrando que ya había superado tal cuestión, por ejemplo, su adicción a
las drogas, aunque siempre dejaba cosas a medio decir. Mencionaba que no sólo
había fumado marihuana y consumido cocaína, sino “otras sustancias más
peligrosas” con mal disimulado placer por el misterio que le imprimía a sus
palabras. O sus experiencias sexuales con desconocidos, de las que luego se
arrepentía, o su afición compulsiva al juego que la llevó a solicitar ella
misma la restricción de ingreso a casinos y bingos, porque en más de una
ocasión dejó todo su sueldo en una noche de apuestas y luego no tenía ni para
comer, por lo que debía pedir auxilio a sus amigos y conocidos. Siempre vivía
situaciones en un borde peligroso, de las que salía airosa a veces, otras,
deprimida. El otro estilo era un tono de confesión cargado de culpa, si bien
parecía una puesta en escena para atraer mi atención. Pero sólo poco tiempo antes
de nuestro último distanciamiento, me contó algo tan sorprendente que por
momentos dudé si era cierto o una fabulación, o tal vez uno de sus ardides para
inspirar lástima.
Una tarde le pedí que me acompañara a una librería cerca del Colegio Dorrego. Tomamos el 244 en Cinco esquinas y bajamos en la estación Morón. Luego caminamos hasta Rivadavia, conversando sobre cualquier cosa, pero al llegar a San Martín me tomó del brazo, lo apretó y se quedó tiesa en medio de la calle, tanto que tuve que remolcarla antes de que cambiara el semáforo. Estaba demudada, aterrorizada. Yo no entendía, le pregunté qué pasaba, qué había visto, por qué estaba así. “No puedo, no puedo”, me dijo, “me quedo aquí, andá sola”. Le propuse que me esperara en el Tokio, en Rivadavia y 9 de Julio, yo buscaría el libro y me reuniría con ella después. Pero estaba paralizada, no podía dar un paso sola, así que la tomé de la mano y la fui llevando, despacito, hasta el bar. Tardó un rato en recomponerse, pedimos café y cuando pudo hablar me lo contó. En la esquina de Rivadavia y San Martín la chuparon los milicos, en el invierno de 1979. Ella estudiaba en el Profesorado del Instituto Dorrego, estaba en pareja con un dirigente montonero y embarazada de dos meses. Un grupo de tareas de la policía federal la tuvo secuestrada durante unos días, o semanas, no lo pudo precisar. Su compañero estaba escondido, y si bien ella nunca empuñó un arma, militaba y participaba en acciones de apoyo. Por eso la levantaron, para sacarle información. En este punto de la conversación me pidió que saliéramos del bar y la acompañara a tomar el colectivo para volver a su casa (entonces vivía en La Matanza, en casa de unos parientes). Siguió con su relato en la parada del 242, ya de noche y con frío. Nunca, en veinticinco años había mencionado nada de lo que me contó aquella tarde, por eso fue que tuve momentos de dudas. Hoy, a la distancia, creo que muchas de sus conductas podrían explicarse también por aquel episodio de 1979, durante la contraofensiva en que los dirigentes montoneros mandaron al muere a tantísimos cuadros y militantes.
Antes de picanearla, la violaron varios tipos. Al contármelo empezó a llorar, por eso fue que no quería estar en el bar sino refugiada en la oscuridad, esperando el colectivo, pero dejó pasar unos cuantos hasta que dijo todo lo que la angustiaba, y yo lloraba a la par. Ella les suplicaba por el bebé que tenía en la panza, pero eso los excitó más. “¿Así que estás embarazada del guerrillero ese, puta, hija de puta?” La desnudaron, la manosearon, la penetraron, y ella apenas podía defenderse, tirar arañazos, rodillazos, morder. En medio de su desesperación sólo pensaba en no perder al bebé. Finalmente la dejaron tirada en el piso, se fueron y quedó sola con uno que parecía tener un rango superior. Este la tranquilizó, la trató con algo de dulzura, consiguió ganarse su confianza. Le dijo que él estaba para cuidarla. La dejó dormir, por la mañana le indicó que podía bañarse, le sirvió un desayuno, y cuando ella empezaba a recobrarse el tipo empezó a acariciarla, a besarla, y terminó también sometiéndola, porque había bajado la guardia y ya no tenía fuerzas para resistirse. En ese momento de su relato fue cuando más lloró, arrasada en lágrimas me confesó que lo que nunca jamás en la vida se podría perdonar, lo que la atormentaba día y noche a lo largo de los años, era que en esa circunstancia experimentó un orgasmo. Creo que este detalle fue para mí el más impresionante, por inconcebible, por horroroso, sentir placer en medio de una situación humillante, espantosa, en cierta forma la condené íntimamente por eso. Tal vez más tarde se sintió redimida por la picana, y porque el que aparentaba ser más humano también la golpeó sin dejar de llamarla puta. Recibió golpes en el vientre y desde luego, perdió el embarazo, el único embarazo que ella hubiera querido llevar a término, porque estaba enamorada de aquel muchacho al que no volvió a ver jamás, del que nunca más supo nada, de quien no aparecieron nunca sus huesos, cuyo nombre no figura en ninguna lista de desaparecidos.
No me contó cómo fue que la liberaron, sólo que abandonó los
estudios y se fue por un tiempo a su pueblo, cerca de Azul, aunque sus padres
nunca se enteraron de esta historia. Por supuesto, me atravesó un sentimiento
confuso de angustia y compasión, junto con odio y asco por esos monstruos de
los que fue víctima, la abracé y seguimos llorando juntas por unos minutos. Ya más calmada, me detalló todo lo que había intentado
para hacer la denuncia ante los organismos de derechos humanos, pero el
inconveniente mayor era que no tenía pruebas ni testigos, el único testigo
posible era un profesor del Instituto que se fue del país sin dejar rastros.
Esto fue en parte lo que me hizo dudar de la veracidad del relato, pero no
podía creer que fuera todo un invento suyo. Sólo atiné a ofrecerle ayuda, a
acompañarla en lo que fuera, hacer algún trámite, alguna averiguación, lo que
necesitara. Vino el colectivo y nos despedimos, yo me volví a mi casa y por esa
noche me olvidé del libro que fui a buscar.
Las siguientes ocasiones en que nos
vimos no quiso hablar más del asunto. Yo respeté su necesidad de silencio, lo
interpreté como algo natural por haber sido una vivencia tan siniestra que le
provocaba estados de pánico. Sólo me contó que hacía unos años, sin darse
cuenta, pasó por la esquina de Rivadavia y San Martín y sufrió una amnesia
temporaria, anduvo deambulando por Morón sin recordar nada, como un fantasma,
hasta que se encontró con alguien conocido que la ayudó a salir del trance. Por
eso nunca insistí, creí que ella debía procesarlo para poder accionar,
denunciar, investigar, tal vez pedir una indemnización, ella que siempre estaba
necesitada de dinero.
Tiempo después volvió a las andadas,
quiso involucrarme en un pleito con un hombre casado que le prometía separarse,
pero la llamaba por teléfono mientras (aseguraba ella) tenía sexo con su mujer,
en fin, pretendía que yo llamara a la mujer para sacarle información sobre el
tipo. Por esos días, estando con él en la calle me llamó cerca de la medianoche
para decirme que si le llegaba a pasar algo (sugiriendo que su acompañante
podía causarle algún daño) yo debía avisarle a no sé quién del Ministerio del
Interior, y me lo decía con el tipo al lado suyo escuchando todo. Unas semanas
más tarde pergeñó el ensayo de tirarse por el balcón, y yo vi sus moretones, a
menos que la causa de ellos fuera otra y ella me mintiera. Después estuvo bajo
tratamiento psiquiátrico durante un tiempo, se mudó nuevamente a algún otro punto
del Gran Buenos Aires y dejé de verla.
Siempre tendré la duda de cuánto de aquello
que me contó esa tarde sería verdadero; si lo fue, se explicarían algunos
comportamientos suyos. Tenía necesidad de auto flagelarse, era una
sobreviviente y sentía culpa por ello. De alguna manera, todos los contemporáneos
de la dictadura que nos opusimos a ella somos sobrevivientes, pero algunos
quedamos más tocados que otros. También su rollo no resuelto con la maternidad
podría ser consecuencia de aquel calvario que sufrió, y que aparentemente
atravesó en total soledad.
Si no fue toda una fantasía armada para
inspirar compasión, sepultó ese recuerdo tan profundamente que pasó veinticinco
años sin confiármelo. No lo sé ni quiero averiguarlo.











