jueves, 4 de noviembre de 2010

CAPÍTULO ONCE


No es que la conversación con el sacerdote la fortaleciera en su postura, pero lógicamente, la situación con Raúl siguió empeorando. Renata no pensaba renunciar a esa lucecita que se había encendido en su vida y que se llamaba Pedro. Su segundo encuentro ocurrió una semana después de la cita en el bar San Miguel. Con la excusa de unas compras en el centro salió temprano el jueves 11 de octubre de 1990. Llegó a la radio de la calle Maipú cerca de las diez de la mañana. En Mesa de Entradas se hizo anunciar y enseguida le informaron en qué estudio se emitía el programa. La recibió una de las productoras, con una familiaridad encantadora. Esto hizo que se serenara un poco, porque temblaba de los nervios. Marta, o Mabel, ya no recordaba el nombre, la hizo pasar indicándole con gestos que no hiciera el más mínimo ruido porque en ese momento Pedro estaba “en el aire”. Él, sin dejar de hablar la miró con calma, la examinó prolijamente de los pies a la cabeza y le indicó con un gesto amplio de su mano que se sentara a su lado. Ella lo observaba (debía estar radiante) en cada movimiento. 
La voz que la había cautivado desde el receptor de radio estaba ahí, vibrando a escasos centímetros de ella. Con un movimiento de la cabeza, como asintiendo, Pedro le indicó al operador que pusiera música y cerró el micrófono. Entonces se le acercó y la saludó con un beso. Se echó hacia atrás en su sillón, la contempló un momento y le dijo:
-          Qué hermosa sonrisa tenés, loca... ¡Viniste!
Y Renata sólo supo responderle con la sonrisa mejor. Estaba encantada de presenciar la trastienda, la cocina de esa pieza de artesanía que se fabricaba allí. Eladio, el operador, era un joven aindiado de manos ligeras como pájaros, unos pájaros morenos dentro de su jaula de vidrio. Se entendía con Pedro con la sola mirada, y había en esa comunicación algo mágico, como cuando se miran los enamorados, y sin embargo nada equívoco. Era una comunión para la creación, y de acuerdo a las palabras que Pedro pronunciaba surgía la música que Eladio echaba a volar, sin ensayo previo, por pura intuición. 
Hubo mucha gente esa mañana en la radio: estuvo Horacio Guarany, con su pelo retinto. Irrumpió en el estudio sin previo aviso, haciendo prevalecer su condición de figura legendaria, de mito viviente a quien el público perdona exabruptos y discordancias. Estaba invitado a otro programa pero equivocó el horario, por lo tanto no se resignó a volver a su casa –que por entonces era un yate con el que recorría el Delta del Paraná- sin decir un par de excentricidades para ser adorado por su público acrítico. Estuvo también un humorista cordobés que creó el personaje de una vieja disparatada de “Traslasierra”. Pasaron oyentes a saludar a Pedro: en aquel momento de auge de la radiofonía aquello era habitual. La gente llegaba, conocía personalmente a quien le entretenía durante unas horas, tal vez alivianando la rutina del trabajo: taxistas, pintores (de paleta y de brocha gorda), floristas, dibujantes, mecánicos, ceramistas, en fin, una gama amplísima de seres en muchos casos solitarios en una ciudad superpoblada que se tomaban un rato para acercarse hasta la radio y llevar su agradecimiento, su aporte de anécdotas, poesías en muchos casos ramplonas pero llenas de sentimiento; amas de casa que sólo sabían demostrar afecto obsequiando una docena de empanadas o pastelitos, en fin, una caterva de locos lindos, tan diversos pero tan iguales.
Los locutores del noticiero entraban cada media hora a decir lo suyo y gastaban bromas con Pedro, quien aprovechaba los breves momentos en que podía distraerse para contemplar a Renata.
-          En este momento te daría un beso…- decía y se quedaba mirándola a los ojos.
La mesa redonda sobre la cual pendía el micrófono estaba atestada de papeles y libros llenos de señaladores. A medida que Pedro los iba utilizando, Renata los ordenaba, y él la dejaba hacer, embelesado.
A las doce, terminado el programa Renata empezó a despedirse de todos, pero Pedro la tomó de una muñeca y le susurró al oído que la invitaba a almorzar. En realidad, hasta la hora de su sesión de terapia tenía tiempo de sobra y aceptó. Todavía Pedro y el operador tenían que devolver los discos. Los tres subieron al primer piso donde estaba la discoteca, un salón enorme, con anaqueles repletos hasta el techo. Conoció a Víctor, el encargado de aquel tesoro, un hombre de unos cuarenta años que sonreía cándidamente todo el tiempo. Se manejaba como pez en el agua en ese ámbito. Era técnico de sonido y de grabación. Muchas grabaciones de recitales y conciertos en teatros que circulaban comercialmente eran obras suyas.
Con su estatura Pedro llegaba hasta los anaqueles más altos. Víctor seleccionaba los discos sin mirarlos, acariciaba amorosamente sus cubiertas con la punta de los dedos, con la palma de su mano derecha, y luego le indicaba dónde guardarlos. Pedro aprovechó un cruce de miradas con Renata y le hizo un guiño inteligente, al tiempo que trastrocaba el orden de dos de los discos diciéndole a Víctor:
-          Me parece que te equivocaste…
Víctor los tomó, los examinó nuevamente con sus manos y con su sonrisa de ángel le contestó:
-          No me jodas; estaba bien como yo te los di, guardalos en ese orden.
A Renata se le figuró un Borges en su laberinto de música: Víctor era ciego.

Terminaron de almorzar antes de la una y media. Todavía le quedaba tiempo a Renata para tomar un colectivo y llegar temprano al psicólogo. Pero en cambio, a las dos de la tarde estaba viajando en taxi con Pedro hacia su departamento. Le encantó sentirse una loca, una casquivana que en el segundo encuentro con un hombre acepta su invitación a “tomar café” en su casa. Solamente tuvo la delicadeza de llamar a su terapeuta y avisarle que no iría.
-   Me lo imaginaba.- fue la respuesta que escuchó, y fue como el permiso que ella necesitaba.
En el restaurante Pedro sólo le había rozado la mano, pero se la había comido con la mirada, sazonada con la salsa de su matambrito tiernizado, la había saboreado minuciosamente con su Chablis y la había lamido y chupado toda con su helado almendrado, y ella sentía un caliente charlotte en aquel lugar que cuando era niña le proporcionaba placer pero ella no sabía que tenía un nombre, salvo el que le daban unas primas desprejuiciadas, que a todo llamaban por su nombre vulgar y se divertían con ello. Ya en el taxi en cambio, Pedro se le sentó bien pegadito y le pasó el brazo tras el hombro, un brazo tan largo que su mano colgaba laxa sobre el seno de Renata. Con las yemas de los dedos le fue acariciando la piel debajo del cuello, rozando apenas el borde de la camisa, levemente las uñas de esos dedos tocaron el arranque de sus pechos, y ella sintió que los pezones se le erizaban. Reclinó la cabeza de manera que su frente se apoyó en el cuello de él, sintió su tibieza y su perfume; el índice de Pedro hurgaba entre los senos, y el meñique le rozaba el pezón, y la ciudad era una vorágine que avanzaba al paso del taxi cuando sus bocas se encontraron en un beso blando y sabroso, y sus lenguas se fueron dando despaciosamente, y sus dientes dieron mordiscos tiernos.
-          ¿Doblamos por Bulnes, don? – carraspeó el taxista haciendo como que no los veía por el espejo retrovisor.
-          Sí, sí, déjenos en la esquina.
Renata se recompuso un poco al bajar del auto. Pedro sacó las llaves y abrió la puerta del edificio. Ella se miró furtivamente en el gran espejo del palier, y se gustó. Mientras esperaban el ascensor él bromeó:
-          ¿Café o mate?
-          Mate.
Subieron los tres pisos besándose. Entraron al departamento. Era de dos ambientes: un living comedor chico, o que lo parecía porque tenía demasiados muebles y todos absolutamente sepultados bajo libros y discos. Una cocina pequeña pero muy luminosa y un baño minúsculo. Desde la puerta de entrada, hacia la izquierda Renata adivinó un pasillo que seguramente conducía al dormitorio. Apoyó su cartera sobre una silla mientras Pedro cerraba con llave. El también dejó sus cosas y la rodeó con sus brazos desde atrás, dándole besitos en el cuello que a ella la erizaron desde la raíz de los pelos hasta debajo de las nalgas, hasta las corvas. En esa postura comenzó a desabrocharle la camisa y sin desprenderlo, le bajó el corpiño, le dejó los pechos erectos afuera, y le sobó suavemente los pezones, y luego los estrujó, y ella sintió en su medio exacto esa cosa dura y dulce que se proyectaba y le prometía agresión y placer, y en cuanto los brazos de él se aflojaron un poco se dio vuelta, buscando abrirse paso ella también hacia la piel del pecho de Pedro, y ese encuentro fue la gloria, y sus dedos fueron desabrochando el cinturón, y las manos de él abarcando su espalda y bajando, y abriendo, y llegando con los dedos hasta el centro caliente y mojado de ella, y entonces sí se confirmó dónde estaba el dormitorio porque él la fue llevando, avanzando y haciéndola retroceder como si fueran bailando un tango, y ya estaban semidesnudos y tal vez un tanto ridículos, pero abrasados por la ansiedad de darse, de encontrarse, de recibirse, de matarse y de hacerse nacer, y de a poco por momentos, y por momentos atropelladamente llegaron a la desnudez total.
Afortunadamente, ya de regreso en su casa nada ocurrió que opacara la felicidad de Renata. Su amiga Irene se tomó el trabajo de cuidarle los chicos hasta el anochecer, y ella misma se los trajo en su viejo Citroen destartalado. Eran demasiadas vivencias excitantes las que estaba experimentando y por suerte contaba con ella para compartirlas. Irene ya había pasado por la experiencia de una separación. Era la oreja que la escuchaba y el cable a tierra para no hacer desastres, porque a veces Renata tenía instintos autodestructivos. Como por ejemplo, en medio de una discusión vomitarle a Raúl que se había enamorado de otro.
-          ¿Estás loca? Si le decís eso, va a querer saber de quién, y no le será difícil averiguarlo.- mediaba Irene.
-          ¿Te imaginás el escándalo? Es capaz de irse hasta la radio y tomar el micrófono si no lo paran a tiempo, y anunciarle a todo Buenos Aires que lo volviste cornudo. Esto, después de haberte destripado. No le des letra, porque lo que él necesita es demostrar que es el hombre más desgraciado de la tierra.
Renata reflexionaba: su amiga tenía razón. Si por desgracia Raúl se enteraba de sus amoríos con Pedro, ya vería cómo enfrentarlo, pero ser ella quien se lo dijera hubiera sido suicida.
El resto de la noche estuvo saboreando los recuerdos tan recientes de su primer encuentro íntimo con Pedro. Le resultaba muy fácil puesto que sentía ese cansancio en el cuerpo que dejan los ejercicios amorosos, algún delicioso dolor o ardor localizado específicamente, un vuelco loco de su corazón al revivir alguno de los muchos gestos eróticos que inventaron. Se había reconciliado con su cuerpo, que tanto tiempo llevaba sin darle una alegría tan plena.
Raúl llegó tarde, cuando Renata ya intentaba dormir, y se hizo la dormida para evitarlo. Por primera vez en muchas noches no escuchó el escándalo de la máquina de escribir, sus chancleteos de viejo por el patio, su ir y venir hiperkinético y medicado. Ella ignoraba que aquella tarde, mientras ardía en la cama de Pedro, él abandonó su trabajo en el banco y se fue a ver al psiquiatra que lo atendió años atrás, durante la crisis de la  que Renata no había querido enterarse.    

Transcurrió una semana aparentemente tranquila. El jueves siguiente fueron juntos al psicólogo, porque Raúl le había pedido asesoramiento en cuanto a una posible terapia de pareja, a la que Renata se negaba en forma sistemática. No obstante, tuvo que cambiar el horario habitual de la consulta para que él pudiera ir a la salida del banco. Hasta entonces, con Pedro tenían el plan de encontrarse después de las tres, como la primera vez en el San Miguel. Nuevamente Irene se ofreció como niñera. Cuando Renata llamó por teléfono a Pedro para avisarle del cambio, surgió la posibilidad de verse más tarde. Ella le diría a Raúl que se iba a encontrar con su hermana.
Durante la sesión no abrió la boca, y tuvo que aguantar el discurso acusador de su marido. La culpaba por su falta de voluntad para recomponer la pareja, pero además era evidente que había ido con el propósito de tomarle un examen al psicólogo, a confirmar su teoría de que la alentaba para la separación.  Éste se limitó a ofrecerles una lista de colegas que podrían atenderlos en caso de decidir la terapia conjunta, y a escucharlos. Para Renata sólo fue tiempo perdido.
Ya en la vereda, se despidió de Raúl y le anunció que pensaba llegar tarde porque necesitaba ver a su hermana. A los quince minutos estaba tocando el timbre del tercero C de la calle Bulnes donde Pedro la esperaba. Le abrió la puerta y sin dejar de hablar por teléfono, la abrazó estrechamente. Ella le escuchó comprometerse a llegar a las diez de la noche a algún lugar (luego se enteró de que León Gieco lo estaba invitando a su cumpleaños). Eran poco más de las siete.
Esta vez sí tomaron mate. Pedro estaba preparando algo para el programa del día siguiente. Renata sacó de su cartera un sobre y se lo entregó. Él empezó a leer el papel que contenía: leyó el primer renglón y se quedó paralizado. Renata sonreía. La cara azorada de Pedro le resultaba extraña.
-   ¡Loca, loca, estás loca!
Renata estuvo a punto de angustiarse no sabiendo a qué respondía aquello, si bien ese adjetivo que le adjudicaba su amante tenía más de alborozo que de enojo. Lo interrogó con la mirada.
-   ¡Hace un rato lo llamé a Carrizo para pedirle este poema! ¡Te juro que pienso decirlo mañana, y me lo traés vos, ¿cómo supiste?
Fue nuevamente la magia. Ella no sabía nada; solamente quiso decirle todo su amor a través del Soneto 26 de Quevedo, y se lo copió, para él, aunque sabía sí, que lo leería alguna vez en el programa.
“Cerrar podrá mis ojos la postrera/ sombra que me llevare el blanco día...” recitó él, devolviéndole el mate, y continuó leyendo. Renata estaba con los ojos llenos de lágrimas. “Serán cenizas, mas tendrá sentido/polvo serán, mas polvo enamorado.”
De nuevo fueron médulas que han gloriosamente ardido, se amaron hasta el agotamiento, se amaron con fiereza, hasta que el dolor de tener que separarse los llamó a la realidad.

¿Quién se salva al fin de la locura? ¿Es que la realidad tiene que ser lo oscuro, lo monótono cotidiano, la mediocridad de la casa, del trabajo mecánico, todo aquello que se hace sin la menor dosis de adrenalina? ¿Por qué lo bello, lo apasionante, lo maravilloso y mágico está fuera de la realidad diaria? Esto que se preguntaba Renata en la esquina de los recuerdos era lo mismo que se había preguntado cuando aquella noche de octubre de 1990 llegó a su casa. Esta vez sí, el contraste entre lo vivido junto a Pedro y lo que  allí le esperaba la golpeó. Raúl, cuando consideró que Renata se estaba demorando más de la cuenta se fue impaciente a buscar a los niños a la  casa de Irene. Esta trató de entretenerlo conversando de bueyes perdidos durante un rato.
-          No te preocupes porque habíamos quedado en que yo llevaba a los chicos más tarde – le dijo, considerando, entre otras cosas, que él no estaba en las mejores condiciones para hacerse cargo de las criaturas.
-          Pero ya es tarde, y yo soy el padre – trataba de remarcarlo a toda costa -, así que se vienen conmigo.
-          ¡Vos no sos mi papá! – gritó María desde el living donde armaba un rompecabezas. Él hizo como que no escuchaba.
-          ¿Por qué no se quedan a cenar los tres? – propuso Irene.
-          No, me voy, nos vamos.
No hubo forma de disuadirlo. María y Nicolás recogieron sus pertenencias de mala gana y se fueron, uno de cada mano de Raúl que los remolcaba furibundo.
Cuando Renata llegó se encontró con los chicos en penitencia en su pieza, y a Raúl mirando televisión. Eran las diez y media de la noche y no habían cenado.
-          ¿Qué pasó? – preguntó Renata.
-          ¿Cómo qué pasó? – gritó Raúl. - ¿Vos aparecés a cualquier hora y todavía preguntás qué pasó? ¿De dónde salís?
-          Ya sabés que fui a lo de mi hermana.
-          No me consta. Llamé por teléfono y me atendió tu sobrino. ¿Adónde carajo te metiste?
Renata sintió que se le venía el techo encima. Pero ya había pasado otros terremotos.
-          ¿Por qué los chicos están encerrados?
-          Porque yo soy el padre y los puedo poner en penitencia.
Renata fue a buscar a sus hijos que corrieron a abrazarla. Raúl la alcanzó por un brazo y la zamarreó con violencia. En ese momento Nicolás se puso a llorar, y María gritó enfrentándolo:
-          ¡Dejá a mi mamá!
Renata creyó que Raúl las iba a golpear. Los dedos de Raúl le quedaron marcados en el brazo.
-          ¿Dónde estuviste?
Ella mintió con convicción:
-          Nos fuimos a un café con mi hermana porque en el departamento no podíamos hablar tranquilas. ¿Irene trajo a los chicos?
-          No, yo los fui a buscar, porque esta es su casa y no tienen por qué andar por ahí con cualquiera.
-          Irene no es cualquiera, y yo arreglé con ella todo, no sé por qué tenés que meterte.
-          Porque soy el padre.
-          Sí, qué gran padre, están sin comer y castigados, y todavía no sé por qué.
-          Porque no querían caminar, y porque no me obedecen.
-          ¿Los hiciste caminar doce cuadras? ¿Por qué no tomaron el colectivo? Sos una bestia.
-          No me insultés.
-          No me apretés el brazo y no me zamarrées. ¿Por qué no tomaste un colectivo?
-          No tenía plata.
Raúl se había gastado toda la plata que tenía en los remedios que le recetó el psiquiatra. Hasta ese momento Renata estaba totalmente ignorante de los movimientos que él había estado haciendo en esos días.
-          Ayer ibas a pagar el teléfono. ¿También te gastaste esa plata?
-          Eso lo usé para pagar la imprenta.
-          ¡Pero nos van a cortar el teléfono! ¡Si ya pasó el segundo vencimiento! –
Iba a continuar recriminándole que no sólo se le había instalado en su casa, que disponía de su plata para financiar esa revista de mierda que no leía nadie, que gastaba de su teléfono y no lo pagaba, que estaba terminando sus estudios de magisterio gracias a que ella lo bancaba porque el sueldo miserable que él traía del banco no servía para nada, que no le toleraba más el deseo de imponerse como padre a sus hijos sin habérselos ganado, en fin todo el odio que tenía acumulado envenenándola, pero se contuvo por los chicos.
Renata se tragó la rabia y lo más rápido que pudo preparó algo para que los niños  comieran. Estuvo con ellos en el baño y aprovechó para calmarlos. Le contaron que Raúl los había retado porque no le querían decir papá. María la sorprendió preguntándole, mientras se lavaba las manos:
-    Mami, ¿por qué no te separás?
Y Nicolás, haciendo pucheros le dijo que no quería que Raúl le pegara.
-    No mi amor, no me va a pegar, quedate tranquilo – dijo, guardándose las dudas para ella.
Raúl se había encerrado en su pieza, y en ese respiro ella acostó a los niños. Se quedó con ellos hasta que se durmieron. Todavía dormido Nicolás dejaba escapar algún sollozo.

Mierda, la culpa, la mierda de la culpa. ¿Por qué mierda no se puede ser feliz, por qué la realidad de mierda tiene que golpear así? ¿Por qué si hace un rato estaba tocando la gloria con el alma y con el cuerpo ahora estoy en este infierno? ¿Por qué no se pudo evitar que estos pobrecitos se contaminaran de esta mierda? Algo tendré que hacer para que este loco de mierda no me arruine más la vida. Sí, la vida me la arruiné yo, pero ahora tengo que hacer lo necesario para arreglarlo.

Ahora se sentía a distancias siderales de Pedro. A esa hora él estaba en una fiesta de cumpleaños, ajeno por completo a su drama. A la mañana siguiente lo llamaría para pedirle un poco de consuelo. Ahora tenía que enfrentarse de nuevo con Raúl, porque la cosa no había terminado. Desde luego, apenas ella salió del dormitorio de los chicos él la abordó. Se encerraron en la cocina, y Renata le pidió que no los despertara con sus gritos.
- Perdoname por lo que te hice.- fue lo primero que dijo él. La desarmó.
- Como te darás cuenta, esto se-ter-mi-nó- respondió ella. No se iba a dejar ganar por ese sentimentalismo llorón al que él apelaba nuevamente.
Lo dejó lloriqueando en la cocina y se fue a acostar. Cuando logró relajarse tuvo un momento para pensar en Pedro y en sus caricias de un rato antes. Durmió unas horas hasta que los ruidos que hacía Raúl la despertaron como en otras madrugadas. Se asomó al patio sin que la viera: otra vez con los ojos desorbitados y sin poder parar de caminar, en un ir y venir sin sentido, o quedándose por momentos catatónico, con el rosario en la mano mascullando rezos.
Volvió a dormirse mucho rato después. A la mañana siguiente no mandó a los chicos a la escuela porque no escuchó el despertador. Se levantó después que Raúl se había ido, y encontró sobre la mesa de la cocina una especie de poema escrito por él en donde le declamaba todo su amor, y tuvo un acceso de rabia. Hizo mil pedazos el papel y lo tiró al tacho de basura, igual que al libro de poesías un tiempo antes.
Un mendigo llamó a la puerta y le pidió algo para comer. Sintió lástima por él, tal vez ese hombre había tenido alguna vez una casa, una familia. Sin saber por qué vio algo de Raúl en ese pordiosero. Pensó en su pequeña hija; ¿y si encima Raúl era degenerado? Estaba loco, se había convertido en un extraño, ¿ y si un día por hacerle daño a ella tomaba represalias con sus hijos? Todo esto pensaba mientras preparaba una bolsa con alimentos para el hombre que esperaba afuera. Se la dio sin abrir demasiado la puerta  y luego se dirigió hacia el teléfono.

Anda un pobre viejo cubierto de harapos pidiendo limosna por las casas. Vive sucio, tiene la piel curtida y oscura, el pelo blanco y una barba de varios días. Alrededor de los ojos se le marcan esos surcos que deja el mucho reír o el mucho sufrir. Si no repugnara al olfato inspiraría ternura.
Lo veo por la ventana. Luego de tocar el timbre espera a que alguien lo atienda. Lleva una bolsa de arpillera en la mano. No hay nadie en la casa, sólo yo que acabo de llegar del colegio.
-   Buenas tardes…
-   Buenas, niña, ¿no me da algo pa’ comer?  
-          Sí, espere un momento.
Pobre viejo. Qué pena da el desamparo a un corazoncito de trece años. Le preparo un sándwich y agrego unas pasas de uva, alguna fruta.
- Aquí tiene, señor.     
- Gracias, gracias, niña.
El viejo se acerca sonriente. Se acerca demasiado. Me turbo, me paralizo. Me sorprendo ante el beso en la mejilla que él me da agradecido. Me debato entre la repugnancia y la ternura. Gana la indignación: viejo de mierda, me ha estrujado un pecho con la mano temblorosa y una expresión de lascivo agradecimiento se imprime para siempre en mi memoria de adolescente.

martes, 2 de noviembre de 2010

EJEMPLO DE AMOR

Hace una semana publiqué el capítulo 10, ya sería hora de publicar el que sigue; pero pasó algo muy grave que detuvo al menos tres días las actividades normales, la muerte de Néstor Kirchner, con la conmoción que provocó. Personalmente me afectó mucho, y no quise estar ausente en la manifestación popular de dolor y de solidaridad con la Presidenta Cristina Fernández.

Una novela pretende ser una obra de arte, y el arte no puede estar divorciado de la realidad. Mi novela está atravesada por la política, porque la política siempre formó parte de mi vida personal.

Mañana, tal vez, o pasado, publicaré el capítulo 11; ahora estoy reflexionando sobre el amor, a partir del ejemplo de amor que representa la pareja de Néstor y Cristina. Amamos sin tener en cuenta la muerte, amamos a pesar de la conciencia que tenemos de la muerte, de que tarde o temprano moriremos, y sin embargo nos entregamos en cuerpo y alma a ese sentimiento sublime. Tal vez amamos precisamente por la seguridad de la muerte, es la muerte la que reafirma la contundencia del amor. Amamos con pasión aquello que un día podemos perder... esto nos hace las criaturas más vulnerables y tiernas del Universo.

martes, 26 de octubre de 2010

CAPÍTULO DIEZ

CAPITULO X
 Raúl sólo conoció fragmentos de esta “amistad” surgida entre su mujer y un locutor de radio. En verdad, era apenas un dato más de una realidad trastabillante, que se le venía cayendo y deformando día a día. Esa mujer a la que se había aferrado más como a una madre que como a una hembra, se le iba disipando en una niebla de silencio. Renata se le volvió inescrutable. Lo rechazaba en la cama, y si él le insistía se suscitaba una discusión de gritos ahogados para no despertar a los niños. Ella siempre terminaba llorando.
Renata se le iba yendo, a pesar de que se pasaba el día metida en la casa y salía únicamente para sus sesiones de análisis. Él logró que se decidiera a iniciar una terapia, pero no le gustaba el psicólogo que había elegido por recomendación de su hermana. Raúl ya había metido a esa cuñada en el saco de las “separadas putas”, y temía que Renata le siguiera los pasos. Estaba convencido de que el psicólogo la alentaba para eso. Cometió la torpeza de decirlo en medio de una de las habituales discusiones, con lo cual logró que ella se afirmara en la elección.
Los niños no estaban ajenos al proceso de deterioro de esa relación, y si bien no presenciaban las peleas, percibían el clima hostil. Raúl sufría porque nunca le dijeron papá. Lo llamaban por su nombre, y Renata se encargó prolijamente de que no olvidaran a  su verdadero papá. En cada dormitorio había un retrato suyo y se hablaba de él con naturalidad.
Después de las peleas de alcoba Raúl trataba de suavizar el clima trayendo regalos. A Renata eso la sacaba de quicio, y el resultado era una nueva pelea. En una ocasión, dejó un paquete con moñito sobre la mesa de luz durante una semana. Lo tuvo que abrir forzada por Raúl, y cuando vio que se trataba de los Veinte Poemas de Neruda, se indignó todavía más. Para colmo Raúl escribió una dedicatoria  como si fueran dos noviecitos en pleno romance. El libro terminó en el tacho de basura, y cuando él quiso salvarlo, estaba verde de la yerba húmeda del mate y adornado con cáscaras de papas.
En su debilidad Raúl utilizaba el argumento del matrimonio como compromiso indisoluble, sobre todo ante Dios. Renata más bien se cagaba en Dios, así que cuando por fin accedió a un encuentro personal con Pedro, lo hizo dispuesta a todo.

Aquella tarde en que Pedro le dio su teléfono Renata corrió a buscar a su hija que esperaba en el Instituto. Llegó agitada, creyendo que la nena estaría angustiada, y este sentimiento de culpa le empañó la felicidad que la llamada de Pedro le había provocado. María no estaba en el hall de entrada, así que Renata se puso a recorrer salones. La encontró muy contenta en un aula donde se daba una clase de pintura sobre tela, rodeada de señoras, la mayoría amas de casa que tomaban cursos para matar el aburrimiento. Ellas estaban encantadas con la presencia de la niñita de bucles castaños y ojos pardos que hasta había opinado sobre qué colores utilizar. Renata resopló aliviada; María corrió a su encuentro, y lejos de hacerle reproches por su tardanza, le mostró lo que había dibujado en la clase del día. Al salir se cruzaron con la profesora, quien sí tuvo un gesto condenatorio hacia la madre olvidadiza, pero ella inventó una excusa elegante y salieron, con el tiempo justo para retirar al más chiquito de un cumpleaños. Mientras preparaba la cena, deshojaba una imaginaria margarita: “¿lo llamo, no lo llamo? ¿lo llamo, no lo llamo? Lo llamó. Urgentemente; antes de que volviera Raúl. ¡Ay, cómo le martillaban las sienes cuando iba marcando!
 -          9…. 7…. 5…. 8…. 3…. 0…¡tuuuuu! ¡tuuuuu!
-          ¿Diga?
Renata perdió la visión, el aliento, la vida…  
Podría ser una gran desilusión; se lo imaginaba panzón y pelado.
Su voz era demasiado hermosa para pretender que se
correspondiera con una cara y un cuerpo hermosos. Pero era tan 
intensa su comunión espiritual que valía la pena el riesgo. Por otra parte, su psicólogo la  
alentaba a no dejar esa deuda pendiente consigo misma. El día elegido fue justamente a la 
salida de la sesión de terapia. Pedro terminaba casi a la misma hora de grabar un programa 
que se emitía por la noche en otra emisora. Acordaron encontrarse en un café en la esquina de 
Pueyrredón y Berutti.

-  ¿Cómo haré para conocerte? -  preguntó él.
-  Llevaré unos anteojos de sol en la mano.
-  ¿A las tres y media?
-   A las tres y media.

Obviamente, durante la sesión de terapia sólo habló de este acontecimiento que le iluminaba la vida, en momentos en que por otro lado hubiera deseado morirse por haberse casado con Raúl.
El psicólogo le descerrajó:
-  Sabés que vas a una cita amorosa, ¿no?
Ella se excusó diciendo que, bueno, iba a conocer a una persona muy especial, que la comunicación espiritual, que la telepatía…

- Será un encuentro entre un hombre y una mujer. Tenelo en cuenta.

De manera que salió del consultorio. Eran las tres de la tarde, pero el cielo estaba oscuro. Cuando subió al colectivo empezó a llover. Bajó en Santa Fe y Pueyrredón y se metió a un bar para esperar que pasara el chaparrón. De paso, frente al espejo del baño se arregló un poco el pelo y se retocó el maquillaje. Salió de allí y fue caminando por Pueyrredón pegadita a la pared para no mojarse. Se sentía ridícula con los anteojos de sol en la mano pero esa fue la consigna acordada con Pedro.
Entró en el café  San Miguel a las tres y media en punto. Estaba casi vacío, algo natural en ese horario de un día laborable. Descartó como posibles Pedros a los pocos señores dispersos en algunas mesas. "Es la hora de la verdad", pensó, recordando la frase de los toreros cuando se hallan frente al toro,  y quizá frente a la muerte. Terminó de acomodarse en su silla y colocó los anteojos de sol sobre la mesa, cuando sintió detrás de ella un profundo barítono:
-  Renata – en tono afirmativo. Pedro no le estaba  preguntando si era ella, la estaba 
nombrando, como Adán a Eva, al nombrarla se la estaba apropiando.
Venía con un maletín en la mano, de traje oscuro pero sin corbata. No, no era panzón, ni pelado. Altísimo, delgado. Se inclinó hasta ella y se saludaron con un beso.
-  ¿Cómo estás? - le preguntó, y se sentó frente a ella.
Renata no podía contestar con la verdad: "¡Nerviosa, muerta de miedo, cuánto me alegro de que no seas horrible, ¿y ahora qué hago? ¡¡¡¡Mamáaaaa!!!!"
- Bien, muy bien. Haciendo el ridículo con estos anteojos de sol…
El mozo se acercó, pidieron café. Pedro le contó que radio Rivadavia quedaba a la vuelta, a una cuadra; ella ya lo sabía pero lo dejó hablar, unas primeras palabras anodinas sirvieron para aflojarse porque los dos estaban un poco tensos.
Renata se sintió rápidamente cómoda. Estuvieron una hora y media conversando.
Visto a la distancia aquel encuentro con Pedro fue, además de una aventura que le puso sabor a sus días, el hallazgo de una lente con la cual ver la vida de diferente manera. Es posible que él utilizara su programa de radio “para levantarse minas” como toscamente y sin ninguna objetividad había dicho Raúl. Pero en todo caso Pedro también era un alma solitaria con su respectivo cuerpo hambriento de amor.
Renata le había perdonado que luego se esfumara, huyera de cualquier compromiso. Vista a la distancia, fue una relación que debía durar poco, porque fue intensa, porque fue rica, porque le dejó esos recuerdos imborrables de los que le gustaba nutrirse.  Pero además, Pedro le ayudó a abrir una puerta por la cual pudo salir de la cárcel en que se hallaba. Fue él quien la sostuvo, aunque más no fuera con esos encuentros sin compromiso cuando definitivamente Raúl se hundió en la neurosis depresiva y ella necesitó fuerzas para decidir internarlo, continuar sola con sus dos hijos pequeños, salir a buscar trabajo.
La postergada visita a la radio se concretó una semana después de la cita en el bar San Miguel. En ésta la conversación se extendió con varios cafés. Se contaron algo de sus respectivas vidas, haciendo esa selección inconsciente que el deseo de seducir va dictando, con la cual uno va mostrando aquello que puede atraer al otro. Claro que los aspectos oscuros suelen también aparecer solapados, traicioneros, aun en las cosas no dichas. Pero estos se van develando más tarde, y cada cual tiene la libertad de prestarles oídos o no.
- Imaginate que fuéramos el único hombre y la única mujer, sobrevivientes de una catástrofe nuclear. – le planteó Pedro.
Ella lo miró sin saber qué responder, pero él le captó en la mirada una brizna de decepción, como si intuyera que la conversación derivaría en una propuesta inmediata de ir a la cama.
- Más allá de que un mandato insoslayable de la naturaleza nos obligaría a continuar (a reiniciar) la especie, vos y yo seríamos los fundadores de una humanidad feliz. Un hombre y una mujer que tienen nuestra comunicación no pueden sino inaugurar un paraíso.
Qué lejos estaban de eso, pero qué lindo sonaba. Y no podía ser que él estuviera tratando de llevársela a la cama tan pronto. Eso ya vendría, desde luego, a pesar de su pánico inicial, ella quería que llegara, pero nunca en la primera cita. Renata se sintió aliviada y contenta. Pasadas las cinco de la tarde decidieron separarse; él porque tenía un compromiso laboral, y ella porque no quería despertar sospechas en Raúl. Había dejado de llover y el cielo tenía una tonalidad amarillenta que se reflejaba en los edificios de la Avenida Pueyrredón. Pedro la acompañó hasta la parada del colectivo, y en el trayecto le prometió buscar en la discoteca de la radio la música de una película que ella amaba.
Apenas Renata entró a su casa sonó el teléfono:
-  ¿Cómo llegaste? – preguntó Pedro con esa voz acariciante - ¿Estás bien?
Renata no podía creer que un hombre fuese tan solícito y tan delicado.
-  Quería decirte que lo pasé muy bien con vos, sos tal cual te había imaginado. – agregó él.
-  Yo también lo pasé muy bien. Gracias.
-  ¿Vendrás a la radio, verdad?
-  Sí.
Acordaron que sería el jueves siguiente. Ya se las arreglaría ella para inventar la excusa necesaria, poder salir temprano a la mañana y volver recién después de la sesión de terapia.
Fue una semana de ensoñación: el programa resultó una verdadera pieza de artesanía fabricada amorosamente por ese hombre hermoso que lo labraba para ella. Durante los noticieros o las tandas comerciales la llamaba para asegurarse de que lo estuviera escuchando, Pedro estaba tan entusiasmado y tan enamorado que se desvivía por conmoverla. Ella se la pasaba con un nudo en la garganta o con un grito de alegría según fuera el carácter o la intensidad del mensaje. Cuando no eran lágrimas francas y depuradoras, como las que brotaron cuando él arrancó con ese tan poco difundido poema de Borges: “Es el amor/ tendré que ocultarme o que huir/Crecen los muros de su cárcel como en un sueño atroz...” “Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo...” “Me duele una mujer en todo el cuerpo...” que ella le había copiado en la vieja máquina de escribir de Raúl y se lo había mandado junto a una de sus cartas. 

Raúl, a todo esto, se había replegado, como si estuviera resignado a perderla. Ya en las conversaciones mencionaban la posibilidad de separarse. Pero él hizo hasta las cosas más descabelladas por recuperar el matrimonio, ya que el amor de Renata, si es que alguna vez lo hubo, evidentemente estaba muerto. Recurrió a los amigos y amigas que pudieran intervenir a fin de hacer recapacitar a su mujer. Habló con una pareja que les había dado el curso prematrimonial en la parroquia donde se casaron, pero ellos no se hicieron cargo del fardo que Raúl pretendía echarles encima. En realidad, eran unos chupacirios como los definía Renata, que emparchaban sus falencias enseñando a los demás la teoría del matrimonio feliz.
Por último, Raúl llamó a su antiguo director espiritual, Monseñor O’Neill. Éste no se alegró mucho al escuchar del otro lado de la línea al ex seminarista que recientemente le había hecho llegar los números de la revista Iglesia y Revolución Nacional que editaba, y en la que se planteaban los dislates más pintorescos que jamás vio, porque creyó que lo requería para algún reportaje o alguna propuesta disparatada. Sin embargo, le guardaba gran afecto personal, y después de unas pocas palabras notó que Raúl estaba acongojado, entonces (nobleza obliga) lo citó para el día siguiente.
Para entonces ya no dormían juntos, desde la última pelea violenta que se suscitó por una estupidez y que provocó que Renata lo echara de la pieza porque verdaderamente ya le asqueaba su presencia física. Raúl se instaló en la habitación de servicio que estaba contigua al lavadero y separada del resto de la casa por  un pequeño patio. Enseguida comenzó a dormir apenas un par de horas por la noche, a deambular por la casa arrastrando los pies, a escribir martilleando el teclado de la Olivetti a cualquier hora de la madrugada. Renata, que tenía el sueño liviano y que estaba como en guardia tratando sólo de proteger a sus hijos de las influencias delirantes, pasaba unas noches de insomnio y terror.
Cuando Raúl volvió de su entrevista con el Irlandés vino directamente a plantearle que debía acceder a hablar ella también con el sacerdote. Ella se negó rotundamente, primero porque no lo conocía personalmente, segundo porque ya había resuelto sus crisis de fe optando por un ateísmo sin culpa, por lo cual el matrimonio como sacramento y el compromiso frente al altar carecían de importancia, y tercero porque no le interesaba en lo más mínimo salvar nada que no fuera su propia persona y sus hijos. Pero él recurrió a su técnica de persuasión provocando lástima, que consistía no en amenazar con suicidarse, ni en plantear que se iría sin tener adónde, solo y desamparado: solamente le repetía hasta el cansancio cuánto la amaba a pesar de sus defectos (los de él), cuánto amaba a esos dos niños, cuánto hubiera querido tener un hijo propio con ella. En fin, Renata accedió a tener una charla con Monseñor O’Neill, pero esta vez no hubo reconciliación, ni volvieron a pasar una noche juntos. Ahora se sentía más segura en su decisión de separarse, y en todo caso, si el sacerdote se ponía del lado de Raúl para darle la lata del matrimonio religioso indisoluble, ella tenía la convicción suficiente de que, analizado desde el punto de vista de lo que debe ser un sacramento, no había tal matrimonio. En su fuero íntimo guardaba el desagradable secreto de haber sentido, en el momento en que un cura los consagraba marido y mujer, en el momento de dar el sí, la terrible conciencia de la monstruosidad que estaba cometiendo, unos deseos de salir corriendo y salvarse, que de no haber primado un estúpido prurito más estético que de otra naturaleza, el temor al ridículo delante de todo el mundo, de no haber desoído a sus instintos, otro hubiera sido su destino. Llegado el caso no tendría empacho en confesarle todo eso al Irlandés. Ahora se trataba de calmar un poco a Raúl complaciéndolo siquiera en este otro manotazo de ahogado que estaba dando. Lo único que no permitió fue que él la acompañara.
-  ¿Vos pretendés someterme a un careo delante del tal Monseñor?
-  No, pero tengo derecho a escuchar qué argumentos le das.
-  Yo no voy a un juicio, ni me voy a confesar. ¿Vos querés agotar instancias para salvar el matrimonio? Yo lo único que quiero es demostrar que no hay arreglo posible.
Dos días después Renata acudió a la entrevista con Monseñor Raymundo O’Neill. Iba con el convencimiento de encontrar un tipo soberbio y antipático, que la trataría con el machismo o la misoginia tan característicos de algunos curas. Se sorprendió por lo afable que fue al recibirla en su despacho de paredes blancas con el único adorno de un crucifijo de madera antiguo y la foto de un grupo familiar en color sepia: una anciana delgada, fibrosa, rodeada de tres hombrones jóvenes (uno de ellos el cura); evidentemente era su madre, y tal vez sus hermanos. Fue muy afectuoso al saludarla, y ella quedó encantada con su voz y su sonrisa.
Tendría unos sesenta y cinco años, pero se veía claramente que había sido un hombre muy atractivo; tenía un aire entre cándido y seductor, y pertenecía a esa clase de religiosos de quienes las mujeres suelen exclamar por lo bajo “¡qué desperdicio!” Cuántas en su época lo habrían dicho...
La conversación comenzó con algunos rodeos. Él tuvo la amabilidad de preguntarle por sus hijos, y mencionó que estaba preocupado por Raúl porque lo había visto muy mal.
- Lo veo como cuando ingresó al seminario. Vos sabrás que entonces estaba saliendo de una crisis muy grave...
- Yo no lo conocía en esa época, padre. Él se encargó muy bien de contarme sólo algunas cosas de su vida pasada.
- ¿Pero sabías que estuvo internado en una clínica psiquiátrica después de pelearse con Celeste?
La verdad era que Renata no había querido conocer demasiado de aquella historia. Sí supo por amigos comunes que conocían a Raúl desde hacía mucho tiempo de esa internación, y que tuvo una crisis nerviosa en el banco donde trabajaba, que terminó cuando le arrojó a su jefe una calculadora por la cabeza. De allí pasó a la clínica de Castelar que le correspondía por la obra social, y si bien le retuvieron el puesto en el banco, fue condenado tácitamente a no ascender jamás. Cuando ella lo conoció parecía el tipo más normal del mundo, y conscientemente trató de tapar toda posible amenaza contra esta relación que prometía ser estable. Era el primer hombre que se le acercaba sin importarle que fuera pobre y tuviera dos hijos pequeños. Ya había tenido un amante casado de esos que eternamente “se están separando” y que en definitiva la usó como la tercera pata para sostener su matrimonio rengo. Por otra parte parecía un signo de salud mental restablecida el hecho de que Raúl hubiera retomado los estudios de Magisterio.
En cuanto a Celeste, la vio una o dos veces en alguna reunión social, y lo único que sabía de ella era que padecía epilepsia y que, pese a su aspecto frágil y dulce era dueña de un carácter de perros. Raúl hablaba de ella con odio, y decía que para lo único que servía era para los ejercicios de cama.
-    Padre, lo único que puedo decirle es que no lo amo. Me equivoqué al casarme con él, y no creo que Dios vea con buenos ojos que dos personas convivan sin amarse, porque le puedo asegurar que se genera un clima violento, nada constructivo puede surgir de una situación semejante.
El sacerdote la escuchaba y con sus profundos ojos azules la compadecía.
-   Querida mía, si se pudiera hacer una estadística, te aseguro que el noventa por ciento de los aparentes matrimonios no lo son. La mayoría de los jóvenes se casa por una exigencia social, y porque todavía hay sectores que necesitan del matrimonio para legalizar las relaciones sexuales.
Renata no podía creer que quien decía esto era lo que ella llamaba un curón. Todavía continuó:
-   Pero el error está en creer que uno se casa para ser feliz por siempre, para amar por siempre. Y ese es el concepto romántico del amor, en el que las parejas se terminan rápidamente porque uno de los dos muere, o mueren los dos.
-   ¿Romeo y Julieta? – se animó a preguntar Renata.
-  ¡Claro! Pero esa es una mentira literaria. En cambio, un sacramento es un compromiso, y todo compromiso implica una carga. Es la cruz de Cristo que uno voluntariamente se dispone a cargar para siempre. Lo que ocurre es que a veces uno no lo medita con la suficiente responsabilidad. Y resulta que lo larga al pobre Cristo con todo el peso, vieja…
Renata estaba encantada con el tono campechano del cura de ojos azules, porque esperaba encontrarse con la perorata que más o menos diría: “Hija, recapacita, tu deber es permanecer junto a tu esposo hasta que la muerte los separe, porque si no te perderás en las calderas del infierno sempiterno…” Por suerte algunos integrantes del clero ya habían modernizado su lenguaje, y como es natural, ese cambio refleja un cambio de actitud. Pero no terminó allí el asombro de Renata. A continuación Monseñor O’Neill se dedicó a hacer un repaso de su vida matrimonial con Raúl.  Ella le contó todo lo que le pareció que debía, inclusive lo del aborto antes de casarse. Y no pudo evitar el llanto, ante lo cual el Irlandés tuvo otra vez un gesto benevolente y compasivo.
-   Creo que debes escuchar a tu corazón. Nadie puede obligarte a amarlo. Lo que no se merece es que lo abandones, pero el papel ya está ajado.
-    ¿ Cómo? ¿Qué papel? 
-    Yo siempre doy el ejemplo del papel que uno arruga con las manos antes de tirarlo al tacho de basura; por ahí uno se arrepiente y trata de alisarlo. Por más esfuerzos que haga, quedan las marcas, nunca volverá a ser el mismo papel liso. Con el amor pasa lo mismo. Se estropea, se arruina, y después no hay manera de componerlo. Entonces, lo único que yo te puedo decir es que no lo tires al tacho de basura.
Renata no lograba entender cómo sabía tanto del amor terreno ese hombre que estaba consagrado a la Iglesia desde los nueve años. Lo supo un tiempo después, en otra charla no inducida por Raúl y que originó su amistad con el Irlandés, como pueden ser amigos una joven y un cura anciano. Al cabo de tantos años Renata lo apreciaba como una de las pocas cosas positivas que le quedaron de aquella relación.