jueves, 7 de octubre de 2010

CAPÍTULO SIETE

A las seis y media de la mañana del 23 de noviembre de 1977 hacía quince minutos que se había levantado a  estudiar. Para no despertar a su sobrino que dormía en la misma pieza se fue a vestir en el baño. Le pareció  oír unas voces extrañas, voces de hombre, tal vez en la vereda, pero era raro a esa hora. Después, cuando el chico dijo que él había escuchado “la voz de Dios”  a Renata le corrió un frío por la espalda. Sentada en el inodoro con su camisón celeste calculaba que le faltaban veinte días para el examen, pero ella quería que fuera para un diez, porque uno de los integrantes de la mesa era un profesor de quien estaba perdidamente enamorada. Casi un mes antes el corazón se le salía por la boca pensando cómo haría para no morirse de los nervios llegado el momento. Cuando se estaba lavando la cara (jamás lo podría olvidar porque lo hacía mirándose en el espejo y sus pupilas dilatadas se le grabaron para siempre en la memoria), desde la ventana le llegó el rugido de una bestia que se acercaba, un bramido escalofriante al que en fracciones de segundo se sumó primero la vibración, después el sacudimiento del suelo, de las paredes...
 Es tan pobrecito el lenguaje, tan limitado, que lo que ocurre en lo que lleva un suspiro, no se puede contar sino en largos minutos de palabras y palabras trabajosas que no alcanzan para reflejar lo vivido. Ni siquiera la mente recordando resulta tan veloz como al momento de suceder las cosas, cuando percibe, razona, decide, actúa.
La electricidad se cortó. Renata desechó todo intento de vestirse, y salió con su camisón celeste, primero a despertar al sobrino, para luego saltar hacia la pieza de la hermana que dormía con su beba de dos años. Había que salir afuera rápidamente, porque nunca una casa, por más antisísmica que fuese era garantía de seguridad. Iban las dos chicas y los dos niños en fila india hacia la puerta de salida, y las paredes del comedor se balanceaban como la cabina de un barco. Se trabó la llave, y durante unos segundos creyeron que quedarían atrapados. Al fin la cerradura cedió y corrieron a abrazarse al tronco del enorme pino de la vereda. No en vano habían aprendido que las raíces de los grandes árboles son una defensa contra las grietas que suelen abrirse en el suelo. La calle se ondulaba como un río crecido. Al bramido estremecedor de la tierra en movimiento se sumaba el griterío de la gente, los cacareos y chillidos de aves, los aullidos de los perros. Enseguida empezó a ahogarlos la nube de polvo que se levantó del derrumbe de una antigua bodega que funcionaba a media cuadra, y que conservaba todavía algunas paredes de adobe. A nadie le importó verse en el medio de la calle en ropa interior, ni que los vecinos lo vieran. Aquel infierno duró dos interminables minutos, y nunca como en ese instante Renata tuvo la verdadera noción de lo relativo del tiempo. Cuando el temblor terminó, su sobrinita, en brazos de la mamá dijo:
-          Pashó el ten...
Es que a cien metros pasaba habitualmente el Ferrocarril San Martín, que todavía en ese tiempo tenía su línea entre Retiro y San Juan, pasando por Mendoza. 
Cuando estuvieron seguras de que había cesado todo regresaron a la casa, pero entraron con muchísimo cuidado, verificando que no se les cayera un trozo de cielorraso encima. El niño estaba aterrorizado, y tuvo primero una lipotimia y luego vómitos y diarrea como consecuencia del susto.
Renata encendió una radio a pilas: las emisoras locales estaban mudas, a causa del corte general de energía. Era otro de los mecanismos de seguridad previstos para casos de sismos intensos: pasado cierto grado, un sistema automático interrumpe el suministro. Sintonizó una emisora de Chile que ya estaba dando cuenta del temblor, aunque todavía no había precisiones sobre dónde había sido su epicentro.
Su cuñado estaba en Buenos Aires, y sus padres en La Rioja. Habría que enviar urgentes telegramas para avisarles que estaban sanos y salvos, especialmente porque en Buenos Aires la prensa siempre se caracterizó por exagerar todo cuanto tuviera que ver con desastres ocurridos en las provincias. Era la manera más segura de vender más diarios cuando todavía el periodismo escrito tenía una incidencia mucho mayor que la televisión. Al rato empezaron a llegar amigos para ver cómo estaban. Todo el que contaba con alguna movilidad se ocupó de hacer la recorrida entre familiares y conocidos para interesarse por su estado físico y el de sus pertenencias. Renata aprovechó para ir hasta el Correo Central a mandar los telegramas con Elías, uno de los amigos más queridos, esa clase de gente generosa y solícita que siempre está a mano cuando hace falta. La cola para los telegramas llegaba hasta la calle. Desde pleno centro de la ciudad, hacia el este, se veía una colosal nube de polvo. 
A eso de las nueve de la mañana ya se sabía que el epicentro había estado cerca de la Sierra del Pie de Palo, y que la ciudad más afectada por el terremoto más intenso en los últimos treinta y tres años era Caucete, a menos de treinta kilómetros de San Juan. 
Dentro del correo, Renata sintió de nuevo que se le erizaba la espalda cuando vio el gran reloj eléctrico en la pared, parado a las seis y treinta, la hora fatídica en que comenzó la catástrofe. La ciudad de San Juan había resistido, salvo algunas grietas en paredes y roturas de vidrios, vitrinas, vajillas. Pero hacia el este el panorama era horroroso. El suelo se había abierto en grietas de más de dos metros de ancho y profundidad incalculable; había aflorado agua caliente de napas cargadas con azufre. Las bodegas habían perdido ríos de vino: miles de damajuanas de tintos viriles rotas y esparcidas en medio de una laguna morada; toneles de aristocráticos espumantes rajados desparramando su contenido; botellas pulverizadas de mistelas y oportos atrayendo con su dulzor nubes de moscas.
Además de los cientos de muertos aplastados entre escombros o tragados por las grietas, hubo quienes, presas del pánico se arrojaron por ventanas de pisos altos dando un estúpido fin a sus vidas, en un afán absurdo de matarse para no morir. También las pestes amenazaban proliferar en medio del calor del verano inminente.

viernes, 1 de octubre de 2010

SEXTO CAPÍTULO

VI
La vuelta de la democracia también significó que muchos empezaran a rasgarse las vestiduras por hechos de los que, o habían estado en la luna o habían negado abiertamente. Renata jugó a la payana  con una muchacha que luego fue muerta por el ejército represor, y desde sus más tiernos años tuvo conciencia de vivir en un país del Tercer Mundo, que jamás se liberaría sin luchar. También su hermana pudo haber sido una desaparecida, tal vez la misma Renata, si hubieran elegido otro camino para la lucha. Toda su adolescencia transcurrió en ese ambiente disociado de miedo y rebeldía. 

En todo el mundo recién comenzaban a romperse las estructuras autoritarias que marcaron una larga época de la humanidad. Su propia familia estaba conformada según un modelo autoritario, y si hubiera podido analizar esa circunstancia con una objetividad que le estaba vedada por ser parte de ella, habría comprendido y hasta habría perdonado a su padre. Fernando, quien quedó huérfano a los dos años de edad fue enviado a un colegio religioso de sacerdotes salesianos en González Catán, lejos de su joven madre que de la noche a la mañana se convirtió en una empleada del Correo, con seis hijos para mantener. Arrancado del hogar, desprovisto del amor fundamental y sometido al rigor de los claustros, aprendió el autoritarismo de la mejor fuente, pero también su descontento alentó una rebeldía, que, aunque reprimida, supo transmitir a sus hijas, a quienes educó, aun declarándose ateo, llenas de los prejuicios cristianos en lo privado, pero con aspiraciones de liberación en lo social.  

En una de esas mañanas de radio Pedro entrevistó a un escritor a quien, durante el Proceso, jamás se le había dado cabida en los medios. Al hablar sobre los asuntos que elegía para sus cuentos dijo que consideraba falto de ética aprovechar ciertos temas de la realidad que están sin resolver para elaborar obras de arte. Según su opinión, utilizar a los desaparecidos para escribir un cuento o producir un  programa de televisión, lo único que daba como resultado era un panfleto. No se trataba de ignorar la realidad, sino de saber tomar cierta distancia, no para ser objetivo, que la objetividad es un cuento chino, sino para no enceguecerse con ella. Y Renata disfrutaba escuchando, y pensaba cuánta verdad encerraban aquellas palabras, qué sencilla suele ser la verdad dicha por quienes la practican sin hacer ruido…
 Así, en silencio, desde  una pared en la esquina de Sarmiento y Pellegrini, Renata sintió la mirada escrutadora que el Che le dirigía desde un afiche político. Otro tema ese, del cual antes nadie hablaba, y ahora resultaba ser bandera de todos. Como Eva, la loca ambiciosa y trepadora, la que le ponía los cuernos a un Perón impotente, la que hizo a algunos celebrar el cáncer. Supo ser propiedad exclusiva de aquellos grasitas que la veneraron en sus santuarios cursis al lado de Gardel y la Madre María, pero rayando el fin del siglo cantaba en inglés “Dont cray for mi, Aryentina” desde cualquier disquería.

Pudo haber sido mi padre, pero hoy lo siento como si fuera el hermano mayor que no tuve. Tal vez nunca pude asimilar su imagen a la de un padre porque el mío, el carnal, era un hombre severo y adusto hasta el autoritarismo, en cambio él simbolizaba liberación, ruptura con el sistema, juventud.
Es posible que treinta años después idealice la comprensión que tenía en aquel momento sobre quién era ese hombre. Yo tenía diez años. Sin embargo, la inmensa congoja que sentí al conocer la noticia de su muerte es un recuerdo vívido, no idealizado ni agigantado por el paso del tiempo.
Era una noticia esperada; en los días previos, la onda corta superaba  miles de kilómetros y en medio de chirridos y ecos siderales, unas voces familiares y graves llegaban desde el “Territorio libre en América” a la intimidad de mi casa adonde los inquisidores de turno (secuaces de Onganía) no podían entrar para impedirlo. Las novedades eran sombrías: se había cerrado el cerco militar sobre el diezmado grupo de idealistas y de su paradero, el de él, nada se sabía… En mi cabeza de nena de diez años aparecían desmesurados por el desprecio y el miedo unos hombres morochos con uniformes verdes y gorras, amenazantes, y otros, altos, rubios como mormones y con sonrisa estúpida, que eran los yanquis complacidos por las acciones de los primeros. Y en medio de todo surgía la voz firme de Fidel Castro lanzando sapos y culebras con gracia caribeña, contra los enemigos de la Revolución. La misma voz que al fin se tuvo que quebrar para anunciar que el amigo entrañable, el hermano, el cubano por amorosa adopción, el Che, había muerto, fusilado, tal vez traicionado, en algún punto de la selva boliviana, en la tercermundista y subdesarrollada Bolivia que paradojalmente le daba la espalda a quien soñó su liberación.
Después, la lectura de algún ejemplar del diario cubano Granma, venido por correo y milagrosamente escapado de las requisas censoras. Mi hermana y su grupo de amigos (mayores que yo) cantaban con la música de “Guantanamera”: “al Che Guevara/ le canto yo esta canción/ al Che Guevara/ con pena en el corazón”. “América está que arde/ y todo un fuego será…”  


Y yo, con mis diez años, creía en eso, creía que debía ser así, y que aquel hombre a quien nunca podría haber conocido me marcaba un camino que no era posible eludir. Después crecí y descubrí los atajos, pero esa es harina de otro costal.
De cualquier manera, tengo motivos para negarme a ir al cine a ver películas basadas en su vida, hechas “para los que lo amaron y para los que lo odiaron”, es decir, historias híbridas y anodinas, que hacen quedar a sus realizadores como revolucionarios pero no tanto, supuestamente imparciales y humanos. Tengo motivos para que me disguste ver su imagen impresa en remeras, vendidas al mismo precio que las que llevan la lengua de los Rolling Stones. Cuanto más para sentir asco por la anunciada estampilla que cierto cucarachesco gobernante dijo que se lanzaría al mercado filatélico. En fin, no puedo tolerar que con la muerte de mi hermano fusilado cuando yo era una nena se esté haciendo un negocio gigantesco, ni demagogia preelectoral, ni confusión permanente.

Vivir sano en un país de esquizofrénicos raya lo heroico. Según la interpretación de muchos, el detonante para la recuperación de la democracia fue la guerra de Malvinas. La plaza de Mayo desbordaba (¿cien mil, ciento cincuenta mil personas?) aquella jornada en que Alexander Haigh – el representante de los hijos tontos de Inglaterra- vino a negociar con el general que pasó a la historia como un borracho con delirios de soberanía. La gente colmaba la plaza porque se hizo eco de una causa justa, pero la guerra se había perdido antes en lo político que en el campo de batalla. Pudo haber sido una formidable oportunidad de cambiar el orden mundial. Si Argentina se hubiera aliado con quienes debía, si juntos hubieran planteado no pagar más la deuda externa… Allí estaban Venezuela, Perú, Cuba, Nicaragua y México, Libia, dispuestos a ayudar. Pero, claro, los gobernantes no pudieron dejar de ser gorilas. Era una quimera creer que serían capaces de oponer al poderío escalofriante de las armas de la OTAN una herramienta política que estaban muy lejos de sostener.
Meses después hubo elecciones, se votó a representantes legítimos. Sin embargo, la misma gente que había vivado con entusiasmo el arranque de patriotismo del gobierno militar, como si se tratara de miles de doctores Jeckyll y señores Hyde, ahora sólo hablaba de “los pobres soldaditos” a los que los milicos mandaron a la guerra. Y sin embargo, qué fieros hombres fueron, los que dejaron su sangre en el páramo de Malvinas, los que fueron a dar con sus huesos al fondo del mar, los que ahora venden calcomanías en los trenes porque nadie los reconoce como héroes…Es ese dejo de ezquizofrenia colectiva que todo lo confunde, porque convocados por la televisión todos los argentinos eran capaces de donar sus joyas por los héroes del irredento suelo patrio, pero pasada la euforia aquellos se volvieron los loquitos de la guerra, o los vagos que no quieren trabajar y entonces piden limosna.
Mucho antes de conocer a Renata, Raúl había tenido los primeros indicios de su desequilibrio. Su padre, terriblemente autoritario y confeso admirador de Mussolini, deseaba para él un destino de militar o clérigo. Proviniendo de una familia de inmigrantes pobres, sin el menor contacto con la aristocracia criolla ligada a las vacas, era imposible soñar con el ingreso al Colegio Militar, a pesar de las dotes intelectuales brillantes del muchacho. Y como una burla del destino, era clase 1957: se eximió de hacer la conscripción por pertenecer a esa camada de jóvenes que cedieron paso a quienes empezaron a “servir a la patria” a los dieciocho años, en lugar de hacerlo a los veinte. Entonces tuvo que soportar las recriminaciones del progenitor, como si él hubiera tenido la culpa de que se reformara la ley del servicio militar. Así es que tampoco pudo tocar la gloria de participar ni siquiera como reserva en esa guerra fugaz. En su fuero íntimo, hubiera deseado que su nombre figurara en una de las lápidas de mármol en la Plaza San Martín; una muerte heroica en el helado suelo malvinense era en sus fantasías, algo mucho más digno de sí que el tener que resistir diariamente una realidad crítica, para la que estaba escasamente pertrechado. Desde que tenía tres años sufría por otra culpa ajena, que ese padre tosco y soberbio, de una religiosidad rudimentaria que lo inhibía de rebelarse contra Dios por la muerte de su jovencísima mujer, cargaba contra el más débil: un mediodía, al regreso del trabajo la encontró tirada en el piso, descoyuntada y fría. A su lado el pequeño Raúl, ya sin lágrimas, con los ojos salidos de sus órbitas, en estado de shock. Renata nunca logró saber cuál había sido la enfermedad que lo dejó huérfano, o si se trató de una caída accidental por una escalera, o de un suicidio. Él hablaba sobre el tema muy de soslayo y con una sonrisa que dejaba traslucir un dolor nunca cicatrizado, de modo que ella jamás quiso escarbar en esa herida.


Más tarde, y para no llevar una vida disipada ni brindar un mal ejemplo a sus hijos, el viudo se casó con una mujer que era el polo opuesto de la anterior: fea, en edad de ser considerada solterona y autoritaria como un sargento. Ese matrimonio no duró diez años. Y si bien Raúl tuvo un sustituto de su madre, esta madrastra típica de cuento romántico le brindó un amor escaso, raquítico. Su prioridad no eran los niños, sino su carrera de bioquímica y docente universitaria, y en todo caso las dotes maternales conque cualquier mujer viene al mundo  las volcó sobre el hijo que concibió más tarde, cuando Raúl ya era un muchachito que terminaba la escuela primaria. Por eso, después de una tortuosa relación con una chica epiléptica buscó la protección de otra madre sustituta: la Iglesia. Ingresó al seminario intentando en forma inconsciente cumplir con el segundo mandato paterno.
Allí conoció a Monseñor Raymundo O’Neill, cuyo ascetismo contrastaba con la imagen que tenía Raúl de los sacerdotes que llegan a las altas dignidades de la Iglesia. A más de uno había visto exhibiéndose asiduamente en los canales de televisión, paseando en autos último modelo, o haciendo compras en negocios exclusivos, en una ostentación de riqueza que ya fue objeto de polémicas y cismas en remotos siglos El único pecado del Irlandés, como lo apodaban todos los seminaristas, parecía ser la jactancia vanidosa de portar el apellido más antiguo de la Europa céltica, y una carga etílica en el torrente sanguíneo, heredada de sus ancestros, que lo hacía abstemio hasta del vino de misa. Raúl lo tuvo como confesor, pero no para arrodillarse y contarle sus pecados, sino en charlas mano a mano (a veces encendidas discusiones) y con el mate amargo que iba y venía incansablemente.
- Esto no es fácil, muchacho. Acá venimos a intentar domar el potro que llevamos dentro. Pero hay que ser honesto; no intentes engañarte a vos mismo. – decía el viejo cruzando y descruzando sus dedos largos. Tenía el dorso de las manos pintado de incontables pecas, y la piel áspera.
- Tarde o temprano uno se da cuenta si lo podrá domar o no. Es mejor que sea temprano.-
Miraba a su interlocutor con unos ojos tan azules y profundos a los que era imposible ocultar nada.
-          Yo casi no tuve oportunidad de ponerme a prueba. Mi madre me mandó al seminario a los nueve años, una crueldad. Hoy, que existen los derechos del niño, iría presa, pobre vieja.
Raúl imaginaba a ese niño de nueve años llorando en silencio y sin consuelo, con la mirada concentrada en un hipotético sur, donde tal vez se encontraría Rosario, tratando de comunicar a una madre obcecadamente irlandesa su deseo de escapar de aquella cárcel monacal, en un gesto de temprana y mansa rebeldía, sin otro deseo que romper con el mandato familiar que lo obligaba a ser, de los tres hijos, el sacerdote. Y luego, descubriendo el recurso poderoso conque contaba, mucho más eficaz que las lágrimas: su lengua materna, en que pudo escribir el llamado de auxilio sin ser descubierto por los curas carceleros.
-          Los curas estaban encantados conmigo por los progresos que hacía en el estudio del inglés, pero no se les ocurrió revisar lo que les escribía a mis padres.
Pese a todo, el Irlandés se tuvo que quedar nomás en el claustro. Era su destino; en sus tiempos no se estilaba que los niños cuestionaran las decisiones de sus mayores,  ni que opinaran sobre ningún tema.
Raúl en cambio no alcanzó a completar un año dentro del seminario. Era un tipo de una rica vida interior, pero la falta de afecto le había vuelto la existencia como una embarcación con el timón dislocado por las tormentas. Por suerte los consejos de su director espiritual no cayeron en saco roto. El plan de estudios se esbozaba a grandes rasgos en dos años de Filosofía y cuatro de Teología, con una práctica pastoral que podía iniciarse antes o después, de acuerdo con las dotes e intereses de cada aspirante a religioso. Algunos llegaban al diaconato antes de terminar los estudios, otros recién recibirían el Orden Sagrado como sacerdotes al finalizar los seis años. Pero no era esa perspectiva la que lo asustaba. El potro que debía domar no era solamente asumir el celibato cuando ya tenía una larga experiencia erótica y desde sus inicios no había pasado jamás temporadas de abstinencia. Otro obstáculo para asumir una profesión religiosa fue el ser un consecuente militante de las causas perdidas. Era de los que creen que para modificar las instituciones hay que hacerlo desde dentro. Su generación había visto inmolarse a curas como Mugica o Angelelli, entre tantos, sin que la Iglesia, a la que Raúl comparaba con un elefante que avanza lento e indiferente, valido de su tamaño y aplastando todo lo que se interpusiera a su paso, hubiera pestañeado. No, no era el martirio la forma de transformarla. Había que provocar la revolución nacional también en el seno de la Iglesia: promover la lucha de clases entre laicos: neutralizar a la Acción Católica, ese antro de mediopelos divorciados de los humildes y los trabajadores y que sin embargo predican de los dientes para afuera la opción por los pobres. Nenes de mamá que misionan entre los tobas y se llenan la boca divulgando que trabajan en la villa, pero cuando vuelven a su casa de San Isidro se bañan con desinfectante y comen comida ligth; exterminar al Opus Dei, una organización clasista y aliada a los poderes políticos y económico-financieros mundiales. Aliarse con sectores de las Fuerzas Armadas afines, para que también la Iglesia contara con su “brazo armado”, eran algunas de las explosivas ideas que el aspirante a cura disparaba a quien tuviera la paciencia de escucharlo.
- No, Raulito. En todo caso, lo tuyo será la política – le decía Monseñor O’Neill.- Somos ministros de Dios, y la misión de la Iglesia no es dar soluciones para este mundo, sino preparar a nuestros hermanos para el mundo que vendrá. Por eso, si tengo que darle la comunión a Martínez de Hoz, como representante de Dios estoy obligado a hacerlo, aunque yo hombre desearía pegarle una patada en el culo.
-  Pero Jesús sí fue capaz de echar a los mercaderes del templo- refutaba él.
-  Jesús era Dios, no un triste curita argentino.
A pesar de su discernimiento revulsivo, Raúl aceptaba mansamente los dogmas religiosos. Jamás puso en tela de juicio la virginidad de María, el celibato de Jesús y sus apóstoles, la existencia de ese complicado ente llamado Santísima Trinidad, ni todo aquello que para Renata resultaba, si no mentiras retorcidas de “los curas”, reverendas e ingenuas huevadas propias de una época infantil de la humanidad, cuando era posible que un hombre caminara sobre las aguas del mar sin hundirse, o que el mismísimo Dios charlara como cualquier hijo de vecino con sus elegidos. Si en algún momento comulgaron juntos fue porque sus creencias tenían un punto de contacto más en lo que el cristianismo tiene de fenómeno cultural que en lo referido a lo litúrgico. Ella provenía de una familia de padre ateo, de-formado en sus más tiernos años en un Colegio Católico e inmune para siempre a todo lo que tuviera que ver con la Iglesia, y de una madre indiferente, hija a su vez de un sajón protestante. La religiosidad de Renata fue débil y ciclotímica. Tomó la primera comunión a los veinte años por la crisis existencial que le provocó ver la muerte de cerca durante el último año en que vivió en San Juan. Experimentó en carne propia lo que es literalmente que a uno se le mueva el piso y se le caiga la estantería: sufrió el terremoto del 23 de Noviembre de 1977. Toda su vida hasta los veinte años transcurrió en ese suelo movedizo y traicionero, pero los temblores de tierra a los que estaba acostumbrada no fueron nada comparados con ese fenómeno cuya onda expansiva llegó hasta Buenos Aires. Su cultura sísmica se venía desarrollando desde que nació, y tenía recuerdos de muy pequeña en reuniones familiares en que los mayores contaban anécdotas de otros terremotos: el del 44 y el del 52. Fernando y Lucy, sus padres, eran de los que enseñan a los hijos no los peligros de la vida, sino que la vida es peligrosa. De manera que Renata tenía un caudal de conocimientos sobre previsión de situaciones catastróficas, prevención de enfermedades, higiene, primeros auxilios, salvataje y otras linduras. Todo eso había aprendido en el hogar familiar, y algunos disfrutes relacionados con el intelecto, la naturaleza y el arte. En cuanto a los placeres del cuerpo, nada. En ese aspecto fue una autodidacta desde chiquitita. Haciendo gimnasia por su cuenta descubrió una vez una sensación deliciosa en el centro de su vientre, viniéndole desde algo que tenía entre las piernas y que ella no sabía aún nombrar. Luego descubrió que podía provocarse esa sensación inicialmente casual, y se dedicó a la práctica excitante de sus posibilidades de placer. Pero no se le escapaba que todo lo debía realizar a escondidas, porque sentía terror de que la descubrieran sus padres. Ellos debían comportarse de la misma manera, sólo que a veces se descuidaban un poquito.

La oscuridad es atroz. Perros monstruosos ladran de miedo. No puedo conciliar el sueño, y cuando recuerdo que al día siguiente deberé ir a la escuela, la angustia me asfixia.
¿Qué le hace mi papá a mi mamá? ¿Por qué se mueven tanto? Ella se ríe como debajo de la almohada, pero también se queja. Y yo, al borde del llanto, me revuelvo en la cama.
Ellos no me dejan dormir; en lugar de venir a tranquilizarme, no me dejan dormir. ¿Qué están haciendo? Es algo horrible. Mi mamá gime, mi papá gruñe. Me caigo de la cama. No me caigo, me tiro para llamarles la atención. Y lloro.
-  Mocosa de porquería, ¿a qué hora te vas a dormir?



domingo, 26 de septiembre de 2010

CAPÍTULO CINCO


Dicho todo lo anterior con respecto a la "Inseguridad Internética", y pendiente aun el retrato de un sinvergüenza, va pues el quinto capítulo de TARDE:





V

Esa noche hicieron el amor. Al cabo de casi diez años ella recordaba esa noche como una de las pocas en que disfrutó con Raúl. Ambos eran presa de un rapto místico. Él estuvo particularmente delicado y la supo macerar lentamente, la hizo sentir grande y poderosa, y por esa única vez se quedó con ella cuando todo acabó, se quedó todavía acariciándola.  Sólo esa noche fue capaz de no correr a prender el hediondo cigarrillo de costumbre. El hecho de haber llorado juntos, de haberse perdonado esa culpa que compartían, el hecho de que él siempre tuviera un pasaje del Nuevo Testamento para aplicar a la vida cotidiana lograron ablandar a Renata. A la mañana siguiente se levantó tarde y encontró escrito en los azulejos de la cocina un cartel que dejó Raúl: “Dios ha entrado esta noche en esta casa. Ha derribado un templo viejo. Cristo me ha mostrado su cara. He vivido sus tormentos, su muerte y su resurrección.”  Renata lo aceptó, y el cartel estuvo allí durante algunos días, hasta la siguiente crisis. También el rapto de enamoramiento se fue borroneando con los días. Es que él no podía ir contra su naturaleza. Y ella, con disgusto al principio porque se contradecía con lo que creyó toda su vida, tuvo que aceptar  que no podría mantenerse enamorada de él porque le producía un rechazo físico. Renata había aprendido que el amor físico era algo secundario, que venía por añadidura. Jamás vio a sus padres darse besos de amor, y en la familia todo lo relativo al cuerpo y al sexo era considerado bajo, sucio. Sin embargo, la experiencia le demostraba que no habiendo atracción física la vida en común era imposible. Compartir la cama, sentir el roce de la piel de una persona que le daba repulsión era como un castigo que no estaba dispuesta a aceptar. Para colmo, el vínculo establecido con Raúl se basaba en fuerzas imposibles de equilibrar: por un lado él la necesitaba como la madre que perdió, pero quería ejercer el poder del hombre tradicional, de autoridad inapelable. Y se escudaba en Dios. A ella le aburría escucharlo siempre como si fuera un predicador fundamentalista.
Además siguió sintonizando la radio cada mañana, como el alimento que necesitaba para nutrir el vacío. Y volvió a escribir cartas, y a quedar en suspenso al recibir la respuesta de Pedro, que a esa altura ya era el hombre con quien engañaba a su marido, aunque nunca le había visto la cara. Porque después de la noche mágica con Raúl no pudo aceptarlo más sin sentirse incómoda, molesta y sin preguntarse cómo sería hacer el amor con otro. Con el otro.
“27/9/90
“Querido Pedro:
Vuelvo a escribirle porque siento necesidad de hacerlo. Supongo que en algo retribuyo a su vocación de entretenerme, pero, además, porque la búsqueda de mí misma recién empieza. Sus cosas me llegan muy profundamente, aun cuando a veces se ponga oscuro como un poema y no lo entienda, pero percibo su belleza. Otras veces me dice cosas perturbadoras. Me ha llamado cobarde. Tuve mis razones para serlo. Yo sé que alguna vez  me habré librado de esta lucha entre el deber y el querer, y sin previo aviso iré a conocer el envase de esa voz…”
“…Cuánta profundidad en la aparente sencillez de este entretenimiento. En medio de la desgracia de vivir en este país tan sufrido, tan castigado, tan traicionado, al menos nos queda la posibilidad de escuchar esto que no debe haber en ninguna otra parte del mundo…
Habló usted de la reunificación alemana y de nuestro sueño de reconstruir la Patria Grande Latinoamericana. Es difícil imaginar que ese sueño se pueda concretar algún día, dado el retroceso en que se encuentra el pensamiento nacional. Tal vez, como en la Europa Oriental, se trate de dar una batalla cotidiana en el campo cultural, y confiar en la Providencia…”
“…me entretuve observando a dos mujeres sordomudas que mantenían una sostenida conversación por señas. ¿Cómo serán los bemoles de una sostenida conversación? ¡Cuánta expresividad, cuánto entusiasmo por comunicarse! Y nosotros, los que contamos con todos los sentidos intactos, a veces no los aprovechamos. Pensaba, viendo a estas dos mujeres, que ellas no pueden disfrutar de la maravilla de la radio, por ejemplo. ¿Cómo será ese mundo silencioso, o tal vez poblado de ruidos amorfos?...”
“…le causó gracia mi mensaje telefónico en que le dije que me había “dado en la matadura” con la zamba “No te puedo olvidar”, y prometió hablar en otra ocasión sobre esa expresión…”
“5/10/90: Sí, es verdad, hoy estuvo muy musical, muy apropiado para un día de lluvia. Cuando vivía en San Juan me gustaba la lluvia, porque era una rareza. Pero a tantos años de vivir en Buenos Aires ya estoy saturada de ver caer agua...”
Se restableció la comunicación mágica que consistía en que Pedro, sin nombrarla, respondía las cartas de Renata, la atraía, la hipnotizaba. Ella lo proveía de poesías y trozos literarios, de anécdotas y sensaciones, y era evidente que sin haberse visto jamás conocían y compartían el mismo mundo sensible, conformado por una memoria común, una identidad cultural compuesta por aquellas vivencias que los identificaba como miembros de una misma generación, y eso los los tornaba afines.
Una tarde en que estaba sola atendió el teléfono: era él. Esta vez la llamó decididamente para proponerle que se conocieran personalmente. Le confesó que no podía dejar de pensar en ella, que desde hacía un tiempo, en determinado momento del programa se abría una bisagra a partir de la cual sólo hablaba para ella.
- Ya lo sé – se escuchó decir Renata, admirada de su aplomo.
Pedro estaba  apasionado, y su voz no era la pausada y cadenciosa de las mañanas, sino una catarata de deseo. Le habló de Omar Khayaam; de que probablemente ya se habían conocido  en vidas anteriores... le rogó que fuera a visitarlo a la radio cuando quisiera. Renata, temerosa  por esta experiencia inédita y por la advertencia de Raúl no se animó a ponerle fecha al encuentro.
-          Es absurdo que sigamos sin conocernos -  remató Pedro – te  seguiré esperando.
Cuando cortó tenía deseos de gritar, de cantar, de bailar. Sonó nuevamente el teléfono.
-          ¿Señora Renata?
-          ¿Sí?
-          Buenas tardes. La llamo del instituto. Su hija María terminó la clase de dibujo hace media hora y está esperando que la venga a buscar...
Se dio una palmada en la frente y corrió a buscar la cartera. Cuando estaba saliendo, el teléfono volvió a sonar. Titubeó.
-          ¿Hola?
-          Soy yo otra vez – dijo Pedro.
-          ¡Ay, Dios mío! Por conversar con vos me olvidé de ir a buscar a mi hija.
-          Bueno, yo sólo te quiero dejar mi número de teléfono. Cuando tengas ganas, llamame.
Renata lo anotó y salió corriendo. Pedro Cerezo  le había confiado el teléfono de su casa.







PREVIAMENTE AL CAPÍTULO V...

Hace unos días un amigo que me quiere bien, lector de este blog, me aconsejó "tener cuidado con los chorros" y con los "rateros", porque teme que a alguien se le ocurra robar alguna idea de mi novela y publicarla por ahí. Eso ya ha pasado en ocasiones, casos muy burdos en que hasta escritores consagrados plagian y roban descaradamente a otros escritores, y mandan obras a concursos, y hasta ganan con el producto de sus afanos... Hubo alguno en que el escándalo redundó en más difusión de la obra, y el autor verdadero salió beneficiado, además de indemnizado económicamente.

Inscripción en el Registro de la Propiedad Intelectual  N° 984162
Segunda hoja de Inscripción en RPI














Puedo asegurarles que no estoy especulando con que ocurra eso; simplemente, ya lo dije al principio, como en su momento no pude publicar "Tarde", y tuve tantos dolores de cabeza y disgustos relacionados con ella, después de años de no querer ni siquiera releerla, me decidí a darla a conocer por medio de un blog, como una manera de quitármela ya de encima y echarla a andar, como un niño que ya pesa mucho y no se puede llevar más en brazos.  


Primera hoja de Contrato, con la firma de Isla
Anexo al Contrato de Impresión
Inscripción en la Cámara del Libro

Al amigo que me aconsejó tener cuidado con los ladrones, le respondí que estoy tranquila porque tengo cómo demostrar que todo lo que publico es de mi cosecha. 
Tengo copia de la inscripción en el Registro de la Propiedad Intelectual, del contrato firmado con la ya entonces inexistente Editorial Florida Blanca, donde está la firma de puño y letra del delincuente Elpidio Isla; de la inscripción en la Cámara del Libro donde se asignó un número de ISBN (meses más tarde tuve que ir a darlo de baja, cuando supe que no se publicaría), de los recibos por el pago de la edición extendido por el antedicho delincuente editorial...

                                                                                                                                  Así que no me quita el sueño que a alguien se le ocurra la tonta y poco original idea de robarme.

Recibo del ISBN
Recibo de pago


























viernes, 24 de septiembre de 2010

UN DÍA DE ESTOS...

Un día de estos continuaré publicando los capítulos que faltan de Tarde, mi novela inédita. Sólo que tengo dudas de que alguien realmente la esté leyendo, porque no me llega nada como devolución. Así que esperaré unos días y luego veré qué hago...
Mientras tanto estoy preparando el retrato de un sinvergüenza. Ese sinvergüenza se llama Aquilino Elpidio Isla, sí, es un ser real, existe, con ese nombre. Suele vérselo por el sur, por allá por Caleta Olivia, que es su patria chica. No, no es una de esas morsas que toman sol a la orilla del mar helado, aunque físicamente se parezca a una de ellas. Pero ya sabrán más de ese personaje indeseable.


Cesare Lombroso se haría un festín encontrando características de delincuente en esta cara...


Ahora me voy a dormir y espero no tener pesadillas.

lunes, 20 de septiembre de 2010

CUARTO CAPÍTULO

Esta historia, basada en hechos más o menos reales, más o menos imaginarios, transcurre en los años '90, cuando, si existía la telefonía móvil, su uso era excepcional, no estaba generalizado como hoy en día. Tampoco el correo electrónico era algo todavía posible, así es que la comunicación se limitaba al correo tradicional, de papel, lapicera y estampillas, o bien al teléfono. Y la radio, aunque la televisión ya ocupaba s un lugar importante, no perdió nunca su vigencia, como no la ha perdido en el siglo XXI.





IV

La radio la ayudó a reencontrarse con sus raíces, a conectarse con la niña provinciana que fue. Cuando, después de unos meses de convivencia decidió casarse con Raúl, renunció a su trabajo en la concesionaria. No soportaba dejar a sus hijos solos durante tanto tiempo, y con la pensión que cobraba, más el sueldo de Raúl podían sobrevivir.
Diariamente comprobaba cuán pocas eran las cosas que tenían en común. El se abocaba, fuera del horario de trabajo, a editar una revista archi-nacionalista y católica, con la exagerada pretensión de contribuir a una revolución nacional que sólo era posible en su cabeza. Al principio, Renata colaboró con algunas tareas, pero le resultaba tan arduo adaptarse a sus arranques de dogmatismo no solo de ideas: pretendía que la vida se desarrollara como una organización vertical, y en cuanto esta locura empezó a involucrar a los niños, ella adoptó la actitud de la hembra que protege a sus cachorros.
Todas las mañanas respiraba liberada cuando Raúl cerraba la puerta y se iba a trabajar. La radio estaba prendida desde que se levantaba para mandar los chicos al colegio. La vuelta de la democracia produjo un fenómeno vivificante en ese medio de comunicación: la gente empezó a participar, a manifestarse a través del teléfono, dando opiniones, pidiendo, transformando. Cuando Raúl se iba Renata volvía a ser la dueña de todo en su casa. Ya no tenía que marcharse a la oficina por todo el día; disfrutaba por poder quedarse, aunque fuera a lidiar con las ingratas tareas domésticas. Era eficiente y práctica: todo lo hacía con rapidez, aprovechando el tiempo: lavar la ropa mientras tendía las camas; encerar los pisos, limpiar el baño, cocinar, arreglar el jardín, planchar, con energía y a conciencia, sintiéndose útil y prodigando amor a los suyos a través de su trabajo. Entonces la radio pasó a ser una compañía maravillosa. Y un tiempo después, mucho más que eso.
Cierta mañana, pasando distraídamente el dial escuchó una voz grave y cálida recitando unos versos del peruano Nicomedes Santa Cruz, con el fondo de unas guitarras criollas. 
Fue un hallazgo feliz, y ya por mucho tiempo no podría dejar de escuchar todas las mañanas ese programa. Volvió a sentir la música que de niña le había encantado, cuando en su provincia natal se hizo amiga del folklore. Y la voz cautivante del locutor la fue envolviendo con palabras que le llegaban a lo más hondo, porque él también era un provinciano que en cierta forma había sufrido el desarraigo. Se identificó con él, porque era alguien que deseaba un cambio, una revolución, pero desde la cultura y el arte, desde los afectos que ligan a la tierra, a la historia personal enlazada con la del pueblo. Entonces ella, conmocionada por este descubrimiento, también quiso participar. Alguna que otra vez llamó al programa para pedir que tocaran una canción, o para dejar algún mensaje relacionado con lo que allí se hablaba. Y era una fiesta para el corazón escuchar su nombre pronunciado por esa voz seductora, y su mensaje dicho textualmente, y una respuesta estimulante.
Era tal el caudal de emociones y recuerdos que se movilizaron en su interior, que un día tuvo necesidad de escribir una carta. Fue el comienzo de un cambio insospechado en su vida.

“…27 de agosto de 1990
“Querido Pedro: Hace muchos días, demasiados, que vengo postergando el comienzo de esta carta. Pero hoy se la anuncié por teléfono (me “sacó al aire” sin pedirme permiso), y esto me compromete un poco. No pienso hacer una apología de Pedro Cerezo, ni creo que eso le interese. Lo que ocurre es que cada función del “Teatro de la Mente” que se da por esa FM todas las mañanas, me da tema para escribir, no sé si muchas cartas o si una sola, muy larga. De donde resultará que usted sea mucho más que un entretenedor. Y aunque pida a sus oyentes que no lo involucremos en lo que hacemos (o dejamos de hacer, como es mi caso hoy, en que son las once y cuarto y en lugar de pensar qué haré de comer le estoy escribiendo), quiero decirle que su programa me da pie para expresar, tantas, tantas cosas…
Para comenzar, tomo algo que mencionó ayer: un imaginario campeonato de balero, bolitas, payana…como un chispazo surgió de mis recuerdos el haber jugado a la payana en San Juan, cuando yo tenía nueve años, con una chica que me llevaba siete u ocho, compañera de estudios de mi hermana mayor. Tenía unos ojos increíbles, verdes y enormes. Era hija de un italiano y una siria, pero la raza materna había prevalecido en sus rasgos. Por supuesto, le decían “la Turca”. Era alegre, cariñosa, y yo me sentía halagada cuando, para descansar de sus apuntes de Derecho Romano se sentaba conmigo en el suelo a jugar a la payana. Siempre me ganaba. Eran los años de efervescencia política entre los jóvenes: a ella, junto con mi hermana y un grupo grande de estudiantes los expulsaron de la Universidad Católica de San Juan por su militancia política. Más tarde se casó, tal vez en 1970. Poco a poco fui dejando de verla, y supe después que integraba las filas del E.R.P. A principios de 1976 fue muerta en Buenos Aires. De su marido no se supo nunca nada. Dejaron un niño de cuatro años que estuvo unos meses desaparecido, hasta que su abuela pudo localizarlo. Usted me removió estos recuerdos ayer, y se me ocurrió pensar que yo jugué a la payana con un personaje histórico. Un profesor de historia que tuve en La Rioja decía conocer a una centenaria  vecina del Pozo de Vargas quien conservaba, en 1973, un mazo de naipes robado por ella y sus hermanos a un soldado muerto en la Batalla de Vargas. ¿Qué le parece para poner en escena del Teatro de la Mente semejante cuadro? …pasada la batalla, al atardecer del 10 de abril de 1867, dos niños y una niña de corta edad, curiosos y excitados por el clima violento que percibieron desde su rancho al tronar de los cañones salen a merodear por los terrenos de Vargas, escapados de la vigilancia materna.  Son muy pobres, y la necesidad los sobrepone del horror que les causa ver los cadáveres ensangrentados. Entonces se ponen a revisar los bolsillos de los uniformes. No sabemos si habrán encontrado objetos de valor, pero un vulgar mazo de naipes, impensadamente, llega a transformarse en una pieza histórica…”
“28/8: Buen día, Pedro. Lo noto jocoso, alegre, como ayer, particularmente dicharachero. ¡Vaya si me da tema para escribirle hoy! Me ha puesto una zamba cantada por Tucuta Gordillo. Pero, hombre, ¿no sabe usted que lo escuchamos las mujeres casadas? ¿Por qué nos expone a enamorarnos de esa voz dulce y varonil? ¿Cómo le explico a mi marido que le quemé el cuello de la camisa celeste con la plancha, porque me quedé paralizada escuchando? Recuerdo una versión de “Tacita de Plata” que disfrutaba con una amiga en un departamentito de la calle Vidt, donde viví mi último año de soltera. Oíamos al conjunto de Jaime Torres, a Eduardo Falú cantando Resolana, los Versos del Payador Perseguido por Atahualpa Yupanqui…
Después, como para que yo siga mi viaje al pasado, me mandó “La Golondrina” por Cafrune. Me vi de pronto nuevamente en San Juan, en el comedor de mi casa del barrio Huazihul (un cacique huarpe), en un atardecer otoñal mirando un cielo rojo en el que se dibujaban las siluetas de los álamos atajadores de vientos, y algún barrilete danzando arriba, más alto, queriendo escapar de una mano infantil…  http://www.youtube.com/watch?v=SE8Q_nCFgD0
En ese comedor, sobre el aparador de estilo renacimiento italiano, heredado de mi abuela criolla casada con un gringo canadiense, la radio eléctrica, grande, pesada, de aquellas a lámpara. Por las emisoras locales, noticias, deportes, programas de entretenimientos. Después de almuerzo, un radioteatro auspiciado por Jabón Palmolive que se grababa en Buenos Aires; la voz de Eduardo Rudy; mucho, mucho folklore, porque era la época del furor. También escuchábamos radios chilenas. Lejos de Buenos Aires, la colonización cultural nos llegaba desde Santiago de Chile: Paul Anka, Brenda Lee, los Beatles. También conocí a Serrat por las emisoras de Chile. Y mis padres, como ahora lo hago con mis hijos, me iniciaban en el placer de la música clásica: Radio Nacional de Buenos Aires. No puedo olvidar las primeras vibraciones de mi espíritu descubriendo  Peer Gynt, El Gran Cañón del Colorado, Scheherazade. Los domingos, el teatro de “Las Dos Carátulas”. Tendría ocho años cuando escuché “Tú y yo somos tres”, una comedia de un español que me hizo llorar de risa. ¿Qué sería de nosotros sin la radio, qué sería de nuestras pobres vidas? Verdaderamente, el ingenio humano es maravilloso…”
Resultó una carta un tanto ridícula: en parte solemne, en parte intimista, y dirigida a un particular desconocido, ciertamente familiar porque entraba todos los días a su casa, pero no tenía rostro. Depositarla en el correo fue un gesto sacramental: a partir de ese momento comenzó a vivir en excitación permanente. A los pocos días Pedro le respondió. Dijo algo así como que se sentía orgulloso de tener oyentes que le escribieran cosas tan bellas, y leyó al aire algunos párrafos. Luego programó la música que a Renata le gustaba. Nació entonces un encantamiento, un proceso mágico en el que se descubrió pensando en las cosas de las que después él hablaba, y desde luego, se sintió estimulada  a seguir enviando cartas. Ahora bien, un detalle nada sutil, pero absolutamente no elaborado en forma consciente, fue que a continuación de su firma, registró en la carta su número telefónico.
Una semana después, cuando Raúl ya había vuelto de trabajar, sonó el teléfono. Renata atendió desprevenida. Era Pedro. Creyó que se iba a desmayar; el corazón le daba saltos mortales. Era muy diferente escuchar esa voz por teléfono, exclusivamente para ella, que por la radio y para el público en general. Pedro fue muy afable y correcto, y le dio enfáticamente las gracias por haberle escrito. También la invitó a visitar la radio cuando ella quisiera. Renata se lo agradeció sin comprometerse, y  se despidieron. Cuando regresó a la cocina junto a Raúl sus ojos estaban luminosos, y como no tenía pensado ocultar ni mentir con relación al acontecimiento, se lo contó. Raúl hizo un esfuerzo por ser civilizado, pero un ramalazo de celos le abrasó la cara.
-          Ese debe ser un vivo que se levanta minas por la radio… ¡Tené cuidado, eh!
Ella contestó con un mohín indignado. Esa misma noche se puso a escribir nuevamente.
“...11/9/90
“Querido Pedro:
Usted me dice que no es habitual recibir una carta como la que le mandé hace unos días, pero mucho menos lo es que a una la llame por teléfono a su propia casa alguien como usted. Fue sorprendente y muy emocionante para mí. Es un gesto que habla de su calidez y de su sensibilidad, y una, como oyente percibe que del otro lado hay una persona, no un pedazo de madera frente al micrófono (... hay cada tronco haciendo de locutor…)
Acepto su invitación a visitarlo: no, no tengo miedo de romper la magia. Sólo que el día que vaya… ¡me perderé el programa! ¿Le parece bien el jueves de la próxima semana?
Ayer, después de que usted acusó recibo de mi carta y luego sutilmente me contestó algunos párrafos (yo sentía verdaderamente que hablaba  para mí) y antes de que se me escapara la idea anoté: este programa es una sucesión de emociones demasiado fuertes. Admiro a la gente que puede expresar mucho con pocas palabras, es difícil decir lo que deseamos con nuestro limitado lenguaje humano. ¿Fue en su programa que escuché que el único lenguaje universalmente valedero es el de los gestos?”
Fue otra misiva larga, llena de citas de libros, algunos poemas que después Pedro leía como entregado a un acto de amor.
El encantamiento se acrecentó. Ahora podía percibir claramente que en determinado momento del programa Pedro se dirigía  sólo a ella. En esos instantes Renata se paralizaba y dejaba en suspenso cualquier tarea que tuviera entre manos. Era un verdadero acto de amor: se entregaba en cuerpo y alma a la voz profunda y musical que le susurraba cosas hermosas y la  colmaba plenamente. Y que se preguntaba: “¿Vendrá? Debe ser hermosa. Yo  me la imagino hermosa... ¿estás ahí, verdad?”
Pero no fue. A medida que se aproximaba la fecha se iba apoderando de ella un pánico imposible de controlar. El día prometido se quedó en casa;  encendió la radio pero se sentía también culpable por dejar plantado a Pedro. Y como él la estaba esperando, condujo un programa normal, sin esos paroxismos que ella conocía muy bien. Sólo al final le dirigió un mensaje cifrado, en una poesía de Pedro Salinas que ella le había copiado en su carta. Él la leyó, con el fondo de una música suave: “el alma tenías tan clara y abierta/ que yo nunca pude entrarme en tu alma...” Conque  eras cobarde, ¿eh? Bella pero cobarde. Conque piensas dejarme “por siempre sentado en las vagas lindes de tu alma”, eh?
Sí, era una cobarde, y estaba eligiendo instalarse en una vida mediocre y oscura por un autoimpuesto estado de mujer sometida e infeliz. Casualmente había cedido en esos días a los ruegos de Raúl de que intentaran mejorar su matrimonio. Aquel rencor que ella había tapado durante más de un año por el crimen que él la alentó a cometer salió a la luz. Renata le arrojó toda su angustia:
-          ¿Cómo pude casarme con un monstruo como vos?
-          ¿Te parezco un monstruo? ¿Me emborracho yo? ¿Soy  un vago que no trabaja? ¿Te pego...?
-          ¡Ah! ¡Tengo que agradecer que no me pegues! ¡Gracias, señor cavernícola!
Raúl soltó una risotada, pero no bajó la guardia.
-          ¿Soy malo con tus hijos?
-          No sé si sos malo. Sos duro, como tu viejo. Pretendés que sean como estatuas, que no griten, que estén siempre limpitos, que no te jodan... tal vez sea mejor que no hayamos tenido un hijo.
-          Podemos probar de tener un hijo.
-          ¡Ni loca, con vos ni loca! ¿Después de que me llevaste a abortar me venís con esto?
-          ¡Ah! ¿Así que es eso, no? ¿Por eso me rechazás?
La discusión transcurría en el encierro del cuarto. Los chicos ya habían cenado y estaban, o jugando, o mirando televisión. Al punto de esta última pregunta de Raúl, Renata se dirigió hacia la puerta, con la intención de no seguir hablando. Pero él saltó como un tigre y le impidió el paso. Y gritó:
-          ¡Te quedás!
-          ¡Dejame! Voy a acostar a los niños.
-          Me importa un carajo. Decime una cosa. ¿Fuiste vos la que llamó a la radio el otro día  cuando hablaban del aborto?
-          ¿Qué radio? ¿Qué decís?
-          No te hagas la pelotuda.
-          ¡No me hablés así!
-          ¡Yo hablo como quiero! Llamaste al programa ese que escuchás vos y diste otro nombre.
-          Estás loco.
-          Mentirosa. Lo escuché en la oficina. Debatían el tema del aborto, y el tipo leyó un mensaje de una tal Inés de Villa del Parque. Es tu segundo nombre, ¿o no?
-          ¡Habrá tantas Inés de Villa del Parque!
-          Dijiste que hay católicos hipócritas que predican contra el aborto pero lo practican...
-          ¿Te sentís identificado, no?
-          ¿Por qué no me lo decís a mí? ¿Por qué llamar a la radio, por qué decírselo a desconocidos?
-          Ser desconocidos no es ser extraños. A veces están más cerca que los conocidos.
-          Entonces lo admitís. Y después de todo, vos no te negaste a abortar.
-          Sos un hijo de puta.
-          Vos no entendés que ser hijo de puta no impide amar a alguien. Y yo te amo, a pesar de mis defectos.
Renata no entendió. Pensó que había querido decir “te amo a pesar de tus defectos”, es decir, los de ella. Pero no le pidió una aclaración, porque su orgullo le impedía en ese momento admitir que tenía defectos. Sólo se aflojó cuando lo vio llorar, con un llanto convulsivo, como si fuera a disolverse en hilachas.
-          ¡Renata, ¿por qué no tratás de perdonar, por qué no nos perdonamos? Dejá que entre Cristo en tu corazón...
A veces tenía la sensación de haberse casado con un predicador electrónico, pero en esa ocasión le dejó pasar la frase hecha.