viernes, 17 de septiembre de 2010

PASIONES

Un día de pleno invierno en el año 2.000 me animé a ir a la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo, a pedirle a su director académico de entonces, Vicente Zito Lema, que escribiera un prólogo para mi novela Tarde. Hacía ocho años que había perdido contacto con Vicente, por distintas circunstancias: fui alumna de su taller literario y luego integré por el brevísimo tiempo que duró la segunda etapa de la revista Fin de Siglo (un número, ya el segundo no salió), su Consejo de Redacción. Luego aquel grupo se dispersó, floreció la nueva década infame, en mi caso personal prioricé laburar para mantener a mis hijos. Tras varios intentos telefónicos, logré, gracias a su mujer Regine  Bergmeijer, una mina valiosísima, que me citara  en la sede de la Universidad. ¿Y por qué quise que fuera él quien escribiera ese prólogo? Porque siendo su alumna de taller me había dicho, con ese tono bonachón y afectuoso tan suyo, “algún día espero presentar tu primer libro”. Para mí era un mandato pendiente.

Mientras esperaba a que Vicente se desocupara, ví a Regine un instante y me dijo en un tono cómplice, que insistiera y que lo persiguiera para que no dejara de cumplir con mi pretensión. Luego me quedé sola un rato, sentada y absorta en mis pensamientos. Cada tanto subía y bajaba gente por la escalera, alumnos y profesores. De pronto ví un muchacho que venía de la calle, muy abrigado y con un gorro de lana calado de tal manera que sólo dejaba ver sus ojos. Me impresionaron esos ojos, y me dije, “este tipo tiene ángel”, era un magnetismo que no recordaba haber experimentado. Cuando terminó de subir la escalera, se sacó la bufanda y luego el gorro de lana, y lo reconocí: Leonardo Sbaraglia. Se metió en un salón, donde había alguna actividad relacionada con el teatro, y yo me quedé con esa emoción extraña de haberle visto el alma a una persona.

Pasaron largos ocho meses de espera hasta que, en marzo de 2001, Vicente me entregó el prólogo al que tituló “Pasiones”, tipeado en una vieja máquina de escribir, con algunas tachaduras y correcciones hechas a mano en tinta azul. Lo escribió durante una huelga de hambre que hizo junto con Osvaldo Bayer, en apoyo a los presos por el episodio de La Tablada. Se lo agradecí con todo mi corazón, y cuando me senté en el colectivo me puse a leerlo vorazmente, pero tuve que dejarlo, porque se me saltaban las lágrimas. Así que con terrible ansiedad, esperé a llegar a mi casa para leerlo. Y me pasé el resto de la tarde llorando.


PASIONES (Prólogo)


En estos tiempos signados por un crudo desencanto social y un arte al que los corifeos del poder imprimen un signo escapista, desapasionado, leemos la novela de Laura Aliaga, “Tarde”. Las sacudidas que nos provoca, acaso potenciadas por ser parte de los que sobrevivieron al naufragio de una generación, nos obligan antes de hablar de la obra misma, a trazar un breve marco referencial donde inscribir su discurso literario que, insistimos, conmueve y demanda ser leído con la atención propia de las cosas gestadas con amor.

Hay épocas en que se escriben grandes relatos históricos. Podrán verse como momentos de “inspiración” y hasta asumen las formas gratas de la “espontaneidad”. Sin embargo, una mirada a fondo percibirá que el punto de llegada es el resultado de acumulaciones sociales, el desenlace, incluso breve, de largas gestualidades de naturaleza subjetiva que se reconocen mucho más en el dolor que en el placer, aunque se gesten en la búsqueda de esa ansiada pero siempre esquiva felicidad pública, contenido ético de una utopía cuyos bordes se alejan cada vez que nos acercamos, como el agua fresca en los espejismos del desierto.
Estas épocas de excitación creciente y gestas heroicas tienen su pertinente correlato artístico –no olvidemos que el arte también puede ser visto como la personificación metafórica de la realidad -, cuyo género más efectivo es la épica. Una épica tanto más  profunda y vigorosa si los autores están involucrados como participantes, protagonistas o testigos de la propia historia social que nutre el relato.
Hay otros tiempos, en el comportamiento como en el discurso de las sociedades, diríase de llanuras sin riquezas, de hosca sequedad, donde crecen las subjetividades cerradas, sin horizonte. Aparecen generalmente tras las derrotas de las epopeyas, impulsan un racionalismo a ultranza y se declaran enemigas juradas de todo romanticismo. Ponen ante nuestros ojos una verdad que duele: la construcción de un mundo fervorosamente humano carga todavía en sus cuentas más penas y olvidos que días de fasto. Pensemos por ejemplo en los difíciles años vividos en Francia tras la caída de la comuna de París. O, más cerca nuestro, ahí están los padecimientos conocidos tras el descalabro del proyecto de cambio social que involucraba a vastos sectores de la generación del setenta.

De la euforia de la lucha, sostenida aun en las caídas y retrocesos, y de la épica poética que sublimó estéticamente incluso la muerte, se pasó raudamente al horror que animaliza la vida –tal fue la dictadura militar de 1976- y a los posteriores gobiernos civiles que se esmeraron en instituir la corrupción y la exclusión social como rostros de un poder “legitimado” con el miedo, la desesperanza y el canto castrado del posibilismo político.

Todo momento en las sociedades, aun el más exhausto, tiene un arte que lo refleja, que dice lo no dicho por otros medios y nos da la medida de la conciencia crítica social, por encima incluso de la voluntad manifiesta de los autores que expresan, en definitiva, los intereses concretos en pugna y las diferentes visiones y representaciones de la realidad. Así como la épica –en la nomenclatura aristotélica- dio su color mayoritario a las décadas del 60 y del 70, sin perjuicio que se manifestaran otras tendencias, se impone hoy en los circuitos del poder un arte congelado, a espaldas de la vida, con vanguardias resignadas y una industria cultural día a día más perversa y alienante.
Sin embargo, y a caballo de un sector de la sociedad que aun a los tumbos y con balbuceos persiste en sostener la necesidad de un mundo más humano, de carnadura ética, siguen apareciendo muestras de un arte sin olvidos, que no renuncia a la historia y se obstina en rastrear la verdad entre los escondrijos de la belleza. Es la herencia dionisíaca que todavía late en la oscuridad, en la marginación, en el silencio obligado, que abre nuevos caminos desde la voluntad y la pasión, dejando su señal de vida mas allá de las aguas inhóspitas y las tierras yermas. La novela de Laura Aliaga se inscribe con todo derecho en esta corriente vivencial que acepta las secuelas de una derrota profunda y cruenta, no las niega, pero es capaz de edificar a partir de ella las respuestas creativas que despiertan sus múltiples interrogantes, subjetivos y sociales.
Sobre la destrucción de un gran sueño que  arrastró consigo el sueño de cada uno; sobre la historicidad menguada de un poder que rechaza la historia, se alzan las voces –también esta novela- de quienes no aceptan participar de las renegaciones de la realidad, aunque se cubran con vestiduras estéticas.

Laura Aliaga encuentra en el dolor, las frustraciones y las caídas de una generación los materiales para la construcción de una identidad quebrada, allí esta la arena para su espejo. Y lo que ve en él, la imagen que se le devuelve, no es placentera, pero intuye, conoce, que al castrarse el deseo de ver (saber) se da el pie al peor de los castigos: la pérdida de la conciencia del propio ser.
En su novela “Tarde”, tras un torrente con formas de tragedia inevitable, de un destino que acecha, se muestran la infancia, los placeres y secretos familiares, las iniciaciones amorosas, las desnudeces y traiciones de los vínculos tejidos con pudor, otras veces con desparpajo. La vida cotidiana que quita retórica a la política y convierte a los héroes y heroínas del relato en criaturas que tiemblan en la tormenta, de tan humanas. No se pisotean los sueños, tampoco se convierten en excusa para dejar de soñar. La muerte está presente. Hay mucha muerte detrás de nuestras vidas. Acaso en el instante fugaz de la eternidad no tengamos en nuestra boca más que silencio, pareciera decirnos la autora,  con pudor, sin estridencias.
Se trata de una novela para entrar, delicadamente, en el alma de una mujer de nuestra época. Lastimada, muy lastimada, en tanto encarna una sumatoria de naufragios en un destino de muchos que vuelve suyo, íntimo. Como alertándonos que en la redención social de los padecimientos colectivos el alma deberá verse como una unidad irrepetible. Que si el destino es único también lo será su epifanía.
La escritura de Laura Aliaga  se nutre en el deseo de la vida, tensionado desde las pérdidas y la conciencia de un gran vacío, que se resiste a las palabras. De allí que la vida de quien relata nazca, paradójicamente, a partir del terremoto que la violenta, en lo real y en lo simbólico, y que en el desenlace de la saga, como en toda tragedia, haya un thánatos harapiento que hiede y nos sella los labios.
Cierto es que los relatos históricos quedaron truncos, que la epopeya no asoma en el horizonte, pero la lectura de esta obra nos deja el consuelo –y en la humilde brasita persiste el fuego- de pensar que en tanto se reconstruyen las historias particulares queda latente el mandato de crear lo nuevo.

Buenos Aires, Marzo de 2001                                           

 VICENTE ZITO LEMA
















miércoles, 15 de septiembre de 2010

LA TARDE TRAE RECUERDOS - TERCER CAPÍTULO

Renata está en la esquina de Sarmiento y Carlos Pellegrini, y una imagen, o la brisa primaveral, algo fortuito la lleva a recordar parte de su vida, más de diez años atrás. En eso la dejamos en el capítulo anterior.




III

En Lima el cielo es gris, negro, lleno de humo. De los automóviles, de las fábricas, de las cocinas. Pero cuando llueve, después de llover, azuliiito...
Quién sabe cómo será el cielo de Ecuador. Sé que jamás volveré a verlo para que me lo cuente. Tal vez la felicidad sean sólo ciertos fogonazos de eternidad, raros momentos plenos e irrepetibles. Eso fue Ernesto. Un recuerdo, pero no sólo ahora que no está. Empezó a ser un recuerdo apenas entró en mi vida.
No sé de dónde me viene la afición  por el tipo andino.
-  Es tu forma de reivindicarlos- me dijo mi hermana del otro lado de la línea, creyendo que lo mío es puro indigenismo. Pero esa es su manía de intelectualizar  todo. Yo nunca fui indigenista. Además, en cuestión de amores pesan otras cosas, más bien me inclino a creer en razones misteriosas imposibles de analizar con rigor científico. Lo único que me gustaría saber es cómo se hace para poner alegremente el cuerpo y nada más, dejar el corazón intacto y la cabeza tranquila. A esta altura creo que en la angustia de esta pregunta se me irá la vida. El asunto fue que me metí hasta los huesos con un hermoso descendiente de aimaraes del Alto Perú.
¿Cómo podía saber esa tarde que buscando las tragedias de Esquilo y Eurípides lo iba a encontrar, tan de improviso?
El primer misterio  es por qué entré justamente en esa librería, si en la misma cuadra hay por lo menos otras tres. Apenas lo vi supe que lo conocía de otro lado. Una peña. La búsqueda de las tragedias pasó a segundo plano. Ahora no recuerdo si dejé plantado al vendedor que me estaba atendiendo, o aproveché una distracción suya para deslizarme entre las mesas hasta donde se encontraba Ernesto.
-¿Vos trabajás aquí?
- Sí.
- Me parece que te conozco de algún lado. De alguna peña, ¿puede ser?
- Puede ser- me contestó, y para entonces ya me había cautivado con ese gesto afable de las personas sencillas, con un interés y una simpatía por mí que no tenía nada de artificial, ni una pizca de la fanfarronería del tipo que va sopesando las posibilidades de un levante. No, en este caso era yo la que estaba, en esos breves momentos, calculando que tarde o temprano íbamos a tratarnos con menos ropa y en situaciones y posturas más cómodas y distendidas.
-¿Piedra Libre? - le pregunté casi simultáneamente con el trabajo de mi memoria ubicando esa cara que ahora tenía enfrente.
- Sí, cuando estaba en Independencia
Claro, ahora sí. Lo que no podía recordar era con quién lo había visto; con qué mujer, eso me preocupaba. Pero era evidente que por alguna razón yo había fijado esa imagen. Poco a poco él también fue recordando. Hablamos de amigos comunes, de mi trabajo en la radio. Mientras revolvíamos libros buscando las tragedias me contó que había producido un programa de su colectividad. Yo debía estar radiante. Es que eran demasiados detalles como perlas: los libros, la radio, el ambiente más bien intelectual e izquierdoso, aunque al fin folklórico de las peñas, su identidad cultural. Por ahí creo que viene mi inclinación, nacida tal vez de cierta envidia. Los hombres y las mujeres del Norte llevan en sus rasgos paisaje, música, costumbres, comidas, ropas, danzas y dolores. Yo me veo en cambio como una desteñida muestra del no ser nada, pura duda, pura angustia, pura náusea... Esa tarde en la librería me hallé frente a todas mis pasiones resumidas en esa belleza morena, de ojos inteligentes, con un chispazo diabólico y una expresión algo dura en el entrecejo pero distendida  hacia la comisura de los labios, siempre a punto de sonreír, y al sonreír, unos dientes blancos, parejitos. Un único defecto podía achacársele para su raza, y era su estatura, un atractivo más para mi gusto.
- Boliviano trucho- me dijo mi hermana -¿dónde se ha visto un colla alto?
Ollantay debía ser alto, pensaba yo. El oleaje de la memoria me traía el drama de Ricardo Rojas. Lo leí por primera vez cuando tenía ocho años, y fantaseaba con ser  la Estrella robada por el Cóndor en el sueño del Inca padre castigador. Los juegos vagamente eróticos después de la lectura nocturna me ayudaban a disipar el miedo y a dormirme plácidamente.
No sé cuando se fue. Nunca nos despedimos. Empezó a ser un recuerdo cuando me anunció su proyecto de irse a Ecuador. Habíamos ido a una exposición de arte precolombino en conmemoración del Quinto Centenario. Fue un guía de lujo, porque además de hablar quichua y aimará, y bailar la cueca con gracia gozosa, además de haber sido obrero y sindicalista en las minas de estaño de Oruro, de haber visto en su casa paterna al legendario Che Guevara poco antes de morir,  de haber organizado un motín cuando hacía el servicio mlitar en la frontera con Chile para reclamar los alimentos y ropa de abrigo que nunca llegaban a los soldados porque eran vendidos por el camino, había participado también en expediciones arqueológicas y conocía cada vasija, cada urna funeraria, cada tapiz, su edad, su lugar de origen, los materiales conque fueron hechos, como la palma de su mano. 
¿Cómo no iba a enamorarme desaforadamente de un hombre así, si, además, de cada encuentro amoroso hizo una fiesta, un continuo ejercicio de la dulzura y el júbilo, en la cama, en la ducha, cenando cerca del río o caminando bajo los tilos de alguna plaza?
Me dolió su advertencia; me estaba diciendo: “no te enamores porque me voy”. A partir de ese instante tuve la dolorosa conciencia de que con ese hombre nada podía proyectar, ni soñar. Comenzó a ser más real que una presencia cotidiana: un recuerdo. Está más vivo ahora que si lo tuviera conmigo, y lo llevaré prendido hasta el último de mis desvaríos seniles. Cuando mis hijos ya no sepan qué hacer con la vieja loca que seré, yo recordaré con ternura la delgada trenza negra que le caía por la espalda, bajo la camisa, y que tantas veces mordí en los momentos de locura, que deshice y volví a trenzar otras veces en silencio.
No me propuse hacer nada por torcer su voluntad, ni ser tan maravillosa que lo abandonara todo por 
mí. Nunca supe por qué se fue, por qué en los últimos años había vivido en Perú, en Chile, en las
provincias del norte, antes de pasar a Buenos Aires, ni por qué salió de Bolivia, donde decía tener muchos enemigos.
- Ojo, nena, ¿no será de Sendero Luminoso? - me alentaba mi hermana.
- ¿No andará en el tráfico de drogas?
Una mañana salíamos de un hotel en San 
Cristóbal. Mientras caminábamos por la avenida 
Entre Ríos me habló del cielo de Lima. Fue la última vez que nos vimos. Unos días después llamé a la librería y me dijeron que Ernesto ya no trabajaba allí, y que creían que había viajado. No tenía otra manera de buscarlo, y tal vez fue mejor así. Sin hablarlo nunca habíamos acordado que así sería el final. Tal vez precisamente ahora que yo lo recuerdo, él esté saliendo de un hotel en Quito, y por una calle cualquiera de la ciudad le vaya contando a una mujer cómo es el cielo de Buenos Aires.
  

lunes, 13 de septiembre de 2010

CAPÍTULO DOS

Este fin de semana colapsó Internet, Facebook, Google y la blogósfera, ¿todo por qué? Porque multitudes acudieron a leer esta novela mía, "Tarde", escrita en el último tercio de la era menemista. Sucedió un fenómeno tan masivo como cuando J.K. Rowling saca a la luz nuevos episodios de Harry Potter, que la gente no duerme y acude en tropel a las liberías, pues bien, igual, igualito... Ahí va: 

II

Hay un niño que no está. Su vocecita nunca se dejó oír. Un muchachito sonrosado y rubio que no suda corriendo detrás de su pelota. El rincón de la casa que debiera estar desordenado de juguetes y medias sucias, de figuritas, lápices y papeles de chocolatín permanece aséptico y mudo. El doctor Rosenthal se encargó de impedir su llegada al mundo: una luminosa mañana de diciembre, ocho meses antes de nacer, su vida se truncó en una clínica clandestina del barrio de Floresta. Lo sentenciaron sus padres, lo ejecutó un prestigioso cirujano que tenía en la sala de espera de su consultorio una guía de páginas amarillas de Estados Unidos, donde publican los médicos que practican abortos, porque en aquel civilizado país el aborto es legal. Un ser único e irrepetible, un gran amigo, un artista, un docente, un líder político, un gran amante, un buen padre…tantas cosas pudo ser, pero terminó en una bolsa de residuos. Claro que no fue deseado; claro que si hubiera nacido habría tenido que soportar tarde o temprano que le hicieran sentir su impertinencia por venir al mundo contra toda voluntad, en cuyo caso pudo ser también un resentido, un desalmado, un marginal, un delincuente, un asesino… Lo cierto es que para sus padres fue la primera herramienta con la cual destruirse mutuamente. Porque cuando ese no-niño quiso asomarse a la vida, ella era una viuda reciente, y él, un inestable emocional que no sabía cómo cortar su relación con una mujer casada mucho mayor, un poco porque no la amaba y otro tanto porque el marido era un oficial de la policía federal, que si se hubiera percatado de sus cuernos no habría titubeado sobre qué armas tomar para dejar limpio su honor.
Sin embargo, antes de transcurrido un año, inexplicablemente se casaron. Primero él se instaló con sus escasos bienes personales (libros, discos y una máquina de escribir) en la casa de ella. Tácitamente acordaron esa solución económica, porque Raúl no tenía dónde vivir, ni plata con qué pagar un alquiler. Era la época de la hiperinflación, a fines de los ochenta. Renata se sintió invadida y se daba cuenta de que era una situación forzada, pero su necesidad de un hombre era tal, su autoestima tan baja, que permitió que un extraño se instalara en medio de ella y sus huérfanos. Él la había seducido con unas pocas cartas ingeniosas y con su aspecto de niño desvalido, pero en el fondo de su corazón supo siempre que jamás se enamoraría de él. En la cama era brutal. Nunca la trató con la delicadeza que ella necesitaba. Hablaba todo el tiempo mientras hacían el amor, de modo que ella se sentía objeto de un reportaje erótico. Porque su manera de conectarse con todo placer era en silencio, con los ojos cerrados, hacia adentro, mientras que él la acosaba con preguntas: “¿así te gusta? ¿te das vuelta? ¿ya? ¡ Mirá que me voy!”, en fin, hasta que llegaba el momento final en que él se despachaba frenéticamente y ella se quedaba sin saber qué había ocurrido, y sin posibilidad de intentar nuevamente un atisbo de alegría, porque él saltaba de inmediato de la cama, corría al baño, luego prendía un asqueroso cigarrillo negro y se ponía a leer. Con su primer hombre había sido tan diferente, porque los dos llegaron vírgenes al amor, con los mismos miedos e ignorancias. Se fueron modelando uno al otro, y como se prodigaban mucha ternura, a pesar de las chambonadas iniciales lograron una armonía tangible. Más tarde, cuando Renata se transformó en lo que Raúl, en su visión limitada de las cosas calificaría como “una puta”, aprendió la variadísima gama de placeres que su cuerpo era capaz de experimentar al ritmo del cuerpo de un hombre.
-          ¿Y qué vas a hacer si nos separamos?
-          ¿…?
-          ¡Claro! Qué, ¿te la vas a coser?
-          No voy a contestar semejante brutalidad.
Raúl sólo se oía a sí mismo.
-   Como todas las que se separan, te vas a volver puta. Un tiempo con uno, otro tiempo con otro.
En verdad, Renata fue educada para ser mujer de un solo hombre, y la idea le repugnaba. Pero pesaba mucho más el ansia de romper esa absurda cadena a la que se ató voluntariamente, y cuyo candado atroz era aquel aborto. Sin ser una mujer religiosa vivía en la contradicción de haberlo consentido y sentir el agobio de la culpa.
Mirando hacia atrás, desde el divorcio hasta este atardecer en Sarmiento y Carlos Pellegrini (a sí misma se lo podía confesar sin pudor), ya no le alcanzaban los dedos de ambas manos para contar los hombres que pasaron por su vida. Algunos fueron una estela que se borró rápidamente, otros dejaron huellas profundas. Como Ernesto. Fue, como diría una adolescente, un flash. Solamente de él podía recordar aquel detalle que lo hacía único: el gesto exquisito de, una vez que la había penetrado, apoyarse en la punta de los pies allá lejos, donde termina la cama, y dar un “pasito” hacia adelante, para quedar los dos perfectamente encajados en la obertura de la danza erótica.
Pero con todos estuvo por amor. Y si amar a muchos hombres es ser puta, pues bien, que vivan las putas. Renata sentía una respetuosa lástima por las mujeres que dan placer por dinero. En cambio ella se dio siempre gratuitamente, es decir, por amor, por la ilusión del amor.
Otra tarde lejana, pero de octubre, se encontró con Ernesto; era libre nuevamente por obra y gracia de una reciente sentencia judicial. Con los recuerdos le ocurría como con el diccionario: queriendo buscar un término, se tropezaba, se demoraba, se regodeaba con otros, como cuando acudía a buscar el significado de una palabra. Buscando el significado de su vida se distraía repasando recuerdos…


viernes, 10 de septiembre de 2010

PRIMER CAPÍTULO

Como ya prometí, aquí publico el comienzo de mi novela, Tarde. Dejaré el prólogo escrito por Vicente Zito Lema para más adelante, porque creo que es demasiado elogioso, y no quisiera que mis lectores se decepcionen.
Desde luego, me encantaría recibir comentarios, sean del talante que sean.




                                                                               CAPÍTULO I
 La última vez que se vieron fue en la esquina de Sarmiento y Carlos Pellegrini. Llegaron  caminando desde el Juzgado y conversando como dos amigos, o menos, como dos pasajeros casuales en un viaje urbano. Ningún transeúnte que se cruzó con ellos pudo suponer remotamente que acababan de cerrar una etapa dolorosa de sus vidas. Se hicieron todo el daño de que fueron capaces, pero lo que pudo terminar trágicamente acabó aquella mañana, con la segunda audiencia de conciliación en su divorcio por mutuo acuerdo.
Claro que no tenían la conciencia de que al despedirse lo hacían para siempre. No podían tenerla, después de haberse casado para siempre hacía apenas tres años, cuatro meses y veintitrés días. Renata la tuvo casi una década después, una tarde en que pasó por esa esquina, por la que había caminado mil veces sin verla. Esa tarde notó que a pesar de los cambios que la globalización posmoderna le había impuesto a la ciudad, en esa esquina seguía estando el mismo negocio con la mercadería dispuesta en el mismo estilo, y la decoración del mismo vidrierista. Tal vez algo en las copas de los árboles, el fragor del tránsito o el aire precursor de la primavera le trajeron el recuerdo que durante mucho tiempo tuvo sepultado. Una tristeza sin angustia le enturbió la precaria paz que lograba cada día como los alcohólico-dependientes: sólo por hoy. Aunque fue apenas una pedrada arrojada a la superficie de un lago, se vio nuevamente saludando con un beso indiferente a un Raúl que sonreía sin rencor. Ella se preguntaba cómo podía sonreír en semejante situación, porque lo único que deseaba era desaparecer lo antes posible; temía que Raúl se arrepintiera del paso que acababan de dar en la audiencia judicial. Bien es verdad que ya el juez tenía elementos suficientes como para dar la sentencia que Renata esperaba, pero Raúl había realizado tantas maniobras para conmoverla y seguir juntos a pesar de todo, había tratado de manipular su voluntad apelando a la culpa, y de seducirla inspirándole lástima, que aquel beso desprovisto de todo afecto fue un alivio. Sus últimos pensamientos fueron preguntas: ¿cuánto le irá a durar esta aparente cordura? ¿Cómo cree que podrá continuar su trabajo de maestro, si en cualquier momento se brota y hay que internarlo nuevamente? Eso sí: ya no sería ella la responsable. Ya no cargaría con el remordimiento de llevarlo al encierro porque era imposible convivir con un tipo que se acostaba a las doce de la noche para levantarse a las tres de la mañana en estado de hiperkinesis; que si no deambulaba sin parar por toda la casa, se sentaba a azotar la vieja máquina de escribir, o se dedicaba a poner estampitas de vírgenes y santos, martillando chinches por todos los rincones. Con el respaldo de un divorcio vincular, la próxima vez se las tendrían que arreglar el padre, o la hermana.
Tampoco volvería a pesar en su conciencia el ser infiel. Todas las veces que se acostó con Pedro lo hizo por amor, y porque lo necesitaba para ella, para su equilibrio, pero era inevitable, en algún punto, recordar que Raúl estaba allá, en Castelar, encerrado en un loquero.
Casi diez años después podía recordarlo bien, sin el tormento de la culpa, pero también sin el dolor de haberlo visto degradado por la enfermedad. Desde aquella mañana de octubre a la salida del juzgado, hasta esta tarde de septiembre en la misma esquina de Sarmiento y Pellegrini, había pasado mucha agua bajo el puente. Renata  había arrojado el recuerdo de Raúl al agua, pero cada tanto asomaba a flote, como el cuerpo de un ahogado. En una ocasión, Irene le contó que se lo había encontrado en el colectivo.
-          Está como paciente ambulatorio en el Borda.
-          ¿Cómo, en el Borda…?
-          Y, sí, porque se quedó sin obra social. Lo echaron del trabajo.
Además de estar desocupado había muerto su padre, el forjador, en gran medida, de su locura.
Al menos no seguía encerrado. Las pocas veces que Renata fue a visitarlo a la Clínica de Castelar salió presa del horror. Allí conoció al General Lavalle que lloraba bajo un magnolio por haber mandado a fusilar a Dorrego. Renata creía que los delirios con personajes históricos eran producto de la imaginación de los humoristas, como el remanido caso del loco que cree ser Napoleón. Sin embargo, en esa clínica había también quien con toda convicción se presentaba como Manuel Belgrano. Era un hombre de vasta cultura, descendiente de una familia patricia y todo el peso de la historia había recaído sobre su endeble estructura confinándolo en un manicomio. ¿Cómo estar dignamente a la altura de sus antepasados? Debía ser difícil liberarse de los mandatos del linaje, salvo por un sutil cambio de consonante en el apellido, como los tataranietos y choznos de un ignoto Alzogaray que participó de la batalla contra ingleses y franceses en la vuelta de Obligado.
La clínica psiquiátrica en la que Raúl pasó algunos meses mientras estuvo casado con Renata tenía un melancólico patio arbolado. Funesta sombra, penosamente se colaban algunos rayos de sol entre el follaje, triste todo aquello que era albergue de pobres almas e infelices cuerpos.
En cierta ocasión una interna se le acercó corriendo. Era flaca, de ojos saltones y una sonrisa sardónica dejaba ver sus dientes color nicotina.
-    ¿Cómo te llamás?
-          Renata.
-          ¿Tenés puchos?
Mientras ella abría su bolso para darle un cigarrillo, la loca se le colgó de un brazo, y con la misma sonrisa esculpida pero con una tristeza infinita en la mirada, le dijo:
- Vos te parecés a mi nena- al tiempo que le estampó un beso baboso en la mejilla y le arrebató  el paquete de cigarrillos.
Raúl la llevaba por todos los rincones de la clínica como un buen anfitrión que muestra su casa. Desde los pasillos oscuros se veía a algunos internos echados en sus camas con la mirada perdida en el cielorraso. Otros en cambio parecían contentos, conversando entre ellos o con los personajes de sus delirios. Había quienes miraban televisión, tan enajenados como cualquier mortal en el living de su casa.
Una de esas tardes de visita tuvo miedo de no poder salir más de aquella jaula. Al menos, de no poder salir viva. Fue cuando Raúl le preguntó:
-          ¿Seguís escuchando el programa de Pedro?
-          Sí.
Podría haberle mentido, y si no lo hizo fue por una inconsciente necesidad de hacerle daño, porque si bien le daba lástima verlo en ese medio triste y oscuro, rodeado de locos, en el fondo de su alma deseaba destruirlo, que reventara, que desapareciera de su vida y la dejara en paz. Por eso siguió respondiendo con la verdad.
-          ¿Te volvió a llamar?
-          Sí.
-          ¿Te acostaste con él?
-          ¡Sí, sí, sí!
Raúl quedó demudado. La miraba incrédulo, con esos ojos que el Halopidol le volvía desmesurados.
-          ¿Cómo pudiste? ¿No pensabas en mí?
Renata no pretendía ser cínica, pero tampoco era consciente de que hablaba con un loco y lo sepultaba con su lógica lapidaria:
-          La verdad es que no: pensaba en mí.
Sólo al terminar la frase notó que Raúl había pasado del dolor al desprecio y tenía un dejo de furia en la mirada. Evidentemente la medicación atenuaba sus reacciones, pero igualmente ella sentía crecer dentro de sí la misma fuerza que cuando se enfrentaba con su padre en la adolescencia: miedo. Raúl podía descontrolarse y agredirla. Bastaba conque la agarrara del cuello con sus manazas. Igual que aquellas cachetadas tardías que le propinaba su padre por haberse quedado en la vereda con la barrita de adolescentes que eran sus amigos de entonces. Por eso ella lo miraba fijamente sin contestar, el miedo la fortalecía y lo desafiaba. Al padre años atrás, a Raúl ahora.
-   Voy a pedir la anulación del matrimonio. Nosotros no somos un matrimonio. – dijo él convencido – Yo tengo contactos para llegar hasta el Vaticano.
Esas eran las actitudes fundamentalistas que ella odiaba. Aún dentro de lo dramático de la situación, en lugar de llorar, de desesperarse, sólo pensaba en reparar ese estado de pecado mortal por un matrimonio fallido. Ese empeño por mantener las formas, aunque las actitudes fueran absolutamente contrarias a los preceptos religiosos. Ella tenía sobre su conciencia un aborto, un dolor irreparable. Pero fue él quien le pagó billete sobre billete la intervención al doctor Rosenthal, sin titubear un solo instante.
Por otro lado, Renata consideraba afortunado que el cuadro patológico incluyera este delirio místico que lo había atacado meses atrás. Se protegía a sí mismo invocando constantemente a Dios, la Virgen en sus diferentes versiones, todo el séquito celeste.
-          ¿Cómo pudiste?
Ella no le contestó. Estaba allí por obligación, ni siquiera por caridad. Tampoco su relación con Pedro era feliz, era apenas una muleta donde apoyarse para seguir andando, no se pondría a defender algo de lo que dudaba. Estaban sentados en bordes opuestos de la cama. En eso entró el paciente que compartía la pieza con Raúl, y él se puso a contarle:
-          Esta es mi mujer. Se acostó con otro tipo.
El otro la miró con odio. Aun allí los machos se aliaban, por pura conciencia de clase. Renata pensó “ahora me despachurran entre los dos”.
-¡Enfermera!- gritó cuando vio pasar por el pasillo un guardapolvo blanco.
-¿Sí? – le contestó la mujer asomada a la puerta.
Renata no sabía qué inventar, pero al menos logró distraer a los dos hombres.
- Quería avisarle que le traje otro pijama, y éste me lo llevo para lavar – y dirigiéndose a Raúl: - Me voy, ¿necesitás algo?
-   No, gracias – contestó él, abatido, inmóvil al borde de la cama, sin la menor intención de pararse y acompañarla.
Renata aprovechó y de un respingo salió con la enfermera. Cerca de la salida escuchó que alguien la llamaba. Era la loca de los cigarrillos que la saludaba con la mano.
-          ¿La conoce? – le preguntó la enfermera.
-          No.
-          Esa mujer mató a su hija hace unos años.
Se estremeció: una asesina la había besado en la mejilla. También ella había matado a su hijo, también podía terminar loca y encerrada…

jueves, 9 de septiembre de 2010

TARDE

Entre la primavera de 1998 y el verano de 1999 escribí una novela, a la que titulé "Tarde", la única hasta ahora. La envié al concurso Clarín en 1999, año en que ganó Leopoldo Brizuela con "Inglaterra, una fábula". Yo había ganado menciones en concursos de cuentos, y así fue que acudí a una convocatoria de la Sociedad Argentina de Escritores, en el año 2000, mediante un aviso en el diario, por la que se convocaba a escritores inéditos, con la propuesta de editar y distribuir mil ejemplares. No quiero hacer de esto una lata, pero aquello resultó una estafa, llevada adelante por un sinvergüenza de nombre Elpidio Isla, al cual hace poco encontré en el Facebook, el tipo se quedó con miles de pesos (que en aquella época de convertibilidad equivalían a dólares) porque fuimos varios los incautos que caímos en el engaño.
Llegué a tener las pruebas de impresión para corregir, inclusive el diseño de la tapa del libro, una imagen impactante que no encuentro en Internet, era un cuadro llamado "La pasión de Eva", una mujer desnuda, envuelta en un manto rojo, con tacos altos y crucificada. Pero como Elpidio Isla nunca le pagó al Taller Gráfico Negri de la calle Chacabuco 1038, Capital Federal, ahí quedó todo. Yo me había, literalmente, empeñado para publicar mi libro, aquello me valió el ingreso al temido Veraz, entre otras cosas, y ya no podía emprender sola la edición, mucho menos la distribución. Consulté abogados, traté de hacerle juicio al estafador; la S.A.D.E. se lavó olímpicamente las manos; por aquella época se escindió, luego de la muerte de su director Carlos Paz.
Al menos tuve la satisfacción de que mi primer maestro en un taller literario, Vicente Zito Lema, siendo Director Académico de la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo, escribió el prólogo para mi novela. El día que lo leí, lloré toda una tarde...
Después escribí otras cosas, participé en concursos, hay algunos cuentos míos publicados, pero durante años he tenido sepultada esa novela que me produjo tanto sentimiento de frustración. Desistí de publicarla en forma de libro. Ahora se me ha ocurrido ir publicándola poco a poco a través de este blog, siempre y cuando haya lectores que se interesen por ella. Y así podré sacármela de encima, porque ya me molesta... es un estorbo que me impide seguir escribiendo.

martes, 7 de septiembre de 2010

Lo imposible sólo tarda un poco más

 “Lo imposible sólo tarda un poco más”, proclama un graffiti cerca de la estación Once. Y una, que va zangoloteándose arriba del tren con sus cuarenta años a cuestas, siente que la angustia se disipa por un instante.
Cuando una ya ha dejado de soñar imposibles, y no sólo no sabe cómo sortear las dificultades concretas de la vida diaria (las deudas, las demandas de los hijos, el sustento cotidiano), sino que hasta a veces mira con cariño la talquera del hormiguicida, se aferra a una esperanza: escribir, lograr ese pequeño trozo de gloria que significa trascender porque algunos prójimos lean lo que a una se le ocurrió contar, es el imposible que tarda en llegar.
Dice Eduardo Galeano: “¿Para qué escribe uno, si no es para juntar sus pedazos?"
Para eso escribo, a ver si me reconstruyo un poco, porque la vida, o esta ciudad, o la falta de amor, o todo eso junto, terminan haciéndome trizas.
 Esta historia es el producto de la afiebrada imaginación de quien la escribió. Los nombres de la mayoría de los personajes fueron inventados. Toda similitud con hechos sucedidos en la realidad es la pura verdad.