lunes, 31 de agosto de 2020

LO IMPOSIBLE SOLO TARDA UN POCO MÁS: SOBREVIVIENTES

Sobrevivientes

Quién sabe qué será de ella hoy. A veces me llegan lejanas noticias: que está vieja, que está loca, que intentó, una vez más, suicidarse. Lejos de toda idea heroica o romántica del suicidio, sus tentativas rozaban lo tragicómico: en la última etapa de nuestra amistad, para probar cómo era caer del octavo piso de un sucucho alquilado en Once, se ató de la cintura con una soga anudada a una columna y saltó. Quedó miserablemente colgada durante unos minutos, dando gritos de dolor por los golpes que se dio en brazos y espalda al rebotar contra la pared, hasta que los bomberos la socorrieron.

A los cincuenta y tantos años continuaba relacionándose con tipos que la maltrataban, engañaban, estafaban, generalmente casados; buscaba peleas con sus mujeres, y sobre todo sufría, sufría mucho: sufrir era el leit motiv de su vida. Durante los veinticinco años de nuestra amistad (con sus intermitencias) fui testigo de sus picos de euforia seguidos de hondas depresiones. Un afán autodestructivo regía sus pasos; si conseguía un buen trabajo, en poco tiempo cosechaba antipatías y enemistades y terminaba dando portazos y arrojando objetos contundentes a sus empleadores, con lo que lograba que la despidieran sin indemnización. La vez que le recomendé un arquitecto para hacer reformas en una de las viviendas por las que pasó, acabó discutiendo de política con el hombre, a quien le espetó a los gritos “sobaco ilustrado”. Y cuando le sugerí ver a un funcionario conocido mío para que le informara sobre el trámite de jubilación de su padre, también lo insultó a voz en cuello porque no le dio la respuesta que ella esperaba.

Nos conocimos en Morón en una reunión política cuando ambas teníamos treinta años y enseguida surgió la afinidad entre nosotras, por historias de vida parecidas, por venir las dos del interior, por el desarraigo. Vivió una infancia dura en un pueblo de la provincia de Buenos Aires cercano a Azul. Tuvo un padre semi analfabeto y autoritario, una madre sometida al marido y al trabajo rural. Terminada la escuela secundaria se instaló en la capital, con la idea de seguir una carrera universitaria, a mediados de los ’70, pero ese objetivo se vio postergado por la necesidad de trabajar para subsistir y por la militancia. Por distintos caminos confluimos, ya restablecida la democracia, en la misma organización política. Nos hicimos amigas y fue una relación de mucho afecto e intercambio: me introdujo en los postulados del feminismo, incorporé lecturas nuevas y conductas más desprejuiciadas y aprendí a emparcharme el esmalte de uñas cuando se salta en las puntas, sin necesidad de quitarlo por completo. Me divertía mucho con sus refranes camperos, siempre tenía uno a mano y lo soltaba en el momento oportuno: “Desubicado como caballo arriba del techo”, “Cortito como refalada de gordo”, “Agarrado como carretilla de muerto”, “Desparramado como estornudo de ñato” …

Ella adoptó una familia, yo era su hermana elegida y mis hijos, sus sobrinos del corazón. Compartimos momentos felices y tristes, largas conversaciones, salidas, peñas folklóricas (ella me enseñó a bailar) y hasta amantes. Claro, esto último no sucedió sin conflicto, pero fue así, y las intermitencias de nuestra amistad se debieron en parte a esos episodios en que ella ponía de manifiesto sus enfermizas dotes de manipuladora, que no viene al caso ventilar aquí.

Fuimos amigas durante veinticinco años, con algunas interrupciones, y éstas ocurrían luego de violentas peleas y hasta algún golpe recibido por mí que no atiné a devolver, si bien reconozco que yo podía ser mucho más hiriente con mis palabras y tocar su fibra más vulnerable. Luego me replegaba en el silencio y la distancia. Ella, cual hombre golpeador se desesperaba y juraba cambiar, se arrepentía, lloraba, apelaba a la compasión, se ponía en el lugar de víctima. Nos distanciamos por más de un año la primera vez, luego casi por cinco años, ahora llevamos ocho sin vernos ni comunicarnos.

Alguna vez habló de su deseo de tener hijos, pero también me contó que se hizo cuatro abortos clandestinos, a los que sobrevivió. En su discurso siempre contradictorio sostenía otras veces que su elección de no tener hijos fue consciente, para dedicarse a cosas mucho más gratificantes (finalmente hizo una carrera terciaria llegando a los cuarenta años), con cierta jactancia y algo de lástima por las mujeres que priorizamos la maternidad por elección o porque no tuvimos alternativa. Tiempo después me dijo que con su pareja del momento querían adoptar un bebé, o un niño ya crecido, pero eso nunca se concretó y esa relación también se disolvió. Tenía dos estilos para contar sus dramas personales: solía hacerlo con un aire suficiente, como demostrando que ya había superado tal cuestión, por ejemplo, su adicción a las drogas, aunque siempre dejaba cosas a medio decir. Mencionaba que no sólo había fumado marihuana y consumido cocaína, sino “otras sustancias más peligrosas” con mal disimulado placer por el misterio que le imprimía a sus palabras. O sus experiencias sexuales con desconocidos, de las que luego se arrepentía, o su afición compulsiva al juego que la llevó a solicitar ella misma la restricción de ingreso a casinos y bingos, porque en más de una ocasión dejó todo su sueldo en una noche de apuestas y luego no tenía ni para comer, por lo que debía pedir auxilio a sus amigos y conocidos. Siempre vivía situaciones en un borde peligroso, de las que salía airosa a veces, otras, deprimida. El otro estilo era un tono de confesión cargado de culpa, si bien parecía una puesta en escena para atraer mi atención. Pero sólo poco tiempo antes de nuestro último distanciamiento, me contó algo tan sorprendente que por momentos dudé si era cierto o una fabulación, o tal vez uno de sus ardides para inspirar lástima.

Una tarde le pedí que me acompañara a una librería cerca del Colegio Dorrego. Tomamos el 244 en Cinco esquinas y bajamos en la estación Morón. Luego caminamos hasta Rivadavia, conversando sobre cualquier cosa, pero al llegar a San Martín me tomó del brazo, lo apretó y se quedó tiesa en medio de la calle, tanto que tuve que remolcarla antes de que cambiara el semáforo. Estaba demudada, aterrorizada. Yo no entendía, le pregunté qué pasaba, qué había visto, por qué estaba así. “No puedo, no puedo”, me dijo, “me quedo aquí, andá sola”. Le propuse que me esperara en el Tokio, en Rivadavia y 9 de Julio, yo buscaría el libro y me reuniría con ella después. Pero estaba paralizada, no podía dar un paso sola, así que la tomé de la mano y la fui llevando, despacito, hasta el bar. Tardó un rato en recomponerse, pedimos café y cuando pudo hablar me lo contó. En la esquina de Rivadavia y San Martín la chuparon los milicos, en el invierno de 1979. Ella estudiaba en el Profesorado del Instituto Dorrego, estaba en pareja con un dirigente montonero y embarazada de dos meses. Un grupo de tareas de la policía federal la tuvo secuestrada durante unos días, o semanas, no lo pudo precisar. Su compañero estaba escondido, y si bien ella nunca empuñó un arma, militaba y participaba en acciones de apoyo. Por eso la levantaron, para sacarle información. En este punto de la conversación me pidió que saliéramos del bar y la acompañara a tomar el colectivo para volver a su casa (entonces vivía en La Matanza, en casa de unos parientes). Siguió con su relato en la parada del 242, ya de noche y con frío. Nunca, en veinticinco años había mencionado nada de lo que me contó aquella tarde, por eso fue que tuve momentos de dudas. Hoy, a la distancia, creo que muchas de sus conductas podrían explicarse también por aquel episodio de 1979, durante la contraofensiva en que los dirigentes montoneros mandaron al muere a tantísimos cuadros y militantes.

Antes de picanearla, la violaron varios tipos. Al contármelo empezó a llorar, por eso fue que no quería estar en el bar sino refugiada en la oscuridad, esperando el colectivo, pero dejó pasar unos cuantos hasta que dijo todo lo que la angustiaba, y yo lloraba a la par. Ella les suplicaba por el bebé que tenía en la panza, pero eso los excitó más. “¿Así que estás embarazada del guerrillero ese, puta, hija de puta?” La desnudaron, la manosearon, la penetraron, y ella apenas podía defenderse, tirar arañazos, rodillazos, morder. En medio de su desesperación sólo pensaba en no perder al bebé. Finalmente la dejaron tirada en el piso, se fueron y quedó sola con uno que parecía tener un rango superior. Este la tranquilizó, la trató con algo de dulzura, consiguió ganarse su confianza. Le dijo que él estaba para cuidarla. La dejó dormir, por la mañana le indicó que podía bañarse, le sirvió un desayuno, y cuando ella empezaba a recobrarse el tipo empezó a acariciarla, a besarla, y terminó también sometiéndola, porque había bajado la guardia y ya no tenía fuerzas para resistirse. En ese momento de su relato fue cuando más lloró, arrasada en lágrimas me confesó que lo que nunca jamás en la vida se podría perdonar, lo que la atormentaba día y noche a lo largo de los años, era que en esa circunstancia experimentó un orgasmo. Creo que este detalle fue para mí el más impresionante, por inconcebible, por horroroso, sentir placer en medio de una situación humillante, espantosa, en cierta forma la condené íntimamente por eso. Tal vez más tarde se sintió redimida por la picana, y porque el que aparentaba ser más humano también la golpeó sin dejar de llamarla puta. Recibió golpes en el vientre y desde luego, perdió el embarazo, el único embarazo que ella hubiera querido llevar a término, porque estaba enamorada de aquel muchacho al que no volvió a ver jamás, del que nunca más supo nada, de quien no aparecieron nunca sus huesos, cuyo nombre no figura en ninguna lista de desaparecidos. 

No me contó cómo fue que la liberaron, sólo que abandonó los estudios y se fue por un tiempo a su pueblo, cerca de Azul, aunque sus padres nunca se enteraron de esta historia. Por supuesto, me atravesó un sentimiento confuso de angustia y compasión, junto con odio y asco por esos monstruos de los que fue víctima, la abracé y seguimos llorando juntas por unos minutos.  Ya más calmada, me detalló todo lo que había intentado para hacer la denuncia ante los organismos de derechos humanos, pero el inconveniente mayor era que no tenía pruebas ni testigos, el único testigo posible era un profesor del Instituto que se fue del país sin dejar rastros. Esto fue en parte lo que me hizo dudar de la veracidad del relato, pero no podía creer que fuera todo un invento suyo. Sólo atiné a ofrecerle ayuda, a acompañarla en lo que fuera, hacer algún trámite, alguna averiguación, lo que necesitara. Vino el colectivo y nos despedimos, yo me volví a mi casa y por esa noche me olvidé del libro que fui a buscar.

Las siguientes ocasiones en que nos vimos no quiso hablar más del asunto. Yo respeté su necesidad de silencio, lo interpreté como algo natural por haber sido una vivencia tan siniestra que le provocaba estados de pánico. Sólo me contó que hacía unos años, sin darse cuenta, pasó por la esquina de Rivadavia y San Martín y sufrió una amnesia temporaria, anduvo deambulando por Morón sin recordar nada, como un fantasma, hasta que se encontró con alguien conocido que la ayudó a salir del trance. Por eso nunca insistí, creí que ella debía procesarlo para poder accionar, denunciar, investigar, tal vez pedir una indemnización, ella que siempre estaba necesitada de dinero.

Tiempo después volvió a las andadas, quiso involucrarme en un pleito con un hombre casado que le prometía separarse, pero la llamaba por teléfono mientras (aseguraba ella) tenía sexo con su mujer, en fin, pretendía que yo llamara a la mujer para sacarle información sobre el tipo. Por esos días, estando con él en la calle me llamó cerca de la medianoche para decirme que si le llegaba a pasar algo (sugiriendo que su acompañante podía causarle algún daño) yo debía avisarle a no sé quién del Ministerio del Interior, y me lo decía con el tipo al lado suyo escuchando todo. Unas semanas más tarde pergeñó el ensayo de tirarse por el balcón, y yo vi sus moretones, a menos que la causa de ellos fuera otra y ella me mintiera. Después estuvo bajo tratamiento psiquiátrico durante un tiempo, se mudó nuevamente a algún otro punto del Gran Buenos Aires y dejé de verla.

Siempre tendré la duda de cuánto de aquello que me contó esa tarde sería verdadero; si lo fue, se explicarían algunos comportamientos suyos. Tenía necesidad de auto flagelarse, era una sobreviviente y sentía culpa por ello. De alguna manera, todos los contemporáneos de la dictadura que nos opusimos a ella somos sobrevivientes, pero algunos quedamos más tocados que otros. También su rollo no resuelto con la maternidad podría ser consecuencia de aquel calvario que sufrió, y que aparentemente atravesó en total soledad.

 Si no fue toda una fantasía armada para inspirar compasión, sepultó ese recuerdo tan profundamente que pasó veinticinco años sin confiármelo. No lo sé ni quiero averiguarlo.


lunes, 23 de marzo de 2020

MATARSE PARA NO MORIR

Matarse para no morir

Yo tendría unos dieciséis años cuando mi padre me contó una historia sucedida a un amigo suyo, en La Rioja. Para quien no conoce los llanos riojanos, aquellos en los que imperaba el Tigre Facundo Quiroga, se trata de una planicie poblada de algarrobos, quebrachos y algunos arbustos espinosos, además de la aromática jarilla y el “pájaro bobo”. Si no se tiene la referencia de la ruta, o de un camino de tierra que conduzca a algún bañado con su rancho cercano, andar por entre esa vegetación implica el peligro de caminar en círculo y perderse, porque un algarrobo es idéntico a otro, un quebracho igual a otro, y el panorama se vuelve inquietante. Si el sol y el sentido de orientación ayudan es posible salir de allí, pero si está nublado u oscurece, la cosa se pone peliaguda. Precisamente caminando por esos llanos con mi papá, en busca de alguna perdiz, chuña o liebre para cazar y que, con suerte, después mi madre convertiría en exquisito escabeche, supe de la experiencia de aquel hombre. Había ido también a cazar, y no por deporte sino para buscarse el alimento; de esto hace más de cuarenta años y en ese entonces no había tantas conciencias proteccionistas ni tanto denostador de carnívoros. 


A pesar de conocer el monte se extravió y caminó durante horas, desorientado y sin saber cómo salir. Pensó que si caía el sol y lo sorprendía la noche no tendría dónde guarecerse, especialmente de los pumas que son cazadores nocturnos. Al atardecer entró en desesperación, pero tuvo la suerte de divisar a lo lejos un humito que le daba señales de vida humana y se dirigió hasta el lugar de donde provenía, el ranchito de un criador de cabras que no sólo le dio cena y hospedaje, sino que le indicó cómo volver a la ruta a la mañana siguiente. Descubrió que había estado muy cerca de la salida, pero no lo advirtió las veces que pasó por el mismo lugar creyendo que iba hacia otro punto. Lo que nunca me olvidaré es la frase que, según el relato de mi papá, le dijo aquel hombre:

-          - Aliaga, si me agarraba la noche en el monte, me pegaba un tiro. 

El tipo se iba a matar para no morir, suponiendo que realmente no sobreviviera hasta el día siguiente. Podía hacer un fuego que ahuyentara a las fieras, podía subirse a un árbol (igual que Facundo Quiroga en la famosa anécdota que cuenta Sarmiento), afrontar el peligro de ser mordido por una víbora, o cualquier otra calamidad. Sin embargo, él pensó en ahorrarse todo eso con un balazo en la garganta. Para mí fue una idea sorprendente, absurda, y fue la primera vez que pensé en ella, nunca se me habría ocurrido. 
Años después, durante el terremoto del 23 de noviembre de 1977 en San Juan, sucedió que algunas personas que vivían en pisos altos (segundo, tercer piso) del centro de la ciudad, en la desesperación por salir se arrojaron por las ventanas, alguna de ellas murió. Lo mismo pasó en 2001 durante el atentado contra las torres gemelas de Nueva York, pero en esos casos ninguno se salvó porque saltaban desde pisos muy altos. Ante el peligro de muerte por derrumbe, o por asfixia en medio de un incendio, saltar al vacío, qué decisión terrible. Siempre me pareció una estupidez, una falta de aplomo y presencia de ánimo, incapacidad de resolver una situación límite con cierta cordura y apego a la vida. 


Escribo esto porque hoy escuché que, en Mar del Plata, un hombre al que se le incendiaba el departamento hizo lo mismo que aquellos sanjuaninos y neoyorquinos, y murió.
Ahora el mundo atraviesa una pandemia que siembra temor, las noticias que llegan desde Europa, especialmente de Italia y España son apocalípticas, los gobiernos no tomaron las medidas preventivas a tiempo, los sistemas sanitarios son deficientes, hay centenares de muertos por día, no alcanzan cementerios ni crematorios y todo está desbordado. En Argentina se actuó con bastante celeridad, pero el futuro, que por naturaleza es incierto, hoy lo es mucho más. En estos días vuelvo a pensar en aquellos casos de gente que preferiría “matarse para no morir”; cuando era joven me parecía muy estúpido y absurdo, pero ahora lo considero un ejercicio de libertad: la de elegir cuándo y de qué manera dejar este mundo. Aquel que temió ser presa de un puma en medio de la noche en el llano riojano, los que no pudieron escapar de su departamento porque la puerta se trabó con el movimiento sísmico, quienes se vieron en un piso cien, en un edificio a punto de derrumbarse entre el humo y el fuego, en un último acto de discernimiento eligieron morir por sus propios medios. Lo que no termino de resolver es la duda sobre si el suicida es un valiente o un cobarde.

viernes, 13 de marzo de 2020

CUENTO DE ESTRENO


¡Quién hubiera dicho!

Nadie podía imaginarlo en ese entonces. Era un niño flaco, muy blanco y de pelo amarillo como barbas de choclo tierno. Llamaba la atención su marcado acento porteño. Ahora saco cuentas: él debía tener diez años, yo once, y por supuesto, los varones más chicos que yo me resultaban muy estúpidos y molestos. De hecho, con éste no crucé palabra en ningún momento durante ese fin de semana que coincidimos en la casa de sus tíos, en Cieneguita (sí, es Cienaguita, pero en San Juan lo decíamos así). El pibe se la pasaba jugando al fútbol con otros chicos, gritando goles y penales, y no se diferenciaba del resto salvo, como ya dije, por su blancura y su pelo rubio entre los otros que tenían la tez oscura y rasgos huarpes. Según Wikipedia, en ese tiempo el rubio debía estar en Chaco, Córdoba o Buenos Aires, pero yo puedo asegurar que, al menos por ese fin de semana de agosto o septiembre de 1968, estuvo en San Juan. 

Cieneguita era un pueblo minero, al sur de la provincia, un caserío en medio del páramo, al pie de la pre cordillera, y no parece haber cambiado mucho en cincuenta años. Por entonces, mi papá se ganaba la vida viajando de pueblo en pueblo en su Fíat 600. Vendía ropa, relojes, enseres varios, pequeños electrodomésticos. Su natural afable le valió algunas amistades, como la de esta familia que aquel fin de semana celebraba algún cumpleaños u otro acontecimiento importante, no recuerdo bien, pero nos habían invitado a mis padres y hermanos, con alojamiento incluido en su casa. La memoria me retacea algunos datos, pero tengo presente un edificio tipo chorizo, algo tétrico por la falta de luz eléctrica, y por el aspecto de la señora, Doña Ceferina, quien conformaba con su marido una pareja bastante llamativa: él era un gringo de ojos verdes, descendiente de vikingos, enorme, altísimo; tenía la piel oscurecida por el sol, lo que resaltaba sus ojos claros. En cambio, ella era una india huarpe de fisonomía tosca, piel morena surcada por marcadas arrugas (aunque no debía tener más de cincuenta años), ojos negros de mirada torva, siempre callada, sigilosa, inquietante. Tenían indeterminada cantidad de hijos e hijas de todas las edades, desde adultos ya padres o madres hasta preadolescentes, y en muchos predominaban las facciones y los ojos del padre. ¡Y eran primos del rubio con acento porteño! Pero en esos momentos yo no tenía idea de eso, sí recuerdo que me incomodaba por momentos sentirme observada por alguno de los muchachones de la casa. 


Hubo mucha gente en la fiesta, buena parte del pueblo que no debía tener más de trescientos habitantes, y los forasteros, entre los que nos encontrábamos mi familia y yo, y
el rubio aporteñado y la suya (francamente, no recuerdo con quién estaba el chico). Abundaban el cordero y el chivito asados, empanadas sanjuaninas bien jugosas, y vino, por supuesto. Los jóvenes y adultos bailaron en el patio de tierra apisonada y regada: tango, pasodoble, cumbia por los Wawancó, Palito Ortega, Leo Dan, Los iracundos… Yo me aguanté el sueño hasta muy tarde porque no quería irme a dormir sola en esa casa desconocida, esperé a que mi mamá se decidiera a acostarse y me llevara con ella. Por la mañana todo se veía diferente a la luz del sol; los miedos nocturnos se habían disipado, pero el aspecto de Doña Ceferina era todavía peor, se la veía demacrada, ojerosa y siniestra. Por muchos años, el apellido de aquella familia estuvo ligado al episodio que vivió mi papá un tiempo después de la fiesta, pero más precisamente el nombre recordado por siempre sería el de ella, Doña Ceferina que vaya a saber qué apellido tendría. 

Tengo grabadas algunas imágenes del regreso a la ciudad de San Juan en el Fíat 600: el camino de ripio bordeado por viñedos, entre el pueblo de Cieneguita y la ruta 40, y luego el atardecer, rumbo al norte. Nunca volví a aquel lugar, que quedó signado por la experiencia que relató mi padre y que motivó que tampoco él volviera a pisar ese pueblo. Y de aquel niño flaco y rubio con acento porteño casi me olvidé para siempre, ¡quién hubiera dicho que se volvería famoso y que yo lo conocí! Es probable que él tampoco haya vuelto por allá. Según Wikipedia, dos años después se radicó con su madre en Estados Unidos, justo cuando yo empezaba a desarrollar mi conciencia política y reafirmaba mi aversión por el imperialismo yanqui, vehementemente cultivada en mi familia, al punto de no aceptar ninguna virtud posible vinculada con ese país y sus habitantes. Tuvieron que pasar muchos años y ejercitar por mi parte un pensamiento analítico para discernir que pueden existir yanquis buenos, críticos del sistema, contraculturales y hasta de izquierda. Pero, volviendo al pibe rubio, primo de los que llevaban su apellido en Cieneguita, modesto caserío en el departamento Sarmiento del sur de San Juan, supongo que a sus padres también habrán llegado noticias de las extrañas actividades nocturnas de su tía Ceferina, y no habrán querido saber más nada, digo yo. 
El caso es que, en cierta ocasión, al finalizar una jornada comercial en Cieneguita, mi padre puso rumbo hacia la ruta 40 en su Fíat 600, vehículo que, como todo el mundo sabe (hasta yo, que soy una ignorante en materia de mecánica) tiene el baúl adelante y el motor atrás. Esto último daba origen a un cuadro muy común en los caminos de la patria: infinidad de “fititos” detenidos en la banquina con el motor recalentado, a veces humeante. Era la última hora de la tarde, aun en invierno, por lo que a mi padre lo sorprendió la noche en medio de aquel camino de ripio bordeado de viñedos, sin tránsito alguno. Era un hombre muy racional, ateo desde su juventud, después de haber sufrido una recia formación católica como pupilo en colegio de curas salesianos, donde “alguna vez creyó”, según sus propias palabras. Sin embargo, no dejaba de sentir respeto por algunas manifestaciones extrasensoriales que su racionalidad no podía explicar. Es oportuno decir también que, sin ser abstemio, bebía muy mesuradamente y siempre en ocasiones sociales.
Pero, volviendo al Fíat 600 y su mecánica, sobre la que mi padre era gran conocedor –autodidacta, como en tantas otras materias-, el motor de aquel modelo ’62 tenía cuatro válvulas, dos de admisión y dos de escape. Si las válvulas se desconectan, el motor deja de funcionar, pero el detalle es que la única manera de desconectarlas es por la acción de una mano humana. Ya era noche completamente cerrada sobre el camino que une Cieneguita con la ruta 40 cuando el auto se detuvo. Se bajó mi papá con una linterna en la mano, abrió la tapa del motor para detectar el problema, y escuchó un aleteo detrás de sí, seguido de una carcajada aguda. Apuntó con la linterna hacia el sitio donde creyó que estaría “aquello”, pero en ese momento se produjo el mismo fenómeno a sus espaldas. Se sobrepuso a la impresión porque supo que si se dejaba ganar por el miedo la pasaría muy mal y se concentró en el motor. Las cuatro válvulas estaban desconectadas. Las puso en su lugar, cerró la tapa del motor y rápidamente arrancó y continuó andando. Uno o dos kilómetros más adelante nuevamente el vehículo se paró, y otra vez los aleteos, las carcajadas a sus espaldas, las válvulas desconectadas, el esfuerzo de mi papá por no paralizarse y seguir andando. Esto se repitió un par de veces más, hasta que por fin llegó a la ruta. A poco andar había una estación de servicio con un bar, allí paró para relajarse. Pidió un café, y mientras esperaba en el mostrador comentó con el dueño y con otros parroquianos que como él hicieron un alto en el camino lo que le había pasado. “¡Doña Ceferina!” dijeron varios al unísono. Le hicieron saber que era habitual que la mujer saliera por las noches, transformada en un pájaro negro que en lugar de graznar lanzaba una carcajada aguda, a asustar especialmente a los forasteros. 

Años después, otras dos personas que conocimos en la familia refirieron experiencias similares, atribuyéndolas a una bruja del lugar, llamada Ceferina. Uno era un joven sanjuanino que había pasado alguna vez por Cieneguita, el otro un abogado cordobés que llevó adelante algún litigio relacionado con la explotación minera.
Ha transcurrido más de medio siglo desde aquello, los tíos del rubio famoso son finados hace mucho tiempo, y estarán, seguramente, sepultados en aquel modesto cementerio en medio del campo, enmarcado en montañas precordilleranas, con su suelo árido sin una brizna de pasto, con sus tumbas dispuestas desordenadamente, algunas cruces torcidas, improvisadas cercas de hierro forjado y mucha flor artificial desteñida por el sol inclemente. Un escenario ideal para una película de género fantástico, en la que se podría introducir la historia de la mujer convertida en ave nocturna que tiene un graznido risa. 

Del guion me encargaría yo; sólo faltaría 
conseguir quien la produzca y quien la dirija. Ya pensé en uno de los protagonistas: el famoso rubio de apellido danés que vuelve cada tanto a la Argentina, filma alguna película, va a ver los partidos del club de fútbol de sus amores, come choripan y toma vino de caja en la cancha. Después asiste a la ceremonia de entrega de los Óscar con la camiseta de dos colores debajo de su smoking. Graba -en perfecto idioma argentino- mensajes de repudio a los gobernantes neoliberales que trataron de destruir la industria cinematográfica nacional. Sí, sí, el de la famosa trilogía de Tolkien, ese mismo, resulta que era sobrino de Doña Ceferina y su marido nórdico. ¡Y yo lo conocí! ¿Quién hubiera dicho? Estaré atenta a su próximo viaje a Buenos Aires para hacerle la propuesta, ¿por qué no intentarlo?
Diciembre 2019.

jueves, 12 de diciembre de 2019

EL CENTENARIO DE DOS MUJERES


El centenario de dos mujeres

En 1919 nacieron mi mamá y Evita. Una, la hija de un gringo que llegó a la Argentina y al poco tiempo se hizo rico: dueño de fincas, viñedos y frutales, y de explotaciones mineras en San Juan. Se casó con una criolla sanjuanina veinte años menor, una niña de apenas catorce años que parió once hijos. De las dos últimas, mellizas, una fue mi mamá. En cambio, Evita fue hija “ilegítima” de una mujer pobre y un estanciero que, al menos, le dio su apellido, pero murió dejando cinco huérfanos. Mi mamá fue una niña de la sociedad provinciana y disfrutó de la riqueza amasada por su padre hasta la adolescencia, porque la muerte del gringo significó la decadencia de su fortuna. Mientras tanto Evita, a los quince años dejó a su familia para buscarse la vida en Buenos Aires.
Mi madre se casó a los 21 con un buen mozo de “buen apellido” aunque pobre, y la pobreza marcó su vida para siempre, pero no le borró sus ínfulas de clase alta. Cumplió su mandato de ser madre y ama de casa. Sobrevivió al terremoto del 15 de enero de 1944 que destruyó en segundos la ciudad de San Juan: a causa de ese terremoto, Evita conoció a Perón y pronto saltó a la vida pública. El gobierno peronista creó el Ministerio de la reconstrucción y para 1952, año en que Evita murió, mis padres y hermanas ya vivían en una casa propia que pudieron comprar porque las condiciones económicas eran propicias para los menos favorecidos, en el barrio llamado Sosa Molina, en homenaje a un Interventor de la provincia de San Juan, cercano a Perón. Sin embargo, el gorilismo de clase persistía, y mis padres celebraron el cambio de nombre luego del golpe de estado: Huazihul, por un legendario cacique huarpe.
Yo nací durante la dictadura de Aramburu, la llamada Revolución libertadora… En mi casa había un ejemplar de La razón de mi vida, porque seguramente mi hermana mayor lo había leído obligatoriamente en sus primeros años de escuela primaria. Recuerdo muy bien que ese libro tenía tachaduras sobre la foto de Evita, e inscripciones insultantes hacia ella y Perón. Un odio cultivado hasta 1970, en que las hijas de mi mamá festejamos el secuestro, juicio sumarísimo y ejecución del asesino y gorila Pedro Eugenio Aramburu. Las hijas nos hicimos peronistas y militamos en la gloriosa JP, no sin conflicto familiar. Fue un trago difícil para mis viejos, aunque llegaron a simpatizar con el Tío Cámpora. Pero no quiero dispersarme: Evita y mi mamá nacieron en 1919, Evita el 7 de mayo, mi mamá el 29 de septiembre. Evita murió a los 33 años, consumida de pasión por los humildes y fue mito desde mucho antes, durante esos siete años en que se consagró a Perón y a los descamisados. Mi mamá murió casi con 96 años, y aunque nunca bajó sus presunciones de reina de Inglaterra, al menos reconoció que los gobiernos de Néstor y de Cristina Kirchner fueron lo mejor que sucedió en la Argentina en décadas. Ella pudo jubilarse gracias a Néstor, y en sus últimos años se hizo kirchnerista. Me consta que sufrió la muerte de Néstor, y que votó a Cristina, a quien admiró y amó a su manera. 
Mi mamá y Evita recorrieron dos caminos muy diferentes, pero al fin convergieron de alguna manera en pleno siglo XXI. En estos tiempos de protagonismo femenino, de luchas por ampliar los derechos de las mujeres me siento hija de ambas, como también de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.

lunes, 20 de marzo de 2017

AY, LEÓN, QUÉ ASTILLA NOS CLAVASTE...

DE TAL PALO, TAL ASTILLA.

Se trata de un refrán popular muy utilizado, que puede aplicarse tanto de manera positiva como negativa. El palo es una metáfora del padre, la astilla lo es del hijo. Así, si una persona se destaca por sus cualidades, por ejemplo, un buen médico, y su hijo abraza la misma profesión y demuestra ser igualmente bueno, las personas suelen decir: “De tal palo, tal astilla”. Es una fórmula que también puede verificarse en el caso de un delincuente cuyo hijo roba un banco y va preso; una opinión basada en la sabiduría popular, igualmente se fundamentará en este refrán, como afirmando que hay un determinismo genético en las conductas de las personas, que no pueden hacer otra cosa que repetir las de sus progenitores. Sin embargo, no hay razones científicas que avalen este tipo de pensamiento. Hay casos de personajes conocidos que lo pueden demostrar, como por ejemplo, el de dos filósofos argentinos, padre e hijo: León y Alejandro Rozitchner. El primero, fallecido en 2011 a los 87 años, fue un destacado intelectual (filósofo y psicoanalista), formado en la universidad La Sorbona de París, donde tuvo como profesor, entre otros, a Claude Levi-Strauss. En 2004 obtuvo el Diploma al Mérito otorgado por la Fundación Konex, por su extensa obra que consta de numerosos libros y artículos en publicaciones especializadas, diarios y revistas. Fue un hombre de izquierda, consecuente con su pensamiento hasta el fin de sus días. Uno de sus libros, El terror y la gracia, da cuenta de su posición crítica hacia los regímenes totalitarios como el que se instauró de facto en Argentina entre 1976 y 1983.

Alejandro es licenciado en Filosofía de la Universidad Central de Venezuela, durante el exilio junto a su padre, León. Se vinculó con los medios radial y televisivo, con figuras como Mario Pergolini, con quien escribió un “manual de supervivencia para el estudiante secundario”. También ha escrito novelas, pero se lo conoce por su participación en programas de televisión junto a definidos exponentes de la derecha argentina como Mariano Grondona (periodista e ideólogo de la dictadura cívico militar y eclesiástica), y por sus artículos periodísticos publicados en el diario La Nación. Fue funcionario del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires durante la gestión de Mauricio Macri, y cuando este asumió como presidente pasó a ser su asesor. Su especialidad son los temas “motivacionales” y se dedica a dar cursos para funcionarios y para la comunidad en general, sobre “entusiasmo y alegría”. Se identifica expresamente con el pensamiento de derecha y se manifiesta a través de las redes sociales con expresiones xenófobas y de índole fascista, con lo que pareciera muy preocupado por diferenciarse de su padre.
Este caso, si de refranes se trata, podría contra argumentarse con uno, también muy conocido que reza: “No hay peor astilla que la del mismo palo”.

Laura Aliaga - Octubre 2016




miércoles, 15 de marzo de 2017

POESÍA... ¿POESÍA?

Con este poema entro al Parnaso. Y me gano unas cuantas antipatías.

LISTA
Pensaba escribir un poema
Pero debo hacer
La lista del supermercado
Y como va un renglón debajo
De otro (u otros)
Tal vez mate dos pájaros
De un solo tiro, aunque
Yo soy pacifista.
Arroz, aceite, arvejas
Algodón suave, blanco
Como las sábanas blancas de algodón,
Jabón de lavar sábanas,
Jabón líquido, suavizante,
Detergente para los platos, lavandina
Que desinfecta, mata gérmenes, que
Como soy pacifista, es lo único
Que mato.
Fideos para sopa, espaguetis, coditos;
Cabellos de ángel no,
No me gustan los cabellos en la sopa.
Lentejas, garbanzos, frijoles negros
(Antes los llamaba porotos,
Pero cierto roce con gente cubana
Me hizo adoptar frijoles,
Es más sonora, musical, frijoles que porotos,
Porotos suena feo, tiene reminiscencias
Escatológicas…)
Galletitas, mermeladas,
Manteca, queso crema,
Yogur, quesos varios para comer,
Más o menos duros,
Más o menos caros.
Vinagre, vino tinto, yerba mate,
Café, té, leche, líquida y en polvo.
Cubitos de verdura, harina.
Qué bueno esto de escribir
Un renglón debajo de otro y creer
Que es poesía. Rima, ¿para qué?
Métrica, ¿para qué? Esas antigüedades…
Eran cosas de Quevedo, de Sor Juana,
Neruda, Rubén Darío, Carilda Oliver,
Borges, ¿hay poesía mejor? No,
Pero hay licencia para escribir
Una lista de supermercado y decir
Es poesía, y leerla ante un público
Acrítico, que pone cara de qué maravilla,
Aunque muchos por dentro se preguntan,
¿Esto a qué hora termina?
Luego del recital de pseudo poesía
La gente se va y no recuerda nada,
A lo sumo, palabras sueltas,
Sucesión de imágenes, ni una sola idea,
Coherencia, filosofía, nada,
Sólo colores, formas, recuerdos
De una infancia, la del pseudo poeta,
Que sólo tienen significado para él
O ella, pseudo
poeta o poetisa, aunque
Poetisa está devaluado.
La nada misma, eso sí, editada.
Menos mal que están muertos,
Guillén, Benedetti, Alfonsina,
Idea (¡Ja!) Vilariño, Miguel Hernández,
Federico. Se volverían a morir
Leyendo listas de supermercado.
Papel higiénico, rollos de cocina,
Pañuelos descartables,
Poemas descartables.
Y fósforos, muchos fósforos.

Laura Aliaga

14/3/2017

domingo, 21 de agosto de 2016

RETRATO INFANTIL

Cuando termines de comer la naranja y se haya ido ese pesado del primo Héctor, que últimamente te ha tomado para modelo para sus fotografías, sin que nadie nos vea, recorreremos la casa de la Mamy (qué ocurrencia ésta de decirle Mamy a la abuela, nada más que para confundir a la gente) ¿Estás lista? Bueno, vamos primero al living. Ya sé que te da miedo entrar solita, porque siempre está cerrado y oscuro, pero ahora estás conmigo, yo te cuido. ¿Esos cuadros? Son retratos de unos tíos que no conociste porque murieron siendo niños. Ahí está Lilita, de pie, apoyada en el brazo de un sillón. Sonríe con sus eternos seis años, la carita bordeada de bucles y la misma sonrisa de todas las mujeres de la familia. En otro cuadro, un poco más arriba, Rodolfo, un bebé gordo y cachetudo. Ambos murieron de fiebre tifoidea, con quince días de diferencia. Pero el rincón preferencial es para Carlos, el más llorado. Tenía veintidós años; en el retrato viste equipo deportivo y luce varias medallas, parado en medio de una pista de atletismo. Había viajado a la paterna Canadá, hablaba inglés a la perfección y era el que se perfilaba como continuador de los negocios familiares. Una peritonitis absurda lo segó.
Clara Celia Cano Caicedo, y sus hermanos Vicente y Dalmiro

Este lugar es triste, hay demasiadas cosas viejas, demasiados recuerdos. Vamos a abrir la ventana. ¡Qué lindo está el solcito! ¿Ves el ciruelo florecido? ¡Cuántas abejas zumbando! Esta calle está asfaltada, no como las de tu barrio, y aquí todo está limpito y en orden. Pasan muchos autos y se escucha el silbato del tren. Shh…¿oís? ¡Caballos! Se acerca una carroza fúnebre. Sí, apretadita contra mí, fijate: seis caballos negros, y el cochero de frac y galera negra. Cómo suenan las herraduras en el pavimento… Detrás van los familiares del muerto, en varios coches. Gente rica, se ve.

Bajemos del sillón y vayamos ahora al comedor. La Mamy está haciendo mucho ruido de platos en la cocina. ¡Vive rompiendo cosas la pobre vieja! Ah…, ya sé, te tienta el teléfono. ¿A quién llamamos? A la tía Chicha, esa antipática que te dice gorda sin una pizca de cariño. Yo marco, vos decile “¿Familia Gallo? ¡Ay, perdón, me equivoqué de gallinero?”
¿Adónde vamos? No, al dormitorio de Héctor no; hay olor a pucho, a hombre, y a vos los hombres te dan miedo. Te gustan pero te asustan, y si alguno se pone muy cargoso, llorás como una sonsa. Vamos al baño. Aquí se puede jugar con la puerta cerrada. Podemos lavar el lavatorio con la esponja y el jabón LUX, y ponernos las cremas de la Mamy. No toques la taza donde deja la dentadura postiza, se puede romper. ¿La escuchaste anoche, cuando se hacía gárgaras? Y ella, como es sorda, ni se entera de que nos reímos a carcajadas.
En el dormitorio de la Mamy vamos a mirarnos en el espejo del ropero. Mirá: así vas a ser dentro de treinta años. Se te va a oscurecer el pelo, y ya no tendrás esos mofletes  que los grandes te pellizcan cuando te dicen “¡qué rica!” Vas a conservar la sonrisa y la mirada franca. Un rictus amargo te bordeará la boca, desde los costados de la nariz, y la marca del ceño empañará tu dulzura.

Esta es la enorme cama de la Mamy. Ahora saco cuentas: hace veintiocho años que enviudó, y conserva esta cama todavía. Aquí es donde llora a sus muertos, y reza el rosario antes de dormirse roncando. Esta pieza parece una capilla, llena de imágenes de vírgenes y santos. A vos te gusta esa Santa Rosa de Lima que ella pone junto al velador y que luego se ve fosforescente cuando apaga la luz. Aquí lo único que tiene vida es la radio. ¿Querés que ponga Radio Colón?  Te gustan las radios de Chile; ahora paso a onda corta: Minería, Cooperativa, Portales… También te gusta la música clásica: El Gran Cañón del Colorado, Scheherazade, por Radio Nacional de Buenos Aires.
Pero apurémonos, pasemos de nuevo por el comedor y salgamos al patio grande. Juguemos con la manguera. Sacate las zapatillas y las medias y mojate los pies, así. Qué lindo es andar descalza… Pero en este patio hay sólo baldosas, no hay tierrita, ni plantas como en tu casa. Bueno, vamos a cerrar el agua. Ya va a ser hora de almorzar. Te acompaño hasta adentro y me voy. No te pongas triste, otro día volveré. Iremos al río, o al fondo de tu casa y comeremos damascos recién cortados. No puedo quedarme porque la mamá y la Mamy no me conocen, y si les digo quién soy no me van a creer, aunque vean que me parezco a ellas y a vos, aunque les cante todo lo que sé de ellas y lo que les va a suceder en los próximos treinta años, con fechas y todo. Hay mucha gente grande que no se rinde ni ante la evidencia y te toma por loca. Chau, te quiero mucho.