viernes, 12 de octubre de 2012

DE OTRO CIELO


- En Lima el cielo es gris, negro, lleno de humo. De los automóviles, de las fábricas, de las cocinas. Pero cuando llueve, después de llover, azuliiito...
Quién sabe cómo será el cielo de Ecuador. Sé que jamás volveré a verlo para que me lo cuente. Tal vez la felicidad sean sólo ciertos fogonazos de eternidad, raros momentos plenos e irrepetibles. Eso fue Ernesto. Un recuerdo, pero no sólo ahora que no está. Empezó a ser un recuerdo apenas entró en mi vida.
No sé de dónde me viene la afición  por el tipo andino.
-  Es tu forma de reivindicarlos- me dijo mi hermana del otro lado de la línea, creyendo que lo mío es puro indigenismo. Pero esa es su manía de intelectualizar  todo. Yo nunca fui indigenista. Además, en cuestión de amores pesan otras cosas, más bien me inclino a creer en razones misteriosas imposibles de analizar con rigor científico. Lo único que me gustaría saber es cómo se hace para poner alegremente el cuerpo y nada más, dejar el corazón intacto y la cabeza tranquila. A esta altura creo que en la angustia de esta pregunta se me irá la vida. El asunto fue que me metí hasta los huesos con un hermoso descendiente de aimaraes del Alto Perú.
¿Cómo podía saber esa tarde que buscando las tragedias de Esquilo y Eurípides lo iba a encontrar, tan de improviso?
El primer misterio  es por qué entré justamente en esa librería, si en la misma cuadra hay por lo menos otras tres. Apenas lo vi supe que lo conocía de otro lado. Una peña. La búsqueda de las tragedias pasó a segundo plano. Ahora no recuerdo si dejé plantado al vendedor que me estaba atendiendo, o aproveché una distracción suya para deslizarme entre las mesas hasta donde se encontraba Ernesto.
-¿Vos trabajás aquí?
- Sí.
- Me parece que te conozco de algún lado. De alguna peña, ¿puede ser?
- Puede ser- me contestó, y para entonces ya me había cautivado con ese gesto afable de las personas sencillas, con un interés y una simpatía por mí que no tenía nada de artificial, ni una pizca de la fanfarronería del tipo que va sopesando las posibilidades de un levante. No, en este caso era yo la que estaba, en esos breves momentos, calculando que tarde o temprano íbamos a tratarnos con menos ropa y en situaciones y posturas más cómodas y distendidas.
-¿Piedra Libre? - le pregunté casi simultáneamente con el trabajo de mi memoria ubicando esa cara que ahora tenía enfrente.
- Sí, cuando estaba en Independencia
Claro, ahora sí. Lo que no podía recordar era con quién lo había visto; con qué mujer, eso me preocupaba. Pero era evidente que por alguna razón yo había fijado esa imagen. Poco a poco él también fue recordando. Hablamos de amigos comunes, de mi trabajo en la radio. Mientras revolvíamos libros buscando las tragedias me contó que había producido un programa de su colectividad. Yo debía estar radiante. Es que eran demasiados detalles como perlas: los libros, la radio, el ambiente más bien intelectual e izquierdoso, aunque al fin folklórico de las peñas, su identidad cultural. Por ahí creo que viene mi inclinación, nacida tal vez de cierta envidia. Los hombres y las mujeres del Norte llevan en sus rasgos paisaje, música, costumbres, comidas, ropas, danzas y dolores. Yo me veo en cambio como una desteñida muestra del no ser nada, pura duda, pura angustia, pura náusea... Esa tarde en la librería me hallé frente a todas mis pasiones resumidas en esa belleza morena, de ojos inteligentes, con un chispazo diabólico y una expresión algo dura en el entrecejo pero distendida  hacia la comisura de los labios, siempre a punto de sonreír, y al sonreír, unos dientes blancos, parejitos. Un único defecto podía achacársele para su raza, y era su estatura, un atractivo más para mi gusto.
- Boliviano trucho- me dijo mi hermana -¿dónde se ha visto un colla alto?
Ollantay debía ser alto, pensaba yo. El oleaje de la memoria me traía el drama de Ricardo Rojas. Lo leí por primera vez cuando tenía ocho años, y fantaseaba con ser  la Estrella robada por el Cóndor en el sueño del Inca padre castigador. Los juegos vagamente eróticos después de la lectura nocturna me ayudaban a disipar el miedo y a dormirme plácidamente.
No sé cuando se fue. Nunca nos despedimos. Empezó a ser un recuerdo cuando me anunció su proyecto de irse a Ecuador. Habíamos ido a una exposición de arte precolombino en conmemoración del Quinto Centenario. Fue un guía de lujo, porque además de hablar quichua y aimará, y bailar la cueca con gracia gozosa, además de haber sido obrero y sindicalista en las minas de estaño de Oruro, de haber visto en su casa paterna al legendario Che Guevara poco antes de morir,  de haber organizado un motín cuando hacía el servicio mlitar en la frontera con Chile para reclamar los alimentos y ropa de abrigo que nunca llegaban a los soldados porque eran vendidos por el camino, había participado también en expediciones arqueológicas y conocía cada vasija, cada urna funeraria, cada tapiz, su edad, su lugar de origen, los materiales conque fueron hechos, como la palma de su mano. 
¿Cómo no iba a enamorarme desaforadamente de un hombre así, si, además, de cada encuentro amoroso hizo una fiesta, un continuo ejercicio de la dulzura y el júbilo, en la cama, en la ducha, cenando cerca del río o caminando bajo los tilos de alguna plaza?
Me dolió su advertencia; me estaba diciendo: “no te enamores porque me voy”. A partir de ese instante tuve la dolorosa conciencia de que con ese hombre nada podía proyectar, ni soñar. Comenzó a ser más real que una presencia cotidiana: un recuerdo. Está más vivo ahora que si lo tuviera conmigo, y lo llevaré prendido hasta el último de mis desvaríos seniles. Cuando mis hijos ya no sepan qué hacer con la vieja loca que seré, yo recordaré con ternura la delgada trenza negra que le caía por la espalda, bajo la camisa, y que tantas veces mordí en los momentos de locura, que deshice y volví a trenzar otras veces en silencio.
No me propuse hacer nada por torcer su voluntad, ni ser tan maravillosa que lo abandonara todo por 
mí. Nunca supe por qué se fue, por qué en los últimos años había vivido en Perú, en Chile, en las
provincias del norte, antes de pasar a Buenos Aires, ni por qué salió de Bolivia, donde decía tener muchos enemigos.
- Ojo, nena, ¿no será de Sendero Luminoso? - me alentaba mi hermana.
- ¿No andará en el tráfico de drogas?
Una mañana salíamos de un hotel en San 
Cristóbal. Mientras caminábamos por la avenida 
Entre Ríos me habló del cielo de Lima. Fue la última vez que nos vimos. Unos días después llamé a la librería y me dijeron que Ernesto ya no trabajaba allí, y que creían que había viajado. No tenía otra manera de buscarlo, y tal vez fue mejor así. Sin hablarlo nunca habíamos acordado que así sería el final. Tal vez precisamente ahora que yo lo recuerdo, él esté saliendo de un hotel en Quito, y por una calle cualquiera de la ciudad le vaya contando a una mujer cómo es el cielo de Buenos Aires.
  

martes, 9 de octubre de 2012

HERMANO

En 1997 se cumplieron treinta años de la muerte del Che Guevara en Bolivia, y ese mismo año se encontraron sus restos y fueron trasladados a Cuba. Gobernaba Menem, era un tiempo de retracción de ideales políticos, era el tiempo del neoliberalismo, del individualismo, del "sálvese quien pueda". Con la hipocresía que lo caracterizaba, el riojano invocó la "concordia" que permitía reconocer a Evita y a Juan Manuel de Rosas, a Sarmiento y al Che... (http://old.clarin.com.ar/diario/1997/10/08/e-05301d.htm)
En esos días escribí lo que sigue, probablemente en la computadora de la empresa neoliberal en la que trabajaba para ganar el sustento de mi familia, en la misma en que teníamos un "Taller literario clandestino" con una amiga y compañera, Vanina:


HERMANO

Pudo haber sido mi padre, pero hoy lo siento como si fuera el hermano mayor que no tuve. Tal vez nunca pude asimilar su imagen a la de un padre porque el mío, el carnal, era un hombre severo y adusto hasta el autoritarismo, en cambio él simbolizaba liberación, ruptura con el sistema, juventud.
Es posible que treinta años después idealice la comprensión que tenía en aquel momento sobre quién era ese hombre. Yo tenía diez años. Sin embargo, la inmensa congoja que sentí al conocer la noticia de su muerte es un recuerdo vívido, no idealizado ni agigantado por el paso del tiempo.
Era una noticia esperada; en los días previos, la onda corta superaba miles de kilómetros y en medio de chirridos y ecos siderales, unas voces familiares y graves llegaban desde el “Territorio libre en América” a la intimidad de mi casa adonde los inquisidores de turno (secuaces de Onganía) no podían entrar para impedirlo. Las novedades eran sombrías: se había cerrado el cerco militar sobre el diezmado grupo de idealistas y de su paradero, el de él, nada se sabía… En mi cabeza de nena de diez años aparecían desmesurados por el desprecio y el miedo unos hombres morochos con uniformes verdes y gorras, amenazantes, y otros, altos, rubios como mormones y con sonrisa estúpida, que eran los yanquis complacidos por las acciones de los primeros. Y en medio de todo surgía la voz firme de Fidel Castro lanzando sapos y culebras con gracia caribeña, contra los enemigos de la Revolución. La misma voz que al fin se tuvo que quebrar para anunciar que el amigo entrañable, el hermano, el cubano por amorosa adopción, el Che, había muerto, fusilado, tal vez traicionado, en algún punto de la selva boliviana, en la tercermundista y subdesarrollada Bolivia que paradojalmente le daba la espalda a quien soñó su liberación.
Después, la lectura de algún ejemplar del diario cubano Granma, venido por correo y milagrosamente escapado de las requisas censoras. Mi hermana y su grupo de amigos (mayores que yo) cantaban con la música de “Guantanamera”: “al Che Guevara/ le canto yo esta canción/ al Che Guevara/ con pena en el corazón”. “América está que arde/ y todo un fuego será…”
Y yo, con mis diez años, creía en eso, creía que debía ser así, y que aquel hombre a quien nunca podría haber conocido me marcaba un camino que no era posible eludir. Después crecí y descubrí los atajos, pero esa es harina de otro costal.
De cualquier manera, tengo motivos para negarme a ir al cine a ver películas basadas en su vida, hechas “para los que lo amaron y para los que lo odiaron”, es decir, historias híbridas y anodinas, que hacen quedar a sus realizadores como revolucionarios pero no tanto, supuestamente imparciales y humanos. Tengo motivos para que me disguste ver su imagen impresa en remeras, vendidas al mismo precio que las que llevan la lengua de los Rolling Stones. Cuanto más para sentir asco por la anunciada estampilla que cierto cucarachesco gobernante dijo que se lanzaría al mercado filatélico. En fin, no puedo tolerar que con la muerte de mi hermano fusilado cuando yo era una nena se esté haciendo un negocio gigantesco, ni demagogia preelectoral, ni confusión permanente.
Octubre de 1997



martes, 11 de septiembre de 2012

CHILE, GARCÍA MÁRQUEZ Y NOSOTROS


Esto escribí hace algunos años, a propósito de un artículo escrito por Gabriel García Márquez, que luego fue ampliado y publicado en 2003 bajo el título de "Chile, el golpe y los gringos", y para el que quiera leerlo, adjunto aquí el link:

http://www.elortiba.org/neruda2.html

CHILE, GARCÍA MÁRQUEZ Y NOSOTROS


Dispongo de media hora - lo que dura mi viaje en tren de regreso a casa - para leer una crónica histórica de Gabriel García Márquez sobre Chile, desde 1969, hasta la dictadura de Pinochet. Por esas misteriosas combinaciones del inconsciente me da por recordar el puerto de San Pedro, donde el barco “Presidente Allende” de bandera cubana cargaba veinticinco mil toneladas de maíz, y el fervor conque hablaban sus tripulantes sobre Fidel Castro y su Revolución. Era mayo de 1984. Pero voy aun más atrás en el tiempo: septiembre de 1973: ambos teníamos dieciséis años. Yo vivía en La Rioja, vos ya en Buenos Aires. Me pregunto qué recordarás de aquel 11 de septiembre de 1973. Yo me veo pegada al aparato de radio, escuchando por onda corta las emisoras de Santiago, con un nudo en la garganta, pero al menos el primer día, con la esperanza de que el pueblo chileno se levantara y venciera a los gorilas que pretendían truncar su revolución. Con el correr de las horas me di cuenta de que otro  sueño se esfumaba. Claro,  ignoraba estos detalles de los que ahora me entero leyendo a García Márquez. Ignoraba que el propio Allende había reconocido que la Unidad Popular tenía el gobierno, pero no el poder. Y que, como Chile, también Argentina estaba en la mira del Imperialismo, y toda Latinoamérica por entrar en una etapa de trágico retroceso político. Con dieciséis años y escuchando “Yo tengo fe” por el oportunista Palito Ortega, y creyendo que Perón era eterno y que la “revolución en paz” era posible, difícilmente podía oír las balas que silbaban ahí, apenas detrás de la cordillera.
En 1973 aun no había leído a García Márquez. Sí tenía, entre otros sueños, el de escribir, que estuvo ligado a muchas frustraciones.
Subrayo algunos párrafos que luego te mostraré. Este colombiano es un monstruo: da al diablo con las teorías literarias, y toda esa sarta de esquemas que se aprenden por ahí. Él escribe historia pero puede darse el lujo de hacer literatura, y contar que siete militares chilenos cenaron en Washington a fines de 1969 y “bebieron los vinos de corazón tibio de la remota patria del sur donde había pájaros luminosos en las playas…” O que Allende estaba “envejecido, tenso y lleno de premoniciones lúgubres, en el diván de cretona amarilla…”
Nada le importa la objetividad que supuestamente debe regir al historiador, y permite que asomen sus sentimientos cuando dice que Salvador Allende murió “defendiendo toda la parafernalia apolillada de un sistema de mierda que él se había propuesto aniquilar sin disparar un tiro”. Pensar que tuvieron el descaro de querer hacernos creer que Allende se había suicidado… (*)
Y nos toca, a vos y a mí, que en aquellos años no nos conocíamos, ni lo conocíamos a él, con las palabras finales: “El drama ocurrió en Chile, para mal de los chilenos, pero ha de pasar a la historia como algo que nos sucedió sin remedio a todos los hombres de este tiempo, y que se quedó en nuestras vidas para siempre”.
Tal vez García Márquez nunca sospeche que lo suyo me mueve a creer que fue necesario ese sufrimiento, como tantos otros en tu vida personal y en la mía, para llegar a ser lo que somos hoy, y compartir ahora estas cosas. Y desear que para Chile, para Argentina, para Latinoamérica toda, y para nosotros se abran caminos de esperanza.
Laura Aliaga - 1991



(*) Muchos años después se confirmó que, efectivamente, Salvador Allende se había suicidado.

domingo, 26 de agosto de 2012

LA PRIMERA MUERTE


Cementerio de la Ciudad de San Juan
Acaba de terminar el 25 de agosto, una fecha que cada año recuerdo sin que se me pase, jamás. Cuando tenía 8 años, ese día, sucedió la muerte de mi abuela paterna, María Elena. Ella tenía 83 años, así que yo había nacido a sus 75, era la penúltima de todos sus nietos y nietas, algunos de los mayores ya estaban casados y tenían hijos cuando yo apenas iba a segundo grado (el tercero de hoy, porque antes pasé por Primero Inferior y Primero Superior, qué ridícula antigüedad) Se me mezclan las imágenes, he olvidado cómo me dieron la noticia, tal vez fuera mi papá, tal vez mi hermana mayor en quien mi madre delegaba constantemente responsabilidades que le hubieran correspondido, no sé si por comodidad o por cansancio. Yo quería mucho a mi abuela María Elena, era mi preferida, diferente de la otra, mandona, fría y distante. Sin embargo, como una niña de 8 años no debía asistir a un velorio, mucho menos a un entierro, me quedé con mi abuela Celia, la materna, en casa de una tía. 
Desde el balcón del primer piso vimos acercarse y pasar el cortejo fúnebre, seguramente la tarde del 26 de agosto. Y la Mamy, que así le decíamos a Celia, estaba compungida y me acompañó en mi primer duelo. Al día siguiente no fui a clases, y cuando volví a la escuela, confieso que sentí un poco de vanidad al contarles a mis compañeras que había muerto mi abuelita, sin que por eso estuviera menos triste.
Con ocho años tenía cierta noción de la muerte, ya había visto morir perros envenenados con estricnina, lo que era bastante corriente en los barrios de las afueras de San Juan. Crecí escuchando relatos acerca del terremoto de 1944, aquel que causó miles de muertos en la ciudad, transformada en gigantesco hospital de campaña. Mi abuela María Elena había recorrido plaza por plaza al grito de "¡Aliaga, Aliaga!", recién llegada desde Mendoza (tal vez estuvo paseando y se volvió, no lo sé), en búsqueda desesperada de sus hijos y nietos. Desde muy pequeña tengo esa imagen desgarradora en mi mente, cómo habrá sido su angustia de madre.  
Después del terremoto del 15 de enero de 1944 en San Juan
Al igual que de mis abuelos Ramón y William, fallecidos cuando mis padres eran niños, de María Elena sé muy poco. Se quedó viuda a los 35 años, con cinco hijos pequeños (el menor, mi padre) y uno por nacer. Su marido, de 37, murió por una gripe, algo inconcebible, al menos hasta que en el siglo XXI aparecieron la gripe aviar, y la porcina. Sé que se volvió a San Juan, desde Córdoba, y crió como pudo a sus hijos. Sé que cuando mi papá tenía 7 u 8 años, lo envió a casa de unos parientes en Buenos Aires, junto con mi tío Negro (Gustavo Adolfo), de 9 o 10, y que los mandaron como pupilos a un colegio salesiano en González Catan, una experiencia tenebrosa de la que, valientemente, se escaparon. Como castigo por haber querido ser libres, los mandaron de regreso a San Juan, pero nunca supe cómo siguió la historia. Mi tío Negro fue un alcohólico empedernido, y murió a los 51 años, de una cirrosis, o cáncer, o vaya a saber qué, pero recuerdo que su vida era desastrosa y que mi papá, cuando podía, lo asistía, le prestaba dinero, lo cuidaba de alguna manera.  
Alguna vez escuché una anécdota en la que, mucho antes de nadie imaginar que serían consuegros, mi abuelo William Finnemore fue al Correo Central de la ciudad de San Juan, donde María Elena trabajaba, y al ser atendido por ella le dijo una galantería, algo así como que era la empleada con los ojos más lindos que había visto por allí. ¿Cómo habrá sido su viudez? Desde luego, nunca volvió a casarse, como correspondía a una dama de sociedad de aquella época (décadas del 20 y del 30 del siglo XX) ¿Habrá tenido amantes? Imposible saberlo, porque si los tuvo se cuidó muy bien de que mi papá y mis tíos lo sospecharan. Mi madre me ha contado asuntos escabrosos ocurridos en la rama materna de nuestra familia, y le encantan los chismes familiares, así que si hubiera sabido algo relativo a su suegra, lo habría mencionado alguna vez. 
La visita de mi abuela María Elena a casa me llenaba de alegría. Ella llegaba, y abría su cartera que era un cofre lleno de tesoros: higos secos rellenos con nuez, caramelos, algún chocolate. En contadas ocasiones tenía alguna moneda para regalarme, porque era pobre, la recuerdo siempre pobre. Tuvo una casa en un barrio cercano a la parroquia de Desamparados, era una casa de dos plantas, aunque ahora dudo si no era la casa de mi tío "Queto" (Luis María), quien también fue alcohólico aunque vivió unos años más que su hermano, pero también fue un desgraciado, además llevaba el estigma de ser cornudo porque la mujer lo dejó y se fue con otro. El linaje Aliaga venido a menos, destinos diferentes a los linajudos Aliaga de la provincia de Córdoba que fueron siempre grandes señores de doble apellido ligados al poder (quiero decir, al dinero, y desde luego, a la derecha). Mi padre, librepensador, ateo, de izquierda, despreció toda su vida el dinero, renegó del Capitalismo, idealizó a la URSS y a la Cuba Revolucionaria con un romanticismo casi adolescente. 
María Elena era la abuela compinche y buena, cariñosa. Tengo un recuerdo, yo debía tener cuatro o cinco años. Era la tarde, ella estaba conmigo en la vereda de mi casa en el Barrio Huazihul, y mis padres se ocupaban del jardín, o de la huerta, a unos metros. La vereda era de tierra nomás, con algún pastito por ahí. Mi abuela tomó una varilla de algún árbol, de esas que se usaban para ahuyentar a los perros, e inclusive para pegar varillazos en las canillas a los niños díscolos, y dibujó una figura humana; me guiñó un ojo y me recomendó que me mantuviera seria y no dijera nada, entonces empezó a los gritos: "¡Mono, Ñata, vengan a ver lo que dibujó la Laurita! ¡Miren qué bien dibuja!" Mis padres dejaron sus tareas, y aunque enseguida se dieron cuenta de la broma, estuvieron un momento en suspenso. Después, por supuesto, las risas y las protestas, pero aquello me quedó grabado para siempre. Yo tenía condiciones para el dibujo, y le dediqué mucho tiempo de mi vida a aquel talento, hasta comencé la carrera de Artes Plásticas en la Facultad. Bonita, mi abuela, si hubiera vivido más tal vez me habría ayudado, desde el amor, y no desde la obligación de "ser algo", a definir mi vocación. 
También recuerdo escenas horribles, en las que mi papá la maltrataba. Es que sus últimos tiempos fueron duros, habrá tenido demencia senil seguramente, porque se hacía sus necesidades encima, o se negaba a ir al baño y se iba al fondo de la casa, entre los yuyos. Fingía que se bañaba, y abría el agua y la dejaba correr, pero luego salía tan sucia como había entrado. Me dolía que mi papá la retara y la sentía tan cercana, como si fuera una nena igual que yo. 

También estuvo un tiempo viviendo con mi tía Coca (María Georgina) en Neuquén. Desde allí nos enviaba encomiendas con grandes cantidades de piñones, el fruto de la araucaria. Mi mamá los cocinaba y los comíamos en esas noches del invierno sanjuanino, no hay sabor más delicioso ligado a mi infancia. 
En las calurosas de verano nos llevaba al cine al aire libre, una curiosidad sanjuanina de entonces, gracias a las escasas lluvias del clima semidesértico. De su cartera nutricia surgían sándwiches de mortadela y queso, recuerdo que mi mamá sufría por las condiciones anti higiénicas en que mi abuela guardaba los alimentos y golosinas, pero a sus nietas nos sabían a manjares deliciosos. A cielo abierto, bajo la Vía Láctea, cenábamos a oscuras en el cine, mientras alguna película en blanco y negro sucedía en la pantalla gigantesca. Vaya a saber con qué apagábamos la sed, pero seguramente ella llevaría algún jugo de frutas, eso no lo recuerdo bien.
Después de su muerte estuve en la casa de la tía Coca, en Alto de Sierra, donde falleció. Me tocó dormir en la misma habitación. No había corriente eléctrica en ese tiempo, era en la finca de los Pulenta que administraba mi tío. Se usaban unos faroles a gas, o a kerosene, pero en los dormitorios, sólo unos candiles caseros, fabricados con frascos de dulces en los que se depositaba una mecha; luego se llenaba el frasco con kerosene, y se encendía la mecha para alumbrar apenas el cuarto antes de dormir. Iluminaban menos que una vela. Las sombras alargadas sobre las paredes ya me despertaban terror, pero lo peor venía al apagar el candil. Aun mi abuela de recuerdo tierno y amado podía presentarse como fantasma allí y provocarme algo terrible. Pensando en eso tardaba en dormirme, pero me habían educado en el orgullo y demostrar semejante debilidad era una deshonra: yo tenía ocho años. Si llamaba a mi tía para pedirle que se quedara conmigo hubiera sido blanco de las burlas familiares. 

Mi papá vio caer una estrella la noche en que murió su madre. Yo no sé si será verdad, pero él era un poeta, así que esa imagen suya, viajando en la caja de la camioneta de mi tío, en una fría noche de San Juan, también forma parte de los recuerdos ligados a esta fecha y a mi querida abuela que se me fue tan temprano.

martes, 12 de junio de 2012

SUEÑO PENDIENTE

Esperando para cobrar en el Banco del Mal Olor de Avenida Independencia casi Entre Ríos; el aire es  casi irrespirable, me puse cerca de la única ventana apenas abierta.
No hace tres años que soy abuela, pero llevo casi veinticinco compartiendo horas, una vez por mes, con viejos de todas clases, cada vez que cobro la pensión. Los hay discretos y callados, otros tienen tremenda necesidad de hablar; los hay inteligentes y con buena conversación, otros limitados e ignorantes, desinformados y que adhieren al discurso de los medios masivos de comunicación. Un denominador común es esa especie de soberbia de creer que las saben todas y no tienen nada que aprender. Espero no llegar a ser una vieja así de insoportable. 
En realidad, espero no llegar a ser vieja, aunque ya pasé el medio siglo en este mundo. La vejez me asusta más que la muerte. Si se pudiera, sin infringir sufrimiento a otros, decidir hasta cuándo... sin embargo, sé que uno termina aferrándose a la vida hasta lo irracional...
Sin mucha fe sueño con, antes de los 60, cumplir el deseo que me asaltó hace unos años: ascender al Cerro Mercedario, de más de 6700 metros, en San Juan, mi provincia. Intenté acercarme a ese sueño en el año 2004, pero cambió el curso de los acontecimientos, y aunque me hubiera empeñado en hacerlo no habría podido, de todas maneras. Resulta, Lucio, Matilda, para ustedes escribo, que a principios de 2004, buscando la manera de llegar a mi Cerro Mercedario, me puse en contacto con un guía, experto andinista, con varios ascensos al Aconcagua y a otros picos importantes de América, un muchacho sanjuanino de 26 años entonces, llamado Marcos Ceballos. 
Él estaba organizando una expedición al Mercedario integrada por mujeres, me entusiasmó la propuesta, entonces me anoté. Seríamos cuatro o cinco aventureras, guiadas por Marcos, y, supongo, algún otro asistente. El plan consistía en tres semanas en total para el ascenso y descenso a pie, llamado "Trekking", (no escalada, porque para eso el entrenamiento es mucho más riguroso e intensivo), acampando a distintas alturas para lograr la aclimatación paulatina y evitar el MAM (Mal Agudo de Montaña), que puede provocar serias consecuencias, como el edema pulmonar, e incluso la muerte.
Todas éramos mujeres mayores de 40 años; yo por entonces tenía 47, Patricia, la única a quien conocí personalmente, 44, y era porteña. Con las otras integrantes de la posible expedición sólo intercambié correspondencia electrónica: María Celeste y Celia. Como parte del entrenamiento debíamos hacer una excursión al Tontal, en la Pre-cordillera sanjuanina, con cerros de más de 4.000 metros de altura. Cuando nos encontramos con Patricia en el café El Gato Negro de la Avenida Corrientes al 1600, ella estaba por irse a Iruya, por su cuenta, y también en plan de entrenamiento.
La expedición implicaba mucho dinero, no sólo el costo de los honorarios para la empresa organizadora, y para pagar al guía, Marcos, sino también por toda la ropa y equipo especial con que había que pertrecharse. Yo estaba llena de deudas, durante el menemato me endeudé hasta el cuello para mantener mi casa y mis hijos adolescentes, estudiantes, y mi sueldo era de mediocre para abajo. Sin embargo, el deseo me azuzaba y estaba dispuesta a priorizar mi sueño, después vería cómo pagar las deudas. Confieso que siempre tuve un espíritu rebelde y anarquista y pensaba que no pagar a los bancos era justo en cierta forma, porque los bancos, los banqueros, han existido siempre para asfixiar y robar a los simples mortales como yo. Después tuve que aflojar y pagar, porque ellos cuentan con poder suficiente para acosar a sus deudores y no dejarles escaptoria. El precio, además, es pasar a la marginalidad...
Siempre pobre, siempre pobre, estoy cansada de ser pobre. Mientras escribo esto miro a mi alrededor, inmersa en el mal olor que caracteriza a este banco lleno de viejos incontinentes, la mayoría pobres, y cansados...
El caso fue que el costo total de la expedición, más los gastos personales, ascendía a unos 2.000 dólares (yo apenas ganaba el equivalente a 500 por mes). Debía abonar un porcentaje importante antes de junio de 2004. Ocurrió que por esos días, y de manera fortuita,  conocí, vía Internet, a un cubano que vivía en Matanzas. Empezamos a escribirnos y en tres semanas él me declaró su novia; para julio soñábamos con encontrarnos y vivir juntos. Fue tal la conmoción que me produjo este encuentro que cambié de planes y de destino. Renuncié al andinismo, postergué mi cerro Mercedario y lo troqué por otro sueño, la amada y admirada Cuba de la romántica revolución y el amor de un dulce cubano.
La expedición andinista se concretaría sin mí, pero seguí en contacto con sus integrantes, especialmente con Marcos, en San Juan, y con Patricia, en Buenos Aires.
Terminó el 2004; el 30 de diciembre ocurrió un hecho luctuoso en la Ciudad de Buenos Aires, el incendio de una discoteca, "Cromañon", que se cobró la vida de casi 200 personas, por irresponsabilidades compartidas entre funcionarios del gobierno municipal y algunos particulares. Pasamos un fin de año un poco triste, aunque esa tragedia no tocó de cerca a la familia. Personalmente, estaba muy enamorada y con el proyecto de viajar a Cuba a principios de 2005.
Cuando volví a  trabajar, luego de los feriados de las fiestas, recibí una llamada telefónica de Patricia la andinista que me dejó anonadada. La expedición que debía comenzar el 8 de enero se frustró definitivamente porque Marcos Ceballos, quien decidió pasar el fin de año haciendo cumbre en el Mercedario, escalándolo por la peligrosa pared sur, junto con un amigo de 19 años, se desbarrancó al intentar subir por una capa de hielo que cedió, y murió trágicamente. Con toda su pericia y su experiencia, fue más allá de los límites y la montaña se lo cobró.
http://www.diariodecuyo.com.ar/home/new_noticia.php?noticia_id=75939

Patricia estaba afligida y decepcionada por ver truncado un proyecto a punto de concretarse. Ella había conocido a Marcos en un viaje a San Juan, a su novia, a las otras mujeres que integrarían la salida. Me puso muy triste esa noticia, la muerte de tantas personas jóvenes por esos días. Causa horror que muera un joven, es antinatural. Resultó escalofriante saber que la persona con más responsabilidad en ese plan abortado, quien iba a conducir la excursión, había muerto una semana antes, en ese lugar.
En el fondo de mi corazón egoísta sentí cierto alivio por no haberme embarcado en la aventura, porque hubiera perdido todo, ilusiones y dinero. En cambio aposté a la vida, al amor, a encontrarme en Cuba con quien resultó después el abuelo de Lucio y Matilda, el abuelo que los ama, les canta cancioncitas desde que nacieron, los carga en sus brazos, en sus hombros y juega, un abuelo de lujo. No pudieron conocer al abuelo materno de sangre, pero la vida, tal vez ayudada por el principio del caos, les regaló a Orlando.

lunes, 19 de diciembre de 2011

19 y 20 DE DICIEMBRE Y LA ESQUIZOFRENIA

Por estos días parece que hace diez años todos éramos militantes de la causa popular, nacional y revolucionaria, la teníamos clarita, y estuvimos a punto de dar la vida en las plazas de la Nación en llamas, a un tris de disolverse. Mi experiencia en ese diciembre, hace diez años, fue dolorosa, dura, en lo personal, y fue un pico alto en una crisis de conciencia política que venía arrastrando desde los ‘90. 
Desde el comienzo del sistema privado de jubilaciones y pensiones yo trabajé en una AFJP; cabeza de familia, con cuatro hijos chicos, surgió esa posibilidad a principios de 1994 y obtuve un puesto en una de las tantas que fueron quedando en el camino, por las sucesivas fusiones que se produjeron, las grandes se tragaron a las pequeñas.

Fui militante desde mi adolescencia hasta fines de los 80; decepcionada del peronismo, me acerqué al Frente de Izquierda Popular, de Jorge Abelardo Ramos, que en 1987 pasó a llamarse Movimiento Patriótico de Liberación, con una reivindicación bastante indigerible para mí, de las Fuerzas Armadas y de la guerra de Las Malvinas de 1982, pero bueno, no es el tema que quiero tocar ahora. Luego vino el menemismo, y el Colorado Ramos se volvió peronista de Menem, ahí, casi al final de su vida, defeccionó, obtuvo la Embajada de México entre 1989 y 1992. 
Recuerdo muy bien un congreso del partido en Mar del Plata, en el invierno de 1989, en el que "arengó a la tropa" para que apoyáramos a Menem... fue mi última incursión en la política de manera formal. Mi decepción fue enorme; me volqué a escribir, a aprender técnicas artesanales para subsistir, me resultaba muy difícil conseguir un trabajo formal con mi prole a cuestas. 
Dos años antes, habrá sido en abril de 1987, en una reunión política del MPL en Morón, (fui con mi marido, quien ya estaba enfermo y moriría el 20 de junio de una leucemia feroz), a pocos días de Semana Santa y el famoso "La casa está en orden" de Alfonsín padre, un compañero habló de que se venía para la Argentina el sistema privado de jubilaciones, copiado del modelo chileno. Y así fue nomás, seis años después se sancionó la Ley 24.241, y se crearon las AFJP. 

Ingresé a trabajar en una de ellas, sabiendo que se trataba de un régimen perverso que venía a destruir el antiguo sistema solidario de la seguridad social, ahora sólo podrían jubilarse quienes aportaran de manera continua entre los 18 y los 60 o 65 años, en un país donde la desocupación y el trabajo en negro crecían vertiginosamente, un país des-industrializado, las empresas estatales privatizadas, los ferrocarriles devastados, cientos de miles de desocupados transformados en remiseros y kiosqueros... Por esta conciencia de dónde me encontraba fue que nunca pasé de ser una empleada del montón, me debatía entre la necesidad del sueldo a fin de mes y formar parte de una maquinaria  monstruosa. Participé de tímidos y frustrados intentos de conformar un sindicato de empleados de AFJP, pero el miedo al despido era tan grande que todo se disolvía antes de concretarse, la amenaza, el control, la persecución, real o imaginaria, estaban siempre latentes. A supervisores y jefes llegaban quienes estaban dispuestos a cumplir los designios del sistema, salvo dolorosas excepciones de personas bien intencionadas que terminaron enfermándose y perdiendo el trabajo, pero con la dignidad en alto. Las diferencias entre los sueldos de los empleados rasos y los jefes y gerentes eran de una proporción astronómica.
El 30 de noviembre de 2001 ya había empezado la corrida cambiaria, los asuetos bancarios, se decretó el “Corralito”, el clima social estaba enrarecido, y, como ya era costumbre, las sedes de las AFJP eran blanco de protestas de jubilados. Ese día, nuestra jefa, una contadora con la camiseta de la empresa bien puesta, diría, tatuada en el cuerpo, nos reunió a todos para informarnos que a partir de ese momento, dejarían de pagarse las horas extras, lo cual no significaba que si había que trabajarlas, pudiéramos negarnos, no señor; solamente se nos ofrecía una compensación en tiempo, si acumulábamos extras podíamos tomarnos algún día para fines personales.

Ese viernes ya teníamos planeado con un grupo de compañeros, ir a tomar algo a un bar de Puerto Madero, para disfrutar del "Happy Hour". No fue lo que se dice una actividad militante, ni mucho menos. Buena cerveza tirada, algunos tacos mexicanos y otras delicias, no celebrábamos otra cosa más que la amistad. Llegué muy tarde esa noche a mi casa, la segunda de mis hijas había salido para reunirse con sus amigas, y su novio, a su vez, se fue con sus amigos a un boliche de San Miguel. El sábado me levanté muy temprano porque quería acompañar a mi hijo a un campeonato de fútbol en su colegio, y así fue que volví cerca de las tres y media de la tarde, para encontrarme con la atroz noticia de que Hilario, el novio de Celia, había muerto esa madrugada, en un accidente automovilístico, al regresar (alcoholizado, conduciendo el auto de su padre) de esa salida con amigos. El mundo doméstico se derrumbó en ese fin de semana, y mi prioridad como madre era sostener a esa jovencísima viuda, que por esos días se preocupaba por el color del vestido para su fiesta de egresados... Mi preocupación no descansaba, vigilaba todo el tiempo la conducta de esa casi nena que se había portado como una mujer fuerte y madura durante todo el doloroso proceso en el que murió uno de los chicos que acompañaban a Hilario, y otro pasó varios meses en coma. Ella estuvo comprometida con ese drama en todo momento, con su grupo de amigas que se comportó maravillosamente. 
El 19 de diciembre, antes de las 9 de la mañana, cuando atravesé la Plaza de Mayo para llegar a mi trabajo, a dos cuadras, había mucha gente reunida y vi a algunos personajes conocidos, como Adolfo Pérez Esquivel, como Joaquín Morales Solá, Luis Zamora, el agua, el aceite, en fin... En la oficina escuchaba la radio, una FM que daba noticias alarmantes sobre los saqueos en el Gran Buenos Aires; por teléfono, mi hija mayor me informaba sobre lo que ocurría en Hurlingham, en el que era supermercado Norte, y de los ómnibus que recogían gente, inclusive en la cuadra donde vivíamos, para participar de los saqueos (la gran pregunta que nos hacíamos era quién contrató esos ómnibus)

Por temor a los ataques al edificio de Orígenes AFJP, pasado el mediodía nos dieron asueto, y también se suspendió la fiesta de fin de año de la empresa que sería esa noche, o la siguiente, no recuerdo bien. Cuando salí a la calle vi las veredas de la calle Balcarce al 300 rotas, faltaban pedazos de baldosas que eran utilizados como proyectiles contra la policía. En la esquina de Avenida Belgrano y Defensa, un automóvil incendiado. Recuerdo muy bien una sensación física, en la garganta, en el pecho, una mezcla de desazón y euforia, deseos reprimidos de tomar un pedazo de baldosa y arrojársela a algún símbolo de ese país que se estaba cayendo, pero mi opción no fue el heroísmo por esos días.

El subte no llegaba hasta Plaza de Mayo, y las vallas impedían avanzar hacia el lado de Corrientes. Una compañera que vivía en Ramos Mejía me acercó en su auto hasta Gaona y Vergara, donde tomé el colectivo para llegar a mi casa. La televisión sólo transmitía noticias, desde los lugares de los saqueos, y desde el centro de la ciudad, donde ya había represión a los manifestantes, la policía montada con su habitual prepotencia y furia homicida hacia los transeúntes, los gases lacrimógenos, los motoqueros dando vueltas enfrentándose a la policía, caos social, violencia. En casa, mi hija, la que más me requería por esos días, estaba enferma, uno de esos virus como la mononucleosis, o algo que nunca terminó de definirse, pero ese día, 19 de diciembre, tuve que llevarla a una guardia médica para que la atendieran. Reposo, hidratación, nada más, pero al fin su cuerpo había acusado el golpe terrible recibido días atrás.

El 20, jueves, fui a trabajar y los destrozos en la plaza y alrededores eran tremendos; restos de incendios,  veredas rotas, una palmera que vi arder por la televisión la noche anterior estaba toda chamuscada, frente al Banco Nación. También ese mediodía nos dejaron ir temprano, nuevamente mi compañera me acercó en su auto. En casa temprano, con mis cuatro polluelos, enterándonos de la tragedia por la radio y la tele. Vi a un vecinito que arrojaba piedras en los alrededores del Mc Donald's cerca del obelisco, el hijo de un antiguo compañero de militancia, al que por suerte no le ocurrió ninguna desgracia. Pero ya había varios muertos en la ciudad de Buenos Aires y en el resto del país. De la Rúa renunció y se fue con su indignidad en el famoso helicóptero, imagen grabada para siempre en la memoria de todos. El 21 no fui a trabajar, nadie fue a trabajar. 
Recuerdo la sucesión de cinco presidentes en pocos días, la arrogancia de Rodríguez Saa vociferando que no pagaría más la deuda externa, y luego la asunción de Duhalde y sus promesas. Ese fin de año fue triste, angustioso. Las estructuras de la Nación se habían tambaleado, en un mundo que se tambaleaba: tres meses antes habían ocurrido los atentados a las torres gemelas en Nueva York, y al Pentágono; mi hermana viajó precisamente en septiembre de 2001 a Gran Bretaña, a estudiar, pero con la esperanza de quedarse allí, porque en Argentina el futuro se presentaba negro. Sin embargo, cuando sobrevino la crisis de diciembre, recuerdo que desde allá se manifestaba desesperada por volver, porque quería ser protagonista en esto desconocido y nuevo que había estallado aquí.
Surgió la esperanza de las Asambleas barriales, concurrí a la que se realizaba en plena plaza de Hurlingham, con Eva, la tercera de mis hijas. A poco andar detecté el ansia de copamiento que mostraban algunos personajes, militantes de partidos de la ultra izquierda que se creyeron que había llegado el soñado momento de la revolución. Ja, qué chasco se llevaron, y qué daño hicieron, espantando a la gente bien intencionada que se acercó a las asambleas. 

Diez años después siento un agradecido respeto por quienes entregaron su vida en aquellos días, pero confieso que recién volví a creer en la política cuando la presidencia de Néstor Kirchner ya llegaba a su fin y se perfilaba Cristina Fernández como su sucesora. En abril de 2008, un año antes de la estatización de los fondos de las AFJP y su disolución, me despidieron, hecho que viví como una liberación. Me indemnizaron y empezó una etapa bastante incierta en lo laboral, que dura hasta hoy. Pero me sentí tranquila con mi conciencia, ya no viviría en la esquizofrenia, ya había criado a mis hijos, cada uno de ellos tenía su independencia económica, ahora correría los riesgos sin involucrarlos. En 2009 dejé de tratar a personas que fueron amigas, pero su definición política, primero con el conflicto por la Resolución 125, y luego con las AFJP marcó la diferencia, y salí ganando.
El 19 y 20 de diciembre de 2001 viví el drama social puertas adentro; no fui una heroína, apenas una mujer común, sobreviviente una vez más, tratando de entender la realidad lo mejor posible. Hoy todo está mucho más claro.

lunes, 29 de agosto de 2011

EL SABIO JOSÉ

Ayer domingo muy cerca de la medianoche ví con mucho interés el último programa, al menos de un primer ciclo, de El Debate en la TV Pública conducido por Adrián Paenza, cuyo tema era "¿Son necesarias las religiones?", en el que dos intelectuales defendieron las posiciones a favor y en contra, el Teólogo Rubén Dri y el Doctor en Física Alberto de la Torre respectivamente. Estaban invitados también para realizar preguntas lo más objetivas posible, Noé Jitrik, crítico literario y periodista, y otra intelectual a quien confieso no conocer, no registré el nombre, y a pesar de haberlo buscado, no lo encuentro. 
Lamentablemente Noé Jitrik no entendió la consigna, y haciendo gala de una vieja maña que lo caracteriza, se puso a exponer su pensamiento, con una visible ansia de aprovechar el tiempo y el espacio que no le pertenecían para demostrar una inoportuna erudición. Fue evidente que Adrían Paenza se puso muy incómodo y lo tuvo que interrumpir, en las dos intervenciones de  Jitrik, su aporte fue paupérrimo, por no decir nulo, y su actitud soberbia, exasperante. 
Entonces recordé la ocasión en que José Saramago, (Premio Nobel de Literatura 1998, un escritor que rompió todos los moldes, porque era a la vez un filósofo profundo y poeta exquisito, un ateo militante que dio ejemplo con su vida de que no son necesarias las religiones para tener una conducta ética, para ser humilde, solidario, comprometido, trabajador y dejar un legado a la humanidad) asistió al Museo Nacional de Bellas Artes para dar una conferencia  en el año y mes del centenario del nacimiento de Jorge Luis Borges. La conferencia programada finalmente se desvirtuó, y para conseguirlo,  el mencionado Noé Jitrik tuvo una participación activa. En aquella ocasión fue acompañado en el mismo cometido de intentar interrumpir y "moderar" a Saramago por el director del Museo Nacional de Bellas Artes, Jorge Glusberg.

Jorge Glusberg

Noé Jitrik
Se me ocurrió escribir entonces un texto en forma de fábula, que le envié por correo al maestro Saramago, y con gran sorpresa, poco tiempo después, tuve el acuse de recibo, una carta enviada por su secretaria en aquel entonces, en la que me agradecía la mía, y me informaba que el escritor la había leído, pero que por encontrarse en Chiapas reunido con el Subcomandante Marcos, no podía responderme él personalmente... (cuál no sería mi orgullo si lo hubiera hecho) 


Esta es la fábula:

Al sabio José lo invitaron a celebrar el centenario de un viejo egoísta y ciego que nunca supo otra cosa que escribir, por lo cual se pasó la vida pidiendo perdón por su ignorancia sobre todos los temas. El sabio José debía aportar a la fiesta el adorno más costoso: una joya de oro y pedrería heredada de un histrión italiano en Estocolmo. Y allá fue José, con gesto manso y divertido.
Los concurrentes desbordaron la capacidad del salón. Muchos fueron por el sencillo placer de escuchar las palabras de un hombre sabio, pero, ay, desgraciadamente, muchos más sólo por ver brillar la joya sueca. (Parece ser que ésta era como aquel famoso traje del rey que se paseaba desnudo en medio de su pueblo). Y se apretujaron todos, y los que habían llegado temprano y estaban sentados, se enojaron con los que se amontonaban de pie en los pasillos, impidiendo a los primeros la vista del podio sobre el cual actuarían los notables. Entonces comenzaron a levantarse airadas voces, algunas - las menos - en contra de quienes habían mal organizado la fiesta, permitiendo entrar a cuatrocientos donde cabían cien. Empezó una pelea de ciegos, que todos parecían serlo, sin ninguna mujer de médico que actuara con sensatez en aquella batahola. Solamente cuando alguien recordó que todos se habían congregado para conocer al sabio José se calmaron un poco los ánimos.
Los malos organizadores decidieron poner sillas y un equipo de sonido en los pasillos para que al menos escucharan los que ya no ingresarían al salón. Uno de ellos fue increpado porque entró a codazos, y como casi nadie sabía quién era, los que quisieron detenerlo pensaron que era un colado. Hubo quien se burló diciendo, "Ah, yo también diré que soy uno de los organizadores así me meto más adentro". Pasados unos minutos apareció un enorme vigilador y ordenó que todos se hicieran pequeños, que se aplastaran unos contra otros para dejar un pasillo por donde entrarían el sabio José y los notables, circunstancia que fue aprovechada por algunos inescrupulosos para avanzar un poco más, cerca del escenario. Y por ese pasillo formado por cuerpos humanos avanzó el sabio José, con los ojillos sonrientes y asombrado de ver tanta gente congregada a su alrededor, y hasta con talante humilde, meneando la cabeza, como diciendo, "¿Todo esto es por mí?" Los concurrentes prorrumpieron en aplausos; alguna sensible mujer lloraba, otros gritaban vivas. Cuando se restableció el silencio, el notable director del museo presentó innecesariamente a José el Sabio y, haciendo gala de gran estupidez, como si estuviera lanzando al mundo una gran verdad filosófica, afirmó que el día más feliz de José había sido aquel en que supo que era el heredero de la joya sueca. José entonces, como pidiendo permiso, dijo a todos que la felicidad sólo proviene de las cosas pequeñas, y que el día en que se dirigía a Estocolmo a recibir el galardón se sintió el hombre más solo del mundo.
Luego tomó la palabra el otro notable que fuera confundido con un colado, quien por su condición de periodista había sido puesto allí para tirar de la lengua de José el Sabio. Cómo iba a desperdiciar tamaño auditorio: empezó a perorar acerca del mundo y sus alrededores, con lo cual desató nuevamente la ira de los asistentes, quienes empezaron a gritar vehementemente que se callara, que todos estaban allí para escuchar a José. La escena se repitió por lo menos tres veces a lo largo de las dos horas en que transcurrió el evento, porque la tentación de competir con el sabio parecía ser irresistible para los notables. Y las sencillas palabras de José no hacían sino destacar la pobreza intelectual y la soberbia de los que lo flanqueaban.- Soy ateo -, dijo; soy comunista; si tantos miles se dicen católicos sin culpa alguna, permítaseme que me proclame comunista. No me gusta este mundo del cual en poco tiempo me iré, pero todavía lucho por cambiarlo. Las ideas no han muerto: el Mercado es una idea. Lástima que el Papa no anunció antes que el Cielo y el Infierno no existen: se habrían evitado miles de muertes innecesarias...
Una niña se retiró de la sala a punto de desmayarse por falta de aire para respirar, pero se quedó afuera con su madre escuchando con respetuosa atención por los parlantes que amplificaban la dulce voz de José.


Finalmente, el sabio dijo que como a él lo habían invitado para dar una conferencia, preparó un tema para disertar: "Las campanas y el derecho" era el título de la conferencia que nadie pudo escuchar, porque los notables, arrogantes, habían cambiado las reglas del juego y no dejaron que el sabio hablara con absoluta libertad. La madre de la niña que estuvo a punto de desmayarse pensó que tal vez fuera porque la verdad en boca de un sabio puede resultar peligrosa para algunos, para aquellos que quieren sólo la exposición de una joya de oro y pedrería en un museo, pero se empeñan en no menear ideas que hagan tambalear el estado de las cosas.

AGOSTO DE 1999 (en ocasión de la asistencia de José Saramago a los actos en conmemoración del Centenario de Jorge Luis Borges)


Gracias a esta maravilla que es Internet encontré la transcripción de aquel evento en el que un par de intelectuales argentinos, Jorge Glusberg , Director del Museo Nacional de Bellas Artes y especialmente Noé Jitrik, hicieron un memorable papelón, una demostración de solepsismo y soberbia inauditos, frente a un gran hombre, un filósofo, tan enorme y tan sencillo que con su palabra y su pensamiento lo iluminaba todo, y los eclipsaba a ellos. Vale la pena leerla:



AVISO: Años después compruebo que la página de El interpretador que tenía el registro detallado del papelón narrado ha sido levantada.