viernes, 19 de noviembre de 2010

CAPÍTULO TRECE

 Confinado en una parroquia de Merlo se murió de puro cansado nomás. Jamás olvidaría Renata aquel encuentro con el sacerdote, unos meses después de la internación de Raúl. Ella lo había llamado para contarle lo sucedido; él prometió ir a ver a su antiguo discípulo, y así lo hizo. Unos días después le devolvió el llamado y la invitó a visitarlo en su nuevo destino. Allá fue Renata con sus hijos. Fue toda una excursión. Salieron un domingo después de almuerzo: en colectivo hasta Once, y desde allí, en tren a Merlo. Los chicos lo disfrutaron porque pasear en tren era para ellos todo un acontecimiento. Nada sabían de los hacinamientos de lunes a viernes de que era escenario ese mismo vagón semivacío en el que ahora viajaban. En cambio Renata tarareaba “Los obreros de Morón” que tantas veces había escuchado por la radio.
Llegados a Merlo todavía tuvieron  que tomar otro colectivo que los mareó con sus vueltas y vueltas y los dejó llenos de tierra en su trajín por las calles polvorientas de los suburbios. La pequeña iglesia estaba en un barrio muy pobre, de casas prefabricadas, o construidas a pulmón por sus habitantes, a medio terminar, algunas sin pintar, con cercos de ligustrina o de alambre  tejido, con jardines toscos o huertas promisorias; gallinas paseando por la vereda ante la mirada indiferente de algún cuzco adormilado; un potrillo pastando sin ataduras en la banquina. María y Nicolás abrían los ojos más y más para no perderse un solo detalle de este mundo desconocido que hasta ese día se les había ocultado a escasos kilómetros de su modesta pero confortable casita de Villa del Parque.
La puerta de la Iglesia estaba cerrada. Renata golpeó con sus nudillos en la casa parroquial. Atendió un joven cura de pelo rojizo y ojos azules que la dejaron inquieta. Por un momento sintió como si estuviera en otro tiempo, porque ese hombre era el propio Raymundo O’Neill treinta años más joven. Fue muy amable y los hizo pasar, dando afectuosos masajes en las cabecitas de los niños. Entonces llegó el verdadero, añoso, Irlandés. Le presentó el joven a Renata.
-          Es el padre Pablo. Hoy me vino a visitar, y si podemos, celebraremos la misa juntos a las siete. Si querés quedarte hasta esa hora, vos y tus hijos son bienvenidos.
Mientras ella sacaba mentalmente  la cuenta de a qué hora llegaría de vuelta a su casa si se quedaba hasta la hora de la misa, su anfitrión le ordenaba al joven que trajera algo para tomar. Los chicos encontraron enseguida con qué jugar: un cachorrito negro de  raza puro perro, al cual se le sumaron un rato después unos hermanitos tan ordinarios y tiernos como él. La mamá dormía echada en el patio, a la sombra de un horno de barro.
-          Ese pibe que te recibió es mi hijo.- le arrojó el sacerdote a Renata.
Como la cara de ella debió ser muy elocuente, él le ahorró palabras.
-          Me enamoré una vez de una mujer maravillosa, y ya ves, fue una bendición.
Ahora comprendía muchas cosas que le quedaron sin resolver en la primera charla que tuvo con aquel tipo excepcional.
- Lo malo es que a pesar de mis consejos, abrazó la misma profesión que yo. Y bueno... Lo

único que yo le deseo es que sea feliz con lo que tiene. Y que sea responsable siempre de sus

decisiones y de sus actos, aunque se mande alguna cagada, que la asuma. ¡Oh!, perdón por el

lenguaje. Acostumbrado a hablar sólo entre hombres, a veces se me escapa.
 Por asumir sus responsabilidades el Irlandés estaba marginado. A sus años, cuando por sus condiciones podría haber llegado a Obispo, estaba relegado allí, viviendo en la pobreza. Su primer punto en contra se lo anotó cuando, a poco de haber ingresado como sacerdote castrense pidió ser trasladado porque no aguantó estar sabiendo los espantos que ocurrían durante el Proceso.
 - Tal vez mi pecado fue no denunciar, no arrostrar aquello como lo hizo Angelelli, y tantos otros. Claro, hubiera terminado como ellos. Ahora aquí vivo entre la gente sencilla y humilde, que es la verdadera gente. Tenemos un grupo de Alcohólicos Anónimos y se está formando otro de contención a los drogadictos y sus familias. Es un azote que se va metiendo día a día, como una epidemia, y mientras tengamos los gobernantes que tenemos, no se podrá parar. En Ituzaingó tengo un colega muy joven que se dedica más a los chicos y la droga, el padre Mario. Lo peor es que uno se las tiene que ver con mafias muy peligrosas. Un día aparecés muerto y te inventan la historia de un crimen pasional, pero en realidad es porque metiste demasiado la nariz donde a muchos les molesta…
 Renata tuvo ganas de preguntarle si Dios se había quedado dormido, o si estaba mirando para otro lado, pero no se animó a una discusión teológica con un amigo, que además, llevaba las de ganar.  Pero este cura era una caja de sorpresas:
 -          Y, m’hijita, si no nos movemos nosotros, nadie hará nada, porque nuestro Señor está descansando desde que terminó todo el día séptimo...

Era julio de 1976. Uno o dos días antes había nacido mi ahijado. Mi madre viajó desde La Rioja a San Juan para conocer al nuevo nieto, y trajo la noticia, amarga, dolorosa como un puñal. El pelado, el Obispo que ahuyentó a las  señoras gordas de la “alta sociedad riojana” que iban a lucir sus rollos forrados de sedas a la Catedral, y que se exiliaron en la muy aristocrática Iglesia de la Merced, aquel que como San Francisco Solano convocaba multitudes que se prosternaban ante el Niño Jesús Alcalde en la fiesta del Tinkunaku, al calor del mediodía todos los 31 de diciembre, había muerto. Sicarios del terrorismo estatal le habían preparado la celada, y todo quedó como si se hubiese tratado de un accidente. Murió como un perro, su cuerpo y el del sacerdote que lo acompañaba  tirados durante horas en la ruta desierta. No hubo una justicia que peleara el caso, tuvieron que pasar años para que el miedo dejara al menos expresar la rabia impotente por tamaño crimen. El dolor y el desamparo de su pueblo por adopción no bastaron para devolverle la vida. Y era apenas el comienzo de un camino  sin retorno en  Latinoamérica.

Conque este hombre que trabajaba de cura tenía un hijo y no lo consideraba un pecado, sino una bendición. Conque admitía haber sido partícipe al menos con el silencio del horror del Proceso (como tantos  otros, pero es que no  todos nacemos para mártires o santos). Claro; hubo una mujer que cuando lo conoció se dijo “qué desperdicio”, y no lo dejó pasar así nomás. ¿Qué habría sido de ella? ¿Habría muerto? ¿Se habría casado después y ahora sería una abuela? Renata no se atrevió a preguntar. Lo cierto es que el padre Pablo llevaba también el antiguo apellido céltico.
Casi no hablaron de Raúl. La tarde transcurrió en una charla sobre el momento difícil que se estaba viviendo porque cada vez más gente se veía empujada a la marginalidad, y la preocupación común era cómo contrarrestarlo. Los noventa se iniciaban como el resabio de una guerra. Como las “réplicas” de un terremoto, esos remezones que vienen después del temblor grande. Durante meses, le contó Renata al Irlandés, la tierra se seguía moviendo hasta reacomodarse. A cualquier hora del día o de la noche se sucedían temblores de menor intensidad al que les dio inicio. Uno de ellos lo vivió en el departamento de una compañera de estudios, en el cuarto piso de un edificio de diez plantas, construido sobre rodillos, según un sistema japonés, que hacía que en días de viento se meciera de un lado a otro como un árbol. Un edificio flexible. Una tarde, entrado ya el año 1978, estudiaba Historia del Arte con Gloria, la jachallera cómica no sólo por su manera cantarina de hablar, sino porque todo lo tomaba para la chacota, a pesar de haber sufrido mucho desde jovencita. De pronto sintieron que el departamento se bamboleaba para un lado y para otro.
- ¡Quedate quieta! – gritó Gloria al ver la cara de pánico de Renata.
 Era la primera vez que ésta pasaba un sismo a veinte metros del suelo, e instintivamente fue a pararse para salir corriendo. Por eso Gloria se lo impidió, porque no había adónde correr. Los ascensores eran una trampa en caso de cortarse la luz; la necesidad de salir a cielo abierto podía resultar una tentación para arrojarse por una ventana (cosa que le había ocurrido a mucha gente desesperada). La única alternativa era quedarse quietas en el lugar y confiar en la experiencia sísmica y la pericia profesional de los arquitectos japoneses que habían inventado semejante maravilla.
Azorada, Renata vio cómo el televisor de su amiga, que estaba en una mesita con ruedas, se desplazaba por más de un metro y medio.
El cura joven se sumó cautamente a la reunión luego de haberlos dejado hablar solos, en un gesto de discreción. Estaba ocasionalmente de visita, porque su lugar de residencia permanente era en el extremo opuesto del Gran Buenos Aires, y la madre iglesia agradecida, no fuera a ser que cundiera el mal ejemplo de curas que se atrevan a ser padres (y no sólo a engendrar hijos accidentalmente).
Finalmente Renata decidió volverse a la Capital, con los chicos que estaban con sus cachetes colorados por el sol y sucios de tierra, pero felices. No se sintió obligada a dar explicaciones. Su amigo sabía que no soportaba el tedio de la misa, ni la representación teatral de la consagración, ni la antropofagia sublimada de la eucaristía.
Sólo al despedirse, el sacerdote le habló de Raúl:
- Creo que va a salir pronto. Lo ví mejor y ya no lo medican tanto. Pero está empeñado en

hacer los trámites de anulación del matrimonio, porque el pobre no sabe que eso es un

manoseo burocrático que lleva años y años. Es preferible que se separen nomás, si total la

iglesia ya tiene una pastoral para divorciados...
Renata no podía asegurarlo, pero le pareció percibir un tono irónico en esta propuesta…
 Se vieron una o dos veces más. La última, en los pasillos de la radio en que trabajaba Renata. Él había ido con chicos de un Taller Protegido que elaboraba pan y facturas. Su figura espigada y bella sobresalía entre aquellos seres sonrientes, como animalitos, deformes por el síndrome de Down o por  alguna tara neurológica. Lo rodeaban  y él tenía para todos una expresión de contención, de afecto. El Irlandés la saludó apurado pero cariñoso, como siempre.
-          Vení a verme cuando quieras – fue lo último que le dijo.
 Cuando Renata se decidió a complacer su invitación y llamó por teléfono a la parroquia, ya hacía ocho meses que había muerto. Lo consumió uno de esos cánceres fulminantes conque la gente que se cansa de luchar se evade del mundo. ¿Y adónde va? ¿Adónde se van los muertos queridos? Era la gran pregunta sin resolver. Los ritos primitivos, mágicos y antropofágicos de la Iglesia Católica, que indiscutiblemente insufló cultura al mundo desde dos mil años atrás, alejaron a Renata  de la religión. Pero la necesidad de religarse le resultaba inevitable. Volver  a la armonía  mítica inicial, a la unidad cósmica, a la naturaleza.  De ahí su inquietud  por lo que  pudiera ocurrir más allá de la muerte. Desde la adolescencia soñaba conque el espíritu, liberado del cuerpo accedería por fin al conocimiento de todas las cosas. Se imaginaba en suspenso sobre el espacio sideral, paseando por toda  la Vía Láctea, enterándose por fin de esos misterios incomprensibles  del Universo que en noches del diáfano cielo sanjuanino espió desde su sillita de totora, junto al padre raramente tierno que le transmitía sus conocimientos de astrónomo autodidacta.

Durante su infancia se desarrolló la justa aerospacial entre Rusia y Estados Unidos, disputándose la hegemonía en todos los campos; ella vio pasar innumerables veces esas luciérnagas artificiales que giraban en órbita alrededor de la Tierra. ¿Por qué no podía ser que las almas de los muertos verdaderamente fueran al cielo, pero no a ese cielo estúpido y ocioso de estar sentado a la diestra del dios de barba blanca sobre nubes algodonosas? El cielo debería ser el lugar ideal para ver abarcando todas las cosas. Conocerlo todo, comprender el sentido de este mundo absurdo, mal hecho, injusto. Encontrar la razón de tanto dolor humano, de tanto sacrificio.

Entre la parva de papeles arrugados que era el corazón de Renata estaba también el recuerdo de Pedro Cerezo. Mucho antes de deshacerse definitivamente del marido neurótico, se diluyó el fulminante amor del locutor. Sólo quedaban las cartas a la radio y las palabras de él dichas a un tú que ella sabía muy bien a quién estaban dirigidas. Fue un amor tan eterno como un perfume, tan fugaz como una canción.

“10/11/90
“Querido Pedro:
                          “Encontré (como Cervantes el de Cide Hamete Benengeli, el moro) un manuscrito de autora desconocida que me costó leer porque estaba borroneado, deduzco, por sus lágrimas. Lo transcribo aquí para que lo leas, ya que, como dijiste durante el programa del viernes pasado, últimamente le estás dando mucho espacio a las cuestiones del amor y de la vida.
“¡Hombres, hombres, que el Diablo los entienda! El único no conflictuado, el único a quien comprendí cuanto supe y pude, sin dudas, sin sobresaltos, sin angustias, me duró apenas siete años, al cabo de los cuales no tuvo mejor idea que enfermarse y morir, el muy tonto!”
“Los que conocí y traté después parecen todos confeccionados con el mismo molde: solitarios, necesitados de afecto y comprensión, pero remisos a toda posibilidad de que los amen y los comprendan. Cuando un sueño de amor los roza, se enlaberintan entre las galerías de la Biblioteca y se hunden en su melancolía preguntándose “¿quién me podrá amar?” ¡Quién los podrá amar! ¡Nadie!, mientras vivan enamorados de sí mismos y de sus cosas. Si una mujer “tiende sus redes” a un hombre para cazarlo con aviesas intenciones matrimoniales, él huye despavorido. En cambio, si ella propone un amor para vivir momentos de felicidad, él se aleja diciendo: “es una loca”. Y justifica su postura deduciendo, basado en la trasnochada idea de algún abuelo cordobés, que si la mujer fuera buena Dios tendría una, olvidando que el Dios en el que creen eligió a una mujer para engendrar al Mesías, sin la intervención de hombre alguno.”
“Sin embargo, se embelesan leyendo ese poema supuestamente escrito por el Gran Ciego (en realidad fue escrito por alguna poetisa menor, en homenaje a Borges), esperando tal vez llegar a los 85 para comprenderlo, sin haber podido ponerlo en práctica.”
“¡Ay, qué difícil este trabajo de ser mujer! ¡Cuánta energía, cuánta decisión, cuánta afectividad, cuánto entusiasmo por vivir nos queda a las mujeres sin poder canalizar! “Cuanto más conozco al hombre, más quiero… a la mujer”. Lástima que no me da el estómago para hacerme lesbiana. Lástima que me gusten tanto los hombres y no pueda reemplazar con nada la ternura, el afecto, la pasión que saben prodigar…cuando se les da la gana.
¡Oh, Alfonsina, que Dios te haya dado paz!  “Y si llama él no le digas que estoy, etc.” Pobre infeliz. ¿Qué te va a llamar? Aunque el teléfono funcione normalmente otra vez, no esperes que te llame, porque está muerto de miedo, porque cree que no tiene nada para decirte, porque ignora absolutamente que vos lo extrañas, que no sos de hierro y necesitas de su abrazo y de su pecho para poder llorar tanto llanto contenido.”

Hasta aquí lo que llegó a mis manos, junto con un poema irreverente y soez que no me atrevo a mostrarte.
Según lo que pude investigar, esta ignota aspirante a escritora se internó, emulando a Alfonsina Storni, en las putrefactas y asquerosas aguas del Reconquista, a la altura de la Ruta 201, donde murió no por lo caudaloso del río sino por su alto grado de contaminación, y luego de un fallido intento de ser arrollada por el tren que realiza su recorrido entre Federico Lacroze y Campo de Mayo, porque ese día hubo paro de señaleros y ella no acostumbraba leer el diario. Pobre mina. Seguiré investigando, tal vez  un día podamos hacerle un homenaje póstumo.”

Otras veces dejaba el tono irónico y escribía cartas melancólicas y dulces:

“Llevo tu perfume en mi mejilla. Un beso breve como el golpe de un sello; tu perfume, como tinta estampada prolonga tu presencia en mí. Por la radio, tu voz, tu querida voz y en mi piel tu perfume. Estás impregnado en  mi alma y te llevo, perfume indeleble, estampado por un beso breve. Paganini, Carmen, Liszt son bocanadas de aire llenas de tu perfume. Ráfagas de eternidad. Conjuros contra el olvido.”

Y aunque casi no se veían, se comunicaban todavía, ella por escrito, él respondiendo en

mensajes cifrados por la radio.

“27/11/90
“Querido Pedro:
“No dejo de maravillarme como la primera vez ante cada nueva afinación de nuestras cuerdas. El miércoles 21 te escribí eso que pretende ser un poema y cuyo valor reside, únicamente, en el sentimiento que puse sin esfuerzo alguno. Me acababas de prestar un libro sobre la obra de Bioy Casares en el que pude leer párrafos interesantísimos sobre el manejo que el escritor hace de la sinestesia. Hoy por la radio te preguntabas y me preguntabas adónde irán las sensaciones. Leíste algo de lo que no entendí una sola palabra pero que me conmovió profundamente, junto con algunas disquisiciones acerca de la eternidad. Pero no termina con esto mi asombro. En esas líneas que llegaron tardíamente a tus manos yo te hablaba de Alfonsina Storni, y vos recitabas “Fiero amor”...
En fin, yo no sé adónde van todas estas cosas extrañas y deliciosas, ni de dónde nos vienen. Si sé que transitan por mi corazón, que es una calle precariamente asfaltada por la que súbita y permanentemente circulan camiones con acoplado, y así está quedando de maltrecho. Tal vez un cardiólogo me aconsejaría apagar la radio, pero yo no le haría caso. Nadie sabe, ni lo podría creer si yo intentara contarlo, cuánto disfruto y sufro al mismo tiempo  por tu causa ( y porque yo quiero ).
Disfruto cada minuto de esos encuentros intensos en que te siento tan  cerca, tan metido en mí. Sufro por no poder estar al mismo tiempo con vos, por las miradas, los apretones de manos, los besos que se me quedan agolpados queriendo soltarse. Entonces surge como una necesidad natural la idea, el sentido de eternidad a la que accedemos por breves ráfagas, por instantáneos destellos.”
“¿Será este un amor imaginario? Pues entonces, imagino que te amo, Pedro Cerezo, nacido bajo el signo de Cáncer en Córdoba, con domicilio constituido en Buenos Aires, de profesión locutor con carnet del ISER, entretenedor y otras hierbas, a quien por no sé qué cósmica jugada de ajedrez se le ha cruzado en rauda oblicuidad de alfil una loca llamada
                                                          Renata.”

Se tornó un juego histérico a las escondidas. Renata le dejaba sus cartas en la recepción de la radio antes de entrar en su trabajo. Al día siguiente él le dedicaba algún párrafo a manera de respuesta. Ya ni siquiera se comunicaban por teléfono porque ella dejó de llamarlo cuando fue evidente que Pedro ya no quería verla. El tono de las cartas variaba desde lo irónico a lo melancólico; desde el reclamo despechado al humor sarcástico.

“10/12/90:
“Mi querido Harry Houdini:
Fui la entusiasta voluntaria entre el público que accedió a atarte con cuerdas y cadenas para ver luego cómo desaparecías al cabo de tu primera actuación, en medio de los aplausos. Recuerdo tres momentos de una de las primeras funciones: uno, cuando me dijiste que me sentías como algo personal, tuyo. Otro, cuando me preguntaste: “Y, piba, ¿qué pasa si nos enamoramos y nos hacemos pelota?” Y otro, cuando me escribiste sobre una servilleta del bar: “QUÉ LINDO ES TENERTE CERCA. AHORA. YA. SIEMPRE. ¿NO?”
Debió funcionar una alarma para mí, pero estaba desconectada. Si yo hubiera entendido...
Era para vos algo personal: como el micrófono, como un elemento más de tu trabajo; tenías miedo de enamorarte porque considerás que el amor te hace daño. Y el mensaje de la servilleta fue mal puntuado; en realidad debí leerlo así: “QUÉ LINDO ES TENERTE CERCA AHORA, YA. ¡SIEMPRE NO!” Por eso es que enseguida comenzó a decaer tu entusiasmo. Empezaste a parapetarte en tu supuesta condición de loco. Después te mostraste incómodo con mis llamados: tu dulzura se tornó acritud. No volviste a manifestar que me extrañabas, ni moviste un dedo para verme. Los pocos encuentros que tuvimos fueron obra de mi empeño. Tus excusas eran problemas personales o laborales. Yo monologaba (como lo hago ahora) en mis cartas, y vos callabas, o en el mejor de los casos, me mandabas mensajes velados por la radio, cuando no eran decididamente eróticos, lo cual me hacía mucho mal. La anterior a ésta se perdió, o se traspapeló. ¿Ésta también correrá esa suerte...?
Tu silencio no era el de quien calla y otorga, sino de quien mata cruelmente con la indiferencia. Me consumía la angustia, y a pesar de mí misma llegaba el momento en que volvía a marcar tu número esperando un milagro. El lunes 3 no fui a trabajar por el disturbio de los Carapintada, y me pasé la tarde preguntándome dónde estarías y si corrías peligro. Hasta que no pude más y te llamé: escuché tu voz y corté, me bastó saber que estabas en tu casa y bien. El miércoles volví a llamarte, pero esta vez cortaste vos, y como Houdini, te esfumaste. En lugar de encarar la situación y decirme “no quiero verte más”, te escapás. Sé que no te soy indiferente; comprendo que tus miedos te tienen asustado. Pero eso es algo que yo no puedo resolver. Supongo que tus anteriores mujeres deben haber sido excelentes minas a las que también dejaste aplaudiéndote mientras te liberabas de cadenas y lazos. Como aquella “lejana caracola”  que ningún “tiempo de otoño” te devolverá. Lástima, Pedro. Yo estoy muy triste, pero no me quita el sueño pensar en qué pude haber fallado: sólo te ofrecía mi corazón. Fue algo breve pero maravilloso. Muchos cambios positivos en mi vida tengo que agradecértelos, vos lo sabés. Y si bien se rompió nomás la magia, no me arrepiento en absoluto de lo que viví con vos.
Pero, ¡cuántas cosas me quedaron para darte! Mucha ternura, mucha pasión, mucha paz. ¿Ráfagas de eternidad? ¡Cuánto te hubiera amado!

                         Renata”

 A casi diez años de aquel amor tan sui-generis, mirando el cielo a través de las ramas de jacarandá que sombrean la vereda de Carlos Pellegrini y Sarmiento, Renata ha olvidado la pasión y recuerda bien a Pedro Cerezo, sin rencores. Dejó de verlo, pero pasó mucho tiempo todavía escuchándolo. Y cual las réplicas de los terremotos, de vez en cuando le mandaba alguna poesía, alguna carta.

12/4/91:
               ...Estoy contenta de haber reanudado un diálogo tan particular con vos, porque es una bella experiencia esta posibilidad de comunicarnos a distancia, en forma puramente espiritual  y obviando las cosas ingratas o desgastantes de una relación común y corriente.
Al contrario de la muchacha confundida que difama a su antiguo amor porque no respondió a sus expectativas, y a pesar de que sos “el perfecto blanco para que un solo gesto (¿mío?) te destruya”, quiero decirte que me alegro sinceramente al saber que estás bien, y guardo de tu persona el mejor de los recuerdos. Me quedé con lo mejor de vos, y pretendo darte lo mejor de mí. Yo también estoy en un buen momento, aprendiendo día a día a vivir aquí y ahora, a no angustiarme por lo que vendrá, ni martirizarme por lo que ya pasó. Viviendo, en una palabra.”

“...Desde que dejé de ser un ama de casa cuasi perfecta leo mucho más, no hay nada que me de más placer. A veces recuerdo tu departamento atestado de libros y siento una envidia nada sana, francamente. ¡Qué ironía! Si la nuestra no fuera una relación platónica podría leer tantos libros tuyos a cambio, por ejemplo, de un puchero cocinado por mí, incluidos unos choclos bien sazonados con manteca y sal, que vos comerías haciendo ruido y sacándote alguna que otra “barba” de entre los dientes con la uña del dedo meñique. Pero, en fin, mejor están así las cosas, y al menos tenemos la seguridad de que jamás nos vamos a pelear a causa del modo de apretar el tubo de dentífrico...”
“...Descubrí, entre mis muchos libros, uno que no había leído, o mejor dicho, que intenté leer sin poder pasar de la página ocho: El Castillo, de Kafka. Esta vez superé la marca y voy por la página setenta y seis. Ayer subrayé esta frase: “A quien uno ha olvidado puede llegar a conocer nuevamente”. Ahora imaginá un silencio, de esos que vos manejás tan bien...”
“Y bien, desde aquí, donde estoy “sentada en las vagas lindes de tu alma”, me despido hasta la próxima con un imaginario, impoluto y platónico beso.

                                           Renata”


jueves, 11 de noviembre de 2010

DOCE - CONTRASTES, LUZ Y SOMBRA...

El teléfono estaba muerto: lo habían cortado por falta de pago.
-          ¡La puta que lo parió!
Prendió la radio. Ya estaba por empezar el programa de Pedro. Pero ella estaba tan inquieta, tan alterada que no pudo prestarle atención. Dio el desayuno a los niños y se los llevó con ella para hablar desde un teléfono público. No, no importunaría a Pedro llamándolo a la radio. En cambio llamó al banco para hablar con Raúl y exigirle que consiguiera dinero para pagar el servicio cortado.
-          Señora, Raúl no ha venido a trabajar.
Sintió vergüenza. Para el tipo del banco que la atendió, era lógico que si ella era la esposa de Raúl, tenía que  saber adónde estaba su marido, y sin embargo por él se estaba enterando de que el trastornado no había ido a trabajar. ¿Dónde estaría?  A esa hora no podía recurrir a Irene porque ella sí estaba en la oficina.
Se volvió a su casa, y de paso compró el diario. Había tomado la decisión de buscar trabajo. Renata no  haría como otras que no se separan para seguir dependiendo del sueldo del marido.
Pasado el mediodía salió nuevamente a la calle y llamó a Pedro. Le contó sucintamente lo que le estaba pasando. Fue la primera vez que sintió algo parecido a la decepción. Años más tarde aprendió, después de mucho golpearse, que no debía enojarse con quien no le daba todo lo que ella esperaba. La tarde de los recuerdos en Sarmiento y Pellegrini aun estaba en esa lucha, tratando de no poner expectativas inadecuadas en la persona equivocada. Pedro era sólo un amante, no la panacea para arreglar todos los problemas de su vida. Al fin y al cabo, ella lo estaba “usando” como un bastón para no caerse en el medio del caos que era su vida. Él se limitó a escucharla y puso fin a la comunicación rápidamente, no le propuso un encuentro, no le dijo qué hacer, y ella sintió que la garganta se le anudaba.
A las seis de la tarde llegó Raúl. Estaba completamente dopado. Hablaba con la lengua pastosa y sus movimientos eran lentos. Se acostó, y sólo le dijo a Renata que había ido al Hospital Bancario porque no se sentía bien. Cuando estuvo dormido ella le revisó todos los bolsillos y encontró tiras de psicofármacos, una receta y un certificado para justificar la  ausencia de ese día al Banco firmada por el psiquiatra.
Fue un día absolutamente perdido. Al despertar Raúl, Renata se dio con la realidad de un golpe en la frente. Esta vez le pidió a una vecina que se hiciera cargo de los chicos, ayudó al marido a vestirse y salió a llamar un taxi. Raúl no paraba de moverse como un autista. Mientras ella cerraba la puerta con llave, iba y venía como un león enjaulado por el porche, hasta que se golpeó contra una columna en el arco superciliar y se le formó un chichón, de manera que estaba, además de desorbitado, con la cara desfigurada. Ya en viaje Raúl sólo se quejaba y le rogaba que no lo abandonara.
Renata era dura pero tuvo un gesto de piedad. Le dijo que iban a ver al médico y que sólo harían lo que éste indicara. De repente Raúl le pidió al taxista que parara el coche.
-          ¿Qué vas a hacer? – le preguntó Renata.
-          Pis – dijo él, como si fuera un nene de tres años.

-          Espere un momento – le pidió ella al chofer, muerta de vergüenza. Tuvieron que esperar a que Raúl meara contra un paredón, a la vista de todo el mundo. 
Esa tarde Raúl quedó internado, después de la consulta con el psiquiatra de quien Renata no tenía la menor noticia hasta ese día. Por la familiaridad con que se trataban paciente y médico, era evidente  que se habían estado viendo en forma habitual. Desde el Hospital Bancario fue trasladado hasta la clínica de Castelar. Era la primera vez que Renata subía a una ambulancia.
Raúl, a diferencia del ánimo que tenía por la mañana, ahora estaba calmo y hasta parecía contento del destino final de su viaje. Esto la alivió porque estaba agotada de tanta entrevista con los médicos en las que ella debió aportar la necesaria cuota de coherencia, del tramiterío burocrático para conseguir una cama como se decía en la jerga hospitalaria. Era una experiencia absolutamente inédita para Renata, y cuando tuvo que estampar su firma autorizando que Raúl se quedara allí sintió pena. Por un lado era como si el “sacárselo de encima” le estuviera saliendo a pedir de boca sin haberlo planeado, pero lo compadecía. Tal vez no con la piedad que sintió años atrás por las víctimas del terremoto, porque aquellos cristianos no le hicieron ningún daño personal, pero en cambio este sí que le había jodido bastante la vida y sin embargo algún lazo de afecto la unía a él. Sin saber  por qué se acordó de Carlos Monzón, quien después de haber asesinado a su mujer juraba llorando que la amaba.
Afortunadamente (¿lo dijo Martín Fierro acaso?) la memoria también sirve para olvidar. Era incapaz de recordar con exactitud lo que pasó en las horas inmediatas a su regreso de la Clínica. Tal vez llamó a su suegro para notificarlo de las novedades e intentar que se hiciera cargo de alguna manera de ese hijo al que toda la vida hizo sentir un inservible. Lo encontró  mansito, quizá  en el fondo el viejo sentía culpa por haber contribuido en el engaño de la “normalidad” de Raúl para encajárselo a ella mediante el matrimonio. Después de  todo, fue el más estrecho colaborador para el posterior divorcio porque los abogados de ambos resultaron ser conocidos suyos y pagados por él, con lo cual lavó su conciencia.
A los chicos les explicó que Raúl estaba enfermo y que por un tiempo no lo verían (de hecho, no lo vieron nunca más). De lo que sí estaba segura es que desde entonces supo que así estuviera internado un mes, un año o veinte, jamás volvería a esa casa como su marido.
Pocos días más tarde pudo dedicarse a buscar trabajo. Tuvo muchas entrevistas infructuosas: todos los avisos del diario iban dirigidos a personas capaces de vender desde botones hasta edificios aun sin construir, actividad para la que se sentía definitivamente inepta. Otro rubro era el de las tareas administrativas en largas jornadas y sueldos magros; secretarias  para estudios jurídicos de prestigiosos abogados que de tanto trajinar entre las leyes a veces se las olvidaban, y ofrecían no sólo muchas horas y paga escasa, sino que  todo se mantuviera en negro.
Tuvo nuevos encuentros  con Pedro  en las pausas que lograba hacer entre sus tareas de madre, ama de casa a punto de dejar de serlo, curadora de su inminente ex marido... 
Algo se había roto; es verdad que disfrutaba de esos encuentros: de los mates compartidos, de la música que escuchaban juntos, del privilegio de ser la primera en saber lo que ocurriría en el programa del día siguiente. Sin embargo, Pedro no se interesó nunca por lo que ella estaba pasando con la internación de Raúl. A veces se mostraba agresivo en ciertos detalles. Se ponía a comer choclos haciendo ruido con la boca y luego, escarbándose entre los dientes  con la uña del dedo meñique la observaba como diciendo: “Soy un ser humano como todos y estoy haciendo esto para incomodarte, ¿hasta cuánto resistirás? No todo en mí es poesía y música”
Más patente se hizo este costado siniestro de Pedro en un momento de preludios eróticos al borde  de la cama. Renata hizo alusión, mientras se besaban, a algo que él había dicho por la radio, y él en tono arrogante le contestó:
-          ¿Entonces tuviste ganas de venir a chupármela?
A Renata se le cortó toda inspiración. ¿Es que no pueden entender los hombres que el deseo en una mujer pasa en última instancia por lo genital? ¿Cómo a un tipo de la clase de Pedro podía ocurrírsele semejante brutalidad? Parecía otro recurso inconsciente para alejarla.
No obstante  tuvo un gesto que ella agradeció aun después de terminada la relación: le dio una recomendación para ver a un colega suyo que necesitaba una asistente de producción. Así pudo concretar el sueño de ingresar a ese medio que la fascinó desde pequeña y para el cual tenía condiciones innatas. Días después comenzó a trabajar por las  tardes.
Ahora que tenía  menos tiempo lo aprovechaba mejor. De mañana dejaba la casa limpia y ordenada. Para hacer las compras sin perderse nada del programa de Pedro dejaba el grabador funcionando. Cocinaba y almorzaba con sus hijos y después salía a su nuevo trabajo, que  si bien no era nada de brillo la vinculó con gente nueva, con artistas en muchos casos desconocidos, con quienes luego se conectó para ofrecer sus servicios de asesora de prensa y esto incrementó sus recursos económicos.
Pedro no quiso  que en el ambiente se supiera de sus relaciones y puso distancia al principio tratando de ahuyentarla con sus actitudes poco galantes, después con indiferencia lisa y llana en los encuentros personales. Además, resultó imposible que se mantuviera el misterio de su vida solitaria en un departamento de la calle Bulnes: su familia (esposa incluida) residía en Córdoba, y él viajaba periódicamente a visitarla. Sin embargo, siguió hipnotizando a Renata por la radio, y  ella respondía y lo seducía a su vez con sus cartas. Se tornó un juego histérico pero bello que se dilató a lo largo de un año.
......
Han quedado atesoradas en una casete tus palabras vibrantes, jubilosas, mi muñequito hablador. Yo te hago hablar, o callar, o suplicar, o entristecer, o gritar de alegría. Así como vos me hacés hablar, o callar, o entristecer, o gritar de alegría. O suplicar:  que despidamos a este pesimismo que ya es mayor de edad y nos permitamos un encuentro sin demandas, sin historia ni proyectos. Que “con un estupor alegre, sin culpa ni disculpas” seamos un día, sólo por un hoy, “la otra copa del brindis”. Que nos maraville tanto como hablarnos y sabernos escuchados, el otro lenguaje cálido y dulce: el de la piel. Ser cada uno para el otro el espejo frente al cual reír, gritar, llorar, empañarnos, trizarnos.
No, no somos ni muñecos de ventrílocuo ni cristales con luna: somos simple y tenazmente un hombre y una mujer, definitivamente desnudos el uno frente al otro. Y está el amor. “Obstinado como una mula, palpitante como el deseo, cruel como la memoria, absurdo como el arrepentimiento, tierno como los recuerdos…” Ahí está, dándonos otra vez señales de vida, tendiéndonos la mano. Dejémoslo que nos salve. No quiero ser dura con vos, no seas esquivo conmigo. Quiero sentirte honda y estrechamente y llorar sobre tu pecho tantas lágrimas guardadas todo este tiempo.

La distancia  también se produjo porque ella notaba en Pedro una gran contradicción ideológica: por un lado la jactancia de ser la voz y el oído de una “inmensa minoría” como él solía decir, de ser capaz  de producir hechos artísticos al margen del sistema, y sin embargo, un deseo recóndito de ingresar a ese sistema criticado. Y lo peor de todo, cada vez se ponía más oficialista, más partidario de las privatizaciones, de la entrega solapada del patrimonio nacional bajo el cartel de la modernización. Ese fin de año apareció su fotografía en la tapa de una revista de chismes de la farándula, entre otros personajes catalogados como los más destacados del año: políticos, vedettes, animadores de televisión, actores y actrices... y Pedro. El Pedro Cerezo sencillo y campechano, decidor de poesías y hacedor de ensueños, se estaba transformando en alguien distinto del que había enamorado a Renata.


“15/12/90: ¿Es posible que en medio de esta tristeza inefable haya lugar para la risa? Este mediodía le puse a la comida, en lugar de queso rallado, café.
Desde el momento en que ayer me dedicaste ese “Pequeña” tan tiernamente cantado por Mercedes Sosa, ya no soy una. Soy dos, cargo con mi propia humanidad y mi tristeza, que tiene cuerpo, se puede tocar, pesa toneladas. ¿De qué me sirve que me cantes Pequeña por boca de Mercedes, si no te tengo, si no podré ser tuya nunca más? ¿Por qué, para que te adjudiquen el título de Personaje del Año parece ser necesario que estés siempre solo con tu melancolía? ¡Qué extraña vida me ha tocado vivir y cuánto la quiero a la muy puerca!
Personaje del año… Lo fuiste para mí, sin dudas, y me alegro de haber llegado a vos antes de esa designación pública. Porque yo no me enamoré de tu rol, sino de vos, hombre. Estoy segura de que en adelante seducirás a muchas que deseen envanecerse con la supuesta gloria de tener al lado a alguien tan…importante. Yo me río de tu flamante título, y ríe conmigo mi tristeza, porque ambas conocemos tu obstinada negativa a ser feliz."
En el idioma con el cual Pedro y Renata se comunicaban a distancia, como en la música, también el silencio tenía un gran significado. Y él era un maestro callando, no dándose por aludido cuando las cartas de ella llegaban con reclamos de amor.

"Claro que preferiría estar haciendo el amor en este momento, y no escribiendo. Dejar que me acuestes suavemente, después del juego que empieza con los besos ricos, chupados, mordidos, y sigue con orejas y cuello abajo, tu nariz entre mis pechos, tu boca buscando mis pezones, ay, mordiendo; tu pelo entre mis dedos, tus orejas, amor, qué dulce sos, tu lengua erecta vientre abajo abriéndose camino, ay, papito, arrodillado en el piso con tu cabeza entre mis piernas, bebé, tu nariz masajeándome ahí, esa lengua, mi amor, que me abre, que me moja, que me horada, hacia arriba y hacia abajo, bordeando y volviendo al centro, a lo más sensible, mis dedos enredados en tu pelo, metiéndose en tus orejas, tu adorada cabeza que guarda tesoros de ideas y recuerdos, hijo que besa la puerta de entrada al mundo como en un ritual religioso, papi, no doy más, dámela, vení, te subís a la cama y vas subiendo con tu boca ombligo arriba para morderme de nuevo los pezones, el cuello, la boca, y vas penetrando por fin, potente, ay, sublime instante, bien hasta el fondo, dale que estoy toda abierta para ir a jugar, juguemos al orgasmo mientras el mundo no está, porque desapareció detrás de nuestros gemidos y no hay más que tus nalgas que presiono con mis manos, y esta danza que va aumentando su ritmo hasta hacerme gritar, la locura, la muerte y la vida estallando, y algo que no sé si es risa o llanto, o ambas cosas a la vez, y una caliente inundación que moja la sábana."


Raúl se enteró de los amores de Renata con el locutor cuando llevaba ya unos meses internado, y aquéllos estaban en proceso de enfriamiento, o mejor dicho, volviendo al terreno platónico, porque fue inevitable que se rompiera la magia. Fue la tarde de fines de diciembre en que ella lo fue a visitar y él tuvo la mala idea de preguntarle si seguía escuchando el programa de Pedro.

En la medida en que el padre de Raúl fue tomando las riendas de la situación, Renata empezó a espaciar sus visitas a la clínica. Hasta tuvieron una sesión con el psiquiatra para hablar de la futura separación, que Raúl parecía haber asumido mansamente, aunque después no resultara tan sencillo. Parecía que Lacan andaba haciendo guiños por los patios y  pasillos del hospicio: el apellido del psiquiatra era Mater.
Renata no fue testigo de la recuperación  de Raúl. Primero espació las visitas y pasado un tiempo las  suprimió. Se mantenía en contacto telefónico con el suegro.
También por teléfono recibió mensajes de Raúl: una mañana la llamó un enfermero que parecía salido de un tango. “Portero, baje y dígale a esa ingrata...”  recordaba Renata. El pobre tipo, comedido tal vez, pero metiéndose en un terreno indebido la sermoneó y le recriminó el desamor. Ella lo puso en  su lugar:
-          ¿Ya terminó? Bueno, ahora váyase a la mierda.
Cortó y se arrepintió. En realidad a quien mandaba a la mierda era a Raúl, y la ligó el enfermero. Pero, bueno, él se había expuesto.
Seis meses después Raúl salió, con alta de internación, pero yendo aun como paciente de día, asistía a una terapia de grupo y a talleres con actividades productivas. No desaprovechó en absoluto su libertad  para intentar un acercamiento con Renata. Se encontraron más de una vez en algún café para charlar. Él quería ver a los chicos, pero ella no lo consintió. Por suerte estaba trabajando y pudo mostrarle a Raúl que ya no era la misma mujer. No lo necesitaba. No le dejaba espacio para meterse en su vida como lo hiciera dos años antes.
-          Yo te amo todavía, y no me arrepiento de haberme casado con vos. – le decía en un encuentro. Veinte días después le enrostraba:
-          Mi viejo ya habló con la doctora  Levigne que tiene contactos con abogados del Vaticano. Porque además del divorcio, voy a pedir la anulación.
¡Maravilloso!, pensaba Renata: borrar todo rastro de ese pasaje por la locura era lo mejor que podía ocurrir. Claro que a casi diez años, en los documentos estaba todo borrado, pero no de la memoria tenaz. Había quedado el papel arrugado del que le habló una vez Monseñor O’Neill; su alma era una  parva de papeles arrugados.








jueves, 4 de noviembre de 2010

CAPÍTULO ONCE


No es que la conversación con el sacerdote la fortaleciera en su postura, pero lógicamente, la situación con Raúl siguió empeorando. Renata no pensaba renunciar a esa lucecita que se había encendido en su vida y que se llamaba Pedro. Su segundo encuentro ocurrió una semana después de la cita en el bar San Miguel. Con la excusa de unas compras en el centro salió temprano el jueves 11 de octubre de 1990. Llegó a la radio de la calle Maipú cerca de las diez de la mañana. En Mesa de Entradas se hizo anunciar y enseguida le informaron en qué estudio se emitía el programa. La recibió una de las productoras, con una familiaridad encantadora. Esto hizo que se serenara un poco, porque temblaba de los nervios. Marta, o Mabel, ya no recordaba el nombre, la hizo pasar indicándole con gestos que no hiciera el más mínimo ruido porque en ese momento Pedro estaba “en el aire”. Él, sin dejar de hablar la miró con calma, la examinó prolijamente de los pies a la cabeza y le indicó con un gesto amplio de su mano que se sentara a su lado. Ella lo observaba (debía estar radiante) en cada movimiento. 
La voz que la había cautivado desde el receptor de radio estaba ahí, vibrando a escasos centímetros de ella. Con un movimiento de la cabeza, como asintiendo, Pedro le indicó al operador que pusiera música y cerró el micrófono. Entonces se le acercó y la saludó con un beso. Se echó hacia atrás en su sillón, la contempló un momento y le dijo:
-          Qué hermosa sonrisa tenés, loca... ¡Viniste!
Y Renata sólo supo responderle con la sonrisa mejor. Estaba encantada de presenciar la trastienda, la cocina de esa pieza de artesanía que se fabricaba allí. Eladio, el operador, era un joven aindiado de manos ligeras como pájaros, unos pájaros morenos dentro de su jaula de vidrio. Se entendía con Pedro con la sola mirada, y había en esa comunicación algo mágico, como cuando se miran los enamorados, y sin embargo nada equívoco. Era una comunión para la creación, y de acuerdo a las palabras que Pedro pronunciaba surgía la música que Eladio echaba a volar, sin ensayo previo, por pura intuición. 
Hubo mucha gente esa mañana en la radio: estuvo Horacio Guarany, con su pelo retinto. Irrumpió en el estudio sin previo aviso, haciendo prevalecer su condición de figura legendaria, de mito viviente a quien el público perdona exabruptos y discordancias. Estaba invitado a otro programa pero equivocó el horario, por lo tanto no se resignó a volver a su casa –que por entonces era un yate con el que recorría el Delta del Paraná- sin decir un par de excentricidades para ser adorado por su público acrítico. Estuvo también un humorista cordobés que creó el personaje de una vieja disparatada de “Traslasierra”. Pasaron oyentes a saludar a Pedro: en aquel momento de auge de la radiofonía aquello era habitual. La gente llegaba, conocía personalmente a quien le entretenía durante unas horas, tal vez alivianando la rutina del trabajo: taxistas, pintores (de paleta y de brocha gorda), floristas, dibujantes, mecánicos, ceramistas, en fin, una gama amplísima de seres en muchos casos solitarios en una ciudad superpoblada que se tomaban un rato para acercarse hasta la radio y llevar su agradecimiento, su aporte de anécdotas, poesías en muchos casos ramplonas pero llenas de sentimiento; amas de casa que sólo sabían demostrar afecto obsequiando una docena de empanadas o pastelitos, en fin, una caterva de locos lindos, tan diversos pero tan iguales.
Los locutores del noticiero entraban cada media hora a decir lo suyo y gastaban bromas con Pedro, quien aprovechaba los breves momentos en que podía distraerse para contemplar a Renata.
-          En este momento te daría un beso…- decía y se quedaba mirándola a los ojos.
La mesa redonda sobre la cual pendía el micrófono estaba atestada de papeles y libros llenos de señaladores. A medida que Pedro los iba utilizando, Renata los ordenaba, y él la dejaba hacer, embelesado.
A las doce, terminado el programa Renata empezó a despedirse de todos, pero Pedro la tomó de una muñeca y le susurró al oído que la invitaba a almorzar. En realidad, hasta la hora de su sesión de terapia tenía tiempo de sobra y aceptó. Todavía Pedro y el operador tenían que devolver los discos. Los tres subieron al primer piso donde estaba la discoteca, un salón enorme, con anaqueles repletos hasta el techo. Conoció a Víctor, el encargado de aquel tesoro, un hombre de unos cuarenta años que sonreía cándidamente todo el tiempo. Se manejaba como pez en el agua en ese ámbito. Era técnico de sonido y de grabación. Muchas grabaciones de recitales y conciertos en teatros que circulaban comercialmente eran obras suyas.
Con su estatura Pedro llegaba hasta los anaqueles más altos. Víctor seleccionaba los discos sin mirarlos, acariciaba amorosamente sus cubiertas con la punta de los dedos, con la palma de su mano derecha, y luego le indicaba dónde guardarlos. Pedro aprovechó un cruce de miradas con Renata y le hizo un guiño inteligente, al tiempo que trastrocaba el orden de dos de los discos diciéndole a Víctor:
-          Me parece que te equivocaste…
Víctor los tomó, los examinó nuevamente con sus manos y con su sonrisa de ángel le contestó:
-          No me jodas; estaba bien como yo te los di, guardalos en ese orden.
A Renata se le figuró un Borges en su laberinto de música: Víctor era ciego.

Terminaron de almorzar antes de la una y media. Todavía le quedaba tiempo a Renata para tomar un colectivo y llegar temprano al psicólogo. Pero en cambio, a las dos de la tarde estaba viajando en taxi con Pedro hacia su departamento. Le encantó sentirse una loca, una casquivana que en el segundo encuentro con un hombre acepta su invitación a “tomar café” en su casa. Solamente tuvo la delicadeza de llamar a su terapeuta y avisarle que no iría.
-   Me lo imaginaba.- fue la respuesta que escuchó, y fue como el permiso que ella necesitaba.
En el restaurante Pedro sólo le había rozado la mano, pero se la había comido con la mirada, sazonada con la salsa de su matambrito tiernizado, la había saboreado minuciosamente con su Chablis y la había lamido y chupado toda con su helado almendrado, y ella sentía un caliente charlotte en aquel lugar que cuando era niña le proporcionaba placer pero ella no sabía que tenía un nombre, salvo el que le daban unas primas desprejuiciadas, que a todo llamaban por su nombre vulgar y se divertían con ello. Ya en el taxi en cambio, Pedro se le sentó bien pegadito y le pasó el brazo tras el hombro, un brazo tan largo que su mano colgaba laxa sobre el seno de Renata. Con las yemas de los dedos le fue acariciando la piel debajo del cuello, rozando apenas el borde de la camisa, levemente las uñas de esos dedos tocaron el arranque de sus pechos, y ella sintió que los pezones se le erizaban. Reclinó la cabeza de manera que su frente se apoyó en el cuello de él, sintió su tibieza y su perfume; el índice de Pedro hurgaba entre los senos, y el meñique le rozaba el pezón, y la ciudad era una vorágine que avanzaba al paso del taxi cuando sus bocas se encontraron en un beso blando y sabroso, y sus lenguas se fueron dando despaciosamente, y sus dientes dieron mordiscos tiernos.
-          ¿Doblamos por Bulnes, don? – carraspeó el taxista haciendo como que no los veía por el espejo retrovisor.
-          Sí, sí, déjenos en la esquina.
Renata se recompuso un poco al bajar del auto. Pedro sacó las llaves y abrió la puerta del edificio. Ella se miró furtivamente en el gran espejo del palier, y se gustó. Mientras esperaban el ascensor él bromeó:
-          ¿Café o mate?
-          Mate.
Subieron los tres pisos besándose. Entraron al departamento. Era de dos ambientes: un living comedor chico, o que lo parecía porque tenía demasiados muebles y todos absolutamente sepultados bajo libros y discos. Una cocina pequeña pero muy luminosa y un baño minúsculo. Desde la puerta de entrada, hacia la izquierda Renata adivinó un pasillo que seguramente conducía al dormitorio. Apoyó su cartera sobre una silla mientras Pedro cerraba con llave. El también dejó sus cosas y la rodeó con sus brazos desde atrás, dándole besitos en el cuello que a ella la erizaron desde la raíz de los pelos hasta debajo de las nalgas, hasta las corvas. En esa postura comenzó a desabrocharle la camisa y sin desprenderlo, le bajó el corpiño, le dejó los pechos erectos afuera, y le sobó suavemente los pezones, y luego los estrujó, y ella sintió en su medio exacto esa cosa dura y dulce que se proyectaba y le prometía agresión y placer, y en cuanto los brazos de él se aflojaron un poco se dio vuelta, buscando abrirse paso ella también hacia la piel del pecho de Pedro, y ese encuentro fue la gloria, y sus dedos fueron desabrochando el cinturón, y las manos de él abarcando su espalda y bajando, y abriendo, y llegando con los dedos hasta el centro caliente y mojado de ella, y entonces sí se confirmó dónde estaba el dormitorio porque él la fue llevando, avanzando y haciéndola retroceder como si fueran bailando un tango, y ya estaban semidesnudos y tal vez un tanto ridículos, pero abrasados por la ansiedad de darse, de encontrarse, de recibirse, de matarse y de hacerse nacer, y de a poco por momentos, y por momentos atropelladamente llegaron a la desnudez total.
Afortunadamente, ya de regreso en su casa nada ocurrió que opacara la felicidad de Renata. Su amiga Irene se tomó el trabajo de cuidarle los chicos hasta el anochecer, y ella misma se los trajo en su viejo Citroen destartalado. Eran demasiadas vivencias excitantes las que estaba experimentando y por suerte contaba con ella para compartirlas. Irene ya había pasado por la experiencia de una separación. Era la oreja que la escuchaba y el cable a tierra para no hacer desastres, porque a veces Renata tenía instintos autodestructivos. Como por ejemplo, en medio de una discusión vomitarle a Raúl que se había enamorado de otro.
-          ¿Estás loca? Si le decís eso, va a querer saber de quién, y no le será difícil averiguarlo.- mediaba Irene.
-          ¿Te imaginás el escándalo? Es capaz de irse hasta la radio y tomar el micrófono si no lo paran a tiempo, y anunciarle a todo Buenos Aires que lo volviste cornudo. Esto, después de haberte destripado. No le des letra, porque lo que él necesita es demostrar que es el hombre más desgraciado de la tierra.
Renata reflexionaba: su amiga tenía razón. Si por desgracia Raúl se enteraba de sus amoríos con Pedro, ya vería cómo enfrentarlo, pero ser ella quien se lo dijera hubiera sido suicida.
El resto de la noche estuvo saboreando los recuerdos tan recientes de su primer encuentro íntimo con Pedro. Le resultaba muy fácil puesto que sentía ese cansancio en el cuerpo que dejan los ejercicios amorosos, algún delicioso dolor o ardor localizado específicamente, un vuelco loco de su corazón al revivir alguno de los muchos gestos eróticos que inventaron. Se había reconciliado con su cuerpo, que tanto tiempo llevaba sin darle una alegría tan plena.
Raúl llegó tarde, cuando Renata ya intentaba dormir, y se hizo la dormida para evitarlo. Por primera vez en muchas noches no escuchó el escándalo de la máquina de escribir, sus chancleteos de viejo por el patio, su ir y venir hiperkinético y medicado. Ella ignoraba que aquella tarde, mientras ardía en la cama de Pedro, él abandonó su trabajo en el banco y se fue a ver al psiquiatra que lo atendió años atrás, durante la crisis de la  que Renata no había querido enterarse.    

Transcurrió una semana aparentemente tranquila. El jueves siguiente fueron juntos al psicólogo, porque Raúl le había pedido asesoramiento en cuanto a una posible terapia de pareja, a la que Renata se negaba en forma sistemática. No obstante, tuvo que cambiar el horario habitual de la consulta para que él pudiera ir a la salida del banco. Hasta entonces, con Pedro tenían el plan de encontrarse después de las tres, como la primera vez en el San Miguel. Nuevamente Irene se ofreció como niñera. Cuando Renata llamó por teléfono a Pedro para avisarle del cambio, surgió la posibilidad de verse más tarde. Ella le diría a Raúl que se iba a encontrar con su hermana.
Durante la sesión no abrió la boca, y tuvo que aguantar el discurso acusador de su marido. La culpaba por su falta de voluntad para recomponer la pareja, pero además era evidente que había ido con el propósito de tomarle un examen al psicólogo, a confirmar su teoría de que la alentaba para la separación.  Éste se limitó a ofrecerles una lista de colegas que podrían atenderlos en caso de decidir la terapia conjunta, y a escucharlos. Para Renata sólo fue tiempo perdido.
Ya en la vereda, se despidió de Raúl y le anunció que pensaba llegar tarde porque necesitaba ver a su hermana. A los quince minutos estaba tocando el timbre del tercero C de la calle Bulnes donde Pedro la esperaba. Le abrió la puerta y sin dejar de hablar por teléfono, la abrazó estrechamente. Ella le escuchó comprometerse a llegar a las diez de la noche a algún lugar (luego se enteró de que León Gieco lo estaba invitando a su cumpleaños). Eran poco más de las siete.
Esta vez sí tomaron mate. Pedro estaba preparando algo para el programa del día siguiente. Renata sacó de su cartera un sobre y se lo entregó. Él empezó a leer el papel que contenía: leyó el primer renglón y se quedó paralizado. Renata sonreía. La cara azorada de Pedro le resultaba extraña.
-   ¡Loca, loca, estás loca!
Renata estuvo a punto de angustiarse no sabiendo a qué respondía aquello, si bien ese adjetivo que le adjudicaba su amante tenía más de alborozo que de enojo. Lo interrogó con la mirada.
-   ¡Hace un rato lo llamé a Carrizo para pedirle este poema! ¡Te juro que pienso decirlo mañana, y me lo traés vos, ¿cómo supiste?
Fue nuevamente la magia. Ella no sabía nada; solamente quiso decirle todo su amor a través del Soneto 26 de Quevedo, y se lo copió, para él, aunque sabía sí, que lo leería alguna vez en el programa.
“Cerrar podrá mis ojos la postrera/ sombra que me llevare el blanco día...” recitó él, devolviéndole el mate, y continuó leyendo. Renata estaba con los ojos llenos de lágrimas. “Serán cenizas, mas tendrá sentido/polvo serán, mas polvo enamorado.”
De nuevo fueron médulas que han gloriosamente ardido, se amaron hasta el agotamiento, se amaron con fiereza, hasta que el dolor de tener que separarse los llamó a la realidad.

¿Quién se salva al fin de la locura? ¿Es que la realidad tiene que ser lo oscuro, lo monótono cotidiano, la mediocridad de la casa, del trabajo mecánico, todo aquello que se hace sin la menor dosis de adrenalina? ¿Por qué lo bello, lo apasionante, lo maravilloso y mágico está fuera de la realidad diaria? Esto que se preguntaba Renata en la esquina de los recuerdos era lo mismo que se había preguntado cuando aquella noche de octubre de 1990 llegó a su casa. Esta vez sí, el contraste entre lo vivido junto a Pedro y lo que  allí le esperaba la golpeó. Raúl, cuando consideró que Renata se estaba demorando más de la cuenta se fue impaciente a buscar a los niños a la  casa de Irene. Esta trató de entretenerlo conversando de bueyes perdidos durante un rato.
-          No te preocupes porque habíamos quedado en que yo llevaba a los chicos más tarde – le dijo, considerando, entre otras cosas, que él no estaba en las mejores condiciones para hacerse cargo de las criaturas.
-          Pero ya es tarde, y yo soy el padre – trataba de remarcarlo a toda costa -, así que se vienen conmigo.
-          ¡Vos no sos mi papá! – gritó María desde el living donde armaba un rompecabezas. Él hizo como que no escuchaba.
-          ¿Por qué no se quedan a cenar los tres? – propuso Irene.
-          No, me voy, nos vamos.
No hubo forma de disuadirlo. María y Nicolás recogieron sus pertenencias de mala gana y se fueron, uno de cada mano de Raúl que los remolcaba furibundo.
Cuando Renata llegó se encontró con los chicos en penitencia en su pieza, y a Raúl mirando televisión. Eran las diez y media de la noche y no habían cenado.
-          ¿Qué pasó? – preguntó Renata.
-          ¿Cómo qué pasó? – gritó Raúl. - ¿Vos aparecés a cualquier hora y todavía preguntás qué pasó? ¿De dónde salís?
-          Ya sabés que fui a lo de mi hermana.
-          No me consta. Llamé por teléfono y me atendió tu sobrino. ¿Adónde carajo te metiste?
Renata sintió que se le venía el techo encima. Pero ya había pasado otros terremotos.
-          ¿Por qué los chicos están encerrados?
-          Porque yo soy el padre y los puedo poner en penitencia.
Renata fue a buscar a sus hijos que corrieron a abrazarla. Raúl la alcanzó por un brazo y la zamarreó con violencia. En ese momento Nicolás se puso a llorar, y María gritó enfrentándolo:
-          ¡Dejá a mi mamá!
Renata creyó que Raúl las iba a golpear. Los dedos de Raúl le quedaron marcados en el brazo.
-          ¿Dónde estuviste?
Ella mintió con convicción:
-          Nos fuimos a un café con mi hermana porque en el departamento no podíamos hablar tranquilas. ¿Irene trajo a los chicos?
-          No, yo los fui a buscar, porque esta es su casa y no tienen por qué andar por ahí con cualquiera.
-          Irene no es cualquiera, y yo arreglé con ella todo, no sé por qué tenés que meterte.
-          Porque soy el padre.
-          Sí, qué gran padre, están sin comer y castigados, y todavía no sé por qué.
-          Porque no querían caminar, y porque no me obedecen.
-          ¿Los hiciste caminar doce cuadras? ¿Por qué no tomaron el colectivo? Sos una bestia.
-          No me insultés.
-          No me apretés el brazo y no me zamarrées. ¿Por qué no tomaste un colectivo?
-          No tenía plata.
Raúl se había gastado toda la plata que tenía en los remedios que le recetó el psiquiatra. Hasta ese momento Renata estaba totalmente ignorante de los movimientos que él había estado haciendo en esos días.
-          Ayer ibas a pagar el teléfono. ¿También te gastaste esa plata?
-          Eso lo usé para pagar la imprenta.
-          ¡Pero nos van a cortar el teléfono! ¡Si ya pasó el segundo vencimiento! –
Iba a continuar recriminándole que no sólo se le había instalado en su casa, que disponía de su plata para financiar esa revista de mierda que no leía nadie, que gastaba de su teléfono y no lo pagaba, que estaba terminando sus estudios de magisterio gracias a que ella lo bancaba porque el sueldo miserable que él traía del banco no servía para nada, que no le toleraba más el deseo de imponerse como padre a sus hijos sin habérselos ganado, en fin todo el odio que tenía acumulado envenenándola, pero se contuvo por los chicos.
Renata se tragó la rabia y lo más rápido que pudo preparó algo para que los niños  comieran. Estuvo con ellos en el baño y aprovechó para calmarlos. Le contaron que Raúl los había retado porque no le querían decir papá. María la sorprendió preguntándole, mientras se lavaba las manos:
-    Mami, ¿por qué no te separás?
Y Nicolás, haciendo pucheros le dijo que no quería que Raúl le pegara.
-    No mi amor, no me va a pegar, quedate tranquilo – dijo, guardándose las dudas para ella.
Raúl se había encerrado en su pieza, y en ese respiro ella acostó a los niños. Se quedó con ellos hasta que se durmieron. Todavía dormido Nicolás dejaba escapar algún sollozo.

Mierda, la culpa, la mierda de la culpa. ¿Por qué mierda no se puede ser feliz, por qué la realidad de mierda tiene que golpear así? ¿Por qué si hace un rato estaba tocando la gloria con el alma y con el cuerpo ahora estoy en este infierno? ¿Por qué no se pudo evitar que estos pobrecitos se contaminaran de esta mierda? Algo tendré que hacer para que este loco de mierda no me arruine más la vida. Sí, la vida me la arruiné yo, pero ahora tengo que hacer lo necesario para arreglarlo.

Ahora se sentía a distancias siderales de Pedro. A esa hora él estaba en una fiesta de cumpleaños, ajeno por completo a su drama. A la mañana siguiente lo llamaría para pedirle un poco de consuelo. Ahora tenía que enfrentarse de nuevo con Raúl, porque la cosa no había terminado. Desde luego, apenas ella salió del dormitorio de los chicos él la abordó. Se encerraron en la cocina, y Renata le pidió que no los despertara con sus gritos.
- Perdoname por lo que te hice.- fue lo primero que dijo él. La desarmó.
- Como te darás cuenta, esto se-ter-mi-nó- respondió ella. No se iba a dejar ganar por ese sentimentalismo llorón al que él apelaba nuevamente.
Lo dejó lloriqueando en la cocina y se fue a acostar. Cuando logró relajarse tuvo un momento para pensar en Pedro y en sus caricias de un rato antes. Durmió unas horas hasta que los ruidos que hacía Raúl la despertaron como en otras madrugadas. Se asomó al patio sin que la viera: otra vez con los ojos desorbitados y sin poder parar de caminar, en un ir y venir sin sentido, o quedándose por momentos catatónico, con el rosario en la mano mascullando rezos.
Volvió a dormirse mucho rato después. A la mañana siguiente no mandó a los chicos a la escuela porque no escuchó el despertador. Se levantó después que Raúl se había ido, y encontró sobre la mesa de la cocina una especie de poema escrito por él en donde le declamaba todo su amor, y tuvo un acceso de rabia. Hizo mil pedazos el papel y lo tiró al tacho de basura, igual que al libro de poesías un tiempo antes.
Un mendigo llamó a la puerta y le pidió algo para comer. Sintió lástima por él, tal vez ese hombre había tenido alguna vez una casa, una familia. Sin saber por qué vio algo de Raúl en ese pordiosero. Pensó en su pequeña hija; ¿y si encima Raúl era degenerado? Estaba loco, se había convertido en un extraño, ¿ y si un día por hacerle daño a ella tomaba represalias con sus hijos? Todo esto pensaba mientras preparaba una bolsa con alimentos para el hombre que esperaba afuera. Se la dio sin abrir demasiado la puerta  y luego se dirigió hacia el teléfono.

Anda un pobre viejo cubierto de harapos pidiendo limosna por las casas. Vive sucio, tiene la piel curtida y oscura, el pelo blanco y una barba de varios días. Alrededor de los ojos se le marcan esos surcos que deja el mucho reír o el mucho sufrir. Si no repugnara al olfato inspiraría ternura.
Lo veo por la ventana. Luego de tocar el timbre espera a que alguien lo atienda. Lleva una bolsa de arpillera en la mano. No hay nadie en la casa, sólo yo que acabo de llegar del colegio.
-   Buenas tardes…
-   Buenas, niña, ¿no me da algo pa’ comer?  
-          Sí, espere un momento.
Pobre viejo. Qué pena da el desamparo a un corazoncito de trece años. Le preparo un sándwich y agrego unas pasas de uva, alguna fruta.
- Aquí tiene, señor.     
- Gracias, gracias, niña.
El viejo se acerca sonriente. Se acerca demasiado. Me turbo, me paralizo. Me sorprendo ante el beso en la mejilla que él me da agradecido. Me debato entre la repugnancia y la ternura. Gana la indignación: viejo de mierda, me ha estrujado un pecho con la mano temblorosa y una expresión de lascivo agradecimiento se imprime para siempre en mi memoria de adolescente.