miércoles, 20 de abril de 2011

CUENTO DE JUVENTUD


Por circunstancias familiares que no viene al caso comentar, a mediados de 1973 me trasladé de San Juan a La Rioja, y perdí un año de la secundaria. En La Rioja ingresé al Colegio Nacional Joaquín V. González, cursé tercer y cuarto año, y por un arrebato loco, rendí libre quinto año. Tenía un novio en San Juan, me llevaba mal con mi padre y lo único que quería era acelerar el regreso a San Juan, para empezar la Universidad.
Tuve una profesora de Literatura adorable, Alba Rosa Lanzillotto de Pereyra, una mujer que tras su natural dulce y amable, encierra un espíritu fiero de luchadora; desde hace años integra la Asociación Abuelas de Plaza Mayo. 

Ella me animó a participar, en 1974, de un concurso de cuentos organizado por la filial riojana de la Sociedad Argentina de Escritores, y tuve la alegría y el honor de ganar el primer premio. El jurado estaba presidido por el poeta riojano Ariel Ferraro. 
He recorrido un camino sinuoso con las letras, lleno de cortes, derrumbes, piquetes, desvíos. Pero este cuento, sencillito, ha resistido el paso del tiempo...mucho tiempo. Aquí está:



LA ESPERA


Las campanas de la Catedral rompen a llorar un nuevo cuarto de hora. Hacia el oriente, ya el resplandor de la ciudad se abre como la cola de un gigantesco pavo real. Al occidente, en primer plano, las vías y algún vagón; el alambrado, y más atrás, entre anchas veredas, brilla bajo los faroles de mercurio la Avenida Las Heras. Un muro de carolinos oculta las casas de los ferroviarios, y por donde las ramas dejan un claro, muy al fondo, se ve el negro intenso de la montaña emergiendo del azul casi negro del cielo.
Hace frío. Por las galerías de la estación remolinea el viento sur. Sentada en un sillón que alguna vez debió ser mullido, soy una más entre muchos que aguardan el tren. Nadie habla: parece que el aburrimiento hubiera cerrado las bocas. Me molesta este silencio colectivo.
¡Ahí viene...! Un hombre se asomó al andén y todos, curiosos y agitados, lo seguimos. Pero no, no era nada.
Ya perdí mi asiento; salgo entonces a la puerta y escucho nuevamente las campanas de la Catedral: son las nueve y cuarto. ¡Cuarenta minutos de retraso! Martín ha de estar harto de viajar, pienso, mientras atravieso la playa de estacionamiento que rodea la plazoleta, invariablemente oscura. Creo que nunca vi encendido el farol que se yergue a cuatro o cinco metros de altura. La calle está oscura también, y por momentos el aire trae el olor de una pescadería. Con tristeza miro hacia la ciudad, como un niño que mira un juguete inalcanzable. ¡Qué placer caminar a esta hora, sumergirse en ese lago refulgente y bullicioso! Pero, ¿qué hago aquí fuera? ¡Tal vez llegue el tren y Martín no me encuentre esperándolo! Vuelvo presurosa a la galería. Adentro sigue todo igual.
Me afirmo en la pared, frente a la Oficina de Informaciones. Parece un cuadro de Rembrandt: la única luz de una lámpara sobre el mostrador ilumina el rostro de un empleado que repasa un libraco en actitud cansada. El fondo, todo el resto del recinto está en penumbras. Me dirijo hacia allí.
¿A qué hora llegará?
Diez o quince minutos más, señorita.
-    Pssss... ¡Increíble! – digo, por no quedarme callada. El fulano se encoge de hombros y sigue leyendo su bibliorato. Después de todo, él no tiene la culpa.
Me siento como en una cárcel; paseo de un lado a otro lentamente. Me detengo a leer los letreros de la pared: tarifas, horarios, comunicados, disposiciones... pero la luz es tan débil que me arden los ojos. A mi lado hay una mujer que se come las uñas con la mirada fija en el suelo. Me dan ganas de hacerla pestañear de un manotazo y luego me río de semejante ocurrencia.
Suspiro, retorno a mis paseos. Tengo hambre. De la Avenida Central viene el grito de un vendedor.
¡A los chori, muchacho’ a los chori! – desde el carrito de choripan instalado a la puerta de uno de esos nómades parques de diversiones.
De pronto, sin saber cuánto tiempo ha transcurrido ni en qué estuve pensando, me sacude un altavoz: “el Expreso proveniente de Buenos Aires hace su entrada a la Estación San Juan. Se ruega al público mantenerse a prudente distancia del andén.” El corazón me da un vuelco y vuelo hacia fuera. El piso se estremece; muy lentamente avanza la caja negra de hierro, haciendo crujir los rieles bajo su peso. En sentido contrario, una muchedumbre camina nerviosa, los cuellos estirados y los ojos muy abiertos, como si abrirlos desmesuradamente dotara a la vista de una agudeza especial.
Yo he preferido quedarme parada en un sitio y aquí esperar. Con avidez examino a cada uno que baja por tanta y tanta puerta. Martín no aparece. Doy unos pasos, luego me vuelvo... ¡Ah por fin, ahí está! ¿Y ese pull-over? Es uno nuevo que se compró en Buenos Aires, seguramente. Me río sola, no sé qué hacer para que me vea. ¿Eh? ¡Oh, no, no es él! ¿Qué habrá pensado ese tipo?
Sigo aquí, parada. “Llego lunes tren 20.30. Cariños. Martín”, dice el telegrama que recibí hoy a primera hora. ¿Cómo es posible que no venga? Siento una especie de humillación. Los que pasan a mi lado me miran como bobos, aunque ellos deben pensar que la boba soy yo. Todo el mundo está yéndose; los vagones van quedando vacíos. Un niño llora porque se apagan las luces y no puede bajar.
Camino. Llego hasta el último coche, vuelvo. Cuando la evidencia es absoluta, me marcho, enojada con el mundo.
Arriba, las estrellas centellean impávidas. Parece que hasta el cielo me hiciera burla. En tanto, el viento sur deforma en el aire las campanadas de la Catedral.






NOTA: El Ferrocarril San Martín llegaba, hasta el gobierno neoliberal del innombrable riojano, a la Ciudad de San Juan. La estación, construida en el siglo XIX, sufrió una destrucción parcial durante el terremoto del 15 de enero de 1944.
Actualmente funciona en el predio, y en lo que quedó de la estación, un museo. Las vías fueron levantadas, se abrieron calles y se edificó en terrenos que pertenecían al ferrocarril.
Para ilustrar publico dos fotografías, una muy antigua, no puedo precisar la data, y otra actual.






Museo y Centro Cultural en la ex Estación San Juan

Estación San Juan FF CC San Martín























miércoles, 13 de abril de 2011

LA PUNTA DEL ICEBERG

Acerca de la "teoría del iceberg", dice su creador, Ernest Hemingway:

 " Yo siempre trato de escribir siguiendo el principio del iceberg. Hay siete octavos del iceberg bajo agua por cada parte que se muestra sobre la superficie. Cualquier cosa que uno sabe y puede eliminar, refuerza el iceberg. Lo que vale es lo que no se muestra. Pero si un escritor omite algo porque no lo sabe, aparece un agujero en su historia"


Para mí es un ideal, escribir como Hemingway, y este cuento fue una obsesión durante mucho tiempo. Cuando vivía en Hurlingham solía andar mucho en bicicleta, sobre todo los fines de semana, salía a andar por esas calles arboladas, los fines de semana, a pedalear y pensar, durante una hora, o más. De una de esas excursiones volví una mañana y no hice más que tomar un vaso de agua y sentarme a escribir este cuento, de un tirón, luego de haberlo tenido en la cabeza por dos o tres años... Es apenas un intento.



La punta del iceberg

En homenaje a Hemingway...

“...con sus dos soledades basta y sobra
con sus dos cuerpos y sus cuatro manos”
Mario Benedetti

Como dos fantasmas caminan por la calle de tierra hacia el sonido del mar. Son las seis de la mañana y en  dos días comenzará el invierno. Un túnel de eucaliptos los protege de la fina llovizna. Es tal el ansia por ver el mar aunque sea de noche, por pisar la playa y escuchar el tronar de las olas, que casi corren, tomados de la mano. Unas pequeñas vacaciones, un fin de semana largo para disfrutar y estar a solas, como hace mucho tiempo que no lo están, sin nada que perturbe su paz, ni siquiera esa enorme lechuza que primero ha chistado erizando la espalda de ella, y luego ha volado exactamente sobre sus cabezas con escandaloso aleteo. Los dos miran hacia arriba como quebrando el cuello y la ven, blanquecina y fosforescente en la oscuridad.
-          Trae mala suerte – dice ella.
-          Es un pobre pajarito, no creerás en esas cosas.
-          No, por supuesto – contesta con una sonrisa nerviosa.
Por fin encuentran las dunas y la arena floja les dificulta el andar. A grandes zancadas llegan hasta la orilla, a desafiar la espuma que quiere mojarles los pies. Ella da saltitos graciosos, él la abraza y así se quedan un rato, contemplando el romper de las olas, el horizonte oscuro. El cielo está encapotado y la llovizna no cede. Si así no fuera se quedarían a ver la salida del sol.
-          ¿Vamos a dormir un rato? – dice él.
-          Sí, estoy muy cansada.
Ella no durmió en las casi seis horas de viaje en ómnibus. Nunca puede dormir durante un viaje, además la calefacción era excesiva. Vino tratando de ver por la ventanilla, reconociendo parajes, arroyos, adivinando carteles en la ruta, y abrazando a su amor que sí dormía a su lado. Recordó otras escapadas a la costa, el último fin de año que vivieron en el colmo de la felicidad, lejos de la locura de la capital.
Llegaron al chalet que ocupaban en una esquina, reducido pero acogedor. No desarmaron los bolsos, sólo se encerraron con llave y subieron la escalera crujiente. El detrás de ella, jugando a que la atrapaba por los tobillos. Se desnudaron, se besaron y abrazados se durmieron enseguida.
A media mañana, la luz que entraba por la ventana la despertó. Se levantó a calentar una pava de agua para despertarlo con unos mates. Bajó la escalera y notó que había dejado de lloviznar. Cuando quiso encender la cocina notó que no había gas.
- Maldición – murmuró, mientras subía nuevamente dudando si despertarlo para que la ayudara a solucionar el inconveniente. Pero desde la puerta lo vio dormir tan plácidamente que tuvo lástima de interrumpir su sueño. Se abrigó y bajó dispuesta a buscar algún vecino que le indicara dónde pedir una garrafa. En el dúplex contiguo residía permanentemente un estudiante, a quien solía visitar su novia.
Cuando salió a la calle miró hacia el lado por donde habían corrido a buscar el mar esa madrugada, y al doblar la esquina se pegó un susto mayor: la embistió de frente un hombre ataviado a la moda de 1920, con un traje gris oscuro a rayas, sombrero negro y un pañuelo anuadado al cuello. El hombre pareció haber visto al diablo, y en su propia cara se santiguó, y todavía dijo “Ave María Purísima”. Ella se estremeció, le parecía estar viendo a un personaje irreal. Se sintió afectada porque nunca pensó que podía asustar a un prójimo de esa manera, y no pudo evitar el recuerdo fresquísimo de la lechuza aleteando sobre su cabeza unas horas antes.
Golpeó tímidamente la puerta, temerosa de importunar. Pero eran más de las once, así que la segunda vez golpeó con más ímpetu. Nadie atendió. Fue hacia el tercer chalet del complejo. Le abrió la puerta una señora muy afable.
-          Buen día, señora, estoy en el dúplex de la esquina con mi... marido (se sorprendió dándole ese título, en realidad no estaban casados y no sabía si algún día lo estarían), ¿dónde puedo comprar una garrafa?
-          Pasá, querida, la pedimos por teléfono.
Subió la escalera con la dueña de casa. Se veía que no era una casa sólo de veraneo o fin de semana, estaba equipada con todo el confort y decorada sin lujo pero con buen gusto. El teléfono estaba en el dormitorio, y la mujer no tuvo ningún reparo en llevarla hasta allí. Le extendió una libreta que tenía en la mesa de luz, escrita con letra de maestra jubilada.
-          Fijate vos, porque yo sin anteojos no veo nada. – Le dijo el nombre del negocio de garrafas – decime el número que yo llamo. Te la traen enseguida.
La trajeron enseguida, y ella la conectó a la cocina sin ningún problema. Calentó el agua y subió con el equipo de mate a despertarlo.
-          Tontita, ¿por qué no me llamaste?
El chaparrón los sorprendió al mediodía mientras compraban provisiones por la avenida principal. San Bernardo estaba semivacío, apenas sus habitantes permanentes que eran un puñado, y ellos. Se guarecieron en un negocio adonde compraron dos paraguas, y como el vendaval no paraba decidieron volver a la casa. El viento les dio vuelta los paraguas y quedaron empapados. Con ropa seca se dedicaron a preparar el almuerzo. Si no mejoraba el tiempo tendrían que quedarse encerrados allí, y ella sabía que podían pasar momentos maravillosos estando juntos: sólo eran necesarios sus dos cuerpos y sus cuatro manos. Sin embargo, la siesta se diluyó entre las imágenes de una película que a él lo tuvo atrapado durante dos horas y que a ella aburrió completamente. Y para colmo, no tenía sueño; leyó. Por la tarde había bajado tanto la temperatura que tuvieron que encender el horno de la cocina, único medio de calefacción. La lluvia paraba de a ratos, y muy pronto anocheció. Salieron a dar una vuelta, pero no había nada para ver ni hacer con semejante temporal. Jugaron a las cartas, conversaron como siempre lo hacían, rieron. Y cuando se aburrieron subieron al dormitorio. Ella se bañó primero: el agua estaba bien caliente pero hacía tan terrible frío que parecía que iba a quedar hecha un bloque de hielo. Así es que se secó y se metió a la cama tapada hasta los ojos. Luego vino él, tiritando, y ella lo recibió con la cama ya algo tibia.
-          Mi estufita – dijo él con ternura – mi “hornito rinco” – como tantas otras veces.
Sus dos cuerpos y sus cuatro manos, ahí estaban, y comenzaron a jugar en la oscuridad, metidos bajo las cobijas porque fuera se hubieran congelado. Fueron desnudándose dentro de ese nido, y fueron calentándose de memoria, y repitiendo ritos de caricias y bocas ansiosas. Pero en lo mejor del preludio, él se quedó profundamente dormido, enredado con ella. Pensó que luego despertaría y sólo bastaría sentirla allí para comenzar de nuevo. Pero pasaron los minutos y nada. Todo lo profundo del sueño de él parecía desvelarla a ella. Sus ojos se acostumbraron perfectamente a la oscuridad. Pensó en prender la luz y ponerse a leer, pero el frío era tan terrible que desistió. De pronto escuchó ruidos y voces en el dúplex del estudiante. La construcción era muy bonita, pero las paredes parecían de cartón. La pareja conversaba, se escuchaban pasos, el agua del baño, ruidos cotidianos como en cualquier casa. Después, silencio. Y luego... voces difusas, risitas, suspiros. Y ella ahí sintiendo el cuerpo de su hombre dormido, pegado al suyo, pero separados por la infinita distancia de la inconsciencia. Cambió de posición con la ardiente esperanza de que despertara. El se dio vuelta y la dejó completamente sola, escuchando, imposible evitarlo, a esos otros dos que ya estaban devastándose salvajemente.
Cuando a la noche siguiente se fueron a dormir ella sólo rogaba que no se repitiera el episodio. Al menos que pudiera dormirse y no escuchar nada si ocurría otra vez. Todo el día había transcurrido en armonía entre los dos, pero no había indicios de pasión. Él estaba como un niño, y decía sentirse cansado.
-          ¿Cansado de descansar? – preguntó ella insatisfecha.
En el chalet de al lado esta noche parecía no haber nadie, ni siquiera el dueño de casa. Ululaba el viento entre las maderas del techo. El ya dormía profundamente a su lado. Ella se levantó, se vistió y salió a la calle muy abrigada. Llevaba una linterna. No sentía miedo, pero evitó la calle por donde había chistado la lechuza. Hizo un rodeo para llegar hasta el mar.  Estaba crecido, y la luna menguante se reflejaba en sus aguas. Alguna luz lejana sugería un barco, pero el horizonte se perdía, negro, como el futuro. Caminó por la playa, a favor del viento, y por momentos sentía que su fuerza la impulsaba sin que ella pudiera evitarlo. Tristes faroles iluminaban la avenida costanera. No había un alma en ningún lado, y sin embargo, no tenía miedo. Era una extraña allí, sentía que no debía estar en ese lugar, pero tampoco encerrada ni acostada con ese hombre que dormía sin enterarse de nada.
Una ola arrojó algo oscuro unos metros delante de sus pasos. Cuando el agua se retiró fue a recogerlo: era una piedra negra, que al examinarla con la linterna parecía un hueso de mamífero petrificado, algo como una cabeza de fémur, con la porosidad propia de los huesos; estaba cortado y tenía una filosa punta. Nunca había encontrado algo así, sólo caracoles o conchillas de colores diversos. Lo guardó en un bolsillo. Estando a la orilla del mar perdió la noción del tiempo, y dejó de sentir frío gracias a la caminata. Sólo su cara estaba helada, pero podía soportarlo. La luna recorrió un buen trecho por el cielo. No había llevado reloj. Miró una vez más el mar de frente y el negro horizonte se le presentó nuevamente como si fuera el futuro. Supo que de este viaje volvería siendo otra persona.
Regresó sobre sus huellas, dificultosamente, con el viento en contra, y tuvo cierta conciencia de todo lo que había caminado. Una sensación de placentero cansancio le invadió el cuerpo. Cuando alcanzó la salida hacia la calle que debía tomar para volver a la casa, miró nuevamente como saludando al mar. Subió a la avenida costanera, con paso cansado y enterrándose en la arena blanda.
Pocos minutos más tarde llegó a la esquina de la casa. Venía de frente un hombre emponchado. Ella lo iluminó con su linterna y una corriente de horror le erizó la espalda: era el mismo hombre al que asustó la mañana anterior, pero esta vez le mostró una sonrisa desdentada, se sacó el sombrero y la saludó.
-          Buenas noches, señorita – le dijo, y se perdió en la bocacalle, en el exacto momento en que una lechuza cruzaba de un eucalipto a otro. Ella esperó a que se posara en una rama e imitó su chistido.
-          ¡Chhhhhh!
-          ¡Chhhhhh! – le respondió el ave, y desapareció por el mismo lado del emponchado.
Introdujo la llave. Dentro de la casa no se escuchaba nada. Antes de quitarse la  campera, tanteó los bolsillos. Subió por la escalera iluminándose con la linterna. Desde la puerta del dormitorio alumbró hacia la cama: él estaba allí, arrebujado, respirando fuertemente. Le enfocó la cara y comprobó que dormía: apenas apretó los párpados, sin despertar. Ella se acercó, y con el hueso petrificado le asestó un golpe en la sien, y otro, y otro más. Y volvió a perder la noción del tiempo.





miércoles, 6 de abril de 2011

DEMONIOS


Este relato fue publicado en la Revista Babilonia, en abril del año 2007.






DEMONIOS


El niño que me perseguía esa tarde no era el mismo de la otra vez. Este también era terrible, agresivo, pero no el demonio que comandaba aquella pandilla de tres que estuvo a punto de matarme. Surgió de repente entre los eucaliptos del costado. Yo iba caminando por la calle de tierra, sumida en mis pensamientos, y cuando escuché ruido de pasos detrás de mí volví la cabeza. Tendría unos cinco años, la cara sucia y un buzo color mostaza, rotoso y lleno de manchas. Llevaba el brazo en alto, por detrás de la cabeza, y apenas podía dominar el peso del adoquín que estaba por arrojarme. Instintivamente me puse a correr, y me acordé de la vez anterior, cuando aquellos tres me perseguían. Este no hablaba, no me decía nada, simplemente amagaba con tirarme la piedra. No sé de dónde saqué el aplomo necesario para plantarme en seco y enfrentarlo. Si hubiese sido un perro, me habría agachado simulando recoger un cascote, recurso que en la mayoría de los casos, da resultado. En otros, me ha pasado que el perro se enfureciera  más, y alguno llegó a morderme.

-          ¿Por qué, por qué? – fue lo único que se me ocurrió articular.

El chico bajó el brazo, el adoquín colgaba de su mano, como un peso muerto. Tenía unos ojazos negros y melancólicos. Las comisuras de sus labios casi dibujaban un puchero. Todavía me acerqué un poco más, y él no se movió. Tendí la mano para tocarlo y se puso en guardia, pero con un gesto indefinible de su cuerpo, dejando caer la piedra que se hundió en la tierra suelta. Se frotó la mano por el abdomen. Cuando estuve a un palmo, me puse en cuclillas y nos miramos a los ojos.

- Acariciame – me dijo en un ruego imperativo.

Yo lo estreché y nos pusimos a llorar. Sentí un alivio inmenso, había neutralizado su violencia, pero estaba triste por no comprender. Después, él salió corriendo y lo perdí de vista.


Pero aquel otro episodio (si no hubiera ocurrido este, probablemente lo habría desterrado de mi memoria) fue diferente. Ahora que lo recuerdo se me eriza la espalda. Yo debía tomar un ómnibus; alguien me acercó con su auto a unos cincuenta metros de la parada, en un lugar solitario y descampado: de un lado, una vereda angosta cercada de ligustrina alta, la ruta y del otro lado, viñedos interminables. Cuando terminé de bajar del coche y empecé a caminar, sentí una confusión de gritos: un muchachito de edad indefinible, pero de cuerpo menudo me gritaba: “¡Te voy a matar!”, y a otros dos que corrían a su lado “¡Vamos a matarla!” Los tres llevaban piedras en sus manos, y me tiraron algunas que pude esquivar. Entonces sí que corrí (no me explico cómo hice, porque dentro de mí sentía una parálisis aterradora). Creí realmente que me iban a acertar con una pedrada, y que si me caía terminarían conmigo, y aunque llevaba una carrera que jamás supe que podría lograr, me espantaba la posibilidad de que me alcanzaran. Al fin llegué al refugio de la parada de ómnibus. Había otras personas, y por un momento me sentí aliviada, suponiendo que la presencia de los otros haría desistir a los... ¿cómo decir niños? ¿Esos monstruos eran niños? En fin, creí que iban a desistir, y sin embargo, el caudillo no cesaba con sus gritos, y sus secuaces estaban enardecidos repartiendo pedradas. El resto de los que esperaban el ómnibus también entraron en pánico, y todos logramos al fin encerrarnos en un lugar, algo como un puesto caminero abandonado pero que tenía llave. Desde allí veíamos a los demonios enfurecidos, insultando y amenazando. Alguien pudo llamar a la policía. Yo me debatía entre el miedo y la pena porque, siendo tan chicos, pobrecitos, qué sería de ellos en la comisaría...
A los pocos minutos llegaron los patrulleros. Nos ayudaron a salir del refugio, y a los pequeños aprendices de asesinos los esposaron. Intenté acercarme al más pequeño, lo confieso con vergüenza: me sentía segura porque un policía lo tenía agarrado. Volví a sentir terror: con unos ojos envenenados me gritaba insultos y amenazas de muerte, como si tuviera un odio concentrado exclusivamente para mí.
En aquella ocasión me desperté llorando.


(Niños muertos, niños monstruosos, amenazantes, con sus cuerpos mutilados, amoratados, aparecen en mis sueños en días en que algo nuevo, creativo está por salir a la luz...) 



miércoles, 30 de marzo de 2011

CRÓNICAS DE AUSENCIA

Una tarde del otoño de 1999, mi hija Patricia me llamó por teléfono a la oficina, algo habitual, llamadas de ida y de vuelta porque yo me pasaba al menos doce horas fuera de la casa, trabajando, lo que por largos años me convirtió en una "telemadre". Pero en esa ocasión el diálogo fue más o menos así: "Hola, mamá, te llegó una carta"; "¿Ah, sí, de quién?"; "No sé, (ella sí sabía), un sobre de Montevideo"; Ahí yo elevé un poco la voz, y casi le grité: "¡Abrilo", y en pocos segundos me describió su contenido, y leyó el texto, nada menos que de puño y letra de Eduardo Galeano, quien acababa de volver de recibir un premio en Estados Unidos (Premio para la Libertad Cultural de la Fundación Lannan) 

Ese hombre se había tomado el trabajo de responder a una carta mía en la que le envié el texto que sigue unos párrafos más abajo, en un gesto que lo hacía más digno de mi admiración.
Para qué voy a decir que mientras escuchaba la vocecita de mi hija leyendo sus palabras, yo lloraba y lloraba, como es costumbre desde que, hace muchos años, aprendí que no era bueno ser la mujer fuerte que se aguanta las lágrimas, como me mostraron con su ejemplo las mujeres de mi familia materna, duras mujeres de los valles andinos...





Y la tarjeta decía, en la bella letra de Eduardo Galeano: "Desde Montevideo, desde el otoño del 99. Gracias, Laura, por esas palabras tuyas, cariñosas y estimulantes. Te deseo lo mejor en tus aventuras del oficio de escribir. Un abrazo, Eduardo Galeano", adornado con el dibujo de un cerdito con una flor en la boca. 




 AUSENCIA


(Primeros días de marzo de 1997)

Yo escribiré las crónicas de ausencia, ya que no las de viaje. El domingo a la noche, después de mucho esperar el ómnibus, se fueron tan de repente que ni siquiera me vieron agitando la mano para saludarlos. Crucé la avenida Vergara viendo cómo se alejaban los dos micros (que fueran dos me dio cierta tranquilidad, pensando que en la ruta se vigilan y se acompañan mutuamente), y emprendí el regreso a casa. Cuando ya no hubiera tenido posibilidad de gritar y que me escucharan, por ejemplo, en el caso de que se hubieran olvidado de algo, cuando, si acaso me hubiera atropellado un auto no se habrían enterado, se me anudó la garganta con una angustia incontenible (o sea, me puse a llorar), pensando: SON LO ÚNICO VALIOSO QUE TENGO, SI LES LLEGARA A PASAR ALGO, ¿QUÉ SENTIDO TENDRÍA LA VIDA PARA MÍ, QUÉ NUEVO SENTIDO DEBERÍA ENCONTRARLE  PARA SEGUIR VIVIENDO?
Pensamiento trágico típico de mi condición de madre argentina con algunos antepasados españoles. Seguí puchereando hasta el cruce de las vías del San Martín y ya me recompuse.
Cuando llegué a casa me puse a ver televisión, tomé un café con leche con torta de chocolate preparada por Patricia. Conversé un rato con Inca, explicándole que íbamos a estar solas unos días, que al día siguiente se quedaría sola todo el día porque yo me iría a trabajar y que toda la semana sería así, pero ella me miraba con sus tristones ojos de perra buena, más buena y más fiel por haber sido recogida de la calle cuando la sarna y los parásitos se la estaban comiendo. El gato nos miraba con su habitual indiferencia, en realidad no sólo no participaba de nuestra conversación, simplemente no le importaba nada.  Me dormí tarde, me desperté temprano, antes de las siete y media. La casa vacía, silencio absoluto. Hice toda clase de tareas domésticas, hasta que me fui a trabajar, sin decirle chau a nadie, sin besar a nadie. No estaba triste, pero me sentía rara.

Apenas llegué al trabajo empecé a esperar la llamada desde La Falda, y a ponerme nerviosa cuando se hacían las doce y no tenía noticias; renovadas angustias y diálogos interiores convenciéndome de que nada malo debía haberles ocurrido, porque a esa hora ya lo sabría. Hasta que me hablaron Patricia primero y luego Celia con sus vocecitas argentinas. Gran alivio, por fin.  
Cuando por la noche llegué a casa, Inca se volvió loca saltando, lloriqueando, baboseándome, moviendo la cola. La encontré al principio medio dormida y como resignada al abandono, y en su alegría parecía decir, “bueno, yo creí que iba a ser peor”. En cambio el gato, impertérrito, echado en un rincón, se limitó a estirarse y a refregarse entre mis tobillos.
Ayer me acerqué a la Plaza de Mayo cuando la gente que se congregó frente a la revista Noticias se iba acercando para manifestar frente a la Casa de Gobierno. Todo el mundo llevaba pancartas con la foto de José Luis Cabezas, y los gritos eran “JUSTICIA”, “NO TENEMOS MIEDO” y “ CABEZAS, PRESENTE”. Era conmovedora la unidad en los ánimos de todos, tanto como el minuto de silencio del cual no pude participar una hora antes, pero que mostraron en el noticiero de las doce de la noche. 
Qué  raro me parece que hoy todo el mundo proteste por estas causas (hace veinte años hubiera sido exponerse a una masacre, o a desaparecer en las sombras de una noche cualquiera), pero que se aguante tanta indignidad en lo que respecta a la política en general. Parece que la gente sólo tiene capacidad de reaccionar cuando ocurre una desgracia violenta, pero ante la muerte taimada que nos va minando lentamente a todos, nadie se moviliza.
Por momentos sentí la escalofriante sensación de estar frente a un demonio a quien no hacen mella las protestas, pero no, es lo único que nos queda, gritar, pelear, aunque sepamos que está todo podrido, no hacerlo sería darles a nuestros hijos el peor ejemplo.
¡Hijos! hoy es mi cuarto día sin ellos. Esta tarde, después del trabajo me iré a una exposición de fotografías de Cabezas. Pobre tipo. En su vida se habrá imaginado que iba a terminar siendo un símbolo, una bandera, ni que alcanzaría tanta trascendencia después de su muerte.
El próximo fin de semana no iré a Paraná, no solamente porque no tengo plata, sino porque me quiero quedar en casa, intentar disfrutar de la soledad, e ir al casamiento de Adolfo por la tarde. Después no sé, tal vez me vaya al cine, o a lo de alguna amiga.
Y llegué  al día quinto. Ayer me llamó María Laura y quedamos en que viajaré el segundo viernes de marzo a Paraná. Fue una lástima que no pudiera venir al casamiento de nuestro amigo. Fue muy pomposa la ceremonia, hasta un poco ridícula, pero como le tengo tanto cariño se lo perdono. El muy sinvergüenza me pegó un abrazo cuando me acerqué a saludarlo en el atrio, que si no hubiera sido que se estaba casando, quién sabe qué derivaciones tenía semejante apretada...
El domingo lo pasé sola y tranquila en casa; salí por la mañana a andar en bicicleta, comí cualquier cosa, leí el diario, dormí... Y preparé la casa para recibirlos, puse sábanas limpias en las camas de todos
Volvieron los adorables monstruitos: con sus vociferaciones, con sus gritos, sus risotadas, sus olores a chivo. Hablan los cuatro a la vez para contarme sus aventuras; se divirtieron, se rieron de sí mismos y de los demás; conocieron lugares nuevos, disfrutaron de la naturaleza, la destruyeron un poco matando peces y trayéndose medio cerro en forma de piedritas multicolores. Me alegro de haberles enseñado a ser libres, libres de mente y de cuerpo. Creo que son felices, todo lo felices que pueden ser a pesar de sus carencias.

A estos mismos chicos, exactamente dos años después, luego de cenar una noche de los primeros días de marzo, me puse a leerles algunos párrafos del libro “Patas Arriba – La Escuela del Mundo al Revés”, de ese hermoso escritor uruguayo que se llama Eduardo Galeano. Los uruguayos en general, y su país, me resultan entrañables, queribles, pero en particular hay cuatro de ellos que me conmueven hasta los tuétanos: Artigas, Benedetti, Zitarrosa y Galeano.
Pues bien, con el televisor apagado, que es una bendición, comencé la lectura a mis hijos: 18, 15, 14 (Patricia, María Celia y Eva) y 12 años (Fernando), los cuatro sin papá desde que eran muy chiquitos por obra y desgracia de una leucemia hija de puta. Sus caritas fijas en mí, y sus oídos pendientes de las palabras, bellas como joyas, duras como la verdad que duele. A duras penas pude terminar de leer el acápite del capítulo “Los alumnos”, en la página 11, porque una angustia incontenible (¡otra vez! ¿será la misma?) me ahogó, y me puse a llorar mientras decía con palabras de Galeano: “Mucha magia y mucha suerte tienen los niños que consiguen ser niños.”
Ellos me abrazaron, me contuvieron, lloraron conmigo, y cuando pude hablar nuevamente les expliqué mis motivos. Ellos gozan de la magia y de la suerte de ser niños, a pesar de la maldita escuela del mundo al revés. No están al margen de ella, también los toca su repugnante pedagogía, pero tienen herramientas con qué neutralizar tanta mierda. Sin embargo, mi angustia y mi llanto fueron (son) producto del miedo de que sucumban, de que sean tragados, de que se vuelvan tilingos, insensibles, de que se deshumanicen. Pero no: poder leerles a Galeano, poder llorar con ellos, y ser una familia de osos abrazados, y conversar de todas estas cosas, los hace fuertes, los vacuna contra la tilinguería, les mantiene viva la sensibilidad, les fortalece la humanidad. Cultivan amistades, salen, juegan, aman las plantas y los animales, dicen lo que sienten y se hacen valer. No son temerarios, pero tampoco son miedosos.
La mayor asumió su rol y abrazándome me dijo, casi en tono admonitorio: “¡Mami, mami, vos y tu miedo de equivocarte!”

Hurlingham, 21 de Marzo de 1999.




miércoles, 23 de marzo de 2011

¡LA INSEGURIDAD NO TIENE LÍMITES!



Hace más de diez años, mientras esperaba mi turno para alquilar una película en un video club de la calle Boedo y Venezuela, escuché al dueño del negocio contar una historia verídica, ocurrida a una mujer de su familia. Ese relato me quedó resonando por varios días, y como me ocurre muchas veces, cuando lo tuve bien masticado me senté a escribirlo todo de un tirón. Después vino la etapa del pulido, de las correcciones, siempre necesarias. 
Pasó sin éxito por algunos concursos, hasta que en 2006, fue publicado en la revista literaria Babilonia, con ilustraciones de Damián Foresti. 
Para mí la mayor satisfacción fue que el "dueño" de la historia, el que desprevenido se la contó a un cliente mientras yo esperaba con el oído atento, cuando se la llevé escrita se mostró muy complacido, y luego de leerla, mucho más, no tuvo más que elogios y agradecimiento, por lo que me sentí absuelta por el hurto. Y así ando por la vida, escuchando e imaginando, masticando hasta llegar al momento de la acción, artera y premeditada, de ponerme a escribir...

(La revista Babilonia fue un emprendimiento cultural como tantos, hecho a pulmón, sin auspicios ni publicidad que duró, previsiblemente, muy pocos números...)



(Además de la edición de la  revista, en el sótano de la librería Babilonia, en una galería sita en Talcahuano y Marcelo T. de Alvear, se llevaron a cabo exposiciones fotográficas y pictóricas.)

(El staff permanente de la revista estaba integrado por Alejandro Duarte (Director) y Olivia Busse (Directora Ejecutiva). Me pregunto dónde estarán ahora y si seguirán emprendiendo aventuras inciertas...)


RESPIRACIÓN

Encontré la toalla blanca con una mancha que no tenía más temprano. Una mancha como las que dejaba cuando era chica y me lavaba las manos apurada y mal, y toda la suciedad quedaba en la tela. No me explico cómo pude descuidarme tanto, a veces creo que la vejez viene a pesar de mí misma, a pesar de que no creo en ella.

Cuando mis padres empezaron a mostrar signos de senilidad yo me propuse controlar el advenimiento de mi vejez, y supuse que la mejor manera sería tomar plena conciencia de los actos propios de una persona anciana. El problema es que se toma conciencia una vez que la cosa ya sucedió: yo era tan pulcra y cuidadosa que jamás me hubiera secado las manos hasta no tenerlas perfectamente limpias. Al decir era tan pulcra estoy aceptando que algo ha cambiado, pero no puedo precisar qué. Desde que él se fue vivo sola en esta enorme casa, a pesar de que mis sobrinos no se cansan de aconsejarme que la venda y me vaya a un departamento más céntrico.

Él, mi adorado Guillermo, se fue al cielo una siesta de primavera. Nos acostamos a dormir como todos los días. Habíamos almorzado una cazuela de mariscos bien sazonada con condimentos picantes, y bebido vino blanco del seco, como él decía que debía beberse con los mariscos, para despertar el duende ardoroso del amor. Pero entre nosotros ése ya no se despertaba: estábamos en una etapa en la que nos peleábamos por cualquier nimiedad, como que él me cambiaba los objetos de lugar y yo, según Guillermo, era terriblemente descuidada con sus pertenencias. También  su gordura me molestaba y tal vez él ya no me sentía atractiva.
Antes de dormir yo había dado mi vuelta  a la manzana para no tener pesadillas. En cambio Guillermo no quiso caminar porque estaba muy cansado. Su cara se había puesto colorada como una manzana. A pesar de todo, tuve pesadillas: soñé que un pedazo de mampostería se desplomaba sobre mí porque un ave gigantesca y negra caminaba por la terraza. Los escombros me aplastaban y no podía moverme ni siquiera para respirar. Me desperté transpirando y casi asfixiada, y aun despierta el peso de los escombros me oprimía el pecho. Deslicé mi mano y toqué una piedra helada: era el brazo sin vida de Guillermo. Me pregunto cuál habrá sido su último sueño, pero al menos en el instante final quiso abrazarme y eso me llena desde entonces de una secreta vanidad. 

Cuando volví del cementerio no lo noté porque había un murmullo constante en la casa: mis hermanos, hermanas, cuñados, cuñadas y sobrinos, los amigos de Guillermo, mis a         migas, todos tomaban café y charlaban, y hasta se reían y me arrancaban alguna sonrisa recordando algún episodio familiar de tiempo atrás. Me dolían los ojos de tan hinchados,  y en cuanto me quedé sola dormí durante dos días. Entonces sí, al despertarme escuché el silencio de la casa, que no era sólo falta de música o de conversaciones. Podía oír el tic tac de los relojes y el canto de los pájaros en el jardín, pero el silencio era, sobre todo, la ausencia de su respiración; me dí cuenta de que me había quedado sola porque ya nadie respiraba cerca de mí.
El duelo transcurrió sin sobresaltos durante el año siguiente. Luego empecé a sentirme cómoda en mi soledad, y a llorar discretamente al comenzar septiembre y ver los brotes reventones del ciruelo, que para el aniversario de la muerte se convierten en flores blanquísimas. Eso hasta hace unos meses en que un inquietante ritmo de respiración empezó a hacerse oír en algunos momentos del día, o de la noche. La menor de mis sobrinas estudia psicología y muy dulcemente mencionó la palabra esquizofrenia.

Cierta madrugada me desperté y creí sentir la presencia de Guillermo nuevamente cerca de mí. Y es que el silencio absoluto que era la muerte de su respiración se había disipado. Alguien o algo respiraba bajo el mismo techo que yo. No tuve miedo, ni lo tengo ahora al encontrar (como cuando él vivía) los objetos cambiados de lugar, o la toalla blanca manchada de suciedad. Porque dudo entre creer que fui yo que me estoy volviendo vieja, o el fantasma de Guillermo. ¿Por qué tendría que temerle? Si es él, nada malo puede pasarme. Y sobre todo, por las noches me reconforta escuchar el ritmo de su respiración, porque  inclusive ahora respira mejor, sin esa  tensión, sin ese esfuerzo que le imponían las arterias obstruidas que lo llevaron a la tumba.
Lo que me resulta extraño es encontrar huellas de alguien que ha comido sobre la mesa de la cocina. Una mañana, al ir a preparar el desayuno, hallé un jarro con leche tibia sobre una hornalla. Es verdad que a veces Zulema, la mucama, llega antes de que yo me levante y desayuna, pero aquello ocurrió un  jueves, y Zulema sólo viene a limpiar los lunes, miércoles y viernes. No he hablado con ningún médium, pero antes de  todo esto no sabía que los espíritus comieran o tomaran leche, será porque no estaba familiarizada con la muerte. Lo extraño es que parece ser que después de muerto le cambiaron los gustos a mi adorado Guillermo, porque la última vez que bebió leche fue hace treinta años: hacía poco tiempo que vivíamos en esta casa, no teníamos heladera y yo  había olvidado dejar la leche al sereno. Por la mañana  estaba cortada y él no lo advirtió hasta que se encontró con ese sabor agrio en la boca. No sólo se disgustó conmigo sino que nunca quiso volver a probar otra cosa que café negro o té de la India.                                                         

Al fantasma le gusta cualquiera de las habitaciones de la casa para estar durante el día, porque sus huellas aparecen indistintamente en una o en otra. Zulema se queja de las colillas y cenizas que encuentra desparramadas por el piso y cree que el culpable es mi sobrino Amílcar, el único fumador de todos. Yo no discuto con ella, no le he mencionado la presencia de Guillermo en la casa porque temo que se asuste y no quiera volver. En cambio no protesta por las cáscaras de nuez o los papeles de chocolate,  sólo suspira y dice “¡Cómo nos cambian los años, señora, quién diría!” Sin embargo, la única habitación en donde el fantasma pasa la noche es la mía, la que compartimos durante tantos años, y eso me reconforta porque entonces me siento acompañada y me duermo en paz.
La primera vez que les conté a mis sobrinos parte de esto que estoy viviendo (si les cuento todo me mandarán al manicomio sin pedirme opinión) me dijeron que tal vez no estaba durmiendo bien, o que a lo mejor me convendría hacer un viaje de placer con otros ancianos de esos que van a darse baños curativos en Río Hondo, me ofrecieron su casa para pasar una temporada, en fin, diversas alternativas para distraerme y cambiar de aire. Y por supuesto, lo de vender la casa. Lo último que haría en mi vida es deshacerme de este solar. No me hallaría en ninguna otra casa que no tuviera estas cinco habitaciones, este  comedor cálido y amplio, estos baños cómodos, esta cocina soleada en invierno y fresquísima en verano. Pero sobre todo, ¿cómo abandonar su fantasma? No  tengo la seguridad de que se vendría conmigo a cualquier otro lugar. 
  
Hace dos noches, después de limpiar las migas de pan que él dejó sobre el mantel (siempre el mismo incorregible, en vida jamás conseguí que colaborara en lo más mínimo con las tareas domésticas) y de lavar el vaso con restos de vino tinto escuché que salía hacia el patio por la puerta del estudio, lo que me hizo dudar de si debía dejar todo cerrado con llave o no, pero luego me di cuenta de que los fantasmas entran y salen por donde quieren, así que por miedo a los vivos cerré nomás y me fui a dormir. Parece que anduvo de juerga, porque no escuché su respiración durante el resto del tiempo. Ayer por la mañana encontré la manta de llama catamarqueña tirada en el umbral de la puerta trasera, y me conmovió comprobar que había dormido casi a la intemperie. ¿Entonces debí dejarle alguna puerta abierta? Pobrecito.


jueves, 3 de marzo de 2011

CUENTOS SIN PERMISO

Este es el título de un libro editado por Vinciguerra en el año 2000, presentado en la Feria del Libro de ese año. Es una antología de cuentos de escritoras argentinas, premiados en el Concurso Interamericano de Cuentos de la Fundación Avon con la Mujer, en sus ediciones de 1998 y 1999.  


El prólogo es de Angélica Gorodischer, una de las integrantes del Jurado, también integrado en aquella ocasión por Isidoro Blaisten y María Esther Vázquez. Transcribo un párrafo de la contratapa:


"El fervor y el humor, la ambigüedad y la desesperación, la poesía y la música de la lengua imponen su esplendor en estos cuentos, y confirman la excelencia de la última literatura escrita por mujeres, y la feliz idea de la Fundación Avon para la Mujer de reunirlas en esta estupenda antología de Angélica Gorodischer"
Isidoro Blaisten


lunes, 28 de febrero de 2011

CUENTO PREMIADO, PERO MODIFICADO

"EL BESO", un cuento breve que escribí hace más de diez años, obtuvo premios en dos concursos: "Premio Avon (cartas de amor) con la Mujer", en 2006, y una mención en el concurso "Cartas de Amor Metrovías" de 2007, luego publicado en un precioso librito

Años después lo leí y no me gustó como al principio, por lo que le introduje algunas modificaciones, gracias a que no soy Isabel Allende ni ningún escritor conocido. ¿Qué pasaría si de buenas a primeras García Márquez le cambiara el final a "Crónica de una muerte anunciada"? Provocaría terribles conflictos en el mundo literario, y en el de los lectores. No es este el caso, así que va sin más preámbulos: 


EL BESO


Estoy cuidando el beso que me mandaste. “Te mando un beso. Uno solo, cuidalo”, dice tu e-mail. Y no es que ande escasa de besos, pero éste merece atención especial.
En cuanto llegó, como estaba ocupada con cuestiones de trabajo, me lo puse detrás de la oreja. El muy pícaro se dedicó a hacerme esas cosquillas excitantes que vos sabés. ¡Quieto! le dije, y suavemente lo guardé en mi mejilla. Parece que durante unos minutos se entretuvo, o tal vez se durmió. De repente lo sentí deslizándose hacia la comisura de mis labios. -¡Shhht, travieso!, lo tomé justo a tiempo para evitar que me tapara la boca. Es un beso niño, un beso adolescente (y un adolescente es un niño que se volvió loco). Suerte que me mandaste uno solo...
Parece que se ofendió y se quedó quietito en el dorso de mi mano. Me olvidé por un rato de él, me concentré en unos documentos,  la cabeza entre las manos: tu beso se posó en mi sien, y se durmió, pero se me fue deslizando hacia la frente. Es muy sensible, y como percibió mi enternecimiento volvió a tomar confianza: se descolgó hasta mi cuello, le dio una vuelta y se puso a esquiar hombros abajo. Divertido, tropezó con un botón de mi blusa. Disimulando la risa lo llamé al orden, pero ya me tomó el tiempo, se burla de mí. Si fuera una carta de amor podría guardarlo bajo el corpiño, pero es un beso confianzudo, imagino los estragos que causaría.
Y cuando estoy devanándome los sesos a ver en qué lugar discreto pongo tu beso, se escapa, da un salto y cae al piso, justo en el momento en que se levanta de su asiento mi compañero nuevo, ese que no me saca los ojos de encima, el que me pidió el teléfono la vez pasada, mientras te esperaba en la vereda, y el muy bruto le da un pisotón.