martes, 28 de junio de 2011

HISTORIAS DE BARRIO

GENOVEVA


Genoveva ha tardado en decidirse a salir, acostumbrada a los males aparentemente graves, pero al fin pasajeros, de su marido. Sin embargo, hoy el termómetro indicaba apenas treinta y seis grados, cuando hasta la madrugada no había bajado de treinta y ocho. Y esa somnolencia extraña del viejo, que con sus ochenta y dos años no decayó jamás, salvo cuando estuvo internado en las sucesivas operaciones de la pierna, resultaba un indicio grave, tal vez el anuncio del fin.

Retiró el termómetro y verificó la temperatura; luego hizo descender el mercurio, como cuando los hijos eran chicos y ella les controlaba la fiebre, en las interminables madrugadas de sarampión y paperas. Con el dorso de la mano rozó la frente de César. Está frío, pensó, y se dio cuenta de que no sentía ninguna emoción. Se quedó mirándolo: estaba pálido, él que siempre tuvo el color subido; la respiración, apenas perceptible. Apagó la luz de arriba y dejó el velador encendido. Al pasar por el comedor, el reloj cucú que trajo Carlitos de Venezuela dio las seis y media. Ya era de noche. Cerró y trabó los postigos meticulosamente. ¡Con las cosas que pasan! Una casa con dos viejitos solos es blanco fácil para criminales. Volvió al dormitorio y se acercó a la cama.

-          Voy a pedirle el teléfono a Alicia- dijo.
           
Pero César no contestó. Dormía con la boca entreabierta, respirando tenuemente. Recordó los primeros ronquidos que habían formado parte del paulatino desencanto, medio siglo antes. Entonces comenzaron a encadenarse recuerdos: las borracheras al regresar de alguna peña, y ella sola con Susy y Carlitos, muerta de miedo en este barrio que entonces era tan distinto al de ahora, con el conventillo lleno de matones. Después fueron llegando los buenos vecinos: Charo y Marcos, Armando y la finada Anita, Alicia, don Martín, don Francisco que puso el almacén... Y vino la luz de mercurio, allá por los sesenta, y el asfalto.

Desencantada y todo, ya en el ’55, jamás hubiera pensado en separarse: eso era cosa de actrices y de locas, no de la esposa de un militar que queda rengo a causa de los bombardeos de la Libertadora. Esquirlas, qué palabra rara, ella nunca la había escuchado. Cómo se asustó cuando vinieron a avisarle: corrió a buscar un taxi, alguien que la llevara al Hospital de Campo de Mayo. 

Pero ahora, qué va a correr, con esas piernitas flacas de diabética. ¿Cuántas veces se cayó en los últimos dos años, y eso que camina tan despacio? Recuerda: se acabó el peronismo, a César lo ascendieron y le dieron el retiro. Tuvieron un mejor pasar económico, pusieron el negocio, compraron muebles nuevos y después la casita en San Bernardo. Ella quería el teléfono, pero César siempre se opuso. Ahora no tendría necesidad de salir con este frío a molestar a los vecinos.
Abrió el ropero y descolgó el tapado gris. Del segundo cajón sacó la bufanda verde. Se estaba abrigando cuando escuchó maullar a Isaac en la ventana de la cocina. Ese gato era su única manifestación de ternura. Lentamente caminó hacia la puerta del fondo y lo hizo entrar.

-    Pobre mishi, tenés hambre. Hoy te llamé para comer y no viniste. ¿Qué estabas haciendo, eh, noviando por ahí?

        Dejó al gato comiendo entre ronroneos y cerró la puerta de calle. Atravesó el porche y salió por el camino de lajas hacia el portón de hierro. Trabó el candado y se puso a caminar por la vereda. Toda la cuadra estaba a oscuras por culpa de un automovilista borracho que esa madrugada derribó uno de los postes, gracias a Dios no andaba nadie por la calle. A las siete de la tarde era una boca de lobo.
Había olvidado los anteojos sobre la mesa de luz, junto al termómetro. ¡Cómo duelen esos dedos del pie derecho! El doctor le ha dicho que si no se cuida va a terminar con gangrena. Cuidarse... Sí, y cuidar al viejo, como antes a los hijos. Y a Genoveva, ¿quién la cuida? Susy, con su casa y su trabajo apenas tiene tiempo para venir. Y Carlitos, siempre de gira con el conjunto. Salió medio loco ese hijo, pero ha actuado muchas veces en Cosquín. Es lindo el folclore, sí, es lindo ver a Carlitos por televisión. Pero también trae recuerdos amargos: las peñas de las que César volvía borracho; las locas esas con las que, rengo y todo, bailaba. ¿Solamente bailaba? Ella nunca  hizo escándalo, pero sabía que hasta los buenos vecinos hablaban de sus cuernos.
Tampoco hay luz en la casa de Alicia. Con dificultad abre la puerta de la verja y llega hasta la entrada. Golpea débilmente con sus nudillos quebradizos. Trata de escuchar algún indicio que venga desde el interior. No hay nadie. “Tengo que llamar a Susy, que venga con el auto”, piensa en forma mecánica. En el fondo siente como un alivio cuando se convence de que no hay gente en lo de Alicia. Se ve sola en medio de esta noche de principios de invierno y le gusta la soledad. Piensa en César, tendido en la misma cama que estrenaron hace cincuenta y dos años, a media cuadra de donde está parada, y empieza a sentirse liviana, como si un enorme peso que hasta ese momento le oprimía los hombros, el cuello, la espalda, de pronto hubiera sido arrojado lejos.
Lentamente se encamina hacia lo de Juan, que también tiene teléfono y en ocasiones le ha permitido hablar. Está la persiana a medio bajar, y se ve luz en el living. Hay gran bullicio: el televisor encendido, los chicos que gritan, ríen, pelean. La mamá que promete una cachetada. Genoveva cierra el puño y toca la puerta tres veces. Espera: nadie atiende. Insiste y escucha. Está terminando el noticiero de las siete.

Tiene las manos frías y las mete en  los bolsillos del tapado. Encuentra una moneda de un peso. Y como ya sus ojos miopes están acostumbrados a la oscuridad, vuelve a la vereda y se va, despacito, al kiosco de la esquina, a comprar ese chocolate con pasas de uva que tanto le gusta y que el doctor no le deja comer.




viernes, 17 de junio de 2011

RETRATO INFANTIL

Hace una semana asistí a la presentación de un bello libro, "Palabras grávidas", de Carlos Semorile. 


Fue una ceremonia quasi íntima, desarrollada en una sala de la Biblioteca Nacional, pero más bien parecía que estuviéramos en el living de los dueños de casa, es decir, el autor y su esposa, quienes fueron los presentadores. Ella, Sandra, en algún momento se disculpó por ser "autorreferencial", palabra bastante novedosa, al menos no la recuerdo de otras épocas, pero últimamente se la escucha muy a menudo. Algunos periodistas se cuidan de no ser autorreferenciales, es una preocupación relacionada con la objetividad, como si involucrarse afectivamente con ciertos asuntos restara seriedad a sus editoriales. Para un periodista, vaya y pase. Pero en otros ámbitos, ¡bienvenida sea la autorreferencia! En el caso del libro que se presentaba esa tarde estaba más que justificada, precisamente porque el libro fue escrito por  el esposo, pero ella había aportado mucho de su experiencia profesional relacionada con la maternidad.



Esto viene a cuento de mis inquietudes como escritora; siempre está la pregunta de hasta dónde se pueden exponer los sentimientos en primera persona, cuánto de las propias vivencias y de los afectos más entrañables pueden considerarse literatura. Un principio aprendido junto a un maestro como Abelardo Castillo, es que no debe escribirse al calor de una emoción fuerte, porque la pasión juega en contra de la calidad literaria. Pero a fin de contrarrestar esto, es buena la práctica de dejar "decantar" un texto, que repose en el tiempo, y luego ver si resiste la prueba.
Al cabo de veinte años, nada menos, tengo un relato inspirado en una secuencia de dos fotos de mi infancia, tomadas en casa de mi abuela materna, en San Juan. Lo escribí como ejercicio en el taller literario de mi otro maestro, Vicente Zito Lema, para quien era más importante expresar los sentimientos que cualquier rigor literario. 
Hace varios días que estoy pensando en publicarlo, y lo que por fin me decidió a hacerlo es que hoy, escuché a Héctor Larrea hablar con mucha emoción de su necesidad de reencontrarse con el niño que fue... parece que es una necesidad común a todos los seres humanos.


Cuando termines de comer la naranja y se haya ido ese pesado del primo Héctor, que últimamente te ha tomado para modelo para sus fotografías, sin que nadie nos vea, recorreremos la casa de la Mamy (qué ocurrencia ésta de decirle Mamy a la abuela, nada más que para confundir a la gente) ¿Estás lista? Bueno, vamos primero al living. Ya sé que te da miedo entrar solita, porque siempre está cerrado y oscuro, pero ahora estás conmigo, yo te cuido. ¿Esos cuadros? Son retratos de unos tíos que no conociste porque murieron siendo niños. Ahí está Lilita, de pie, apoyada en el brazo de un sillón. Sonríe con sus eternos seis años, la carita bordeada de bucles y la misma sonrisa de todas las mujeres de la familia. En otro cuadro, un poco más arriba, Rodolfo, un bebé gordo y cachetudo. Ambos murieron de fiebre tifoidea, con quince días de diferencia. Pero el rincón preferencial es para Carlos, el más llorado. Tenía veintidós años; en el retrato viste equipo deportivo y luce varias medallas, parado en medio de una pista de atletismo. Había viajado a la paterna Canadá, hablaba inglés a la perfección y era el que se perfilaba como continuador de los negocios familiares. Una peritonitis absurda lo segó.
Clara Celia Cano Caicedo, y sus hermanos Vicente y Dalmiro

Este lugar es triste, hay demasiadas cosas viejas, demasiados recuerdos. Vamos a abrir la ventana. ¡Qué lindo está el solcito! ¿Ves el ciruelo florecido? ¡Cuántas abejas zumbando! Esta calle está asfaltada, no como las de tu barrio, y aquí todo está limpito y en orden. Pasan muchos autos y se escucha el silbato del tren. Shh…¿oís? ¡Caballos! Se acerca una carroza fúnebre. Sí, apretadita contra mí, fijate: seis caballos negros, y el cochero de frac y galera negra. Cómo suenan las herraduras en el pavimento… Detrás van los familiares del muerto, en varios coches. Gente rica, se ve.

Bajemos del sillón y vayamos ahora al comedor. La Mamy está haciendo mucho ruido de platos en la cocina. ¡Vive rompiendo cosas la pobre vieja! Ah…, ya sé, te tienta el teléfono. ¿A quién llamamos? A la tía Chicha, esa antipática que te dice gorda sin una pizca de cariño. Yo marco, vos decile “¿Familia Gallo? ¡Ay, perdón, me equivoqué de gallinero?”
¿Adónde vamos? No, al dormitorio de Héctor no; hay olor a pucho, a hombre, y a vos los hombres te dan miedo. Te gustan pero te asustan, y si alguno se pone muy cargoso, llorás como una sonsa. Vamos al baño. Aquí se puede jugar con la puerta cerrada. Podemos lavar el lavatorio con la esponja y el jabón LUX, y ponernos las cremas de la Mamy. No toques la taza donde deja la dentadura postiza, se puede romper. ¿La escuchaste anoche, cuando se hacía gárgaras? Y ella, como es sorda, ni se entera de que nos reímos a carcajadas.
En el dormitorio de la Mamy vamos a mirarnos en el espejo del ropero. Mirá: así vas a ser dentro de treinta años. Se te va a oscurecer el pelo, y ya no tendrás esos mofletes  que los grandes te pellizcan cuando te dicen “¡qué rica!” Vas a conservar la sonrisa y la mirada franca. Un rictus amargo te bordeará la boca, desde los costados de la nariz, y la marca del ceño empañará tu dulzura.

Esta es la enorme cama de la Mamy. Ahora saco cuentas: hace veintiocho años que enviudó, y conserva esta cama todavía. Aquí es donde llora a sus muertos, y reza el rosario antes de dormirse roncando. Esta pieza parece una capilla, llena de imágenes de vírgenes y santos. A vos te gusta esa Santa Rosa de Lima que ella pone junto al velador y que luego se ve fosforescente cuando apaga la luz. Aquí lo único que tiene vida es la radio. ¿Querés que ponga Radio Colón?  Te gustan las radios de Chile; ahora paso a onda corta: Minería, Cooperativa, Portales… También te gusta la música clásica: El Gran Cañón del Colorado, Scheherazade, por Radio Nacional de Buenos Aires.
Pero apurémonos, pasemos de nuevo por el comedor y salgamos al patio grande. Juguemos con la manguera. Sacate las zapatillas y las medias y mojate los pies, así. Qué lindo es andar descalza… Pero en este patio hay sólo baldosas, no hay tierrita, ni plantas como en tu casa. Bueno, vamos a cerrar el agua. Ya va a ser hora de almorzar. Te acompaño hasta adentro y me voy. No te pongas triste, otro día volveré. Iremos al río, o al fondo de tu casa y comeremos damascos recién cortados. No puedo quedarme porque la mamá y la Mamy no me conocen, y si les digo quién soy no me van a creer, aunque vean que me parezco a ellas y a vos, aunque les cante todo lo que sé de ellas y lo que les va a suceder en los próximos treinta años, con fechas y todo. Hay mucha gente grande que no se rinde ni ante la evidencia y te toma por loca. Chau, te quiero mucho. 


          



jueves, 2 de junio de 2011

CENIZAS

Mi viejo nació el 30 de mayo de 1917; cumplió 83 años, y a los dos días se murió, el 2 de junio de 2000. Estaba sumido desde poco tiempo antes en una demencia senil que lo fue deteriorando día a día. Dejó de ser quien era; cuando salía del baño le decía a mi madre que había un viejo ahí dentro, que lo miraba... no reconocía su propia imagen en el espejo. Y se fue sin que yo pudiera reconciliarme con él, perdonarle sus falencias, pedirle perdón por las mías... Aun así reconozco las cosas que le debo, me identifico con él en muchos detalles de mi vida, tengo ahora una mirada más piadosa sobre sus carencias. Lo recuerdo casi a diario porque me legó el gusto por la música, la poesía, las ansias de conocimiento, la naturaleza, la astronomía, la pregunta filosófica, la sensibilidad social, el interés por la política. Fue un autodidacta polifacético capaz de emprender los trabajos más discímiles: fue relojero, viajante de comercio, horticultor, astrónomo, inventor, poeta, mecánico, pescador, cocinero, gran lector, observador de aves y de insectos, naturalista y botánico, dibujante... Amaba la vida al aire libre y la aventura. Guardo como un tesoro sus poesías, algunas editadas en periódicos o revistas, la mayoría inéditas. Aquí traigo una que me conmovió desde muy chiquita:


PRELUDIO PARA UNA SINFONIA DE LA NOCHE
Aquiétanse por fin las mariposas
En el hondo silencio vespertino,
Y sobre los potreros solitarios,
Acaso en el crepúsculo dormidos,
Como estrellas errantes las luciérnagas
Rasgan el aire sosegado y tibio.
A lo lejos aun silban las perdices
Su amor o su tristeza hechos silbido;
Y los sapos, cantores de la tarde
Luminosa y honda del estío,
Danse a tocar su cascabel sonoro,
En melodioso alarde cristalino
Música de los campos de mi tierra,
A la hora en que el sol, pájaro herido,
Se desploma tras la dura montaña
Y ensangrenta los cielos infinitos.
Silencio...
                Hay un temblor en la melena
De juncos despeinados junto al río:
Sopla la brisa y cállanse los sapos,
Como acatando un ya acordado signo,
Y entonces otros músicos que estaban
En la hierba escondidos
Comienzan a tañer sus instrumentos,
En monocorde, lacerante ritmo:
Se ha iniciado un concierto de langostas,
Con un fondo sinfónico de grillos.
Música de mis valles encantados,
Cuando Venus, con misterioso guiño,
Enciende su fanal sobre el perfil
De acero de los riscos,
A la hora en que el hombre se reencuentra
Sin disfraz ni vestido,
Con su inmenso pasado,
Y está solo, de pie frente al destino.
Voy a marchar. Ya casi no se ven
Las espirales de mi cigarrillo,
Cuando cruza veloz una paloma,
Saeta gris en dirección al nido,
Cortando el arabesco de un murciélago
Por sobre el claroscuro del camino.
Desde un árbol distante lanza un pájaro
Su canto melodioso y dolorido.
Voy a marchar. Diría que me miran las estrellas:
¡La roja Aldebarán, la blanca Sirio!
Se siente en todas partes la presencia
Inmaterial de un hálito infinito...
Y marcho. No sé adónde, pero al irme
Siento que algo profundamente mío
Me abandona, se retrasa y se queda,
Y se hinca en el valle anochecido.
                                  Ramón Fernando Aliaga
Un mes y medio después de su muerte, mi madre y mis hermanas llevaron a esparcir sus cenizas al terruño, a San Juan, a la tierra de la que treinta años antes había salido para no volver más. Yo no pude estar ahí, pero escribí esto en su homenaje:
Cristalino en invierno, el río Sasso corre sin sobresaltos, baja a diluirse en las aguas del río San Juan y luego se extiende entre viñedos y chacras, repartido en acequias y canales. Brillan al sol los cristales del agua risueña, y los peces juegan en el fondo de granito y limo. Estas montañas vieron hace muchos años a un hombre metido hasta las rodillas en el agua por el puro placer de pescar una trucha arco iris, luego arrepentirse y volverla a la corriente. Cielos más jóvenes cobijaron su gozo en comunión con la naturaleza;  cantos rodados menos gastados rugieron movidos por la fuerza poderosa de aquel terremoto del ’65, ahí nomás, del otro lado de la cordillera, removiéndole antiguos miedos. El sol le regaló rojos atardeceres en los que hizo jugar el humo de su cigarrillo mientras una poesía se le iba figurando en el alma, garabateada luego en papel rústico. Un perro abandonado a orillas del río vino sumiso a brindarse por puro afecto a ese hombre, y él, al caer la tarde lo cargó en el canasto de su bicicleta y lo llevó al refugio del hogar. Los sauces llorones renovaron decenas de veces su follaje y le ofrecieron sombra y descanso. El sol y las montañas, sauces y salmones, pinzones azules y rubios benteveos lo saludan al pasar: aquella carne que animó sus huesos, los huesos que soportaron el cuerpo y sus pesares, todo lo que fue un hombre profundo, contradictorio, amoroso y terrible, adusto y tierno, va dispersándose por las aguas del río Sasso convertido en cenizas. Ha empezado su regreso a la tierra, y así como fue humano (tierra que anda), ha vuelto hoy en busca de la quietud secretamente cambiante del suelo. Tal vez encuentre la paz y la felicidad al participar de esa armonía de la naturaleza que siempre lo maravilló, tal vez encuentre al Dios que él imaginó, el hacedor de todas las cosas bellas y buenas, tan otro del dios judeocristiano que lo atormentó y lo volvió ateo. Las tierras que riegan estas aguas, las raíces nutridas por ellas, tienen ahora un halo sagrado.


lunes, 23 de mayo de 2011

TRILOGÍA ERÓTICA

SEGUNDA OPORTUNIDAD (Abril)

Él dijo, contemplando a la mujer semidesnuda a la que en instantes conocería en el sentido bíblico: Este es un sueño que se me cumple. Hace mucho tiempo que espero este momento.
Se dieron el uno al otro, morosamente, con tropiezos, mas luego con destreza, se gozaron. Pero ella no creyó estar a la altura de los sueños de ese hombre, y temprano por la mañana lo abandonó. Se alejó de puntillas para no despertarlo, para evitar que la retuviera.

Cuando la volvió a encontrar, de nada valieron los ruegos. Dolido, no en su orgullo pero sí en su amor, no tuvo más remedio que aceptar. Ella ni siquiera pudo, ni quiso justificar su cobardía: se parapetó en un no sin razones.

Creyeron seguir siendo amigos. Cierto atravesado día de invierno, un teléfono que funcionaba mal los separó por cinco años. Dejaron de verse y cada uno siguió su camino, cruzándose con otros hombres ella, con otras mujeres él.

Otro día de un luminoso verano se reencontraron.
En su segunda primera noche de amor, él dijo:
Éste es un sueño que se me cumple. Hace mucho tiempo que espero este momento.
Ella agradeció íntimamente esta nueva oportunidad. Esta vez sí se sentía a la altura de sus sueños. Y se dedicaron a disfrutar.

  
 AMOR PATRIÓTICO (Mayo)

En el día de la Patria le hicimos un homenaje. Hicimos un amor patriótico, regional, artesanal. El hojaldre de las ropas se fue desgajando despaciosamente y quedaron las miguitas desparramadas por el suelo, por el sillón, por la mesa. Los dedos morosos formaron con unción el repulgue, rozando, apretando, hundiendo. Al calor de brasas de los abrazos, el amor se fue dorando. Y fue morder el relleno dulce, derritiéndose en la boca y saborear el almíbar, sorbiendo para no dejar escapar ni una pizca de dulzor, y la lengua buscando huecos en la masa, los dedos palpando, tentando.
El hambre se sació por un rato para volver a clavarse con avidez, pidiendo dulce y violentamente ser nuevamente apagado.
En el día de la Patria, nos hicimos el homenaje.




AMOR RELIGIOSO (Junio)

Por cada beso te bendije. Mientras tus dedos me buscaban y tu boca me encontraba, “yo te bendigo” eran las palabras que mentalmente te decía. Me sentí envuelta en un baño de bendiciones, emergí del agua bendita con que me bautizaste amándome.
Si Dios existe y es inconmensurable, está en nuestros cuerpos enredados, es el placer inagotable que nos transporta. Y si no existe, lo creamos a nuestra imagen y semejanza cada vez que hacemos, divinamente, el amor.
















lunes, 16 de mayo de 2011

AMENAZA DE FELICIDAD



- La única habitación libre en todo el hotel es la que tuve que alquilar: una con cama matrimonial...
Ella sonrió e hizo un gesto de fingida resignación.

 -...pero no te preocupes, porque para dividir la cama traje algo. No será un alfanje, como en el Oriente antiguo, pero si lo respetamos será útil- terminó la frase con un mohín divertido. La mujer inquirió con un leve arqueo de cejas.

- Una lapicera – aclaró él – dibujamos una línea en el medio, y cada uno duerme sin pasarse del límite.

Rieron los dos. El mozo se acercó y ordenaron el postre.

-  ¿Qué será de nosotros? – preguntó el hombre, como pensando en voz alta. Ella no contestó. Arduas luchas interiores le habían costado este primer encuentro que sería íntimo, peleas con sus miedos y sus prejuicios. Cuando admitió en su fuero interno que este hombre tan buen mozo y seductor la atraía incluso desde antes de conocerlo, comenzó a preguntarse qué ocurriría si llegaban a la instancia del acercamiento físico. Porque no era cuestión de entregarse a sentir libremente sin previo análisis: era necesario conflictuarse, adelantarse a los acontecimientos y temer el fracaso, y hasta ir más allá en el tiempo anticipando lo que por imperio de la lógica podría ocurrir: que él, más de veinte años mayor, muriese primero. Entonces el horror al sufrimiento la hacía desistir de todo intento de amor. Y sin embargo, subterráneamente, sin pedir permiso y desoyendo cerebrales especulaciones, los sentimientos seguían su impetuoso curso, hasta llevarla a este instante en que él se preguntaba - y le pedía tal vez una respuesta, a ella que estaba muerta de miedo pero decidida a no respetar la línea hecha con lapicera en la mitad de la cama -; no, ella no podía responder qué sería de los dos en un futuro. En cambio le sostuvo la mirada, firme, dulcemente.

Salieron a la calle y partieron en el auto hacia el parque. La siesta estaba soleada pero fría. Él detuvo el coche bajo la sombra de los jacarandás. La mujer pensó que tal vez irían al Museo; descartó el Zoológico por considerarlo anacrónico y pueril. ¿ Darían un paseo a pie por los jardines, rodeos previos al abordaje del hotel? Le pareció de mal gusto que él intentara acercarse allí, dentro del auto y a plena luz del día. Era consciente de que con su aspecto de abuelo, sus canas y su calva no daría una buena imagen besándose con ella, que bien podía pasar por su hija. Pero luego se reprochó haber temido tal cosa: él no hubiera sido tan impertinente. Simplemente conversaron. Él le anunció que la dejaría en el hotel a fin de que se instalara cómodamente, y mientras tanto iría a visitar a un hermano a quien no veía desde hacía unos meses.

A mi regreso estarás desnuda esperándome en la cama – soltó luego con desenfado. Y aun agregó:

- Desnuda y feliz.

No cabían dudas de que era un personaje. Aquellas bromas eran muestra de una autoestima a toda prueba, o de temores disfrazados. Puso en marcha nuevamente el auto y partieron por esas diagonales arboladas que él conocía tan bien. La ciudad fue su residencia estudiantil; más tarde, durante el primer gobierno de Perón, comenzó a trabajar en alguna repartición pública de la que tuvo que irse por no obedecer la imposición del luto por Evita. La mujer escuchaba sus relatos con interés, y sacaba la cuenta de los años que faltaban para que ella naciera cuando él se recibió de abogado.

-Yo estuve de acuerdo con la obra del gobierno peronista en la primera época. Pero el duelo por decreto me pareció una aberración.

Luego pasaron por la casa que fue de Ricardo Balbín. A propósito él recordó cómo estuvo a punto de ir preso, cuando demandó a Onganía luego del golpe militar del ’66, por haber violado la Constitución. Tenía más de treinta años; ella, nueve. De haber vivido en el mismo lugar quizá se habrían cruzado en la calle un día cualquiera. Ella no podía dejar de imaginar el cuadro: tomada de la mano de su mamá, o de su papá, con esos zapatos abrochados al costado que se pelaban en la punta de tanto correr o arrastrarse por el suelo, pasando sin ver a un señor grande de traje y corbata con un maletín en la mano, que tampoco reparaba en esa mocosa insignificante. En esos años habría provocado escándalo una relación amorosa semejante: una criatura impúber y un señor maduro. ¡Qué loca es la vida, y los cambios que provoca el transcurrir del tiempo!

- ¿En qué piensas? – preguntó suavemente el hombre.
-   En nosotros – respondió ambiguamente ella. Con imprecisión entreveía, mirando hacia el futuro en su imaginación, a un anciano declinante, portador de cualquiera de las indignidades que conlleva la vejez: la pérdida de la memoria, la falta de control sobre ciertas funciones orgánicas, la adquisición de efluvios acres a través de la piel o el aliento. Recordó a su propio padre, dueño ya de tales síntomas y se vio a sí misma, en pleno climaterio, teniendo que hacerse cargo de otro viejo decrépito. Nuevamente acudieron los reproches a su mente. Una mezcla de enojo y lástima por su propia miseria.

Ya no creías que hubiera un “príncipe azul”, cuando él apareció. Pero, desgraciada, no podrás librarte del sufrimiento. Tu hombre es perfecto, pero no podrás vivir sin el temor de perderlo, porque por una ley natural es muy posible que él muera antes, con los más de veinte años que te aventaja en la vida. Así es que, perfecto y todo, se te puede morir. ¿Cuál es la alternativa? No afrontar el desafío de amarlo hoy, no animarte a ser feliz hoy, dejarlo ir. Una enorme estupidez, una cobardía imperdonable.
El precio de ser feliz hoy es tu posible sufrimiento futuro.

Al fin llegaron al hotel. Él se había registrado el día anterior; ella tuvo que hacerlo sintiendo las mal disimuladas miradas burlonas de los empleados. Pensarían esos estúpidos que el hombre era un tipo de plata, y ella, una aprovechadora. El cadete que los acompañó cargando los bolsos se mostró empalagosamente simpático, y recibió una propina generosa.
El hombre cerró la puerta con llave y como un buen anfitrión le mostró la pieza: un pequeño pasillo, el baño a la derecha; después, dos sillones mullidos alrededor de una mesita de vidrio; un televisor, detrás, el ventanal amplio desde el que se veía la catedral, y en el lado opuesto, la cama, ese ámbito donde quién sabe qué dulzuras, qué tensiones acaecerían un rato más tarde. Discreto y galante, con esa caballerosidad que a ella cautivaba dijo:

- Ponte cómoda, yo ya vengo. – y la besó. Ella lo rodeó con sus brazos.
- ¿Qué me vas a hacer? – preguntó él, fingiendo susto.
- Nada que no quieras – respondió la mujer.

Si él hubiera sido espontáneo, se habría quedado allí y habría probado qué cosas le hacía. Pero se desprendió del abrazo y salió. Al fin y al cabo, ahora o más tarde, sería.
Ella guardó su ropa, se desvistió, se dio un baño caliente y se metió en la cama. El silencio era perfecto para dormir. Apenas estaba conciliando el sueño cuando escuchó el ruido de la llave abriendo la puerta, y entonces el corazón se le desbocó. Ya no quedaba margen, él estaba de vuelta allí.

- No encontré a mi hermano. Saludé a mi cuñada y me vine.

Comenzó a cantar: "Strangers in the night", en inglés. Fue al baño. Ella lo oía y la ternura le iba ganando el corazón. Ese añorado bullicio de hombre contento que canta frente al espejo mientras se lava. Lo vio salir en calzoncillo, alto y delgado, blanco como un fantasma. Se disipó su vejez, el cuerpo erguido, las piernas firmes, fibrosas. Dejó prolijamente la ropa sobre una silla y vino a meterse en la cama, tiritando. Como si no hubiera hecho otra cosa en su vida se abrazó a ella, que estaba con una tibieza de horno entre las sábanas. De pronto la soltó y se incorporó de un respingo. Sentado metió la mano debajo de la almohada. Ella, desconcertada lo vio sacar un pijama con dibujos búlgaros, hacerlo un bollo con las dos manos y frotarlo hasta dejarlo completamente arrugado.

- Esto, para que crean que lo usé – explicó. 

Los dos rieron a carcajadas y el pijama voló lejos. Y fue el antiguo preludio, el juego eterno, el fuego eterno. ¿Treinta años de diferencia? Tal vez en los recuerdos, en las formas. Sólo un rato después la emoción, el masculino temor de fallar jugaron la mala pasada. No fue tan vulgar de intentar justificarse, ni mentir que nunca le ocurrió. Todavía bromeó:

- ¡Quel fracas! -

Por toda respuesta ella lo atrajo hacia su pecho y le acarició la cara, las orejas. Se durmieron como si ya llevaran años juntos. Al despertar ninguno de los dos intentó reiniciar el juego. Ella no quiso tomar la iniciativa para evitar que su compañero se sintiera presionado, pero no dejó de pensar que si hubiese sido un joven impetuoso habrían hecho el amor como se debe.
Salieron un rato más tarde. En el cine él la abrazó; con sus dedos le rozaba el seno, el cuello, la oreja. Prometía una noche de gran erotismo.
Cenaron en un bello lugar, íntimo y cálido, lleno de plantas y madera en el piso, en el techo, en las paredes. No dejaban de conversar y de reírse.

-  ¿Por qué no te conocí unos años antes? – preguntó él, y ella pensó que se dedicaba a hacer preguntas imposibles de responder. Unos años antes ambos estaban casados con otra persona. “¿Le habrá sido infiel a su mujer y por eso no tiene en cuenta que unos años antes esto habría sido imposible?”

Volvieron al hotel caminando, tomados del brazo. Él no paraba de contarle sus recuerdos de juventud en La Plata. Por suerte ella, a pesar de ser mucho menor, tenía memoria desde muy chiquitita y nada de lo que escuchaba le resultaba ajeno o falto de interés.
Retiraron su llave en la recepción del hotel. En el ascensor se besaron, y siguieron besándose al entrar en la habitación. Ella fue al baño. Cuando salió, él estaba sentado en uno de los sillones, en actitud distendida. La mujer se le acercó y se acurrucó sobre sus piernas, recostando la cabeza sobre su pecho.

-  Amenaza de felicidad – susurró el hombre, en ese estilo de hablar para sí que ella empezaba a conocer.

Lo que siguió no es necesario que sea contado.









lunes, 9 de mayo de 2011

LITERATURA ERÓTICA

Hace poco más de cuatro años tomé contacto con un grupo de lectura de la ciudad de Hurlingham, conformado por unas quince o veinte mujeres que se reúnen semanalmente a leer y comentar libros, y en ocasiones, invitan a los autores. Generalmente los encuentros se realizaban en la casa de alguna de las integrantes del grupo, quien se encargaba de preparar un té con algunas exquisiteces caseras como tortas, masitas, etc.
Otras veces se reunían en algún bar de Hurlingham, para solaz de los mozos y concurrentes, porque un grupo de mujeres de entre 55 y 80 años, bullicioso y alegre, señoras vestidas muy formalmente pero con cierto dejo de desfachatez en sus gestos, no deja de llamar la atención. Precisamente, en un bar ellas leyeron mi cuento "Preludio y Muerte de Apuro de Tristán e Isolda", ya publicado en este blog  y, según me contaron, el mozo que las atendía y otras personas resultaron divertidas y escandalizadas con su lectura pública. Luego participé de una de sus reuniones, en casa de Zulema, donde compartimos un té a la inglesa, algunas tomaron café, pero la variedad de cosas ricas era maravillosa, alrededor de una mesa preparada con primor, porque, aunque parezca mentira, ¡hay amas de casa todavía, y hasta disfrutan con serlo! Recibí muestras de cálido afecto, me regalaron un par de libros de los que dos de ellas eran autoras. También estuve presente en una charla que dio Juan Sasturain, y fui invitada a dar una por mi parte, acerca de Literatura Erótica. Luego de la exposición que transcribo más abajo hubo un divertido debate. 


Me han invitado a conversar sobre literatura erótica (y luego de la invitación, con cierta exageración tucumana) se me ha dado el título de "Experta" en el tema, lo que me causa mucha gracia, pero también me provoca un susto terrible, porque me veo obligada a cubrir ciertas expectativas creadas. Pero me gusta el desafío, porque me atrae la idea de reflexionar con un grupo de mujeres, experimentadas en la vida (todas) y algunas, también en las letras, sobre un género apasionante. Y hay mucho para desmenuzar.
Vengo de leer un ensayo filosófico de Fernando Savater, "La vida eterna", y confieso que cambiar de temática me viene muy bien, porque aquel libro habla, desde la visión de un ateo, que comparto, de la muerte y de lo que sucede después, en cambio, hablar de erotismo es conectarse con la vida. Thanatos y Eros, dos fuerzas antagónicas que rigen la vida humana. Eduardo Galeano tiene un breve y delicioso texto llamado "La pequeña muerte", de El Libro de los Abrazos: "No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto, nos arranca gemidos y quejidos, voces de dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien nada tiene de raro, porque nacer es una alegría que duele. Pequeña muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña muerte, la llaman; pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos, nos nace."


Pero, si hay alguien que sabe conjugar a Thanatos y a Eros en su poesía, ese es el enorme poeta Francisco de Quevedo. ¿Quién no se ha estremecido con  “Amor constante más allá de la muerte?



Cerrar podrá mis ojos la postrera

sombra que me llevare el blanco día,

y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;

Mas no de esotra parte en la ribera
dejará la memoria en donde ardía;
Nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido:

su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán cenizas mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

He recurrido a trabajos de otros escritores a los que citaré. Anduve husmeando por Internet, y vi que no todo el mundo es tan escrupuloso, y que se acostumbra a robar muchas ideas, sin el menor pudor. Hasta se toman párrafos textuales de otros autores, sin mencionarlos. Pero aquí no nos interesa lo textual, sino lo "sexual"...o, mejor dicho, lo erótico. A propósito de esta distinción, voy a citar a Octavio Paz, de su ensayo "La Llama Doble, Amor y Erotismo": "La poesía nos hace tocar lo impalpable y escuchar la marea del silencio cubriendo un paisaje devastado por el insomnio... Los sentidos, sin perder sus poderes, se convierten en servidores de la imaginación y nos hacen oír lo inaudito y ver lo imperceptible. ¿No es esto, por lo demás, lo que ocurre en el sueño y en el encuentro erótico? Lo mismo al soñar que en el acoplamiento, abrazamos fantasmas. Nuestra pareja tiene cuerpo, rostro y nombre, pero su realidad real, precisamente en el momento más intenso del abrazo, se dispersa en una cascada de sensaciones que, a su vez, se disipan" Y sigue Paz: "La relación entre erotismo y poesía es tal que puede decirse, sin afectación, que el primero es una poética corporal y que la segunda es una erótica verbal. Ambos están constituidos por una oposición complementaria. El lenguaje –sonido que emite sentidos, trazo material que denota ideas incorpóreas- es capaz de dar nombre a lo más fugitivo y evanescente: la sensación; a su vez, el erotismo no es mera sexualidad animal: es ceremonia, representación. El erotismo es sexualidad transfigurada: metáfora. El agente que mueve lo mismo al acto erótico que al poético es la imaginación. Es la potencia que transfigura al sexo en ceremonia y rito, al lenguaje en ritmo y metáfora. La imagen poética es abrazo de realidades opuestas y la rima es cópula de sonidos; la poesía erotiza al lenguaje y al mundo porque ella misma, en su modo de operación, es ya erotismo. Y del mismo modo: el erotismo es una metáfora de la sexualidad animal. ¿Qué dice esa metáfora? Como todas las metáforas, designa algo que está más allá de la realidad que la origina, algo nuevo y distinto de los términos que la componen. Si Góngora dice púrpura nevada, inventa o descubre una realidad que, aunque hecha de ambas, no es sangre ni nieve. Lo mismo sucede con el erotismo: dice o, más bien: es, algo diferente a la mera sexualidad." Y luego continúa: " El erotismo es sexo en acción, pero ya sea porque la desvía o la niega, suspende la finalidad de la función sexual. En la sexualidad, el placer sirve a la procreación; en los rituales eróticos el placer es un fin en sí mismo o tiene fines distintos a la reproducción" ... "En suma, la metáfora sexual, a través de sus infinitas variaciones dice siempre reproducción; la metáfora erótica, indiferente a la perpetuación de la vida, pone entre paréntesis a la reproducción."

Si bien yo no estoy de acuerdo con diferenciar literatura femenina del resto de la literatura, creo que en lo que respecta al erotismo, las mujeres tenemos una manera diferente a la de los hombres, de expresarnos, tanto al escribir como también una sensibilidad diferente al leer literatura erótica. Sin embargo, vale una reflexión, que pertenece a una directora francesa de cine, Catherine Breillat, quien ha filmado películas eróticas. Ella dice "El amor es un ideal, y no se alcanza nunca. En cuanto al sexo, si uno logra liberarse de su propia censura, ¿qué es la obscenidad? Si no existe una mirada degradante de uno mismo, la pornografía no existe"
Van apareciendo los primeros elementos de la polémica: Erotismo, pornografía, autocensura. La escritora argentina Alicia Steimberg dice que "escribir literatura erótica, es decir, una literatura que apela a la sensualidad, la provoca, la excita, es un acto masturbatorio para el que la escribe y para el que la lee, y probablemente es por eso, y no por lo que describe, que le da un poco de vergüenza al autor y al lector"
Creo que el motivo de esta reunión surgió a partir de la lectura de algunos cuentos publicados en Oestiario; Gladys me pidió opinión acerca de ellos y yo me explayé respecto de cierta pobreza literaria, y excesiva chabacanería que me pareció antiestética. Pero, ¿hay una sola estética? Creo que no, y dependerá del criterio con que se juzgue. Hay personas que consideran expresión artística y cultural ese fenómeno llamado "cumbia villera", o ese otro que casi la desplaza hoy, el "reggaetón", venido de Puerto Rico. Y, al menos en este ámbito, estoy convencida de que todas deploramos esas expresiones de grosería, esa falta total de poesía y esa manera ordinaria de decir. He padecido más de una vez que me canten: "Laura, se te ve la tanga!!!" Pero debe haber personas que disfrutan con esas expresiones. Y no es una cuestión de clases sociales, conozco gente muy encumbrada que en sus fiestas escucha y baila esas canciones. Entonces, no sé si tengo derecho a descalificar de manera tajante aquellos cuentos, que, según mi criterio estético, son deplorables. Lo son para mí, y lo son para este grupo de personas reunidas hoy. Me parece que tienen una clara intención de provocar, de resultar chocantes.



Ahora bien, estimo que el arte debe proponerse superar a la realidad, sublimarla, enaltecerla de manera poética. En estos tiempos de "reality shows" en que se muestra descarnadamente, durante 24 horas, la vida de un grupo de personas en una casa, y sólo falta verlas defecando en tiempo real, se hace difícil mantener aquel ideal de belleza poética. Hay literatura que tiene también, como la cumbia villera, o como el Gran Hermano, un fin provocativo, chocante, repugnante. En cambio, existen numerosos ejemplos de literatura erótica, decididamente inquietante, muy excitante, párrafos en los cuales no hay nada explícito, y sin embargo, se evocan sensaciones eróticas que conmueven al lector. Pienso, por ejemplo, en la novela "El amante de Lady Chatterly", de D.H. Lawrence, escrita en la Inglaterra victoriana, de donde extraigo un párrafo: "A oleadas, a oleadas, a oleadas, alcanzándose y volviéndose a alcanzar unas sensaciones a otras, como suaves llamas, como suaves plumas, llegando a un punto de esplendor exquisito, exquisito, y fundiéndose en sus ya fundidas entrañas. Era como un sonido de campanas más y más alto, hasta llegar a una última culminación."
Cuando todo está sugerido pero no dicho, el clima creado es de mucha mayor tensión, y por lo tanto, excitación, como esas miradas que transmiten el fuego de una pasión, sin que afloren palabras ni gestos. La poesía cuenta con recursos más ricos para lograr climas, sin dudas. He traído un ejemplo, un poeta español, Pedro Salinas, y de su libro "La felicidad inminente", leo: "El cuerpo, apenas visto, junto al cuerpo, / detrás del sueño, del amor, desnudos, / fingen/ haber sido así siempre, / vírgenes de las telas y del suelo, / creen / que no pisaron mundo. / Aquí en nuestra batalla silenciosa / -no, no abrir todavía, no, no abrir!- / contra la claridad está latiendo / el ansia de soñar que no nacimos, / el afán de tardarnos en vivir." (Fragmento de "Despertar")

Pero, para hacer honor a la sensibilidad poética femenina, también traje poesía de Gioconda Belli, escritora nicaragüense nacida en 1948. De ella leo “Pequeñas lecciones de erotismo”

I
Recorrer un cuerpo en su extensión de vela
es dar la vuelta al mundo
atravesar sin brújula la rosa de los vientos
islas golfos penínsulas diques de aguas embravecidas.
No es tarea fácil -sí placentera-
No creas hacerlo en un día o noche de sábanas explayadas
Hay secretos en los poros para llenar muchas lunas.

III
Repasa muchas veces una extensión
Encuentra el lago de los nenúfares
Acaricia con tu ancla el centro del lirio
Sumérgete ahógate distiéndete
No te niegues el olor la sal el azúcar
Los vientos profundos cúmulos nimbos de los pulmones
Niebla en el cerebro
Temblor de las piernas
Maremoto adormecido de los besos.

IV
Instálate en el humus sin miedo al desgaste sin prisa
No quieras alcanzar la cima
Retrasa la puerta del paraíso
Acuna tu ángel caído revuélvele la espesa cabellera con la
espada de fuego usurpada
Muerde la manzana.


V
Huele
Duele
Intercambia miradas saliva imprégnate
Da vueltas imprime sollozos piel que se escurre
Pie -hallazgo al final de la pierna-
Persíguelo busca secreto del paso forma del talón
Arco del andar bahías formando arqueado caminar
Gústalos.

VI
Escucha caracola del oído
Cómo gime la humedad
Lóbulo que se acerca al labio, sonido de la respiración
Poros que se alzan formando diminutas montañas
Sensación estremecida de piel insurrecta al tacto
Suave puente -nuca- desciende al mar -pecho-
Marea del corazón susúrrale
Encuentra la gruta del agua.

VII
Traspasa la tierra del fuego la buena esperanza
navega loco en la juntura de los océanos
Cruza las algas ármate de corales ulula gime
Emerge con la rama de olivo llora socavando ternuras ocultas
Desnuda miradas de asombro
Despeña el sextante desde lo alto de la pestaña
Arquea las cejas abre ventanas de la nariz.

VIII
Aspira suspira
Muérete un poco
Dulce lentamente muérete
Agoniza contra la pupila extiende el goce
Dobla el mástil hincha las velas
Navega dobla hacia Venus
estrella de la mañana
- el mar como un vasto cristal azogado -
duérmete náufrago.

"La eterna discusión y objeción al género es la necesidad de definir lo erótico, diferenciándolo de lo pornográfico u obsceno. Lo sugerente sería erótico, lo explícito sería pornográfico y obsceno. Yo voy un poco más allá: yo diría que lo sugerente sería literario, y lo explícito no. Porque no sirven calificaciones de índole moral en este terreno, sino sólo estéticas. Lo que para algunos puede resultar altamente escandaloso, para otros puede ser una sutileza. Una obra erótica es verdaderamente erótica cuando lleva el erotismo por caminos imprevisibles, cuando la carga sensual se sumerge en un contexto, en una historia con densidad. Una mera sucesión de escenas sexuales no hace que una obra erótica sea buena, porque como en la vida, el acto sexual, en su infinito espectro de posibilidades, es sólo la parte de un todo más complejo" (Natalia Ferreti, Palabras que encienden)
En este punto me parece oportuno citar a la poetisa cubana Carilda Oliver, Premio Nacional de Literatura, una mujer que hoy tiene 84 años y un marido de 36... así que, chicas, tomen nota de esto, sobre todo las que están solas, y las que no, también, ¿por qué no?, y que no se escandalicen los caballeros presentes. De ella leo “El mar”

Como en un lecho me tendí en el mar.
Hechizada por musgos y por linos
tuve acoso de brazos peregrinos
que me echaban las ondas al pasar.

Contra mi carne se batió el azar.
El agua -furia, vértigos y vinos-
se entretenía con los bordes finos
de mis caderas, blancas de esperar
.

Entonces: grave, pálido, insereno,
llegaste como llega siempre el mar
y tu mirada me rompió este seno.

Ni Dios mismo nos pudo separar:
cuando una ola te volvía ajeno
entrabas en mis piernas con el mar. 




Sin dudas, para que una obra literaria pueda considerarse erótica es necesaria le participación del lector. La lectura de un cuento erótico, de una poesía, o hasta del bíblico Cantar de los Cantares, o de los Extasis de Santa Teresa, según la experiencia de quien los lea pueden tener el "certificado" que los califique como tales. Con mucha picardía, don José Saramago atribuye el carácter de literatura erótica aquellos textos de Santa Teresa, como el de "La visión del querubín", acaecida cuando Santa Teresa tenía 47 años: "Le veía en las manos un dardo de oro largo, y en la punta del hierro me parecía haber un poco de fuego. Éste parecía metérseme por el corazón algunas veces, y que me llegaba a las entrañas. Al sacarlo, me parecía que se las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en gran amor de Dios. Era tan grande el dolor que me hacía soltar quejidos; y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no quiero que se me vaya"
Díganme si estas metáforas no son mucho más inquietantes que hablar de penes y vaginas, o de lenguas como espátulas, y hablo siempre desde el punto de vista de la belleza literaria. Porque, al menos para mí, el arte no debe limitarse a repetir, textualmente, la realidad. Para eso está el reality show, aburrido, lento y obsceno. Alejandro Dolina suele hablar de esta cuestión, con su estilo sarcástico. Propone obras de teatro que duren lo que dura la vida de los personajes: ¡ridículo! Lo que resulta atractivo de una obra de arte, y hace que se la recuerde por siempre, es un destello, una pincelada, un párrafo, una palabra, que brille, que se destaque de la chatura, de la monotonía cotidiana. Me parece un muy buen ejercicio de taller literario escribir una situación erótica con un lenguaje directo y brutal, y luego ir reemplazando esos términos por otros, creando elipsis, metáforas, hipérboles. Yo evité nombrar los órganos genitales en mi cuento "Preludio y muerte de amor de Tristán e Isolda” , reemplazándolos por dos nombres nombres propios cargados de erotismo romántico: Tristán e Isolda, y además, introduje otro elemento, un humor irreverente. Creo que eso lo hace atractivo.
Pero volviendo a Santa Teresa, me parece oportuno citar nuevamente a Octavio Paz  “Muchos textos religiosos, entre ellos algunos grandes poemas, no vacilan en comparar al placer sexual con el deleite extático del místico y con la beatitud de la unión con la divinidad. En nuestra tradición es menos frecuente que en la oriental la fusión entre lo sexual y lo espiritual. Sin embargo, el antiguo testamento abunda en historias eróticas, muchas de ellas trágicas e incestuosas; algunas han inspirado textos memorables…” (a otros autores) “… el famoso poema sánscrito de Jayaveda, Gitagovinda canta los amores adúlteros del dios Krisna (el Señor Obscuro) con la vaquera Radha. Como en el caso del Cantar de los Cantares, el sentido religioso del poema es indistinguible de su sentido erótico profano: son dos aspectos de la misma realidad. En los místicos sufíes es frecuente la confluencia de la visión religiosa y la erótica. La comunión se compara a veces con un festín entre dos amantes en el que el vino corre en abundancia. Ebriedad divina, éxtasis erótico.” … “Pero lo que nos dice la experiencia religiosa – sobre todo a través de los místicos- es precisamente: el erotismo, que es sexualidad transfigurada por la imaginación humana, no desaparece en ningún caso. Cambia, se transforma continuamente, y no obstante, nunca deja de ser lo que es originalmente: impulso sexual.” “En la figura opuesta, la del libertino, no hay unión entre religión y erotismo; al contrario, hay oposición neta y clara: el libertino afirma el placer como único fin frente a cualquier otro valor. El libertino casi siempre se opone con pasión a los valores y a las creencias religiosas o éticas que postulan la subordinación del cuerpo a un fin trascendente” ... “En el siglo XVIII el libertinaje se volvió filosófico. El libertino fue el intelectual crítico de la religión, las leyes y las costumbres. El deslizamiento fue insensible y la filosofía libertina convirtió al erotismo de pasión en crítica moral.”
En fin, traje esta guía escrita para ordenar un poco la charla, y no porque crea tener la verdad revelada en materia de literatura erótica. El espíritu de este encuentro, lejos de ser un acto masturbatorio en el que una exponente solitaria se explaya sobre el tema, es el placer de compartir textos bellos y aproximarnos juntos al erotismo en las letras, como una experiencia renovada cada vez, como en el amor, que no requiere de un orden preestablecido, y, a propósito, vienen de maravillas estos versos de la cubana Carilda Oliver:

Me desordeno, amor, me desordeno

Me desordeno, amor, me desordeno

cuando voy en tu boca, demorada;

y casi sin querer, casi por nada,
te toco con la punta de mi seno.

Te toco con la punta de mi seno
y con mi soledad desamparada;
y acaso sin estar enamorada
me desordeno, amor, me desordeno.

Y mi suerte de fruta respetada
arde en tu mano lúbrica y turbada
como una mal promesa de veneno;

y aunque quiero besarte arrodillada,
cuando voy en tu boca, demorada,
me desordeno, amor, me desordeno.



Muchas gracias.

 Laura Aliaga – 14/06/2007