sábado, 23 de octubre de 2010

CAPÍTULO NUEVE


-“Azahar  de blancos jazmines/ que adornan el patio del viejo jardín…” - cantaba Lucy mientras iba cortando unos jazmines blancos y grandes como puños.
-“ Un beso de luna me espera en los valles…”- continuaba cantando mientras los colocaba amorosamente en un florero de vidrio. El perfume inundaba toda la casa, y a esa hora de la mañana en que las sombras todavía son largas parecía que iba a hacer un calorcito propio de mediados de diciembre.
-“ mi rancho mi madre, todo mi sentir…” - y mientras cantaba, bailaba la zamba agitando un repasador.







Todavía se sentía recién casada, aunque ya hacía tres años largos que vivía con Fernando, ese buen mozo de ojos azules y corazón enorme que al mediodía vendría de la oficina a almorzar, y para quien ella ponía todo su empeño limpiando y adornando la casa, y cocinando con modestos recursos unos platos deliciosos. Claro, tres años y sin hijos, no porque ella no los quisiera, sino porque no venían. En cambio para él era una suerte, porque estaba convencido de que sería una crueldad traer niños a este mundo.
Después de limpiar, cerró todo con llave y se fue al mercado. Tenía previsto cocinar unos bifes a la criolla. En el transcurso de la media hora que tardó en hacer las compras del día, se nubló y se levantó un viento sur como el que llega después del Zonda, sólo que esta vez fue repentino. La temperatura bajó bruscamente y Lucy llegó a la casa tiritando con su vestidito de piqué floreado. Adentro se sintió abrigada y envuelta por la fragancia de los jazmines.
Prendió la radio. A esa hora estaba Niní Marshall haciendo reír con su despliegue de personajes. También aprendía recetas nuevas de cocina dichas por Doña Petrona, y ella las copiaba a veces con las manos llenas de harina, porque si se demoraba en lavárselas se le olvidaban los ingredientes y confundía los preparados.
Salió a cortar perejil de la huerta para sazonar la salsa, y notó que el viento había parado por completo, pero a tal punto que no se movía ni una hoja, y el aire tenía una extraña acústica. Seguía nublado, y como ya el sol debía haber llegado al cenit, estaba haciendo calor nuevamente. Había un silencio atemorizante. Cuando la comida estuvo casi lista Lucy fue a lavarse y a peinarse, y se puso unas gotitas del perfume que su hermana le trajo del último viaje. Le gustaba darle un toque excitante al encuentro del mediodía con el marido, porque era una promesa para la noche.
Fernando llegó secándose la transpiración de la frente, y quejándose del calor, ahora que el sol había salido nuevamente y partía la tierra en forma perpendicular. Ella corrió a recibirle el saco del traje que lo agobiaba, y en la penumbra del zaguán se colgó de su cuello y lo besó como una novia.
Cuando fue a poner la mesa notó que los jazmines cortados un rato antes estaban mustios y les cambió el agua.
A la hora de la siesta la temperatura pasaba los cuarenta grados. Fernando se recostó a descansar bajo la sombra de la glicina, mientras ella lavaba los platos. Media hora después él volvía para la oficina y ella se disponía a dormir. Cuando estaba cerrando los postigos para oscurecer el cuarto, pegó un grito simultáneo al trueno que inauguró el chaparrón. Odiaba las tormentas eléctricas, y mucho más si estaba sola. Leyó un rato porque no podía conciliar el sueño. Recién cuando la tormenta menguó pudo dormirse. 

Al despertar, lo primero que sintió fue el perfume de los jazmines. Se levantó un tanto embotada. El cielo estaba nuevamente límpido, y salvo los charcos aislados en el patio, nada hacía pensar que un rato antes arreciara el diluvio. Mientras tomaba mate distraída en sus pensamientos, vio el jarrón: ahora los jazmines estaban amarillos y muertos, igual que si hubieran estado al sol y  sin agua todo el día. Sintió algo parecido al miedo. Un gallo desorientado cantaba como si fueran las cuatro de la mañana.
Esa noche fue la última que durmieron en su habitación. Después de hacer el amor, Fernando le propuso que armaran la carpa en el fondo.
-          El tiempo está muy raro. Creo que vamos a tener un terremoto.
Lucy no protestó. Jugando con su índice a desenredarle los pelitos del pecho aceptó con otro beso, porque sabía que él era un gran observador de la naturaleza, y que seguramente los mensajes anómalos que emitía el clima eran el anuncio de algo grave. Se durmieron abrazados hasta que un movimiento brusco los despertó. Fernando prendió la luz: la lámpara que colgaba del techo se mecía como si soplara viento.
-¿ Lo ves? - dijo Fernando. Lucy balbuceó un rezongo, se dio vuelta y siguió durmiendo.

Lo que para mucha gente fue sólo el comienzo del romance entre Perón y Evita, y de una página importantísima de la historia argentina, para otros fue una vivencia atroz. A las nueve de la noche del 15 de enero de 1944, una explosión venida desde el centro de la tierra convirtió en trece segundos a la ciudad de San Juan en sepultura de miles de personas.
La previsión por si el terremoto ocurría mientras dormían había sido tomada con el recurso de la carpa. Pero ahora, en medio de una descomunal nube de tierra, y palpándose los huesos para comprobar que, gracias al Dios en el cual ya no creía, estaba entero, feliz por eso pero angustiado por su otra mitad, echó a correr. Con el paso de los días y de los años Fernando elaboraría el macabro panorama que ofrecía esa parte del mundo. Los gritos de la gente, los llantos de esos fantasmas desfigurados por el polvo, a la luz última del crepúsculo. Pedazos de cornisas que se desplomaban, paredes rajadas que arbitrariamente quedaron en pie… Vio pasar a un hombre con un niño muerto en brazos, que aullaba “¡¡¡Me cago en Dios, me cago en Dios!!!”
Por su sentido de la orientación acertó en la dirección que debía tomar. Lucy fue esa tarde a visitar a su amiga Nydia, y allí lo esperaría. Tuvo que atravesar la montaña de escombros en que quedó convertida la catedral, aguijoneado por la ansiedad de llegar y saber qué suerte había corrido su amor. Si hubiera sido consciente de que bajo sus pies yacía un centenar de muertos tibios aun, no lo habría hecho. Unos minutos antes, otra pareja joven había ido a casarse allí, donde ahora no quedaba más que destrucción y sangre.

Las encontró en el medio de la calle, de pie y tomadas de la mano, pero con las piernas aprisionadas entre escombros hasta las rodillas. La casa de Nydia se había desplomado íntegramente. Un pedazo de mampostería golpeó el hombro izquierdo de Lucy, quien por muchos años se quejó de dolor en ese sitio, sobre todo en días de humedad. De no haber sido por la circunstancia trágica que las puso allí, habrían provocado risa: estaban como enharinadas, cubiertas de polvo, con las pestañas y las cejas blancas, y las lágrimas abrían surcos de barro sobre sus mejillas. Ni siquiera en la vejez, que es cuando la memoria se dedica a repetir lo vivido en el remoto pasado mientras borra lo que acaeció hace un instante, podía Lucy explicar cómo llegaron ella y su amiga al medio de la calle sin que las aplastara la montaña de adobes en que se transformó el edificio.
Todas las casas estaban construidas con adobes de barro y paja. Sólo resistieron algunos caserones de familias ricas que hicieron traer materiales de primera desde Europa. Después del desastre se adoptaron los ladrillos y bloques de cemento. El gobierno que catapultó a Perón a la Presidencia creó inmediatamente el Ministerio de la Reconstrucción, y en pocos años se levantaba la ciudad nueva, sobre el recuerdo de la anterior de veredas angostas y altas cornisas. Alimentado por la sangre de quince mil muertos, el subsuelo quedó atestado de gruesas columnas de hierro, de encadenados y cimientos poderosos, de ripio y cantos rodados extraídos del lecho de los ríos de montaña.
Por eso cuando a Lucy, vencida naturalmente la esterilidad de los primeros años de casada, la sorprendió el terremoto de junio de 1952 bañando a su hija, la casita del Barrio Huazihul que compraron con Fernando se mantuvo en pie y sin un solo rasguño.

Despertarse de un golpe en el suelo y con el respetable cuerpo de la propia madre encima, 

que grita “¡Tiembla! por un lado y “perdón, hijita, nos caímos” por el otro puede ser o muy 

cómico o muy traumático. En mi caso fue más lo primero que lo segundo.

Ocurrió una noche en que dormía ya profundamente. Tendría seis o siete años. El instinto de conservación de mis padres les indicaba que ante un temblor de tierra había que escapar fuera de la casa, para evitar los derrumbes.
El sacudón no fue lo suficientemente fuerte para despertarme, así que mi madre resolvió llevarme en brazos hasta el patio. Pero no contaba conque se le atravesaría la perra entre las piernas al bajar el umbral, ni que se le enredaría el zapato en una malla de alambre. Y nos caímos. Pasado el susto, todo terminó en besos y carcajadas.

Grado siete en la escala Mercalli equivale a grado cinco de Richter; son conceptos abstractos, pero dan idea de la magnitud de un sismo. Si tiembla, uno puede sentirlo o no; si está durmiendo la sensación al despertar es como si alguien se hubiera movido en la cama. Estando sentado, como si otro hubiera pateado la silla. Si al temblar uno está parado puede sentir un ligero mareo y el movimiento de la tierra bajo los pies. Renata seguía percibiendo lo mismo en algunos sitios de Buenos Aires bajo los cuales circula el subterráneo.
"Año nevador, año temblador", dice un refrán popular y se refiere  a las nevadas en la cordillera de Los Andes. La ciudad de San Juan se encuentra entre la precordillera, y la Sierra del Pie de Palo, en cuyas entrañas, dicen, hay una falla. El basamento rajado, partido en una grieta cuya hondura tal vez sea como la de una fosa marina de miles de metros. Y por entre cavernas, vestigios de antiguos corredores volcánicos, depósitos de azufre.
También el saber popular intuye que la luna interviene en los movimientos telúricos; la luna poniente es como una garra  que suelta violentamente a la tierra y todo se descalabra. O bien, cuando sale, produce una atracción tan intensa que la tierra se sobresalta. Entonces  las paredes de la fosa se entrechocan, se derrumban las cavernas subterráneas, fluyen aguas sulfurosas.

Es la noche del 8 de julio de 1971. Casi no hace frío, a pesar de la fecha. Hay luna llena y el cielo está surcado por esas nubes angostas y largas como chalinas de tul, esas que mi papá dice que anuncian temblores. Estoy en la puerta de mi casa despidiendo a mi primer novio. Despidiéndolo para siempre, porque a los catorce años hay muchas cosas que no sé, pero sí sé qué clase de hombre no quiero. Y él, que cree que todo tiene que ocurrir como en las canciones de amor, al irse me dice "adiós".
A la hora cero del 9 de julio comienza a sonar el Himno Nacional en cadena por todas las radios. Suenan la orquesta y el coro del Teatro Colón. Y suenan gritos de gente aterrorizada, aullidos de perros, brama la tierra. Al día siguiente sabremos que fue un terremoto en Chile, uno de los peores por aquellos años.

Lucy ya no es la recién casada de 1944. Ahora es una señora cuarentona, que sigue enamorada de su Fernando de corazón enorme pero un poco cascarrabias. Ese que a veces se va en excursiones de pesca con ocasionales amigos apasionados por el mismo deporte. Bajo la misma glicina de siempre, pasa  con su  hija más pequeña, la tercera, otro temblor fuerte que tuvo epicentro en algún lugar de Chile, en las entrañas del Pacífico, un mediodía de marzo de 1965. Y no puede ocultar su angustia pensando en el marido que está en medio de las  montañas, metido hasta las rodillas en el río San Juan y viendo cómo ruedan cantos enormes de granito, pendiente abajo.

Renata llora al ver a su mamá, siempre  tan serena, tan dueña de sí, ahora abatida y nerviosa. Imagina que su papá no regresa nunca más y llora, pero disfruta pensando que en la escuela sus compañeros la mirarán de otra manera, por ser la chica que se quedó huérfana, y tal vez  eso le dé privilegios. La señorita le prestará más atención a ella que a esas estúpidas de doble apellido que recitan  poesías exageradamente y que actúan en todas las fiestas patrias porque estudian danza y declamación, y porque están acomodadas. Sus papás son médicos, o abogados. En cambio el de ella será algo más importante, será un muerto, alguien conectado con el más allá, un fantasma que podrá asustar a esas tontas engreídas.
Sólo Ángeles es su amiga, tan humilde, tan campechana, y eso que es nieta de uno de los Cantoni y parienta de un gobernador. Con ella sí podrá llorar cuando la venga a visitar para  darle el pésame. Renata juega mentalmente: ya se ve en el velorio de su padre. Ella jamás vio un muerto, a pesar de haber estado en algún velatorio de barrio. Solamente ha visto el espectáculo de la cámara mortuoria con esas gigantescas coronas de flores de olor asfixiante, el cajón sobre la misma  mesa en que el finado comió hasta el día anterior, en la que seguirán comiendo sus deudos apenas vueltos del cementerio, ahora rodeada de velones encendidos, y un enorme crucifijo de plata labrada en la cabecera, pero nunca se animó a mirar a un muerto.
Enfrascada en esas fantasías escucha los gritos alborozados conque Lucy  sale al encuentro de Fernando. Desde el patio umbroso los mira en la puerta de calle abrazarse y se pone de mal humor, celosa, y antes de que él la vea corre a esconderse en su dormitorio.

Mi papá no me habla. Desde que me escondí cuando llegó de pescar está enojado conmigo. 

Yo me acerqué a mostrarle un dibujo que pinté con los lápices Staedler que me compró 

hace unos días y me miró con cara de enojado. “Salga de aquí” me dijo “Con usted no quiero

saber nada”. Si esta noche le voy a decir hasta mañana no me contestará.

Y si mañana él me saluda no sabré si contestarle o no, porque cuando está enojado nadie 

sabe cómo hay que tratarlo. 

Ellos no me quieren. Seguramente no soy su hija; me deben de haber adoptado en 

Mendoza. Mi mamá tiene una prima que adoptó una chica en Mendoza, y todos dicen que le

salió mala porque vaya a saber quiénes son los padres.

Ellos y mis hermanas tienen ojos claros, yo no. Por eso no me quieren. Como se les murió 

una bebita de ocho meses, me adoptaron, para consolarse. Pero una vez yo le escuché decir

a mi papá que para qué tuvieron hijos, si este mundo es una porquería...






miércoles, 13 de octubre de 2010

BREVE CAPÍTULO 8


Todos celebraron el final de la historia de don Ignacio, y algunos se trenzaron en discusiones sobre la existencia del demonio. Para Salvador no había dudas de que el Diablo existía y que era capaz de presentársele a uno en cualquier momento en la forma de un animal o un ser humano, según el caso; en cambio el viejo profesor afirmaba que el demonio reside en cada uno de los hombres, y que aflora en sus malas acciones. El cura se mantenía al margen y escuchaba a todos con la mirada curiosa y sonriente, como quien sabe algo más que los otros pero no quiere decirlo.  
 
El trabajo de Renata como voluntaria duró hasta que el Ejército se hizo cargo de todo, es decir, dispersó a todo el mundo. Fue un antecedente de lo que ocurrió más tarde con el episodio bélico de las Islas Malvinas: el mismo ejército represor que allanaba casas en busca de literatura marxista (en muchas de las cuales ni se sabía de la pretérita existencia de Marx), el mismo que apresaba, mataba o desaparecía personas inocentes, acudió con sus tanques a “proteger y querer” a la pobre gente, a remover escombros y a proveer carpas. Los conscriptos no tenían más alternativa que obedecer, pero la consigna era no dejar que los grupos civiles manejaran la situación. Era peligroso que se conociera información desfavorable al gobierno. Por eso, uno de los datos que nunca se supo con exactitud fue la cantidad de muertos. La cifra oficial hablaba de quinientos. Vox populi decía miles. Y más de uno que no murió por el terremoto fue “chupado” por los milicos y desapareció. 
El “auxilio” prestado por las Fuerzas Armadas fue como un adoquín atado al cuello de quien se está por caer al mar. A las personas que recibían una carpa en préstamo, las autoridades le hacían firmar un documento por un valor que jamás podrían pagar, pero era el único modo de no pasar las noches a la intemperie. Es decir, una versión doméstica y microscópica de lo que ocurría con el país y con toda Latinoamérica: menos tienes, más necesitas, mayor será tu deuda y mayor el castigo si no la pagas.
Renata era también una desarraigada, aunque no marginal en el sentido antes dicho, y sin embargo al margen de toda decisión, de todo poder. Llegó a Buenos Aires veinte años atrás buscando escapar de la chatura pueblerina de su provincia, en pos de un futuro que pudo ser brillante porque creía tener una vocación artística que finalmente abandonó para repetir el modelo de su madre: casarse  y tener hijos al estilo familia Ingalls. Claro que no podía saber cuán fugaz resultaría aquello, porque la enfermedad y la muerte agazapadas  le derrumbarían todo como un terremoto de grado nueve.
Esta tarde de septiembre los recuerdos giran como una espiral cuyo vórtice fuera la esquina de Sarmiento y Carlos Pellegrini, giran alrededor de Renata sin un orden lógico, los recientes y los antiguos, en un remolino que la va hundiendo en la melancolía por momentos, y por momentos la levanta con eufórica fuerza centrífuga. Envuelta en la espiral, desde ese punto de la ciudad se va alejando progresivamente hacia los lugares y los momentos más distantes, y cada recuerdo tiene una repercusión recíproca sobre otros, de manera que aunque parezcan incoherentes, siempre está ella como eje. Su vida, la persona que ha llegado a ser hoy, es la resultante de las vivencias que afloran como recuerdos, y de aquellas que la memoria sepulta cuidadosamente, pero que esperan agazapadas para presentarse un día inesperadamente al conjuro de un perfume o de un acorde musical, asociado con algún hecho trascendente o aparentemente nimio. El fluir caprichoso de los recuerdos no es algo buscado voluntariamente: uno recuerda no lo que quiere, sino lo que puede. Una ráfaga de aire frío vuelve a Renata a su ciudad natal, a la época de estudiante. Y su infancia fue sísmica desde todo punto de vista: sacudido el suelo que pisaba y sacudida su sensible persona. Una sensibilidad cuya única defensa consistía en replegarse sobre sí misma, mirar hacia adentro y callar, soportar, aguantar, porque la virtud ancestral más preciada era la fortaleza.

Fue a la entrada de la escuela. Esa escuela que ocupa una manzana entera. Tal vez ni siquiera era consciente de que me habían crecido los pechos. Empecé a tener conciencia a partir de ese momento. Se hacía tarde, y la entrada posterior estaba abierta. Si daba toda la vuelta hasta la entrada principal, Vedia, el portero negro y malo, picado de viruela y que se divierte metiendo miedo, me va a hostigar. Me dirigí a la puerta estrecha de rejas. Había un chico apoyado en ella, uno que no era de la escuela. Tuve que aminorar el paso para entrar sin chocarme con él. Al pasar el canalla me puso la mano abierta en un pecho y me lo oprimió.
-¡Qué lindas tetas, bebé! 
Sentí que me ahogaba, sentí la cara y las orejas ardiendo de rabia. Llegué corriendo al grado, al tiempo que sonaba el timbre. Tenía ganas de llorar, pero si cedía tendría que contar por qué, y sentía tanta vergüenza, tanta culpa…

A su alrededor no sólo estaba vedado llorar a los hombres. También las mujeres para ser virtuosas debían ser capaces de no llorar. Llorando no se reconstruye la casa que derrumbó el terremoto; llorando no se vuelve a levantar una ciudad arrasada. Un pueblo de llorones se deja ganar por la naturaleza adversa y sucumbe de abatimiento. En cambio, cada uno guarda su dolor en lo más profundo, mastica sus maldiciones y se las traga como un palo de quassia, se queda en ese suelo amado y traicionero y levanta de nuevo la casa, el huerto, ayuda al vecino, vuelve a trazar las calles, tapa las grietas y canta nuevamente glorias al Dios que ayer maldijo.
Guardarse el dolor en lo más profundo y permanecer entera cuando todo se le derrumbaba alrededor fue lo que no le entendieron a Renata sus parientes políticos de Buenos Aires, hechos a las blanduras de la pampa fértil. Al verla serena y sin quebrarse al lado del féretro del esposo muerto, por momentos hasta consolando a los demás, creyeron que era porque no lo había amado. Y la despreciaron. Sólo ella supo el dolor intenso que llevó adentro por muchos años, cómo se murió con él, cómo el enorme peso de la tierra que lo cubría también a ella la sepultó. Sin embargo se tuvo que levantar, y buscar resignación ante la absurda muerte de su esposo. ¿Por qué tiene que morir la gente joven? ¿Por qué el cáncer, la leucemia, los accidentes de tránsito? Hasta esa etapa de su vida creyó en Dios, y la fe la sostuvo en los días amargos. Pero pasado un tiempo de viudez empezó a creer, o bien que había un Dios completamente loco, o dos dioses, uno rector del Bien y otro del Mal. Es decir, no Dios y el Diablo, porque según las Escrituras éste es una criatura de Dios sujeta a su voluntad. No, la creencia de Renata consistía en dos dioses igualmente poderosos en permanente antagonismo. Finalmente se abandonó al ateísmo y a pensar que el mundo es un azar y la vida humana un sinsentido, pero que no queda más remedio que vivir.
Me pregunto si mi vida hoy sería distinta si aquella noche de septiembre del ‘80, en la habitación 203 del Hotel Don Pedro Primero de Foz do Iguazú, durante nuestra luna de miel, no hubiera soñado lo que soñé. Tal vez aquello fue realidad, y lo que creo haber vivido en estos años no es más que un sueño en el purgatorio. Tal vez sea verdad que vos y yo intentábamos cruzar el río Iguazú en una noche de luna, y no pudimos alcanzar la ribera bordeada de altísimos y oscuros árboles, porque perdimos el control de la canoa, y la corriente nos arrastró inexorablemente hacia la Garganta del Diablo. Tal vez la canoa y nuestros cuerpos se perdieron en esa estruendosa caída y fuimos a chocar, abajo, con algún canto rodado, como aquella pobre mujer que se suicidó en esos días.
Quizá, mi despertar entre lágrimas, tu asombro y mi congoja, tu tierno empeño en consolarme, fueron sólo el comienzo de otro sueño, este mucho más cruel en el que yo me quedo sola, al garete en medio del Río, con estos niños a los que una pesadilla dejó sin papá.
¿Y si despertara ahora y me viera nuevamente cruzando el Iguazú, pero remando los dos a la par hasta llegar a la orilla? ¿Qué importaría la oscura soledad de la selva si estuviéramos en tierra firme, contemplando, hacia el sur, la inmensa nube que levanta la catarata mayor?
Me voy a dormir. Pongo el reloj a las siete menos cuarto para mandar a los chicos al colegio. O tal vez no.









jueves, 7 de octubre de 2010

CAPÍTULO SIETE

A las seis y media de la mañana del 23 de noviembre de 1977 hacía quince minutos que se había levantado a  estudiar. Para no despertar a su sobrino que dormía en la misma pieza se fue a vestir en el baño. Le pareció  oír unas voces extrañas, voces de hombre, tal vez en la vereda, pero era raro a esa hora. Después, cuando el chico dijo que él había escuchado “la voz de Dios”  a Renata le corrió un frío por la espalda. Sentada en el inodoro con su camisón celeste calculaba que le faltaban veinte días para el examen, pero ella quería que fuera para un diez, porque uno de los integrantes de la mesa era un profesor de quien estaba perdidamente enamorada. Casi un mes antes el corazón se le salía por la boca pensando cómo haría para no morirse de los nervios llegado el momento. Cuando se estaba lavando la cara (jamás lo podría olvidar porque lo hacía mirándose en el espejo y sus pupilas dilatadas se le grabaron para siempre en la memoria), desde la ventana le llegó el rugido de una bestia que se acercaba, un bramido escalofriante al que en fracciones de segundo se sumó primero la vibración, después el sacudimiento del suelo, de las paredes...
 Es tan pobrecito el lenguaje, tan limitado, que lo que ocurre en lo que lleva un suspiro, no se puede contar sino en largos minutos de palabras y palabras trabajosas que no alcanzan para reflejar lo vivido. Ni siquiera la mente recordando resulta tan veloz como al momento de suceder las cosas, cuando percibe, razona, decide, actúa.
La electricidad se cortó. Renata desechó todo intento de vestirse, y salió con su camisón celeste, primero a despertar al sobrino, para luego saltar hacia la pieza de la hermana que dormía con su beba de dos años. Había que salir afuera rápidamente, porque nunca una casa, por más antisísmica que fuese era garantía de seguridad. Iban las dos chicas y los dos niños en fila india hacia la puerta de salida, y las paredes del comedor se balanceaban como la cabina de un barco. Se trabó la llave, y durante unos segundos creyeron que quedarían atrapados. Al fin la cerradura cedió y corrieron a abrazarse al tronco del enorme pino de la vereda. No en vano habían aprendido que las raíces de los grandes árboles son una defensa contra las grietas que suelen abrirse en el suelo. La calle se ondulaba como un río crecido. Al bramido estremecedor de la tierra en movimiento se sumaba el griterío de la gente, los cacareos y chillidos de aves, los aullidos de los perros. Enseguida empezó a ahogarlos la nube de polvo que se levantó del derrumbe de una antigua bodega que funcionaba a media cuadra, y que conservaba todavía algunas paredes de adobe. A nadie le importó verse en el medio de la calle en ropa interior, ni que los vecinos lo vieran. Aquel infierno duró dos interminables minutos, y nunca como en ese instante Renata tuvo la verdadera noción de lo relativo del tiempo. Cuando el temblor terminó, su sobrinita, en brazos de la mamá dijo:
-          Pashó el ten...
Es que a cien metros pasaba habitualmente el Ferrocarril San Martín, que todavía en ese tiempo tenía su línea entre Retiro y San Juan, pasando por Mendoza. 
Cuando estuvieron seguras de que había cesado todo regresaron a la casa, pero entraron con muchísimo cuidado, verificando que no se les cayera un trozo de cielorraso encima. El niño estaba aterrorizado, y tuvo primero una lipotimia y luego vómitos y diarrea como consecuencia del susto.
Renata encendió una radio a pilas: las emisoras locales estaban mudas, a causa del corte general de energía. Era otro de los mecanismos de seguridad previstos para casos de sismos intensos: pasado cierto grado, un sistema automático interrumpe el suministro. Sintonizó una emisora de Chile que ya estaba dando cuenta del temblor, aunque todavía no había precisiones sobre dónde había sido su epicentro.
Su cuñado estaba en Buenos Aires, y sus padres en La Rioja. Habría que enviar urgentes telegramas para avisarles que estaban sanos y salvos, especialmente porque en Buenos Aires la prensa siempre se caracterizó por exagerar todo cuanto tuviera que ver con desastres ocurridos en las provincias. Era la manera más segura de vender más diarios cuando todavía el periodismo escrito tenía una incidencia mucho mayor que la televisión. Al rato empezaron a llegar amigos para ver cómo estaban. Todo el que contaba con alguna movilidad se ocupó de hacer la recorrida entre familiares y conocidos para interesarse por su estado físico y el de sus pertenencias. Renata aprovechó para ir hasta el Correo Central a mandar los telegramas con Elías, uno de los amigos más queridos, esa clase de gente generosa y solícita que siempre está a mano cuando hace falta. La cola para los telegramas llegaba hasta la calle. Desde pleno centro de la ciudad, hacia el este, se veía una colosal nube de polvo. 
A eso de las nueve de la mañana ya se sabía que el epicentro había estado cerca de la Sierra del Pie de Palo, y que la ciudad más afectada por el terremoto más intenso en los últimos treinta y tres años era Caucete, a menos de treinta kilómetros de San Juan. 
Dentro del correo, Renata sintió de nuevo que se le erizaba la espalda cuando vio el gran reloj eléctrico en la pared, parado a las seis y treinta, la hora fatídica en que comenzó la catástrofe. La ciudad de San Juan había resistido, salvo algunas grietas en paredes y roturas de vidrios, vitrinas, vajillas. Pero hacia el este el panorama era horroroso. El suelo se había abierto en grietas de más de dos metros de ancho y profundidad incalculable; había aflorado agua caliente de napas cargadas con azufre. Las bodegas habían perdido ríos de vino: miles de damajuanas de tintos viriles rotas y esparcidas en medio de una laguna morada; toneles de aristocráticos espumantes rajados desparramando su contenido; botellas pulverizadas de mistelas y oportos atrayendo con su dulzor nubes de moscas.
Además de los cientos de muertos aplastados entre escombros o tragados por las grietas, hubo quienes, presas del pánico se arrojaron por ventanas de pisos altos dando un estúpido fin a sus vidas, en un afán absurdo de matarse para no morir. También las pestes amenazaban proliferar en medio del calor del verano inminente.

viernes, 1 de octubre de 2010

SEXTO CAPÍTULO

VI
La vuelta de la democracia también significó que muchos empezaran a rasgarse las vestiduras por hechos de los que, o habían estado en la luna o habían negado abiertamente. Renata jugó a la payana  con una muchacha que luego fue muerta por el ejército represor, y desde sus más tiernos años tuvo conciencia de vivir en un país del Tercer Mundo, que jamás se liberaría sin luchar. También su hermana pudo haber sido una desaparecida, tal vez la misma Renata, si hubieran elegido otro camino para la lucha. Toda su adolescencia transcurrió en ese ambiente disociado de miedo y rebeldía. 

En todo el mundo recién comenzaban a romperse las estructuras autoritarias que marcaron una larga época de la humanidad. Su propia familia estaba conformada según un modelo autoritario, y si hubiera podido analizar esa circunstancia con una objetividad que le estaba vedada por ser parte de ella, habría comprendido y hasta habría perdonado a su padre. Fernando, quien quedó huérfano a los dos años de edad fue enviado a un colegio religioso de sacerdotes salesianos en González Catán, lejos de su joven madre que de la noche a la mañana se convirtió en una empleada del Correo, con seis hijos para mantener. Arrancado del hogar, desprovisto del amor fundamental y sometido al rigor de los claustros, aprendió el autoritarismo de la mejor fuente, pero también su descontento alentó una rebeldía, que, aunque reprimida, supo transmitir a sus hijas, a quienes educó, aun declarándose ateo, llenas de los prejuicios cristianos en lo privado, pero con aspiraciones de liberación en lo social.  

En una de esas mañanas de radio Pedro entrevistó a un escritor a quien, durante el Proceso, jamás se le había dado cabida en los medios. Al hablar sobre los asuntos que elegía para sus cuentos dijo que consideraba falto de ética aprovechar ciertos temas de la realidad que están sin resolver para elaborar obras de arte. Según su opinión, utilizar a los desaparecidos para escribir un cuento o producir un  programa de televisión, lo único que daba como resultado era un panfleto. No se trataba de ignorar la realidad, sino de saber tomar cierta distancia, no para ser objetivo, que la objetividad es un cuento chino, sino para no enceguecerse con ella. Y Renata disfrutaba escuchando, y pensaba cuánta verdad encerraban aquellas palabras, qué sencilla suele ser la verdad dicha por quienes la practican sin hacer ruido…
 Así, en silencio, desde  una pared en la esquina de Sarmiento y Pellegrini, Renata sintió la mirada escrutadora que el Che le dirigía desde un afiche político. Otro tema ese, del cual antes nadie hablaba, y ahora resultaba ser bandera de todos. Como Eva, la loca ambiciosa y trepadora, la que le ponía los cuernos a un Perón impotente, la que hizo a algunos celebrar el cáncer. Supo ser propiedad exclusiva de aquellos grasitas que la veneraron en sus santuarios cursis al lado de Gardel y la Madre María, pero rayando el fin del siglo cantaba en inglés “Dont cray for mi, Aryentina” desde cualquier disquería.

Pudo haber sido mi padre, pero hoy lo siento como si fuera el hermano mayor que no tuve. Tal vez nunca pude asimilar su imagen a la de un padre porque el mío, el carnal, era un hombre severo y adusto hasta el autoritarismo, en cambio él simbolizaba liberación, ruptura con el sistema, juventud.
Es posible que treinta años después idealice la comprensión que tenía en aquel momento sobre quién era ese hombre. Yo tenía diez años. Sin embargo, la inmensa congoja que sentí al conocer la noticia de su muerte es un recuerdo vívido, no idealizado ni agigantado por el paso del tiempo.
Era una noticia esperada; en los días previos, la onda corta superaba  miles de kilómetros y en medio de chirridos y ecos siderales, unas voces familiares y graves llegaban desde el “Territorio libre en América” a la intimidad de mi casa adonde los inquisidores de turno (secuaces de Onganía) no podían entrar para impedirlo. Las novedades eran sombrías: se había cerrado el cerco militar sobre el diezmado grupo de idealistas y de su paradero, el de él, nada se sabía… En mi cabeza de nena de diez años aparecían desmesurados por el desprecio y el miedo unos hombres morochos con uniformes verdes y gorras, amenazantes, y otros, altos, rubios como mormones y con sonrisa estúpida, que eran los yanquis complacidos por las acciones de los primeros. Y en medio de todo surgía la voz firme de Fidel Castro lanzando sapos y culebras con gracia caribeña, contra los enemigos de la Revolución. La misma voz que al fin se tuvo que quebrar para anunciar que el amigo entrañable, el hermano, el cubano por amorosa adopción, el Che, había muerto, fusilado, tal vez traicionado, en algún punto de la selva boliviana, en la tercermundista y subdesarrollada Bolivia que paradojalmente le daba la espalda a quien soñó su liberación.
Después, la lectura de algún ejemplar del diario cubano Granma, venido por correo y milagrosamente escapado de las requisas censoras. Mi hermana y su grupo de amigos (mayores que yo) cantaban con la música de “Guantanamera”: “al Che Guevara/ le canto yo esta canción/ al Che Guevara/ con pena en el corazón”. “América está que arde/ y todo un fuego será…”  


Y yo, con mis diez años, creía en eso, creía que debía ser así, y que aquel hombre a quien nunca podría haber conocido me marcaba un camino que no era posible eludir. Después crecí y descubrí los atajos, pero esa es harina de otro costal.
De cualquier manera, tengo motivos para negarme a ir al cine a ver películas basadas en su vida, hechas “para los que lo amaron y para los que lo odiaron”, es decir, historias híbridas y anodinas, que hacen quedar a sus realizadores como revolucionarios pero no tanto, supuestamente imparciales y humanos. Tengo motivos para que me disguste ver su imagen impresa en remeras, vendidas al mismo precio que las que llevan la lengua de los Rolling Stones. Cuanto más para sentir asco por la anunciada estampilla que cierto cucarachesco gobernante dijo que se lanzaría al mercado filatélico. En fin, no puedo tolerar que con la muerte de mi hermano fusilado cuando yo era una nena se esté haciendo un negocio gigantesco, ni demagogia preelectoral, ni confusión permanente.

Vivir sano en un país de esquizofrénicos raya lo heroico. Según la interpretación de muchos, el detonante para la recuperación de la democracia fue la guerra de Malvinas. La plaza de Mayo desbordaba (¿cien mil, ciento cincuenta mil personas?) aquella jornada en que Alexander Haigh – el representante de los hijos tontos de Inglaterra- vino a negociar con el general que pasó a la historia como un borracho con delirios de soberanía. La gente colmaba la plaza porque se hizo eco de una causa justa, pero la guerra se había perdido antes en lo político que en el campo de batalla. Pudo haber sido una formidable oportunidad de cambiar el orden mundial. Si Argentina se hubiera aliado con quienes debía, si juntos hubieran planteado no pagar más la deuda externa… Allí estaban Venezuela, Perú, Cuba, Nicaragua y México, Libia, dispuestos a ayudar. Pero, claro, los gobernantes no pudieron dejar de ser gorilas. Era una quimera creer que serían capaces de oponer al poderío escalofriante de las armas de la OTAN una herramienta política que estaban muy lejos de sostener.
Meses después hubo elecciones, se votó a representantes legítimos. Sin embargo, la misma gente que había vivado con entusiasmo el arranque de patriotismo del gobierno militar, como si se tratara de miles de doctores Jeckyll y señores Hyde, ahora sólo hablaba de “los pobres soldaditos” a los que los milicos mandaron a la guerra. Y sin embargo, qué fieros hombres fueron, los que dejaron su sangre en el páramo de Malvinas, los que fueron a dar con sus huesos al fondo del mar, los que ahora venden calcomanías en los trenes porque nadie los reconoce como héroes…Es ese dejo de ezquizofrenia colectiva que todo lo confunde, porque convocados por la televisión todos los argentinos eran capaces de donar sus joyas por los héroes del irredento suelo patrio, pero pasada la euforia aquellos se volvieron los loquitos de la guerra, o los vagos que no quieren trabajar y entonces piden limosna.
Mucho antes de conocer a Renata, Raúl había tenido los primeros indicios de su desequilibrio. Su padre, terriblemente autoritario y confeso admirador de Mussolini, deseaba para él un destino de militar o clérigo. Proviniendo de una familia de inmigrantes pobres, sin el menor contacto con la aristocracia criolla ligada a las vacas, era imposible soñar con el ingreso al Colegio Militar, a pesar de las dotes intelectuales brillantes del muchacho. Y como una burla del destino, era clase 1957: se eximió de hacer la conscripción por pertenecer a esa camada de jóvenes que cedieron paso a quienes empezaron a “servir a la patria” a los dieciocho años, en lugar de hacerlo a los veinte. Entonces tuvo que soportar las recriminaciones del progenitor, como si él hubiera tenido la culpa de que se reformara la ley del servicio militar. Así es que tampoco pudo tocar la gloria de participar ni siquiera como reserva en esa guerra fugaz. En su fuero íntimo, hubiera deseado que su nombre figurara en una de las lápidas de mármol en la Plaza San Martín; una muerte heroica en el helado suelo malvinense era en sus fantasías, algo mucho más digno de sí que el tener que resistir diariamente una realidad crítica, para la que estaba escasamente pertrechado. Desde que tenía tres años sufría por otra culpa ajena, que ese padre tosco y soberbio, de una religiosidad rudimentaria que lo inhibía de rebelarse contra Dios por la muerte de su jovencísima mujer, cargaba contra el más débil: un mediodía, al regreso del trabajo la encontró tirada en el piso, descoyuntada y fría. A su lado el pequeño Raúl, ya sin lágrimas, con los ojos salidos de sus órbitas, en estado de shock. Renata nunca logró saber cuál había sido la enfermedad que lo dejó huérfano, o si se trató de una caída accidental por una escalera, o de un suicidio. Él hablaba sobre el tema muy de soslayo y con una sonrisa que dejaba traslucir un dolor nunca cicatrizado, de modo que ella jamás quiso escarbar en esa herida.


Más tarde, y para no llevar una vida disipada ni brindar un mal ejemplo a sus hijos, el viudo se casó con una mujer que era el polo opuesto de la anterior: fea, en edad de ser considerada solterona y autoritaria como un sargento. Ese matrimonio no duró diez años. Y si bien Raúl tuvo un sustituto de su madre, esta madrastra típica de cuento romántico le brindó un amor escaso, raquítico. Su prioridad no eran los niños, sino su carrera de bioquímica y docente universitaria, y en todo caso las dotes maternales conque cualquier mujer viene al mundo  las volcó sobre el hijo que concibió más tarde, cuando Raúl ya era un muchachito que terminaba la escuela primaria. Por eso, después de una tortuosa relación con una chica epiléptica buscó la protección de otra madre sustituta: la Iglesia. Ingresó al seminario intentando en forma inconsciente cumplir con el segundo mandato paterno.
Allí conoció a Monseñor Raymundo O’Neill, cuyo ascetismo contrastaba con la imagen que tenía Raúl de los sacerdotes que llegan a las altas dignidades de la Iglesia. A más de uno había visto exhibiéndose asiduamente en los canales de televisión, paseando en autos último modelo, o haciendo compras en negocios exclusivos, en una ostentación de riqueza que ya fue objeto de polémicas y cismas en remotos siglos El único pecado del Irlandés, como lo apodaban todos los seminaristas, parecía ser la jactancia vanidosa de portar el apellido más antiguo de la Europa céltica, y una carga etílica en el torrente sanguíneo, heredada de sus ancestros, que lo hacía abstemio hasta del vino de misa. Raúl lo tuvo como confesor, pero no para arrodillarse y contarle sus pecados, sino en charlas mano a mano (a veces encendidas discusiones) y con el mate amargo que iba y venía incansablemente.
- Esto no es fácil, muchacho. Acá venimos a intentar domar el potro que llevamos dentro. Pero hay que ser honesto; no intentes engañarte a vos mismo. – decía el viejo cruzando y descruzando sus dedos largos. Tenía el dorso de las manos pintado de incontables pecas, y la piel áspera.
- Tarde o temprano uno se da cuenta si lo podrá domar o no. Es mejor que sea temprano.-
Miraba a su interlocutor con unos ojos tan azules y profundos a los que era imposible ocultar nada.
-          Yo casi no tuve oportunidad de ponerme a prueba. Mi madre me mandó al seminario a los nueve años, una crueldad. Hoy, que existen los derechos del niño, iría presa, pobre vieja.
Raúl imaginaba a ese niño de nueve años llorando en silencio y sin consuelo, con la mirada concentrada en un hipotético sur, donde tal vez se encontraría Rosario, tratando de comunicar a una madre obcecadamente irlandesa su deseo de escapar de aquella cárcel monacal, en un gesto de temprana y mansa rebeldía, sin otro deseo que romper con el mandato familiar que lo obligaba a ser, de los tres hijos, el sacerdote. Y luego, descubriendo el recurso poderoso conque contaba, mucho más eficaz que las lágrimas: su lengua materna, en que pudo escribir el llamado de auxilio sin ser descubierto por los curas carceleros.
-          Los curas estaban encantados conmigo por los progresos que hacía en el estudio del inglés, pero no se les ocurrió revisar lo que les escribía a mis padres.
Pese a todo, el Irlandés se tuvo que quedar nomás en el claustro. Era su destino; en sus tiempos no se estilaba que los niños cuestionaran las decisiones de sus mayores,  ni que opinaran sobre ningún tema.
Raúl en cambio no alcanzó a completar un año dentro del seminario. Era un tipo de una rica vida interior, pero la falta de afecto le había vuelto la existencia como una embarcación con el timón dislocado por las tormentas. Por suerte los consejos de su director espiritual no cayeron en saco roto. El plan de estudios se esbozaba a grandes rasgos en dos años de Filosofía y cuatro de Teología, con una práctica pastoral que podía iniciarse antes o después, de acuerdo con las dotes e intereses de cada aspirante a religioso. Algunos llegaban al diaconato antes de terminar los estudios, otros recién recibirían el Orden Sagrado como sacerdotes al finalizar los seis años. Pero no era esa perspectiva la que lo asustaba. El potro que debía domar no era solamente asumir el celibato cuando ya tenía una larga experiencia erótica y desde sus inicios no había pasado jamás temporadas de abstinencia. Otro obstáculo para asumir una profesión religiosa fue el ser un consecuente militante de las causas perdidas. Era de los que creen que para modificar las instituciones hay que hacerlo desde dentro. Su generación había visto inmolarse a curas como Mugica o Angelelli, entre tantos, sin que la Iglesia, a la que Raúl comparaba con un elefante que avanza lento e indiferente, valido de su tamaño y aplastando todo lo que se interpusiera a su paso, hubiera pestañeado. No, no era el martirio la forma de transformarla. Había que provocar la revolución nacional también en el seno de la Iglesia: promover la lucha de clases entre laicos: neutralizar a la Acción Católica, ese antro de mediopelos divorciados de los humildes y los trabajadores y que sin embargo predican de los dientes para afuera la opción por los pobres. Nenes de mamá que misionan entre los tobas y se llenan la boca divulgando que trabajan en la villa, pero cuando vuelven a su casa de San Isidro se bañan con desinfectante y comen comida ligth; exterminar al Opus Dei, una organización clasista y aliada a los poderes políticos y económico-financieros mundiales. Aliarse con sectores de las Fuerzas Armadas afines, para que también la Iglesia contara con su “brazo armado”, eran algunas de las explosivas ideas que el aspirante a cura disparaba a quien tuviera la paciencia de escucharlo.
- No, Raulito. En todo caso, lo tuyo será la política – le decía Monseñor O’Neill.- Somos ministros de Dios, y la misión de la Iglesia no es dar soluciones para este mundo, sino preparar a nuestros hermanos para el mundo que vendrá. Por eso, si tengo que darle la comunión a Martínez de Hoz, como representante de Dios estoy obligado a hacerlo, aunque yo hombre desearía pegarle una patada en el culo.
-  Pero Jesús sí fue capaz de echar a los mercaderes del templo- refutaba él.
-  Jesús era Dios, no un triste curita argentino.
A pesar de su discernimiento revulsivo, Raúl aceptaba mansamente los dogmas religiosos. Jamás puso en tela de juicio la virginidad de María, el celibato de Jesús y sus apóstoles, la existencia de ese complicado ente llamado Santísima Trinidad, ni todo aquello que para Renata resultaba, si no mentiras retorcidas de “los curas”, reverendas e ingenuas huevadas propias de una época infantil de la humanidad, cuando era posible que un hombre caminara sobre las aguas del mar sin hundirse, o que el mismísimo Dios charlara como cualquier hijo de vecino con sus elegidos. Si en algún momento comulgaron juntos fue porque sus creencias tenían un punto de contacto más en lo que el cristianismo tiene de fenómeno cultural que en lo referido a lo litúrgico. Ella provenía de una familia de padre ateo, de-formado en sus más tiernos años en un Colegio Católico e inmune para siempre a todo lo que tuviera que ver con la Iglesia, y de una madre indiferente, hija a su vez de un sajón protestante. La religiosidad de Renata fue débil y ciclotímica. Tomó la primera comunión a los veinte años por la crisis existencial que le provocó ver la muerte de cerca durante el último año en que vivió en San Juan. Experimentó en carne propia lo que es literalmente que a uno se le mueva el piso y se le caiga la estantería: sufrió el terremoto del 23 de Noviembre de 1977. Toda su vida hasta los veinte años transcurrió en ese suelo movedizo y traicionero, pero los temblores de tierra a los que estaba acostumbrada no fueron nada comparados con ese fenómeno cuya onda expansiva llegó hasta Buenos Aires. Su cultura sísmica se venía desarrollando desde que nació, y tenía recuerdos de muy pequeña en reuniones familiares en que los mayores contaban anécdotas de otros terremotos: el del 44 y el del 52. Fernando y Lucy, sus padres, eran de los que enseñan a los hijos no los peligros de la vida, sino que la vida es peligrosa. De manera que Renata tenía un caudal de conocimientos sobre previsión de situaciones catastróficas, prevención de enfermedades, higiene, primeros auxilios, salvataje y otras linduras. Todo eso había aprendido en el hogar familiar, y algunos disfrutes relacionados con el intelecto, la naturaleza y el arte. En cuanto a los placeres del cuerpo, nada. En ese aspecto fue una autodidacta desde chiquitita. Haciendo gimnasia por su cuenta descubrió una vez una sensación deliciosa en el centro de su vientre, viniéndole desde algo que tenía entre las piernas y que ella no sabía aún nombrar. Luego descubrió que podía provocarse esa sensación inicialmente casual, y se dedicó a la práctica excitante de sus posibilidades de placer. Pero no se le escapaba que todo lo debía realizar a escondidas, porque sentía terror de que la descubrieran sus padres. Ellos debían comportarse de la misma manera, sólo que a veces se descuidaban un poquito.

La oscuridad es atroz. Perros monstruosos ladran de miedo. No puedo conciliar el sueño, y cuando recuerdo que al día siguiente deberé ir a la escuela, la angustia me asfixia.
¿Qué le hace mi papá a mi mamá? ¿Por qué se mueven tanto? Ella se ríe como debajo de la almohada, pero también se queja. Y yo, al borde del llanto, me revuelvo en la cama.
Ellos no me dejan dormir; en lugar de venir a tranquilizarme, no me dejan dormir. ¿Qué están haciendo? Es algo horrible. Mi mamá gime, mi papá gruñe. Me caigo de la cama. No me caigo, me tiro para llamarles la atención. Y lloro.
-  Mocosa de porquería, ¿a qué hora te vas a dormir?