domingo, 26 de septiembre de 2010

CAPÍTULO CINCO


Dicho todo lo anterior con respecto a la "Inseguridad Internética", y pendiente aun el retrato de un sinvergüenza, va pues el quinto capítulo de TARDE:





V

Esa noche hicieron el amor. Al cabo de casi diez años ella recordaba esa noche como una de las pocas en que disfrutó con Raúl. Ambos eran presa de un rapto místico. Él estuvo particularmente delicado y la supo macerar lentamente, la hizo sentir grande y poderosa, y por esa única vez se quedó con ella cuando todo acabó, se quedó todavía acariciándola.  Sólo esa noche fue capaz de no correr a prender el hediondo cigarrillo de costumbre. El hecho de haber llorado juntos, de haberse perdonado esa culpa que compartían, el hecho de que él siempre tuviera un pasaje del Nuevo Testamento para aplicar a la vida cotidiana lograron ablandar a Renata. A la mañana siguiente se levantó tarde y encontró escrito en los azulejos de la cocina un cartel que dejó Raúl: “Dios ha entrado esta noche en esta casa. Ha derribado un templo viejo. Cristo me ha mostrado su cara. He vivido sus tormentos, su muerte y su resurrección.”  Renata lo aceptó, y el cartel estuvo allí durante algunos días, hasta la siguiente crisis. También el rapto de enamoramiento se fue borroneando con los días. Es que él no podía ir contra su naturaleza. Y ella, con disgusto al principio porque se contradecía con lo que creyó toda su vida, tuvo que aceptar  que no podría mantenerse enamorada de él porque le producía un rechazo físico. Renata había aprendido que el amor físico era algo secundario, que venía por añadidura. Jamás vio a sus padres darse besos de amor, y en la familia todo lo relativo al cuerpo y al sexo era considerado bajo, sucio. Sin embargo, la experiencia le demostraba que no habiendo atracción física la vida en común era imposible. Compartir la cama, sentir el roce de la piel de una persona que le daba repulsión era como un castigo que no estaba dispuesta a aceptar. Para colmo, el vínculo establecido con Raúl se basaba en fuerzas imposibles de equilibrar: por un lado él la necesitaba como la madre que perdió, pero quería ejercer el poder del hombre tradicional, de autoridad inapelable. Y se escudaba en Dios. A ella le aburría escucharlo siempre como si fuera un predicador fundamentalista.
Además siguió sintonizando la radio cada mañana, como el alimento que necesitaba para nutrir el vacío. Y volvió a escribir cartas, y a quedar en suspenso al recibir la respuesta de Pedro, que a esa altura ya era el hombre con quien engañaba a su marido, aunque nunca le había visto la cara. Porque después de la noche mágica con Raúl no pudo aceptarlo más sin sentirse incómoda, molesta y sin preguntarse cómo sería hacer el amor con otro. Con el otro.
“27/9/90
“Querido Pedro:
Vuelvo a escribirle porque siento necesidad de hacerlo. Supongo que en algo retribuyo a su vocación de entretenerme, pero, además, porque la búsqueda de mí misma recién empieza. Sus cosas me llegan muy profundamente, aun cuando a veces se ponga oscuro como un poema y no lo entienda, pero percibo su belleza. Otras veces me dice cosas perturbadoras. Me ha llamado cobarde. Tuve mis razones para serlo. Yo sé que alguna vez  me habré librado de esta lucha entre el deber y el querer, y sin previo aviso iré a conocer el envase de esa voz…”
“…Cuánta profundidad en la aparente sencillez de este entretenimiento. En medio de la desgracia de vivir en este país tan sufrido, tan castigado, tan traicionado, al menos nos queda la posibilidad de escuchar esto que no debe haber en ninguna otra parte del mundo…
Habló usted de la reunificación alemana y de nuestro sueño de reconstruir la Patria Grande Latinoamericana. Es difícil imaginar que ese sueño se pueda concretar algún día, dado el retroceso en que se encuentra el pensamiento nacional. Tal vez, como en la Europa Oriental, se trate de dar una batalla cotidiana en el campo cultural, y confiar en la Providencia…”
“…me entretuve observando a dos mujeres sordomudas que mantenían una sostenida conversación por señas. ¿Cómo serán los bemoles de una sostenida conversación? ¡Cuánta expresividad, cuánto entusiasmo por comunicarse! Y nosotros, los que contamos con todos los sentidos intactos, a veces no los aprovechamos. Pensaba, viendo a estas dos mujeres, que ellas no pueden disfrutar de la maravilla de la radio, por ejemplo. ¿Cómo será ese mundo silencioso, o tal vez poblado de ruidos amorfos?...”
“…le causó gracia mi mensaje telefónico en que le dije que me había “dado en la matadura” con la zamba “No te puedo olvidar”, y prometió hablar en otra ocasión sobre esa expresión…”
“5/10/90: Sí, es verdad, hoy estuvo muy musical, muy apropiado para un día de lluvia. Cuando vivía en San Juan me gustaba la lluvia, porque era una rareza. Pero a tantos años de vivir en Buenos Aires ya estoy saturada de ver caer agua...”
Se restableció la comunicación mágica que consistía en que Pedro, sin nombrarla, respondía las cartas de Renata, la atraía, la hipnotizaba. Ella lo proveía de poesías y trozos literarios, de anécdotas y sensaciones, y era evidente que sin haberse visto jamás conocían y compartían el mismo mundo sensible, conformado por una memoria común, una identidad cultural compuesta por aquellas vivencias que los identificaba como miembros de una misma generación, y eso los los tornaba afines.
Una tarde en que estaba sola atendió el teléfono: era él. Esta vez la llamó decididamente para proponerle que se conocieran personalmente. Le confesó que no podía dejar de pensar en ella, que desde hacía un tiempo, en determinado momento del programa se abría una bisagra a partir de la cual sólo hablaba para ella.
- Ya lo sé – se escuchó decir Renata, admirada de su aplomo.
Pedro estaba  apasionado, y su voz no era la pausada y cadenciosa de las mañanas, sino una catarata de deseo. Le habló de Omar Khayaam; de que probablemente ya se habían conocido  en vidas anteriores... le rogó que fuera a visitarlo a la radio cuando quisiera. Renata, temerosa  por esta experiencia inédita y por la advertencia de Raúl no se animó a ponerle fecha al encuentro.
-          Es absurdo que sigamos sin conocernos -  remató Pedro – te  seguiré esperando.
Cuando cortó tenía deseos de gritar, de cantar, de bailar. Sonó nuevamente el teléfono.
-          ¿Señora Renata?
-          ¿Sí?
-          Buenas tardes. La llamo del instituto. Su hija María terminó la clase de dibujo hace media hora y está esperando que la venga a buscar...
Se dio una palmada en la frente y corrió a buscar la cartera. Cuando estaba saliendo, el teléfono volvió a sonar. Titubeó.
-          ¿Hola?
-          Soy yo otra vez – dijo Pedro.
-          ¡Ay, Dios mío! Por conversar con vos me olvidé de ir a buscar a mi hija.
-          Bueno, yo sólo te quiero dejar mi número de teléfono. Cuando tengas ganas, llamame.
Renata lo anotó y salió corriendo. Pedro Cerezo  le había confiado el teléfono de su casa.







PREVIAMENTE AL CAPÍTULO V...

Hace unos días un amigo que me quiere bien, lector de este blog, me aconsejó "tener cuidado con los chorros" y con los "rateros", porque teme que a alguien se le ocurra robar alguna idea de mi novela y publicarla por ahí. Eso ya ha pasado en ocasiones, casos muy burdos en que hasta escritores consagrados plagian y roban descaradamente a otros escritores, y mandan obras a concursos, y hasta ganan con el producto de sus afanos... Hubo alguno en que el escándalo redundó en más difusión de la obra, y el autor verdadero salió beneficiado, además de indemnizado económicamente.

Inscripción en el Registro de la Propiedad Intelectual  N° 984162
Segunda hoja de Inscripción en RPI














Puedo asegurarles que no estoy especulando con que ocurra eso; simplemente, ya lo dije al principio, como en su momento no pude publicar "Tarde", y tuve tantos dolores de cabeza y disgustos relacionados con ella, después de años de no querer ni siquiera releerla, me decidí a darla a conocer por medio de un blog, como una manera de quitármela ya de encima y echarla a andar, como un niño que ya pesa mucho y no se puede llevar más en brazos.  


Primera hoja de Contrato, con la firma de Isla
Anexo al Contrato de Impresión
Inscripción en la Cámara del Libro

Al amigo que me aconsejó tener cuidado con los ladrones, le respondí que estoy tranquila porque tengo cómo demostrar que todo lo que publico es de mi cosecha. 
Tengo copia de la inscripción en el Registro de la Propiedad Intelectual, del contrato firmado con la ya entonces inexistente Editorial Florida Blanca, donde está la firma de puño y letra del delincuente Elpidio Isla; de la inscripción en la Cámara del Libro donde se asignó un número de ISBN (meses más tarde tuve que ir a darlo de baja, cuando supe que no se publicaría), de los recibos por el pago de la edición extendido por el antedicho delincuente editorial...

                                                                                                                                  Así que no me quita el sueño que a alguien se le ocurra la tonta y poco original idea de robarme.

Recibo del ISBN
Recibo de pago


























viernes, 24 de septiembre de 2010

UN DÍA DE ESTOS...

Un día de estos continuaré publicando los capítulos que faltan de Tarde, mi novela inédita. Sólo que tengo dudas de que alguien realmente la esté leyendo, porque no me llega nada como devolución. Así que esperaré unos días y luego veré qué hago...
Mientras tanto estoy preparando el retrato de un sinvergüenza. Ese sinvergüenza se llama Aquilino Elpidio Isla, sí, es un ser real, existe, con ese nombre. Suele vérselo por el sur, por allá por Caleta Olivia, que es su patria chica. No, no es una de esas morsas que toman sol a la orilla del mar helado, aunque físicamente se parezca a una de ellas. Pero ya sabrán más de ese personaje indeseable.


Cesare Lombroso se haría un festín encontrando características de delincuente en esta cara...


Ahora me voy a dormir y espero no tener pesadillas.

lunes, 20 de septiembre de 2010

CUARTO CAPÍTULO

Esta historia, basada en hechos más o menos reales, más o menos imaginarios, transcurre en los años '90, cuando, si existía la telefonía móvil, su uso era excepcional, no estaba generalizado como hoy en día. Tampoco el correo electrónico era algo todavía posible, así es que la comunicación se limitaba al correo tradicional, de papel, lapicera y estampillas, o bien al teléfono. Y la radio, aunque la televisión ya ocupaba s un lugar importante, no perdió nunca su vigencia, como no la ha perdido en el siglo XXI.





IV

La radio la ayudó a reencontrarse con sus raíces, a conectarse con la niña provinciana que fue. Cuando, después de unos meses de convivencia decidió casarse con Raúl, renunció a su trabajo en la concesionaria. No soportaba dejar a sus hijos solos durante tanto tiempo, y con la pensión que cobraba, más el sueldo de Raúl podían sobrevivir.
Diariamente comprobaba cuán pocas eran las cosas que tenían en común. El se abocaba, fuera del horario de trabajo, a editar una revista archi-nacionalista y católica, con la exagerada pretensión de contribuir a una revolución nacional que sólo era posible en su cabeza. Al principio, Renata colaboró con algunas tareas, pero le resultaba tan arduo adaptarse a sus arranques de dogmatismo no solo de ideas: pretendía que la vida se desarrollara como una organización vertical, y en cuanto esta locura empezó a involucrar a los niños, ella adoptó la actitud de la hembra que protege a sus cachorros.
Todas las mañanas respiraba liberada cuando Raúl cerraba la puerta y se iba a trabajar. La radio estaba prendida desde que se levantaba para mandar los chicos al colegio. La vuelta de la democracia produjo un fenómeno vivificante en ese medio de comunicación: la gente empezó a participar, a manifestarse a través del teléfono, dando opiniones, pidiendo, transformando. Cuando Raúl se iba Renata volvía a ser la dueña de todo en su casa. Ya no tenía que marcharse a la oficina por todo el día; disfrutaba por poder quedarse, aunque fuera a lidiar con las ingratas tareas domésticas. Era eficiente y práctica: todo lo hacía con rapidez, aprovechando el tiempo: lavar la ropa mientras tendía las camas; encerar los pisos, limpiar el baño, cocinar, arreglar el jardín, planchar, con energía y a conciencia, sintiéndose útil y prodigando amor a los suyos a través de su trabajo. Entonces la radio pasó a ser una compañía maravillosa. Y un tiempo después, mucho más que eso.
Cierta mañana, pasando distraídamente el dial escuchó una voz grave y cálida recitando unos versos del peruano Nicomedes Santa Cruz, con el fondo de unas guitarras criollas. 
Fue un hallazgo feliz, y ya por mucho tiempo no podría dejar de escuchar todas las mañanas ese programa. Volvió a sentir la música que de niña le había encantado, cuando en su provincia natal se hizo amiga del folklore. Y la voz cautivante del locutor la fue envolviendo con palabras que le llegaban a lo más hondo, porque él también era un provinciano que en cierta forma había sufrido el desarraigo. Se identificó con él, porque era alguien que deseaba un cambio, una revolución, pero desde la cultura y el arte, desde los afectos que ligan a la tierra, a la historia personal enlazada con la del pueblo. Entonces ella, conmocionada por este descubrimiento, también quiso participar. Alguna que otra vez llamó al programa para pedir que tocaran una canción, o para dejar algún mensaje relacionado con lo que allí se hablaba. Y era una fiesta para el corazón escuchar su nombre pronunciado por esa voz seductora, y su mensaje dicho textualmente, y una respuesta estimulante.
Era tal el caudal de emociones y recuerdos que se movilizaron en su interior, que un día tuvo necesidad de escribir una carta. Fue el comienzo de un cambio insospechado en su vida.

“…27 de agosto de 1990
“Querido Pedro: Hace muchos días, demasiados, que vengo postergando el comienzo de esta carta. Pero hoy se la anuncié por teléfono (me “sacó al aire” sin pedirme permiso), y esto me compromete un poco. No pienso hacer una apología de Pedro Cerezo, ni creo que eso le interese. Lo que ocurre es que cada función del “Teatro de la Mente” que se da por esa FM todas las mañanas, me da tema para escribir, no sé si muchas cartas o si una sola, muy larga. De donde resultará que usted sea mucho más que un entretenedor. Y aunque pida a sus oyentes que no lo involucremos en lo que hacemos (o dejamos de hacer, como es mi caso hoy, en que son las once y cuarto y en lugar de pensar qué haré de comer le estoy escribiendo), quiero decirle que su programa me da pie para expresar, tantas, tantas cosas…
Para comenzar, tomo algo que mencionó ayer: un imaginario campeonato de balero, bolitas, payana…como un chispazo surgió de mis recuerdos el haber jugado a la payana en San Juan, cuando yo tenía nueve años, con una chica que me llevaba siete u ocho, compañera de estudios de mi hermana mayor. Tenía unos ojos increíbles, verdes y enormes. Era hija de un italiano y una siria, pero la raza materna había prevalecido en sus rasgos. Por supuesto, le decían “la Turca”. Era alegre, cariñosa, y yo me sentía halagada cuando, para descansar de sus apuntes de Derecho Romano se sentaba conmigo en el suelo a jugar a la payana. Siempre me ganaba. Eran los años de efervescencia política entre los jóvenes: a ella, junto con mi hermana y un grupo grande de estudiantes los expulsaron de la Universidad Católica de San Juan por su militancia política. Más tarde se casó, tal vez en 1970. Poco a poco fui dejando de verla, y supe después que integraba las filas del E.R.P. A principios de 1976 fue muerta en Buenos Aires. De su marido no se supo nunca nada. Dejaron un niño de cuatro años que estuvo unos meses desaparecido, hasta que su abuela pudo localizarlo. Usted me removió estos recuerdos ayer, y se me ocurrió pensar que yo jugué a la payana con un personaje histórico. Un profesor de historia que tuve en La Rioja decía conocer a una centenaria  vecina del Pozo de Vargas quien conservaba, en 1973, un mazo de naipes robado por ella y sus hermanos a un soldado muerto en la Batalla de Vargas. ¿Qué le parece para poner en escena del Teatro de la Mente semejante cuadro? …pasada la batalla, al atardecer del 10 de abril de 1867, dos niños y una niña de corta edad, curiosos y excitados por el clima violento que percibieron desde su rancho al tronar de los cañones salen a merodear por los terrenos de Vargas, escapados de la vigilancia materna.  Son muy pobres, y la necesidad los sobrepone del horror que les causa ver los cadáveres ensangrentados. Entonces se ponen a revisar los bolsillos de los uniformes. No sabemos si habrán encontrado objetos de valor, pero un vulgar mazo de naipes, impensadamente, llega a transformarse en una pieza histórica…”
“28/8: Buen día, Pedro. Lo noto jocoso, alegre, como ayer, particularmente dicharachero. ¡Vaya si me da tema para escribirle hoy! Me ha puesto una zamba cantada por Tucuta Gordillo. Pero, hombre, ¿no sabe usted que lo escuchamos las mujeres casadas? ¿Por qué nos expone a enamorarnos de esa voz dulce y varonil? ¿Cómo le explico a mi marido que le quemé el cuello de la camisa celeste con la plancha, porque me quedé paralizada escuchando? Recuerdo una versión de “Tacita de Plata” que disfrutaba con una amiga en un departamentito de la calle Vidt, donde viví mi último año de soltera. Oíamos al conjunto de Jaime Torres, a Eduardo Falú cantando Resolana, los Versos del Payador Perseguido por Atahualpa Yupanqui…
Después, como para que yo siga mi viaje al pasado, me mandó “La Golondrina” por Cafrune. Me vi de pronto nuevamente en San Juan, en el comedor de mi casa del barrio Huazihul (un cacique huarpe), en un atardecer otoñal mirando un cielo rojo en el que se dibujaban las siluetas de los álamos atajadores de vientos, y algún barrilete danzando arriba, más alto, queriendo escapar de una mano infantil…  http://www.youtube.com/watch?v=SE8Q_nCFgD0
En ese comedor, sobre el aparador de estilo renacimiento italiano, heredado de mi abuela criolla casada con un gringo canadiense, la radio eléctrica, grande, pesada, de aquellas a lámpara. Por las emisoras locales, noticias, deportes, programas de entretenimientos. Después de almuerzo, un radioteatro auspiciado por Jabón Palmolive que se grababa en Buenos Aires; la voz de Eduardo Rudy; mucho, mucho folklore, porque era la época del furor. También escuchábamos radios chilenas. Lejos de Buenos Aires, la colonización cultural nos llegaba desde Santiago de Chile: Paul Anka, Brenda Lee, los Beatles. También conocí a Serrat por las emisoras de Chile. Y mis padres, como ahora lo hago con mis hijos, me iniciaban en el placer de la música clásica: Radio Nacional de Buenos Aires. No puedo olvidar las primeras vibraciones de mi espíritu descubriendo  Peer Gynt, El Gran Cañón del Colorado, Scheherazade. Los domingos, el teatro de “Las Dos Carátulas”. Tendría ocho años cuando escuché “Tú y yo somos tres”, una comedia de un español que me hizo llorar de risa. ¿Qué sería de nosotros sin la radio, qué sería de nuestras pobres vidas? Verdaderamente, el ingenio humano es maravilloso…”
Resultó una carta un tanto ridícula: en parte solemne, en parte intimista, y dirigida a un particular desconocido, ciertamente familiar porque entraba todos los días a su casa, pero no tenía rostro. Depositarla en el correo fue un gesto sacramental: a partir de ese momento comenzó a vivir en excitación permanente. A los pocos días Pedro le respondió. Dijo algo así como que se sentía orgulloso de tener oyentes que le escribieran cosas tan bellas, y leyó al aire algunos párrafos. Luego programó la música que a Renata le gustaba. Nació entonces un encantamiento, un proceso mágico en el que se descubrió pensando en las cosas de las que después él hablaba, y desde luego, se sintió estimulada  a seguir enviando cartas. Ahora bien, un detalle nada sutil, pero absolutamente no elaborado en forma consciente, fue que a continuación de su firma, registró en la carta su número telefónico.
Una semana después, cuando Raúl ya había vuelto de trabajar, sonó el teléfono. Renata atendió desprevenida. Era Pedro. Creyó que se iba a desmayar; el corazón le daba saltos mortales. Era muy diferente escuchar esa voz por teléfono, exclusivamente para ella, que por la radio y para el público en general. Pedro fue muy afable y correcto, y le dio enfáticamente las gracias por haberle escrito. También la invitó a visitar la radio cuando ella quisiera. Renata se lo agradeció sin comprometerse, y  se despidieron. Cuando regresó a la cocina junto a Raúl sus ojos estaban luminosos, y como no tenía pensado ocultar ni mentir con relación al acontecimiento, se lo contó. Raúl hizo un esfuerzo por ser civilizado, pero un ramalazo de celos le abrasó la cara.
-          Ese debe ser un vivo que se levanta minas por la radio… ¡Tené cuidado, eh!
Ella contestó con un mohín indignado. Esa misma noche se puso a escribir nuevamente.
“...11/9/90
“Querido Pedro:
Usted me dice que no es habitual recibir una carta como la que le mandé hace unos días, pero mucho menos lo es que a una la llame por teléfono a su propia casa alguien como usted. Fue sorprendente y muy emocionante para mí. Es un gesto que habla de su calidez y de su sensibilidad, y una, como oyente percibe que del otro lado hay una persona, no un pedazo de madera frente al micrófono (... hay cada tronco haciendo de locutor…)
Acepto su invitación a visitarlo: no, no tengo miedo de romper la magia. Sólo que el día que vaya… ¡me perderé el programa! ¿Le parece bien el jueves de la próxima semana?
Ayer, después de que usted acusó recibo de mi carta y luego sutilmente me contestó algunos párrafos (yo sentía verdaderamente que hablaba  para mí) y antes de que se me escapara la idea anoté: este programa es una sucesión de emociones demasiado fuertes. Admiro a la gente que puede expresar mucho con pocas palabras, es difícil decir lo que deseamos con nuestro limitado lenguaje humano. ¿Fue en su programa que escuché que el único lenguaje universalmente valedero es el de los gestos?”
Fue otra misiva larga, llena de citas de libros, algunos poemas que después Pedro leía como entregado a un acto de amor.
El encantamiento se acrecentó. Ahora podía percibir claramente que en determinado momento del programa Pedro se dirigía  sólo a ella. En esos instantes Renata se paralizaba y dejaba en suspenso cualquier tarea que tuviera entre manos. Era un verdadero acto de amor: se entregaba en cuerpo y alma a la voz profunda y musical que le susurraba cosas hermosas y la  colmaba plenamente. Y que se preguntaba: “¿Vendrá? Debe ser hermosa. Yo  me la imagino hermosa... ¿estás ahí, verdad?”
Pero no fue. A medida que se aproximaba la fecha se iba apoderando de ella un pánico imposible de controlar. El día prometido se quedó en casa;  encendió la radio pero se sentía también culpable por dejar plantado a Pedro. Y como él la estaba esperando, condujo un programa normal, sin esos paroxismos que ella conocía muy bien. Sólo al final le dirigió un mensaje cifrado, en una poesía de Pedro Salinas que ella le había copiado en su carta. Él la leyó, con el fondo de una música suave: “el alma tenías tan clara y abierta/ que yo nunca pude entrarme en tu alma...” Conque  eras cobarde, ¿eh? Bella pero cobarde. Conque piensas dejarme “por siempre sentado en las vagas lindes de tu alma”, eh?
Sí, era una cobarde, y estaba eligiendo instalarse en una vida mediocre y oscura por un autoimpuesto estado de mujer sometida e infeliz. Casualmente había cedido en esos días a los ruegos de Raúl de que intentaran mejorar su matrimonio. Aquel rencor que ella había tapado durante más de un año por el crimen que él la alentó a cometer salió a la luz. Renata le arrojó toda su angustia:
-          ¿Cómo pude casarme con un monstruo como vos?
-          ¿Te parezco un monstruo? ¿Me emborracho yo? ¿Soy  un vago que no trabaja? ¿Te pego...?
-          ¡Ah! ¡Tengo que agradecer que no me pegues! ¡Gracias, señor cavernícola!
Raúl soltó una risotada, pero no bajó la guardia.
-          ¿Soy malo con tus hijos?
-          No sé si sos malo. Sos duro, como tu viejo. Pretendés que sean como estatuas, que no griten, que estén siempre limpitos, que no te jodan... tal vez sea mejor que no hayamos tenido un hijo.
-          Podemos probar de tener un hijo.
-          ¡Ni loca, con vos ni loca! ¿Después de que me llevaste a abortar me venís con esto?
-          ¡Ah! ¿Así que es eso, no? ¿Por eso me rechazás?
La discusión transcurría en el encierro del cuarto. Los chicos ya habían cenado y estaban, o jugando, o mirando televisión. Al punto de esta última pregunta de Raúl, Renata se dirigió hacia la puerta, con la intención de no seguir hablando. Pero él saltó como un tigre y le impidió el paso. Y gritó:
-          ¡Te quedás!
-          ¡Dejame! Voy a acostar a los niños.
-          Me importa un carajo. Decime una cosa. ¿Fuiste vos la que llamó a la radio el otro día  cuando hablaban del aborto?
-          ¿Qué radio? ¿Qué decís?
-          No te hagas la pelotuda.
-          ¡No me hablés así!
-          ¡Yo hablo como quiero! Llamaste al programa ese que escuchás vos y diste otro nombre.
-          Estás loco.
-          Mentirosa. Lo escuché en la oficina. Debatían el tema del aborto, y el tipo leyó un mensaje de una tal Inés de Villa del Parque. Es tu segundo nombre, ¿o no?
-          ¡Habrá tantas Inés de Villa del Parque!
-          Dijiste que hay católicos hipócritas que predican contra el aborto pero lo practican...
-          ¿Te sentís identificado, no?
-          ¿Por qué no me lo decís a mí? ¿Por qué llamar a la radio, por qué decírselo a desconocidos?
-          Ser desconocidos no es ser extraños. A veces están más cerca que los conocidos.
-          Entonces lo admitís. Y después de todo, vos no te negaste a abortar.
-          Sos un hijo de puta.
-          Vos no entendés que ser hijo de puta no impide amar a alguien. Y yo te amo, a pesar de mis defectos.
Renata no entendió. Pensó que había querido decir “te amo a pesar de tus defectos”, es decir, los de ella. Pero no le pidió una aclaración, porque su orgullo le impedía en ese momento admitir que tenía defectos. Sólo se aflojó cuando lo vio llorar, con un llanto convulsivo, como si fuera a disolverse en hilachas.
-          ¡Renata, ¿por qué no tratás de perdonar, por qué no nos perdonamos? Dejá que entre Cristo en tu corazón...
A veces tenía la sensación de haberse casado con un predicador electrónico, pero en esa ocasión le dejó pasar la frase hecha.

viernes, 17 de septiembre de 2010

PASIONES

Un día de pleno invierno en el año 2.000 me animé a ir a la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo, a pedirle a su director académico de entonces, Vicente Zito Lema, que escribiera un prólogo para mi novela Tarde. Hacía ocho años que había perdido contacto con Vicente, por distintas circunstancias: fui alumna de su taller literario y luego integré por el brevísimo tiempo que duró la segunda etapa de la revista Fin de Siglo (un número, ya el segundo no salió), su Consejo de Redacción. Luego aquel grupo se dispersó, floreció la nueva década infame, en mi caso personal prioricé laburar para mantener a mis hijos. Tras varios intentos telefónicos, logré, gracias a su mujer Regine  Bergmeijer, una mina valiosísima, que me citara  en la sede de la Universidad. ¿Y por qué quise que fuera él quien escribiera ese prólogo? Porque siendo su alumna de taller me había dicho, con ese tono bonachón y afectuoso tan suyo, “algún día espero presentar tu primer libro”. Para mí era un mandato pendiente.

Mientras esperaba a que Vicente se desocupara, ví a Regine un instante y me dijo en un tono cómplice, que insistiera y que lo persiguiera para que no dejara de cumplir con mi pretensión. Luego me quedé sola un rato, sentada y absorta en mis pensamientos. Cada tanto subía y bajaba gente por la escalera, alumnos y profesores. De pronto ví un muchacho que venía de la calle, muy abrigado y con un gorro de lana calado de tal manera que sólo dejaba ver sus ojos. Me impresionaron esos ojos, y me dije, “este tipo tiene ángel”, era un magnetismo que no recordaba haber experimentado. Cuando terminó de subir la escalera, se sacó la bufanda y luego el gorro de lana, y lo reconocí: Leonardo Sbaraglia. Se metió en un salón, donde había alguna actividad relacionada con el teatro, y yo me quedé con esa emoción extraña de haberle visto el alma a una persona.

Pasaron largos ocho meses de espera hasta que, en marzo de 2001, Vicente me entregó el prólogo al que tituló “Pasiones”, tipeado en una vieja máquina de escribir, con algunas tachaduras y correcciones hechas a mano en tinta azul. Lo escribió durante una huelga de hambre que hizo junto con Osvaldo Bayer, en apoyo a los presos por el episodio de La Tablada. Se lo agradecí con todo mi corazón, y cuando me senté en el colectivo me puse a leerlo vorazmente, pero tuve que dejarlo, porque se me saltaban las lágrimas. Así que con terrible ansiedad, esperé a llegar a mi casa para leerlo. Y me pasé el resto de la tarde llorando.


PASIONES (Prólogo)


En estos tiempos signados por un crudo desencanto social y un arte al que los corifeos del poder imprimen un signo escapista, desapasionado, leemos la novela de Laura Aliaga, “Tarde”. Las sacudidas que nos provoca, acaso potenciadas por ser parte de los que sobrevivieron al naufragio de una generación, nos obligan antes de hablar de la obra misma, a trazar un breve marco referencial donde inscribir su discurso literario que, insistimos, conmueve y demanda ser leído con la atención propia de las cosas gestadas con amor.

Hay épocas en que se escriben grandes relatos históricos. Podrán verse como momentos de “inspiración” y hasta asumen las formas gratas de la “espontaneidad”. Sin embargo, una mirada a fondo percibirá que el punto de llegada es el resultado de acumulaciones sociales, el desenlace, incluso breve, de largas gestualidades de naturaleza subjetiva que se reconocen mucho más en el dolor que en el placer, aunque se gesten en la búsqueda de esa ansiada pero siempre esquiva felicidad pública, contenido ético de una utopía cuyos bordes se alejan cada vez que nos acercamos, como el agua fresca en los espejismos del desierto.
Estas épocas de excitación creciente y gestas heroicas tienen su pertinente correlato artístico –no olvidemos que el arte también puede ser visto como la personificación metafórica de la realidad -, cuyo género más efectivo es la épica. Una épica tanto más  profunda y vigorosa si los autores están involucrados como participantes, protagonistas o testigos de la propia historia social que nutre el relato.
Hay otros tiempos, en el comportamiento como en el discurso de las sociedades, diríase de llanuras sin riquezas, de hosca sequedad, donde crecen las subjetividades cerradas, sin horizonte. Aparecen generalmente tras las derrotas de las epopeyas, impulsan un racionalismo a ultranza y se declaran enemigas juradas de todo romanticismo. Ponen ante nuestros ojos una verdad que duele: la construcción de un mundo fervorosamente humano carga todavía en sus cuentas más penas y olvidos que días de fasto. Pensemos por ejemplo en los difíciles años vividos en Francia tras la caída de la comuna de París. O, más cerca nuestro, ahí están los padecimientos conocidos tras el descalabro del proyecto de cambio social que involucraba a vastos sectores de la generación del setenta.

De la euforia de la lucha, sostenida aun en las caídas y retrocesos, y de la épica poética que sublimó estéticamente incluso la muerte, se pasó raudamente al horror que animaliza la vida –tal fue la dictadura militar de 1976- y a los posteriores gobiernos civiles que se esmeraron en instituir la corrupción y la exclusión social como rostros de un poder “legitimado” con el miedo, la desesperanza y el canto castrado del posibilismo político.

Todo momento en las sociedades, aun el más exhausto, tiene un arte que lo refleja, que dice lo no dicho por otros medios y nos da la medida de la conciencia crítica social, por encima incluso de la voluntad manifiesta de los autores que expresan, en definitiva, los intereses concretos en pugna y las diferentes visiones y representaciones de la realidad. Así como la épica –en la nomenclatura aristotélica- dio su color mayoritario a las décadas del 60 y del 70, sin perjuicio que se manifestaran otras tendencias, se impone hoy en los circuitos del poder un arte congelado, a espaldas de la vida, con vanguardias resignadas y una industria cultural día a día más perversa y alienante.
Sin embargo, y a caballo de un sector de la sociedad que aun a los tumbos y con balbuceos persiste en sostener la necesidad de un mundo más humano, de carnadura ética, siguen apareciendo muestras de un arte sin olvidos, que no renuncia a la historia y se obstina en rastrear la verdad entre los escondrijos de la belleza. Es la herencia dionisíaca que todavía late en la oscuridad, en la marginación, en el silencio obligado, que abre nuevos caminos desde la voluntad y la pasión, dejando su señal de vida mas allá de las aguas inhóspitas y las tierras yermas. La novela de Laura Aliaga se inscribe con todo derecho en esta corriente vivencial que acepta las secuelas de una derrota profunda y cruenta, no las niega, pero es capaz de edificar a partir de ella las respuestas creativas que despiertan sus múltiples interrogantes, subjetivos y sociales.
Sobre la destrucción de un gran sueño que  arrastró consigo el sueño de cada uno; sobre la historicidad menguada de un poder que rechaza la historia, se alzan las voces –también esta novela- de quienes no aceptan participar de las renegaciones de la realidad, aunque se cubran con vestiduras estéticas.

Laura Aliaga encuentra en el dolor, las frustraciones y las caídas de una generación los materiales para la construcción de una identidad quebrada, allí esta la arena para su espejo. Y lo que ve en él, la imagen que se le devuelve, no es placentera, pero intuye, conoce, que al castrarse el deseo de ver (saber) se da el pie al peor de los castigos: la pérdida de la conciencia del propio ser.
En su novela “Tarde”, tras un torrente con formas de tragedia inevitable, de un destino que acecha, se muestran la infancia, los placeres y secretos familiares, las iniciaciones amorosas, las desnudeces y traiciones de los vínculos tejidos con pudor, otras veces con desparpajo. La vida cotidiana que quita retórica a la política y convierte a los héroes y heroínas del relato en criaturas que tiemblan en la tormenta, de tan humanas. No se pisotean los sueños, tampoco se convierten en excusa para dejar de soñar. La muerte está presente. Hay mucha muerte detrás de nuestras vidas. Acaso en el instante fugaz de la eternidad no tengamos en nuestra boca más que silencio, pareciera decirnos la autora,  con pudor, sin estridencias.
Se trata de una novela para entrar, delicadamente, en el alma de una mujer de nuestra época. Lastimada, muy lastimada, en tanto encarna una sumatoria de naufragios en un destino de muchos que vuelve suyo, íntimo. Como alertándonos que en la redención social de los padecimientos colectivos el alma deberá verse como una unidad irrepetible. Que si el destino es único también lo será su epifanía.
La escritura de Laura Aliaga  se nutre en el deseo de la vida, tensionado desde las pérdidas y la conciencia de un gran vacío, que se resiste a las palabras. De allí que la vida de quien relata nazca, paradójicamente, a partir del terremoto que la violenta, en lo real y en lo simbólico, y que en el desenlace de la saga, como en toda tragedia, haya un thánatos harapiento que hiede y nos sella los labios.
Cierto es que los relatos históricos quedaron truncos, que la epopeya no asoma en el horizonte, pero la lectura de esta obra nos deja el consuelo –y en la humilde brasita persiste el fuego- de pensar que en tanto se reconstruyen las historias particulares queda latente el mandato de crear lo nuevo.

Buenos Aires, Marzo de 2001                                           

 VICENTE ZITO LEMA